Capítulo 1. El bosque de Ölm
EL BOSQUE DE ÖLM
L s dedos de Calen se deslizaban con facilidad por las ranuras desgastadas del mango de la espada de madera de entrenamiento.
Al cambiar de una suerte a otra, la camisa se le pegó al pecho y el pelo castaño que le caía sobre la frente quedó empapado de sudor.
Entrecerró los ojos ante el resplandor naranja del sol naciente que se derramaba sobre la cresta Lupina.
Su padre le había dado el día libre en la forja para que pudiera ir a cazar al bosque de Ölm, pero no había podido aprovechar el tiempo extra en la cama.
A menos de dos semanas de la Prueba, no recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido bien; su mente se empeñaba en repasar obsesivamente todo lo que podía salir mal en lugar de permitirle soñar.
Practicar distintas suertes con la espada lo tranquilizaba, así que se concentró en la respiración y llenó los pulmones con el aire fresco de la mañana y el trino de los pájaros flotando en la brisa.
El sonido familiar de unas pesadas patas que se le acercaban lo sacó de su concentración. Un peso se le estrelló contra el pecho; se quedó sin aliento y cayó sobre la hierba cubierta de rocío.
—¡Faenir, quítate de encima, por el amor de los dioses! —gritó Calen mientras la áspera lengua de Faenir le bombardeaba la cara. Habría jurado que el condenado lupino estaba sonriendo—. Todas las puñeteras mañanas…
Empujó juguetonamente a Faenir a un lado y le revolvió el pelaje gris ceniza de la coronilla.
Con cuatro años, Faenir seguía comportándose como un cachorro de dos meses, pese a que medía casi dos varas desde la cola hasta el hocico; a cuatro patas, la cresta del lomo le llegaba a Calen hasta el pecho.
La nariz de Faenir se movió cuando el aroma del pan recién horneado se extendió tentadoramente desde la ventana de la cocina hasta el jardín.
—Venga, vamos. Llego tarde y tú solo piensas en la comida.
Calen cogió el arco y la aljaba, apoyados contra el lateral de la casa, y se los colgó al hombro. Subió al porche y entró en la casa.
La cocina estaba impecable, como siempre.
No había ni una mota de polvo ni restos de comida en el suelo de roble, y la larga encimera en forma de L al fondo de la habitación relucía.
La madre de Calen, Freis, molía hierbas en un cuenco de barro de pie junto a la desgastada mesa de la cocina, en medio de la habitación.
Estaba arremangada hasta los codos y llevaba el cabello gris dorado recogido con un trozo de cuerda vieja y gastada.
El dulce aroma a aliento de cretia mezclado con gotas de vidriazul, similar al de la miel, impregnaba el aire.
Calen recordaba que su madre decía que era la base de cualquier buen ungüento curativo.
Señaló la pasta gris verdosa del cuenco.
—¿Hay algún enfermo?
—Sí, la hija pequeña de Mara Styr tiene un poco de fiebre. Le comenté que iría a verla al mediodía —respondió Freis—. ¿No deberías irte ya?
Calen vio la hogaza de pan caliente y crujiente junto al alféizar de la ventana.
—Sí, me voy ahora mismo.
—¿Podrías recogerme más aliento de cretia y algo de muldio cuando estés en el bosque? —pidió Freis sin alzar la vista del cuenco de arcilla—. He gastado lo que tenía.
—Claro.
Se acercó al alféizar de la ventana con cuidado de no pisar la tabla del suelo que crujía y que le había ganado más de una marca roja en el trasero.
Rompió el extremo de la barra de pan sin hacer ruido y lo envolvió en un paño, para a continuación meterlo en el morral de cuero que había dejado antes en la cocina.
—¿Cuándo volverás?
—¡Al atardecer! —gritó Calen mientras salía por la puerta trasera, con Faenir aullando tras él, molesto por haberse quedado atrás.
La fresca brisa matinal le acariciaba el rostro mientras el sol ascendía sobre la cresta Lupina.
Entre los aromas habituales de los animales que pastaban y el olor metálico de la forja que impregnaba el pueblo, una ligera pero inconfundible fragancia a lavanda parecía flotar siempre en el aire alrededor de la casa de Calen.
La lavanda era esencial para numerosos remedios herbales, decía Freis una y otra vez, pero Calen pensaba que simplemente le gustaba su olor.
Oyó el ajetreo del pueblo mientras los comerciantes de Molinar se instalaban en la plaza; saltaba a la vista la expectación por el Mercado Lunar.
El chirrido constante de los ejes y el clap, clap de los cascos de los caballos proporcionaban un suave ruido de fondo a las animadas conversaciones mientras los comerciantes montaban las anticuadas tiendas.
Incluso a aquella hora tan temprana, un bardo vestido con atrevidos rojos y amarillos entretenía a un grupo de niños cautivados.
—Así fue como el poderoso Fane Mortem lanzó a su enemigo al otro lado de las murallas —decía el bardo, con el pecho hinchado y los hombros echados hacia atrás.
Calen puso los ojos en blanco al pasar, sin ganas de seguir escuchando.
Los aldeanos de El Claro no sentían ningún aprecio por Fane ni por el Imperio lorio.
