Capítulo 2. El dragón dorado #2
Contra la pared este de la sala había un escenario de madera, de unas dos varas de ancho, que sobresalía otro tanto de la pared. Allí se situaban los bardos, los narradores y los artistas que entretenían al público.
Justo cuando Calen llegaba al borde de la multitud que rodeaba la barra, Rist se abrió paso entre la marea de cuerpos y extendió el brazo para entregarle una gran jarra de hidromiel.
—Bébetelo despacio. Casi pierdo un brazo en esa locura —le dijo Rist, pasando la mano libre por encima del hombro de Calen.
—Es la posada de tu familia —dijo Dann al salir de entre la multitud detrás de Rist. Bebió un gran trago de hidromiel—. ¿Por qué te pones a la cola?
Rist puso los ojos en blanco y suspiró. Dann se encogió de hombros en respuesta a Calen.
—Creo que he visto a tu padre por aquí, Calen.
Rist se puso en marcha, abriéndose paso entre la multitud.
—A veces es un poco susceptible, ¿no? —comentó Dann.
Chocó su jarra contra la de Calen y ambos bebieron un buen trago de hidromiel antes de seguir a Rist entre la multitud.
Calen pronto divisó la silueta de su padre.
Los hombros anchos y nudosos de Vars Bryer eran fruto de años de trabajo con el martillo y el yunque.
Su corto cabello castaño estaba salpicado de canas, y una mandíbula prominente delineaba con precisión su rostro, ligeramente curtido por las llamas de la forja.
Como si sintiera la llegada de Calen, Vars giró la cabeza y se puso en pie con un movimiento fluido, atrayendo a su hijo hacia él en un cálido abrazo.
—Me alegro de verte, Calen.
La apariencia dura y seria de Vars solía desvanecerse cuando se trataba de Calen y su hermana, Ella. Sobre todo tras la pérdida de Haem. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Calen de arriba abajo, buscando cortes o moratones.
—¿Cómo ha ido la caza?
—En realidad, algo…
Antes de que Calen pudiera terminar la frase, el tumulto que había llenado la sala solo unos segundos antes se disipó en una ola de susurros ahogados.
Una figura alta y delgada subió al escenario.
Su rostro estaba oculto por la capucha de una capa larga y pesada que parecía haber visto las cuatro esquinas del mundo.
De un apagado tono marrón verdoso, se veía arañada y cubierta de suciedad y arcilla.
A pesar de ello, parecía resistente, incólume al paso del tiempo, como si desprendiera un aire de inmortalidad.
Cuando los susurros se convirtieron en un silencio absoluto, el recién llegado se bajó la capucha hasta los hombros.
Llevaba el fino cabello plateado recogido por detrás de las orejas en una coleta, lo que resaltaba sus rasgos afilados y juveniles.
Era de mandíbula estrecha, pómulos altos y piel suave como la leche.
Las orejas, delicadas y finas, terminaban en punta.
Era casi imposible determinar cuántos veranos había visto.
Los elfos rara vez se aventuraban al oeste de la cresta Lupina…
o en el mundo humano en general. Therin era la excepción, y sus historias eran legendarias.
La gente viajaba largas distancias solo para escuchar los susurros de su lengua plateada.
En El Claro circulaban rumores de que era más viejo que el propio Imperio y de que había sido testigo de las historias que contaba con sus propios ojos.
Era el secreto peor guardado de los pueblos.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que visité estas tierras.
—La voz tranquila y apagada del elfo parecía llenar cada grieta y hendidura de la sala—.
Mucho ha cambiado —murmuró, casi para sí mismo, mientras sus ojos buscaban entre la multitud—.
¡Es un gran placer haber regresado! —Rugió mientras abría los brazos de par en par.
Un aplauso entusiasta estalló en toda la sala.
—Tranquilos, tranquilos. —Therin bajó suavemente las manos con una sonrisa irónica—.
Esta noche, amigos míos, es especial. Esta noche os contaré la historia de cómo la antigua ciudad de Ilnaen fue borrada de la existencia.
Bandas de fuego y destrucción se extendieron desde el centro de Eferia hasta las estribaciones de Mar Dorul y las montañas Lodhar, formando lo que los elfos conocemos como Svidar’Cia, las Tierras Calcinadas.
—Recorrió la sala con la mirada, que solo encontró admiración y asombro—.
Esta noche os contaré la historia de la caída de la Orden y el nacimiento del Imperio lorio, la verdadera historia.
A medida que crecía, para Calen se había convertido en algo especial escuchar las historias de Therin sobre una época en la que todas las razas vagaban libremente por las tierras.
Las hermosas y ornamentadas ciudades élficas, los poderosos gigantes y los héroes de antaño.
Pero, sobre todo, le encantaba escuchar las historias sobre la Orden y los nobles draleid que protegían Eferia, luchando sin miedo a lomos de enormes dragones, algunos tan grandes como casas.
