De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 2. El dragón dorado
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Capítulo 2. El dragón dorado

EL DRAGÓN DORADO

C uando salieron del espeso bosque, el sol ya había empezado a ponerse en el horizonte crepuscular, pero El Claro aún era visible gracias a las columnas de humo grisáceo que se elevaban suavemente de las chimeneas y al cálido resplandor de las velas de sebo que iluminaban las ventanas traslúcidas de las casas.

Calen se detuvo para respirar el aire fresco y contemplar la familiar vista del pueblo en la distancia.

Echó la cabeza hacia atrás y rotó los hombros, haciendo crujir el cuello para aliviar el dolor que había empezado a sentir.

El viaje de vuelta les había llevado mucho más tiempo; se habían turnado para transportar el ciervo, lo cual no era tarea fácil teniendo en cuenta su tamaño.

Dann lo había eviscerado para reducir el peso y lo había atado al trineo que había improvisado, un artilugio bastante útil.

Las dos tablas de madera estaban unidas con dos listones y aseguradas con tornillos hechos a mano.

El ciervo se ataba a las tablas con una tosca cuerda que se pasaba por unos pequeños bucles metálicos en el borde superior de los listones, lo que facilitaba mucho el transporte y causaba menos daños al pelaje.

Suponía un gran esfuerzo, pero merecía la pena para poder llevar a casa de una pieza el enorme animal.

Era tan grande que iba a proporcionar carne a sus familias durante bastante tiempo.

Lo que no se comieran, lo podrían vender.

Las festividades del Mercado Lunar estaban en pleno apogeo cuando los chicos llegaron a las afueras del pueblo.

El bullicio de la emoción resonaba en el valle; se oían rugidos de risa y asombro mientras los narradores de Gilsa y Camylin tejían sus fantásticos cuentos en medio del constante zumbido de la música alegre y melodiosa que se tocaba alrededor de las hogueras.

El Mercado Lunar, la fiesta más importante de los pueblos, se celebraba cada ciclo cuando la luna estaba en su plenitud.

Comerciantes, artistas y bardos de todas las tierras occidentales se reunían en la plaza del mercado de El Claro para vender sus productos, reunirse con viejos amigos y compartir las festividades.

Los guardias de la ciudad asintieron mientras los chicos avanzaban con dificultad, al borde del colapso por el agotamiento. Calen cargó el cuerpo del ciervo tras él en el trineo.

—Justo a tiempo, chicos —dijo Ferrin Kolm, uno de los guardias, dirigiendo su mirada hacia Calen.

Había sido uno de los mejores amigos de Haem y tenía un rostro cálido y amistoso, salpicado de pecas. La piel de los labios estaba agrietada por el gélido viento nocturno.

—Dioses, qué feo —exclamó al ver la herida que recorría el costado del ciervo—. ¿Estáis bien, chicos?

Calen asintió.

—Sí.

Ferrin torció la boca mientras él y el otro guardia, Dalmen, intercambiaban una mirada de reojo.

—¿Os vemos luego más tarde en El Dragón para escuchar a Therin? —preguntó Calen, cambiando de tema.

Le caía bien el guardia, pero ya llegaban tarde, y no tenía intención de enredarse en ninguna conversación que pudiera retrasarlos aún más. Ferrin esbozó una débil sonrisa.

—Allí nos vemos, joven Bryer. Enseguida cambiamos de tumo.

Los chicos se despidieron y siguieron su camino. Se mantuvieron en los límites del pueblo para evitar abrirse paso entre la multitud. Aun así, llamaron la atención de un par de viajeros borrachos que se habían perdido bajo la luz de la luna.

Cuando llegaron a la casa de Dann, no vieron ni siquiera el parpadeo de una vela que indicara que había alguien en casa.

—Papá ya debe de estar en El Dragón —reflexionó Dann—. Podemos dejar el ciervo colgado en la parte de atrás. Esta noche hace frío suficiente para que se conserve hasta mañana.

Los demás asintieron. Calen habría aceptado cualquier sugerencia de Dann. Tenía frío y estaba cansado, y ya tendrían que estar en la posada.

A los chicos les costaba no dejarse llevar por la emoción mientras se dirigían hacia El Dragón Dorado, abriéndose paso entre la multitud con entusiasmo.

Las calles del pueblo estaban abarrotadas.

Los juerguistas borrachos deambulaban, cogidos del brazo, sin rumbo fijo.

Grupos de jóvenes entonaban canciones de verano bajo la luz de las estrellas que iluminaba las calles.

Cuando Calen, Dann y Rist llegaron al centro del pueblo, la estructura enorme y robusta de El Dragón Dorado apareció ante sus ojos.

Construida con largas y gruesas vigas de abeto, la posada era uno de los edificios más grandes del lugar y uno de los pocos que tenían segunda planta.

Desde ella se extendía un toldo de paja bajo el que se abría una terraza elevada con una escalera central que formaba la entrada a la posada.

La parte superior de la escalera estaba enmarcada por dos ornamentados dragones de madera, de escamas talladas con precisión magistral y colas que se enroscaban con firmeza alrededor de los balaustres sobre los que se sentaban.