Se encontraban a muchos meses de viaje de la capital, Al’Nasla, y los impuestos de Fane les robaban las pocas monedas y los pocos alimentos que tenían.
La mayoría de los envíos de su padre iban al norte, y el Imperio pagaba la mitad de lo que valían las armas y las armaduras, eso cuando pagaba.
Pese a todo, los bardos itinerantes seguían con sus historias.
En realidad no importaba; los niños pronto descubrirían la verdad.
Se abrió paso por la plaza del mercado, zigzagueando entre la creciente multitud.
Un comerciante joven y larguirucho se paseaba entre la gente delante de él; llevaba un juego de postes de tienda que trasladaba con la elegancia de un burro de tres patas.
De no haber estado Calen atento durante las últimas seis varas, podría haberlo decapitado más de una vez.
Agachándose ágilmente bajo los palos que se balanceaban, se dirigió hacia el borde de la plaza. Con un golpe sordo, sintió como si hubiera chocado contra una pared de piedra.
—Ah, joven maese Bryer.
Erdhardt Hammersmith era un individuo gigantesco, con el pecho como dos barriles de roble y las piernas como troncos de árbol.
También era el decano del pueblo y líder del Consejo municipal.
Calen había sido víctima de su habitual mal genio en más de una ocasión, gracias en buena medida a su amigo Dann.
—Tu padre me ha dicho que hoy te vas de caza.
—Sí, señor. Voy a reunirme con Dann y Rist en la linde del bosque. Volveremos antes de que empiece el Mercado Lunar.
Calen esbozó una sonrisa lo más inocente que pudo mientras intentaba esquivar la amplia base de Erdhardt. Una mano se le posó en el hombro, firme pero suave.
—Espero que esta vez dejes a Faenir en casa. —Erdhardt alzó una ceja con mirada inquisitiva—. La última vez que lo llevasteis a cazar, volvió frenético, y el gallinero de maese Pimm no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.
Se oyó un fuerte estruendo, seguido de gritos airados, tras del hombro de Erdhardt. Dos comerciantes habían chocado y había manzanas esparcidas por todo el suelo. Erdhardt contempló la ruidosa escena.
—Tengo que asegurarme de que estos niños no se dejen moratones unos a otros. No te metas en líos, maese Bryer.
Erdhardt se dirigió a zancadas hacia los dos comerciantes que discutían, la voz atronadora resonando por toda la plaza.
Calen no esperó a que cambiara de opinión.
Salió corriendo, se escabulló entre dos tiendas de campaña y saltó el muro bajo que marcaba el límite de la plaza del mercado.
Una sensación de alivio lo invadió cuando sus pies tocaron el suelo al otro lado.
Calen no pudo evitar la risa al imaginar a Faenir apretujándose para pasar por la diminuta puerta del gallinero.
«Pero si esas gallinas casi no ponían huevos».
Mientras avanzaba con dificultad por la hierba alta, con el gorjeo de los mirlos zumbándole en la cabeza, distinguió dos figuras posadas en un árbol caído al borde del bosque.
—Ya era hora de que aparecieras. ¡Llevamos aquí días! —gritó Dann mientras se bajaba del tronco.
La capucha de la túnica verde oscuro le cayó sobre los hombros, dejando al descubierto el cabello rubio, corto y revuelto.
—¿Cómo estás? —preguntó con cordialidad, abrazando a Calen—. Veo que hoy no nos acompaña Faenir. Creo que papá se alegrará después de lo que pasó la última vez.
—Sí, pero quizá echemos de menos su agudo olfato cuando nos perdamos en el bosque siguiendo el rastro de tu ciervo —dijo Rist, acercándose a ellos a zancadas—. Me alegro de que hayas venido, Calen. Dann no ha parado de hablar en toda la mañana.
Rist atrajo a Calen y le dio una palmada en la espalda.
—No lo aprietes demasiado, Calen. Nuestro Rist parece estar cada día más delgado.
—Oh, vete a la mierda, Dann. Al menos yo sé leer —replicó Rist, empujando a Dann.
—Oye, yo también sé leer. Solo que no soy tan ratón de biblioteca como tú.
Dann se echó a reír y le dio un empujón juguetón a Rist. La comisura de los labios de este se curvó en señal de desaprobación. Calen los rebasó a ambos mientras seguían intercambiando insultos y se dirigió hacia la linde del bosque.
—Vamos. Seguidme el ritmo, ¿vale?
Dann echó a trotar junto a Calen. Además del arco de tejo, llevaba colgados al hombro dos tablones cortos de madera con los extremos curvados, reforzados con bandas de acero.
—¿Hacía falta que trajeras el arco, Calen?
La mirada fulminante de este no surtió ningún efecto en la sonrisa picara que se dibujó en el rostro de Dann, quien nunca perdía la oportunidad de burlarse de alguien y ponerlo nervioso.
—Rara vez estoy de acuerdo con Dann, pero ¿realmente tiene sentido? —preguntó Rist mientras los alcanzaba. Acortó la distancia sin esfuerzo con sus calculadas zancadas—. Quiero decir, te he visto fallar una puerta de granero, y no exagero. Ese kato murió, Calen.