De perdidos, al tractor Epílogo · Leandro
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Epílogo · Leandro

Epílogo

Leandro

Llego a la finca de los Cárdenas a las nueve y diez de un sábado de noviembre sin la caja de herramientas.

La dejo en el taller, en su mesa, al lado del equipo de diagnóstico, que ya no tiene funda porque ya no hace falta protegerlo de nadie, y cierro la persiana, y en la furgoneta, antes de arrancar, miro el asiento del acompañante, donde llevo diez años poniendo la caja por costumbre, y está vacío, y me cuesta, y arranco igual.

Es la primera vez que voy a Valcabrera sin herramientas.

No es una decisión de hoy. Es de un jueves de julio en un bar que olía a horno, y de todos los sábados y los martes y los domingos partidos que ha habido desde entonces, con los kilómetros discutidos en una servilleta, la mitad de veces yo hasta allí y la otra mitad ella hasta aquí, y un calendario en el corcho de su cocina y otro en la pared de mi taller con las mismas cruces en rojo, comparados por teléfono los lunes a las cinco, después de la llamada de mi madre.

El mensaje decía «No se ha roto nada. Ven si quieres». Y yo he venido sin nada que arreglar, que es lo que dice el mensaje, y lo que dice el mensaje es lo que hay.

El todoterreno está en el patio, con su palier y su caja, que las puso Chema en dos domingos de agosto con permiso, con mi voz en el manos libres diciéndole dónde apretar y él diciéndome que ya lo sabía, y desde entonces sube la cuba cuando hace falta, que en noviembre no hace falta.

El tractor está en el cobertizo, con la puerta grande abierta, terminado.

Terminado entre los dos, en septiembre, un sábado por semana, ella con el mono y yo con la caja, que entonces sí la traía porque era para eso: el rodamiento del eje, el freno derecho, el embrague, el aceite, las cuatro cosas de la lista de un parte que escribí un martes de julio con dos personas encima, y nada más.

Ni la chapa. Ni el cojín. El salpicadero sigue con el polvo que le quiso dejar ella.

Y la llave la giró ella, el último sábado, con las dos manos, y arrancó a la primera, y no dijo nada, y yo tampoco, y el motor sonó como suena un motor que ha vuelto a ser lo que era y no otra cosa, y luego lo apagó y se quedó con el motor apagado un segundo de más, y eso no lo apunté, que no se apunta.

En la nave zumba una cámara nueva. Zumba distinto: parejo, sin rascar, sin relé, con un compresor que no hay que golpear y un registrador que vuelca solo, aunque ella lo vuelca a mano igual cada mañana, con fecha y firma, porque el manual lo dice y el manual es suyo.

La cámara llegó en septiembre, cuatro semanas después de pedirla, con la entrada pagada del cierre de la tele y las cuotas saliendo cada mes de lo que sale: las quinientas sesenta que se fueron en septiembre, las ochocientas y pico que se fueron en octubre y en noviembre con su fecha, las devoluciones que hubo, que fueron menos de la mitad y más de las que Remedios dijo, y los pedidos nuevos, que no son mil cuatrocientos de golpe ni lo van a ser, porque una torta tarda lo que tarda y ahora lo sabe hasta el que compra.

Las cuotas se pagan. No sobra. Eso es todo lo que hay que decir de una cámara: que se pagan sus cuotas y que enfría.

La certificación sigue. Vino la mujer de la carpeta azul en octubre, un martes, a las diez, sin adelanto y sin flechas en las encinas, y miró el tercio que ya no era un tercio, y la cámara nueva, y el registro, y las treinta y una de la cooperativa que volvieron en agosto cuando hubo sitio, y firmó su hoja y se fue a Cabeza del Buey, y lo que escribió es lo que vio, y lo que vio Rocío no me lo ha contado y no se lo he preguntado, porque sigue, y seguir es lo que hay.

Remedios me abre la puerta de la cocina, la que encaja desde julio, y me mira las manos vacías, y luego la furgoneta, y luego a mí.

—Sin caja.

—Sin caja.

—Pues entra. Que hay que desayunar y hoy hay que celebrar que no se ha roto nada, que es más difícil de celebrar que lo otro.

Nuria está en la mesa con el portátil, que ahora lleva la tienda con un calendario que no vende lo que no cabe, y me pone un café sin preguntar y sin mirar, que en esta casa el café es una manera de saludar, y dice «está en la nave» sin levantar la vista, y luego levanta la vista y dice «sin caja», y sonríe con la nariz, que se le ha pegado de su hermana.

Está en la nave. Con el mono, con las manos rojas, con la libreta de hule en el bolsillo del pecho, firmando el volcado en la mesa exterior, que ya no tiene cámara delante y sigue siendo exterior, y me ve venir por el patio con las manos en los bolsillos, en mi metro, que ahora es un metro que se puede cruzar y se cruza cuando se pregunta, y espera a que llegue.

—Has venido sin nada.

—Decía que no se había roto nada.

—No se ha roto nada. —Cierra la libreta—. Quería enseñarte una cosa. Y no quería que la arreglaras.

—¿Puedo pasar?

—Puedes pasar. —Y como es ella, añade—: Es tu pregunta. La mía es otra. ¿Te quedas a comer?

—Me quedo a comer.

—Pues son dos.

Entro. La nave huele a lo que huele, a suero y a sal y a la cámara nueva, y ella me lleva hasta la puerta de la cámara, que es de acero, con su cierre, sin lona, y no la abre. Señala la puerta.

En la puerta, a la altura de los ojos, pegada con la cinta de embalar de las cajas, hay una hoja. De la libreta de hule, arrancada por la línea de puntos, con su letra, la de los volcados, la de los albaranes, la que no admite devoluciones. Y un título, subrayado una vez:

«Cosas que sí sé de Leandro Moya».

Debajo, una lista. Numerada. Y el primer punto está tachado.

Con dos rayas. Y encima, escrito otra vez, más pequeño, y tachado también, con dos rayas.

Y encima de eso, otra vez, en el margen, con la letra apretada de quien se está quedando sin sitio, y tachado.

Y al lado, en el hueco que quedaba, la cuarta vez, sin tachar, con la tinta más fresca que las otras:

«1. Viene sin herramientas cuando se le dice que no se ha roto nada.»

Debajo hay más puntos. Los leo. Los leo enteros, despacio, apoyado en el marco de la puerta de una cámara, con las manos en los bolsillos, porque no hay nada que hacer con las manos delante de esto, y ella está a un metro, con la libreta de hule contra el pecho, mirándome leer como se mira un termómetro que marca lo que tiene que marcar, y no dice nada, y no explica nada, y yo no pregunto qué ponían las tres primeras veces, porque hay tachaduras que son de quien las hizo.

Cuando termino, me quedo un momento más delante de la hoja. Luego me vuelvo. Y no digo «eso tiene arreglo», que no lo tiene y no lo necesita. Digo lo que hay.

—Esto no es mío para arreglarlo.

—No.

—Es tuyo para decirlo.

—Es mío para decirlo. —Se acerca el metro que hay, que hoy se cruza—. Y ya está dicho. Ahora vamos a comer, que mi madre lo tiene puesto y no es una invitación.

Y salimos de la nave hacia la cocina, por el patio, con el tractor terminado en el cobertizo y el todoterreno con su palier y una cámara nueva zumbando parejo detrás de una puerta con una hoja pegada, y ella no cierra el pestillo, y yo no llevo caja, y en la mesa hay migas aunque sea sábado, y no se ha roto nada, y he venido, y lo apunto donde se apuntan estas cosas, que es en ninguna parte y para siempre no, para hoy.