De perdidos, al tractor Capítulo 36 · Rocío
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Capítulo 36 · Rocío

Rocío

«Rocío Cárdenas. Sin número. Revisión: nueve años leyendo números en voz alta delante de gente. Tachado: leyendo. Escrito encima: diciendo.»

El domingo a las ocho de la mañana la era se desmonta como se montó, solo que al revés y sin walkies: los técnicos cargan las torres de luz en el camión con la grúa, la pared de cajas se queda porque es mía, el arco de flores forasteras va a un contenedor, y las dos cámaras fijas, la de la nave y la de la puerta del cobertizo, las descuelga el mismo runner que las colgó, con un destornillador y sin apuntar nada, que hoy no tiene dónde.

Se llevan los micros. Se llevan el atril del ACTA.

Se llevan la marca roja, que era cinta y se arranca, y deja en el suelo de la era un rectángulo un poco más claro que va a durar hasta que llueva.

Y en el patio, a las ocho y diez, con el volcado firmado en la mano y el tercio a once y dos, la única cámara que queda encendida en esta finca es el móvil de mi hermana, que lo tiene en la mano y no lo levanta.

—Cuando quieras —dice Nuria—. O cuando no quieras. Yo espero.

Espera. Eso es lo que ha aprendido en seis semanas y lo que hoy vale más que las mil cuatrocientas: esperar con un móvil en la mano y una carta escrita hace una semana, con ciento treinta y un correos detrás, sin darle a nada.

Y yo, que llevo desde el martes de la cámara diciendo «mañana», me quedo en el patio con la libreta de hule y miro la nave, con los dos carteles en la puerta que ya no hacen falta y que voy a dejar, y el tabique de lona por dentro, torcido, y el zumbido fino del grupo de bar, y la cooperativa que abre mañana con treinta y una tortas mías en una balda ajena.

Y sé lo que hay que hacer, porque lo sé desde el martes: no es la carta.

La carta está bien. Es que la carta no tiene cara, y lo que ochocientas cuarenta personas compraron, aunque no lo sepan, fue una cara riéndose en un tractor. Se les debe la cara diciendo lo otro.

—Delante de la nave —digo—. Con la puerta abierta. Que se vea el tabique.

—¿Con luz?

—Con la que haya. Delia dijo que se pusiera donde tiene que estar, y donde tiene que estar hoy es donde está.

Nuria no discute. Se coloca donde le digo, a tres pasos, con el móvil en vertical, que así se ve en un teléfono, y espera a que yo abra la puerta de la nave del todo, con sus carteles, y me ponga delante, con el mono de la mañana, el de ordeñar, sin planchar, con las manos rojas del agua caliente y la libreta de hule en el bolsillo del pecho, y detrás de mí el tabique de lona con su puerta de listones y el zumbido.

No hay guion. Lo he decidido esta mañana, entre dos ovejas, donde decido las cosas: que no lo escribo. Lo escrito se tacha tres veces y sale bien, y yo hoy no quiero que salga bien. Quiero que salga.

—Cuando quieras —dice Nuria, y aprieta.

Y digo lo que hay.

—Me llamo Rocío Cárdenas y hago la Torta de Valcabrera.

La que habéis comprado. Detrás de mí está la cámara donde madura.

Hace dos semanas se murió el compresor, que tenía treinta años, y lo que veis, esa lona, es un tercio de la cámara con un grupo de alquiler, que es lo que hay hasta que llegue la nueva.

En ese tercio caben las tortas para quinientos sesenta pedidos.

Esos quinientos sesenta salen en septiembre, por orden de compra, como se dijo.

Los otros ochocientos cuarenta, no. No caben, y una torta que no cabe no se hace más deprisa.

Las que faltan van a madurar en la cámara de la cooperativa y en la nueva cuando llegue, y estarán en octubre unas y en noviembre otras.

Cada pedido tiene ya su fecha, la de verdad, y os la mandamos hoy.

Y el que no quiera esperar, que lo diga, y se le devuelve el dinero entero, hoy, sin preguntas.

Eso es todo. No hay más explicación que esa: una máquina vieja, un tercio de cámara y sesenta días que no se acortan.

Yo vendí mil cuatrocientas y tengo quinientas sesenta.

Lo demás lo pago con tiempo, que es lo que tengo, o con el dinero, que es vuestro.

