De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 3. Ella
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Capítulo 3. Ella

ELLA

E lla se abrió paso entre la multitud que abarrotaba El Dragón Dorado.

Empujó la puerta de la posada y salió al aire fresco de la noche.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, los vítores de alegría se atenuaron y se convirtieron en ecos.

Había una serenidad tranquila en la noche, acentuada por el zumbido sordo de la música que flotaba en la brisa, interrumpida a veces por los cánticos ebrios de los comerciantes, aunque solo durante unos segundos.

Adoraba el Mercado Lunar. Los cuentacuentos, malabaristas y mercaderes proporcionaban a la gente del pueblo una sensación de emoción y aventura, una muestra de lo que había más allá de su pequeño círculo.

Había tanto que ver, tantos lugares a los que ir.

Sabía que no podía quedarse en El Claro para siempre, al igual que Rhett.

Nunca había conocido a nadie como él. Desde la muerte de Haem, siempre había estado ahí para ella. Era su roca.

Había quedado con él a las afueras del pueblo, junto a la gran tienda verde con ribetes dorados y capota blanca como la nieve, que se extendía a lo largo del muro bajo de la plaza del mercado donde se habían instalado los mercaderes.

Oía el crujir de las hojas secas bajo los pies mientras recorría las calles. Se maldijo por no haber traído la capa larga y se frotó los brazos con las manos. Al doblar la esquina de la carnicería de Iwan Swett, vio la cubierta blanca de la tienda y el dosel verde oscuro.

—Me preocupaba que hubieras decidido quedarte calentita junto al fuego. —Rhett sonrió mientras se le aproximaba.

Era alto en comparación con la mayoría de los habitantes de El Claro, de pecho fuerte, brazos gruesos y un cabello color azabache poco común en los pueblos. Los padres de Rhett Fjorn habían llegado de Berona cuando eran solo adolescentes, buscando una nueva vida.

Le acarició la mejilla con los dedos. Las callosidades de las yemas le resultaban ásperas al tacto, pero no de forma desagradable. Había algo singularmente reconfortante en aquella sensación. Lo miró y se tomó un momento para admirar lo guapo que era; luego le dio un suave beso en los labios.

—Hay otras formas de mantenerse caliente.

Le dedicó una sonrisa antes de rodearlo con los brazos.

—¿En serio? —respondió él con una sonrisa. Frunció los labios y se encogió de hombros—. No se me ocurre ninguna.

—Serás idiota —dijo Ella, empujándolo sin ganas.

Rhett se echó a reír de ella otra vez. Se le formaron pequeñas arrugas en la comisura de los ojos mientras su sonrisa se hacía más amplia.

El truco de siempre: sonreír con la mirada.

Se mordió el labio mientras la atravesaba con los ojos por un instante fugaz, antes de cogerla de la mano y llevarla de vuelta a las calles del pueblo.

—Vamos. Un grupo de comerciantes en el extremo sur del pueblo me dijo que tocarían música hasta bien entrada la noche.

—Está bien, está bien.

Ella intentó añadir un tono de desaprobación a su voz, pero no le resultó fácil.

—Echaré de menos esto —dijo Rhett, mirando a su alrededor. Se echó a reír al fijar la vista en el cuerpo comatoso de Mario Egon, con una jarra varía de hidromiel en la mano izquierda—. Todos los días. —Soltó una risita entre dientes.

—Lo sé, pero aún tenemos mucho tiempo. No nos iremos hasta después de la Prueba, y eso no será hasta dentro de unas semanas. —Ella acurrucó la cabeza contra el hombro de él—. En cuanto nos instalemos en Berona, podremos volver a visitarlos, y les dejaremos notas para que no se preocupen.

Rhett esbozó una sonrisa mientras soltaba un suspiro.

Besó la coronilla de Ella y la atrajo hacia sí mientras caminaban.

Ella sabía que él quería empezar una nueva vida con ella en Berona, pero no estaba seguro de marcharse de esa manera.

Sin embargo, no tenían otra opción. Su padre nunca los dejaría marcharse sin más. Nunca perdonaría a Rhett.

