De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Prólogo
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De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1)

De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1)

Por Ryan Cahill

© inepub.com

Prólogo

PRÓLOGO

R ayos de pálida luz lunar se filtraban a través de la espesura mientras Kallinvar empujaba con el pie el cuerpo sin vida del urak, dándole la vuelta para dejarlo bocarriba.

Su piel gris y correosa estaba cubierta por una variopinta colección de cicatrices y heridas recientes.

Kallinvar frunció los labios con indiferencia.

Hacía tiempo que había perdido la cuenta de cuántas de aquellas monstruosidades había enviado al vacío.

Había tenido lugar una batalla en el bosque entre humanos y uraks, y la mayoría de las bajas eran humanas. Jóvenes. A juzgar por la distribución de los cadáveres, los uraks los habían atraído a una trampa. Los Caballeros habían llegado demasiado tarde para detener la masacre.

—Hermano Capitán, hemos encontrado uno vivo.

Kallinvar alzó una ceja y asintió para que el hermano Tarron lo guiara.

—Debe de ser él. El Gran Maestro dijo que encontraríamos aquí al último Portador del Sello.

El hermano Ildris y la hermana Ruon ya estaban junto al cuerpo del caído, con las brillantes capas blancas sobre la espalda.

—¿Respira?

—Sí, hermano Capitán. Aunque no le queda mucho tiempo.

De haber estado en pie, el herido habría podido mirar a Kallinvar desde arriba con holgura, y Kallinvar no era pequeño. Pero no estaba de pie. Yacía bocarriba, con una profunda herida en el vientre. A Kallinvar le sorprendió que aún estuviera vivo.

—Eh…

Una tos interrumpió el intento de hablar del caído, y la sangre le brotó de los labios. Kallinvar le puso la mano en el pecho.

—Tranquilo. No hables. Te voy a hacer tres preguntas. Responde con un movimiento de cabeza. ¿Entiendes?

El moribundo asintió.

—El deber de los fuertes es proteger a los débiles. ¿Estás de acuerdo?

El caído asintió sin dudar.

—Ninguna decisión es sencilla. El blanco y el negro no existen. Vivimos en un mundo de grises en constante cambio. ¿Estás de acuerdo?

El interpelado lo consideró por un momento y luego asintió de nuevo. Kallinvar lo miró fijamente.

—Si te salvamos, ¿estás dispuesto a renunciar a tu vida pasada y a todo lo que te ata a la persona que eres ahora? ¿Estás dispuesto a llevar el Sello de Achyron? ¿A seguir su credo y servir al Guerrero hasta el día en que te lleven de este mundo?

Kallinvar vio la expresión en los ojos del otro.

Incertidumbre. Eso era bueno. Una persona inferior aprovecharía cualquier oportunidad para salvar su propia vida.

Pero un verdadero ser humano no debería limitarse a desear vivir.

Tenía que desear vivir de la forma que considerara correcta.

Esa distinción era lo que dividía a las personas, lo que marcaba la diferencia entre quienes podían soportar el peso del Sello de Achyron y quienes se derrumbarían bajo él.

—Debes saber que si aceptas el Sello de Achyron y traicionas su credo, la vida te será arrebatada de la forma más dolorosa que puedas imaginar. No es una carga fácil de llevar. ¿La aceptarás?

Kallinvar no apartó la mirada de los ojos del moribundo. Era en ellos donde se alojaba la medida de la intención de una persona.

—Sí —respondió el moribundo con la voz entrecortada.

Un borbotón de sangre brotó de su boca abierta.

—Muy bien. Hermano Tarron, el Sello.

Kallinvar no tuvo que esperar mucho.

—El último Sello, hermano Capitán.

Kallinvar se giró y extendió la mano para tomarlo.

—Gracias, hermano Tarron.

Pasó los dedos enguantados por la suave superficie del Sello, compuesto por un extraño metal de un tono verdoso. Forjado por el propio Achyron, tenía la forma del símbolo de los Caballeros de Achyron: una espada que apuntaba hacia abajo incrustada en un resplandor solar.

—Va a dolerte, hermano —le dijo Kallinvar al herido—. Pero el dolor es el camino hacia la fuerza.

Sostuvo el sello frente a él, justo por encima del pecho del moribundo. Le apoyó la otra mano en el hombro.

—¿Estás seguro?

El herido asintió, con los ojos medio vidriosos. Estaba cerca del vacío.

«Así sea. Ya han aparecido todos los Portadores del Sello. Los Caballeros han sido restaurados antes de la Luna de Sangre».

Kallinvar presionó el sello contra la coraza de cuero del herido, sobre el esternón. Empezó a brillar como si reflejara la luz de mil estrellas. El olor acre del cuero quemado llegó hasta Kallinvar cuando el sello fundió la armadura del herido y se abrió paso.

A continuación empezaron los gritos.