Me callo. Nuria sigue grabando, un segundo, dos, esperando lo que en la tele viene después, la sonrisa, el gracias, el «os quiero», y no viene, porque no lo hay, y a los tres segundos baja el móvil.

—¿Ya?

—Ya.

—No has pedido nada.

—No hay nada que pedir. Se les debe una torta o un dinero. Las dos cosas están dichas.

Nuria mira la pantalla. Mira el vídeo, que dura lo que dura, un minuto y pico de una mujer con un mono sin planchar delante de una lona, y lo mira entero, y no dice «es contenido» ni «es EL vídeo» ni nada de lo que decía hace un mes. Dice:

—Sale frío.

—Es una cámara. Tiene que salir frío.

—Eso lo dijo Óscar.

—Ya lo sé. Lo apunté.

Y se queda con el móvil en la mano, con el dedo encima, y no lo mueve, y me mira, y espera.

Espera la orden. Porque es mi hermana y ha aprendido, a base de retirar una camiseta y de pagar unas cajas y de no enviar una carta durante seis días, que lo que se vende de una persona se le pregunta a la persona, y que la persona hoy soy yo, y que el dedo es suyo y la cara es mía.

—Publícalo.

Lo publica. Aprieta, y el vídeo se va a donde van las cosas, y detrás sale la carta, ochocientas cuarenta veces, con su fecha y su clic, y Nuria guarda el móvil en el bolsillo del pantalón, no en la mano, que es la primera vez que le veo hacer eso desde la noche de la hoja, y dice:

—Ya está.

—Ya está.

—No lo voy a mirar.

—¿El qué?

—Lo que pase. Los números. No los voy a mirar hasta mañana. —Y como no digo nada, añade lo que en esta casa se añade cuando una ha aprendido algo y no sabe dónde ponerlo—: Mamá dice que los números se miran con el desayuno. Que en ayunas engordan.

—Pues mañana.

—Mañana. Y esta vez lo digo yo.

A las nueve y media entra por la cancela un coche que no es de producción, un coche viejo y limpio, y de él se baja Braulio.

Con la zamarra. En julio. A las nueve y media de un domingo, en mi finca, donde no ha puesto un pie en nueve años, y se queda al lado del coche, sin cerrar la puerta, con la mano en el borde, mirando la era vacía con el rectángulo claro de la marca, y la nave abierta, y a mí en el patio.

No viene a nada de la cooperativa. Lo sé porque no trae la carpeta del registro. Viene con las manos vacías, que en Braulio es una manera de traer algo.

—Compré una —dice—. En la preventa. Por husmear. A veinticuatro euros, que es un precio.

—Lo sé. Nuria vio tu nombre en la lista.

—Pues me ha llegado tu vídeo. Al móvil. Hace diez minutos. Y la carta. Estoy en los ochocientos cuarenta. Noviembre. —Mira el tercio por la puerta abierta de la nave, la lona, el zumbido—. La compré por ver si estabas vendiendo humo. Me han mandado una fecha.

—Es la que hay.

—Ya. —Y se queda callado, con la mano en la puerta del coche, y hace la cuenta que hace, la de nueve años, que se le ve hacer como se le ve a mi madre contar al cielo, solo que Braulio la hace mirando al suelo.

—Retraso o devolución —le digo—. Como a todos. Tú eliges.

—Retraso.

—¿Por qué?

Y aquí espero cualquier cosa menos lo que dice, y lo que dice lo dice seco, sin mirarme, mirando la puerta de la nave con sus dos carteles, con la voz de las asambleas, la que cierra cuentas:

—Hace nueve años leíste unos números delante de todos.

Tenías razón. Se perdió el dinero igual.

—Cierra la puerta del coche, por fin, sin golpe—.

Hoy has dicho unos números delante de todos.

Con tu cara y con tu cámara rota detrás.

No sé si tienes razón. Sé que has dicho cuánto tienes y cuánto no, y a quién se lo debes, y cuándo.

—Se sube la zamarra al hombro, que le pesa—. La forma era esto.

Y no dice más. No dice «te perdono», ni «se acabó», ni «ven a la cooperativa, hija», que no soy su hija y no me perdona y no se acabó nada.