—Rhett, escucha…

Se oyó un gruñido profundo procedente de una de las calles laterales, seguido de gritos.

—¡Quítamelo de encima! —Se oyó una voz aguda.

Rhett le lanzó a Ella una mirada que ella sabía que significaba que debía quedarse donde estaba. Él se fue corriendo sin dudarlo un instante.

—¡Ella!

Ella corrió tras él. Dos jóvenes yacían en el suelo. Rhett se arrodilló junto a uno de ellos y le colocó la mano bajo la nuca. Un lupino grisáceo y blanco estaba acurrucado junto a los mozos, con la boca manchada de sangre.

Ella entrecerró los ojos mientras miraba al lupino.

—¿Es Faenir?

El lupino levantó la cabeza al oír su nombre y se acercó a Ella. Frotó su espalda contra la pierna de ella con un gemido bajo.

—Son Calen y Dann —dijo Rhett en voz baja.

Ella se dejó caer a su lado, con la preocupación corriendo por sus venas.

—Rhett, ¿está bien? ¿Qué le ha pasado?

—Les han dado una paliza. No pude ver quiénes eran.

Faenir debe haberlos ahuyentado. —Colocó las manos a ambos lados de las mejillas de Ella—.

Ella, mírame. Está bien. Está inconsciente, pero está bien.

Ferrin está a la vuelta de la esquina. Me dijo que iba a ir a El Dragón Dorado cuando terminara su guardia.

Ve a buscarlo para que me ayude a llevar a los chicos a casa.

Ella trató de protestar, pero él se levantó enseguida para ir a ver cómo estaba Dann. El viento azotaba el rostro de Ella mientras corría. El aire frío le quemaba el pecho.

«Se pondrá bien».

Ferrin estaba exactamente donde Rhett le había dicho, de pie fuera de la posada, con una jarra de hidromiel en la mano.

—¡Ferrin! —Ella dejó caer las manos sobre las rodillas, jadeando mientras llenaba sus pulmones de aire—. ¡Tienes que venir, ahora mismo!

—Eh, Ella, cálmate. ¿Qué pasa?

—Son Calen y Dann. Están heridos. Rhett me ha dicho que venga a buscarte.

La expresión de Ferrin cambió en un parpadeo y le entregó su jarra de hidromiel al comerciante con el que estaba hablando, quien la tomó sin dudarlo.

—Vamos.

—De acuerdo, nosotros nos encargamos —dijo Rhett cuando Ella y Ferrin se adentraron en la calle lateral—. Tienes que irte ahora, antes que nosotros. Iré a verte mañana.

Rhett le dio un beso en la frente y se volvió hacia Calen.

—No voy a ir a ninguna parte. Calen está herido.

—Ella, ¿qué pasará si se despierta y nos ve aquí a los dos? ¿Quieres explicárselo? ¿A él, a tu padre?

Ella abatió los hombros. Suspiró.

—Por favor, llévalo a casa sano y salvo.

—Lo haré. No te preocupes. Ahora, por favor, vete a casa, deprisa. Está empezando a hacer frío.

Ella suspiró y apretó los labios. Rhett tenía razón.

Calen probablemente lo entendería, pero ¿su padre?

No, aquello no sería una conversación, sino una pelea a gritos.

Se puso de puntillas y le dio un suave beso en la mejilla a Rhett.

No dijo nada mientras doblaba la esquina hacia la calle principal.

Se metió las manos en los bolsillos y bajó la barbilla contra el pecho.

El camino a casa no era largo, pero el corazón le latía con fuerza a cada paso.

Abrió la puerta principal de la casa con cuidado para no provocar el crujido que siempre sonaba cuando se abría demasiado despacio.

El olor a lavanda se mezclaba con el aroma ahumado de las velas apagadas mientras recorría de puntillas la cocina, esquivando con destreza la tabla del suelo que crujía junto a la mesa. Su madre tenía el sueño ligero.

Con un suspiro ahogado, Ella se deslizó entre las sábanas frescas de la cama. No se movió ni dio vueltas, simplemente se quedó allí tumbada. Sabía que no podría dormir hasta que oyera a Rhett y Calen en la puerta.