De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 1. El bosque de Ölm #2
3%

Capítulo 1. El bosque de Ölm #2

Tanto Dann como Rist estallaron en carcajadas.

Calen hizo todo lo posible por ignorarlos, centrándose en el bosque que teman delante.

No había mucho que pudiera decir; por irritante que fuera, ambos tenían razón.

No se le daba bien el arco, lo que se había convertido en una broma recurrente.

Se sentía mucho más cómodo con una espada en la mano, pero no servía para cazar ciervos.

El bosque de Ölm no tenía nada que envidiar a los mayores bosques de Eferia.

Calen sentía que el mundo a su alrededor cambiaba al cruzar sus lindes.

El olor crudo y amaderado del tiempo consumía la espesura; siglos de hojas caídas y ramas rotas impregnaban el denso aire.

Esponjosas setas de estrella cubrían el húmedo suelo del bosque, y sus vivos racimos azules y amarillos contrastaban con el exuberante verde y el marrón oscuro de los árboles.

Sintió que el terreno firme daba paso al suelo blando y flexible del bosque, cubierto de hojas de todos los colores, húmedas por la lluvia del día anterior. Bien.

«Rastrear va a ser más fácil tras la lluvia, espero».

—Dann, ¿estás seguro de que saldremos de aquí a tiempo para las celebraciones? Llevo meses esperando las historias de Therin.

Calen oyó a las ardillas corretear y saltar sobre su cabeza, acompañadas de un crujido familiar cuando los cuerpos pequeños y ágiles aterrizaban en las ramas artríticas de los imponentes árboles.

—Seguro. Estuve rastreando una manada de ciervos a principios de esta semana. Si seguimos esta dirección durante una hora, deberíamos encontrar de nuevo su rastro. No se habrán alejado mucho del río.

A medida que se adentraban en el sinuoso y enmarañado corazón del bosque, este empezó a cobrar vida.

El constante canto de los pájaros resonaba en los árboles.

Liebres y conejos correteaban entre las gruesas raíces en forma de zarcillos que cubrían el suelo.

Se oían de vez en cuando los profundos rugidos de animales bastante más grandes que los que correteaban a sus pies.

Pero lo que molestaba a Calen era el zumbido constante y el murmullo de los insectos.

Podía matar a un oso o a un lobo, o al menos intentarlo, pero no podía usar una espada para detener el incesante ruido de aquellos bichos.

—Últimamente se han producido avistamientos extraños —dijo Rist con naturalidad—. El otro día escuché a unos tramperos discutir sobre una criatura que los había echado del campamento.

—Como si no tuviéramos suficiente con los osos, los lupinos y los katos. La Prueba va a ser divertida de narices —dijo Dann, con la voz cargada de sarcasmo.

Pasaron la siguiente hora abriéndose paso a través del denso follaje, hasta que los árboles dieron paso a un claro abierto que se inclinaba a ambos lados hacia un lánguido arroyo que fluía por el centro.

Calen se arrodilló junto a la corriente y llenó los pulmones con aire fresco, sin filtrar por la humedad del espeso bosque.

El murmullo del agua lo relajaba; de algún modo se sumergía en el fondo de su mente sin que él se diera cuenta.

Mientras escuchaba, un ruido distante le llegó a los oídos: un leve estruendo, chasquidos y crujidos de ramitas y ramas caídas, todo ello in crescendo .

Dann y Rist no parecían oír nada. Arrodillados a unos pasos de él junto al río, discutían como de costumbre.

—Dann, ¿a qué distancia del bosque dijiste que estaría la manada de ciervos?

—Eh, una hora más o menos. —Dann le dio un trago a la cantimplora—. Hay un arroyo más grande más adentro, y normalmente no llegan tan lejos. Está demasiado cerca del pueblo.

Calen se puso en pie muy despacio. El ruido sordo se hacía cada vez más fuerte.

Los pájaros que los rodeaban piaban frenéticamente mientras abandonaban los árboles en bandadas.

Miró a Dann a los ojos y vio que él también podía oírlo.

Dann saltó hacia Calen, descolgó el arco y colocó una flecha en la cuerda.

—¿Cuántos? —susurró Calen, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de bajar la voz.

Dann no pudo responder. Algo sacudió los arbustos al otro lado del claro; el crujir de las ramas y el pisoteo de las pezuñas sonó por todas partes.

Un ciervo enorme, de unas dos varas y media de altura, irrumpió a través de la espesura al otro lado del claro, deteniéndose solo lo suficiente para reconocer la existencia de los tres cazadores.

Sus poderosos y sinuosos cuernos llamaron la atención de Calen.

Cuando el ciervo se abalanzó hacia ellos, varios ejemplares más salieron de entre los árboles.

Cuatro, nueve, doce; luego perdió la cuenta.

Un silbido agudo pasó zumbando junto a la oreja de Calen.

La flecha de Dann se clavó en el ojo derecho del ciervo que iba en cabeza, matándolo al instante.

El gigantesco cuerpo resbaló por la pendiente del claro y se estampó contra un árbol caído cercano antes de ser engullido por la estampida.

Tanto Calen como Rist lanzaron sus propias flechas contra la manada que se abalanzaba sobre ellos.

Era imposible saber si habían dado en el blanco, ya que las flechas desaparecían entre la confusión de ciervos.

La manada estaba a punto de alcanzarlos.

Dann colocó otra flecha en el arco.

—¡Cúbrete! —gritó Calen.

Rist se tiró inmediatamente detrás de la gran roca que Calen le había señalado, pero Dann había perdido la concentración.

Sus ojos se entrecerraron cuando encontró el objetivo.

Soltó la flecha justo cuando Calen chocaba contra él, haciendo que los dos cuerpos se estrellaran contra el suelo detrás de la roca.

Aturdido, Dann giró la cabeza para lanzarle a Calen una mirada iracunda por haber arruinado su tiro, pero vio el morral destrozado en el lugar donde había estado. Miró a Calen y asintió.

Después de unos minutos, ya seguros de que la estampida había pasado, abandonaron la roca que los protegía.

—Vaya… Joder. Ha estado cerca —dijo Dann.

—¡Casi te matan, Dann! —espetó Rist.

—Bah… «Casi te matan, Dann» —retrucó Dann burlón mientras se arrodillaba para examinar el cuerpo del gran ciervo al que había disparado en el ojo.

El corazón de Calen aún latía con fuerza mientras observaba pensativo el claro.

Era un desastre de tierra removida y ramas rotas.

Un escalofrío le recorrió la espalda al ver el cuerpo destrozado de un cervatillo que yacía pisoteado al otro lado del claro, con la punta de una flecha clavada en el cuello.

—Algo los asustó mucho…

Rist se apoyó contra el tronco de un árbol y luego se deslizó al suelo con un suspiro.

—¿Quizá un oso?

—No lo creo. Venid a ver esto —dijo Dann, agitando la mano en el aire, con un temblor en la voz.

Cuando Calen y Rist llegaron a su lado, estaba inclinado sobre el cadáver del ciervo y recorría con la mano una herida profunda y abierta que se extendía a lo largo de las costillas del animal.

—Dioses…

—¿Qué pudo haber hecho eso? —preguntó Calen.

—No tengo ni idea —admitió Dann, frunciendo los labios—. Pero el corte es demasiado limpio para ser de un diente o una garra. Llega hasta el hueso.

—¿Qué quieres decir?

—No estoy seguro —respondió Dann. Palpó el borde de la herida con la mano. Soltó un suspiro—. Sea lo que sea lo que lo haya hecho, no creo que debamos quedarnos aquí más tiempo del necesario.