Dice que la forma era esto, y con eso se queda: nueve años de buenos días helados que no se calientan en una mañana, y un hombre de sesenta y seis años con zamarra en julio que ha elegido esperar a noviembre por una torta que compró por husmear, y que se sube a su coche, y que antes de arrancar baja la ventanilla y dice, ya con la vista al frente:

—Las treinta y una de la cámara de socios. En agosto va a haber más sitio, que dos socios sacan lo suyo. Lo apunto en el registro. Firmas como siempre.

—Como siempre.

Y arranca, y se va por el camino nuevo, despacio, que ese hombre no ha tenido prisa en su vida, y yo me quedo en el patio con la nave abierta y una cosa que no es perdón y que vale más que un perdón, porque un perdón se da y esto se ha ganado: que el hombre al que dejé sin nada de pie en una asamblea acaba de decirme que esta vez he hecho lo que no supe hacer entonces.

La forma. Y que él va a esperar. Y que sigue siendo Braulio, con su zamarra y su distancia, y que mañana en la cooperativa me dará los buenos días helados de siempre, y que eso está bien, porque no vine a que me quisiera el pueblo: vine a decir cuánto tengo.

Mi madre lo ha visto todo desde la ventana, cómo no. Sale con la sartén, que es domingo y hay migas aunque ya no haya a quién dárselas, y se queda en el umbral de la puerta que ahora cierra.

—¿Qué ha dicho?

—Que la forma era esto.

Mi madre no dice nada. Se limpia las manos en el mandil. Mira el rectángulo claro en la era donde estaba la marca roja, y luego el camino por donde se ha ido el coche viejo y limpio, y luego a mí.

—Come —dice—. Que las migas se enfrían y hoy no hay técnicos.

Sonia se va a las once. Sola, con el coche de alquiler cargado hasta el techo, sin carpeta, que la carpeta ya está en Madrid, y se para en el patio a dos pasos de mí, con el motor en marcha, y baja la ventanilla.

—He visto el vídeo.

—Ya.

—No hay careta para eso tampoco. Lo digo por si te consuela.

—Y como no me consuela y ella lo sabe, añade lo suyo, que es la única cosa que Sonia Requena regala—: Vendí seis semanas de ti y no me arrepiento.

Era mi trabajo y lo hice bien. Lo que has hecho hoy con un móvil en un patio no lo vendo yo, porque no es mío, y por primera vez en doce años hay una cosa que no es mía y que hubiera querido rodar.

—La hoja —digo—. La de la cocina. La que salió esa noche.

Sonia me mira desde la ventanilla como quien relee la última nota de una escaleta.

—Todo el mundo dice que le han robado la intimidad después de cobrar por enseñarla.

Y sube la ventanilla, y se va por el camino nuevo detrás de Braulio, más deprisa, que Sonia sí tiene prisa, y no ha contestado, y ha contestado, y las dos cosas se van con ella en un coche de alquiler hacia un tren, y yo no las voy a perseguir, porque hay una cosa que he aprendido en seis semanas que no me enseñó nadie: que hay cuentas que no se cierran, y que se apuntan igual.

A las doce, la explanada del cortijo está vacía.

Lo sé sin cruzar la vaguada, porque se ve desde el patio: no hay furgoneta con el morro hacia la salida.

Se ha ido a las diez, que lo he oído arrancar, y no ha pasado por el patio, y no ha venido a la puerta de la nave, y eso es exactamente lo que dijimos anoche en un cobertizo, cada uno a su sitio, y el jueves un café, y no hay más, y no falta nada, y aun así me quedo un momento mirando la explanada vacía como se mira una balda de la que ha salido un lote.

Nuria no mira los números. Yo tampoco. A las doce y media firmo el volcado de mediodía, once y dos, en la mesa exterior, que ya no tiene cámara delante, y me doy cuenta de que lo firmo igual, con la misma letra y la misma fecha, y de que esa es la única cosa de este mes que no ha cambiado y la única que importa.

Y abro la puerta del tercio, y cuento las baldas, ciento cuarenta y tres, y en la balda de abajo, donde una niña de nueve años se durmió una noche para ver si maduraban de verdad, hay una pieza de las de marzo que ya está, que ya unta, que ya es lo que dice que es, y la saco, y la marco con la fecha, y la pongo aparte.

Es la primera de las quinientas sesenta. Sale en septiembre. Y las otras salen cuando salgan, con su fecha, y a quien no quiera esperar se le devuelve lo suyo, y lo que pase con eso lo sabremos mañana con el desayuno, que en ayunas engorda.