Las historias que contaban otros bardos eran decididamente diferentes.
—Fane Mortem… —Therin dejó que el nombre calara hondo—.
El emperador de Loria no era más que un joven mago que había ascendido rápidamente en las filas de la Orden.
Nacido en el seno de una familia noble dentro de las murallas de la ciudad de Al’Nasla, no tardó mucho en llamar la atención.
A los seis años, fue enviado a la ciudad de Ilnaen para entrenarse con los legendarios magos de la Orden.
No había mayor honor entre los practicantes de la magia en el reino de Loria.
Ser elegido para practicar tu arte junto a los antiguos magos de los elfos y los clanes gigantes era algo realmente excepcional, y no se equivocaron al elegir a Fane, ya que su Chispa era pura y poderosa.
Therin hizo una pausa y le dio un largo y profundo trago a su jarra de hidromiel.
—Sin embargo —dijo mientras se limpiaba la boca con la manga para quitarse las gotas que le quedaban en los labios—, no le gustaba la compañía de los demás.
Prefería estudiar en soledad. Se recluía en los rincones más oscuros de la ilustre Biblioteca Ilnaen, donde investigaba la historia de toda la magia, desde las arcaicas artes de los blodvar y los míticos druidas humanos hasta las retorcidas prácticas de los chamanes urak.
Cuando solo tenía veinte veranos, ya era considerado uno de los magos humanos más poderosos de la Orden, y el más despiadado.
—Therin dirigió su mirada hacia la multitud.
Su voz adoptó un tono más grave—. Se enamoró poco a poco del poder, como la mayoría de los que ocupan una posición semejante.
Lo impulsaba la necesidad de poner a prueba sus habilidades y demostrar su fuerza.
Desafiaba a otros magos a duelos, obligándolos por honor a aceptar.
Pero Fane no solo quería vencerlos, quería destruirlos.
Therin se agachó en el borde del escenario. Se quedó en silencio durante unos instantes, con los ojos cerrados, concentrado.
—No se contentaba con leer sobre las magias arcaicas del pasado.
Quería sentirlas, ejercerlas. Se adentraba en las mentes de sus oponentes, deformándolas y retorciéndolas a su antojo, traspasando los límites de lo convencional.
Quería demostrar que no tenía igual. Aunque la mayoría de los miembros de la Orden no aprobaban sus métodos, había quienes lo admiraban.
De cada tarea que se le encomendaba, regresaba exitoso.
En cada batalla, salía victorioso. Y con cada victoria, sus seguidores aumentaban.
Abrió los ojos al tiempo que se erguía todo lo largo que era y lanzó una mirada de ira a la multitud que lo observaba.
Sus ojos omniscientes brillaban con un naranja incandescente mientras la luz de las velas se reflejaba en su rostro.
El cabello plateado como lentejuelas hacía que la luz bailara por toda la sala de forma casi antinatural, iluminando los rostros de los aldeanos asombrados que abarrotaban la posada como granos de arroz en un saco.
—Mas alguien lo desafiaba en todo momento, sin ceder —retumbó la voz de Therin—: la arconte de los draleid, Alvira Serris.
Fue como si una ráfaga de viento hubiera entrado en la sala al mencionar el nombre. Las velas parpadearon y a Calen se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Miró a Dann y a Rist a su derecha, y luego a su padre a su izquierda, todos hipnotizados, con la mirada fija en el elfo.
Therin dejó la jarra sobre el taburete a su derecha.
—¡Era poderosa! —Se deslizó con elegancia por el escenario, flexionando el brazo, tensando el bíceps hacia el público—.
Y de ingenio rápido. —Se golpeó con fuerza la sien derecha con el dedo índice—.
Podía manejar una espada como una ráfaga de viento que barre las hojas del suelo del bosque, tal era su habilidad y elegancia.
Therin balanceó los brazos de izquierda a derecha, como si estuviera cortando con una espada el torso de un enemigo invisible. Una ráfaga de aire pareció seguir el arco de sus brazos. El pelo de Calen se le echó hacia atrás y, con él, le pareció oír el chirrido de una espada al cortar el aire.
«¿Qué hay en este hidromiel?».
Calen miró fijamente el líquido meloso; al parecer la mente le estaba jugando una pasada. Therin, nostálgico, respiró hondo. Calen vio un sentimiento de orgullo en su rostro mientras describía a Alvira, como si fuera su mejor amiga o una amante perdida hacía mucho tiempo.
—Mas ni siquiera ella, con toda su sabiduría, podía imaginar la profundidad de la ambición de Fane.
De repente, la luz de la habitación pareció atenuarse, como engullida por las sombras. Lo único que Calen podía ver con claridad era a Therin, encaramado en el taburete donde antes había estado la jarra.