Parecían vivos, casi a punto de lanzarse contra cualquiera que se atreviera a hacerle daño a la posada.

Lasch Havel, el padre de Rist, se los había encargado a un artesano que había pasado por allí hacía muchos veranos.

Estaba tan encantado con las piezas terminadas que le había prometido al artesano alojamiento gratuito e hidromiel de por vida.

Desde entonces, el hombre visitaba con frecuencia El Claro, y Lasch siempre había cumplido su palabra.

Mientras subían las escaleras, Calen oyó el tumultuoso bullicio de la multitud ebria que se encontraba en el interior. El sonido familiar le resultaba extrañamente agradable después del caos del bosque de Ölm.

Las puertas de la posada se abrieron de golpe. Por un momento, Calen sonrió, ansioso por unirse a las celebraciones en el interior. Hasta que vio a Kurtis Swett y Fritz Netly salir tambaleándose a la terraza.

«Gilipollas».

Los dos jóvenes reían a carcajadas, empujándose el uno al otro.

—Anya está esperando a que vayas por ella, Kurtis. No sé por qué no lo haces. ¡Yo me la pillaba en un santiamén! —bromeaba Fritz, tambaleándose un poco y dando un gran trago a su jarra de hidromiel.

—Mantén tus sucias manos… —Kurtis se detuvo a mitad de la frase al ver a Calen, Rist y Dann de pie frente a él. Una mueca de disgusto se extendió por su rostro—. ¿Y esto? ¿Ahora las madres dejan que los niños vengan a tomar una copa?

—Apártate, Kurtis —gruñó Dann, intentando empujar a los dos jóvenes.

En respuesta, Fritz se lanzó sobre él y le empujó en el pecho con ambas manos.

—Quién coño te crees, pedazo de mierda.

El aliento le apestaba a hidromiel. Fritz ya era bastante malo estando sobrio; el alcohol lo empeoraba.

Se movió para empujar a Dann por segunda vez, pero Calen saltó hacia delante, cerró el puño y golpeó a Fritz en la mejilla con los nudillos.

Calen no pudo ocultar la expresión de sorpresa en su rostro cuando Fritz se tocó la mejilla dolorida con la yema de los dedos.

—¡Te arrepentirás! —gritó, entrecerrando los ojos con ira.

—¿Arrepentirse de qué, si se puede saber? —preguntó con voz tranquila y suave Lasch Havel, que había aparecido de la nada, interponiéndose entre los jóvenes y la puerta de la posada.

No era alto ni imponente, pero en el pueblo se le respetaba.

De pelo muy corto y canoso, una gruesa cicatriz le recorría el ojo izquierdo hasta perderse en la oscuridad de una feroz barba gris negruzca.

Tenía un aspecto intimidante, con la camisa manchada de hidromiel arremangada hasta los codos y el paño de bar sobre los hombros.

A pesar de su comportamiento habitual mente encantador, en el pueblo se sabía bien que era mejor no irritarlo.

—Eh…, nada, maese Havel. Íbamos a acostarnos. Fritz se encuentra un poco mal —dijo Kurtis, con la vista clavada en al suelo.

Fritz le lanzó una mirada de rabia con el rabillo del ojo, pero ambos jóvenes bajaron las escaleras tan rápido como pudieron, sin atreverse a mirar atrás mientras desaparecían entre las concurridas calles.

—Sí, llegad bien a casa —les gritó Lasch, con un toque de sarcasmo en la voz.

Miró a los tres que tenía delante—. Entrad, que Therin está a punto de empezar.

—Se volvió hacia Rist y le dirigió una mirada de advertencia—.

Rist, recuerda que tu madre necesita que te levantes temprano mañana para ayudarla con las tareas de la casa.

—Sí, papá.

Lasch asintió e hizo un gesto a Rist para que entrara en la posada. Una sonrisa se dibujó en su rostro al ver a Calen acariciándose los nudillos de la mano derecha. Le puso la mano en el hombro y alzó una ceja.

—Se lo merecía —dijo Calen avergonzado, sin atreverse a entrar.

—Estoy seguro.

Lasch soltó una profunda carcajada mientras empujaba a Calen a través de la puerta de la posada.

El interior de El Dragón Dorado era tan impresionante como el exterior, especialmente durante el Mercado Lunar.

Nada más entrar, Calen fue acogido por una multitud de personas que iba de un lado a otro o intentaba acomodarse en una de las numerosas mesas esparcidas por la planta principal.

Muchos luchaban por mantener el equilibrio con jarras de hidromiel en ambas manos, protegiéndolas de los golpes de los demás clientes.

El aroma cálido y tentador del pan recién horneado de Lasch se mezclaba con el dulce y meloso aroma del famoso hidromiel de El Dragón Dorado. Sintió que le rugían las tripas.

La sala estaba bañada por un suave resplandor amarillo que emanaba de las velas de cera de abeja que salpicaban todo el lugar.

La barra se encontraba junto a la pared occidental, una larga y sólida encimera de roble que se extendía de un lado al otro del edificio.

Detrás se veían enormes barriles de madera, varias varas más altos que Calen y llenos hasta el borde con el hidromiel casero de Lasch.

Estaban sujetos con aros de hierro forjado y tenían un grifo en la parte inferior.