De perdidos, al tractor Capítulo 35 · Leandro
95%

Capítulo 35 · Leandro

Leandro

La emisión cae a las diez y treinta y cinco, y lo sé porque la luz roja de la cámara uno se apaga y la presentadora deja de sonreír a la vez, como si fueran el mismo cable, y Sonia baja de la tarima sin auricular y pasa por delante de la mesa sin mirarme y dice, a nadie, «recogemos», y los walkies de la era se apagan uno por uno, como las luces de una calle, y me quedo sentado en la mesa larga con la torta delante y las manos encima del mantel hasta que Bosco, a mi lado, se levanta, me pone la mano en el hombro, la deja ahí sin dar palmadas, que lo ha aprendido de Óscar, y dice:

—Ya no hay micros. Lo he mirado.

—Ya.

—Pues eso.

Y se va hacia la cámara dos, donde Delia está enrollando cable, y se pone a enrollar con ella sin que ella le diga nada, y eso es lo último que veo de la era antes de levantarme.

Voy al cobertizo. Es mi sitio en esta finca desde el miércoles: un estribo a la sombra, un candado que ya está echado, un tractor que arrancó a la cuarta.

Meto la mano en el bolsillo de la camisa antes de entrar y está lo que está desde esta mañana: un papel doblado en tres, sin sobre, sin nombre, que bajé de El Rebollar a las siete, cuando fui a por la camisa de la gala, y que llevo encima desde entonces porque no sabía si lo iba a usar y un hombre que no sabe si va a usar una herramienta se la lleva igual.

Ella está dentro.

No en la nave. En el cobertizo. Sentada en el estribo del tractor de su padre, a oscuras, con la libreta de hule en las rodillas, en mi sitio, que era su sitio antes que mío, y me ve entrar por la puerta chica, agachando la cabeza en el dintel, y no se levanta.

—La nave tiene el pestillo abierto —dice.

—Ya lo he visto.

—No era una invitación.

—Ya lo sé. Por eso he venido aquí.

Me siento en el guardabarros, enfrente, a un metro, que es la distancia que hay entre dos personas que han cerrado un alcance y todavía no saben si hay otro.

La puerta chica deja entrar la poca luz que queda de las torres, que se están apagando, y el cobertizo huele a lo que huele: a grano viejo, a gasoil, a tiempo quieto, y a las dos personas que llevan seis semanas moviéndolo.

Empieza ella. Lo empieza todo.

—El lunes firmé una solicitud con tu nombre.

—No lo dice como el miércoles, con la fecha y la hora como cargos.

Lo dice como se dice una causa en un manual—.

La firmé porque vi tu cara en una marquesina y decidí que no sabías defenderte.

Eso no era mío. Tú te defiendes como te defiendes, con lo justo y fechado, y hoy te has quedado sentado en una mesa mientras un país esperaba que hicieras algo, y no has hecho nada, y ha sido lo más difícil que había en ese plató.

Yo no lo sabía el lunes. Lo he sabido hoy, mirándote desde una marca roja.

Firmé por ti porque no te pregunté. Y no te pregunté porque tenía miedo de que me dijeras que no y de tener que respetarlo.

—Me habrías tenido que respetar.

—Sí.

Y ahora me toca a mí, y no lo hago como el miércoles, que fue en orden y con la voz de los partes, para que otro pudiera comprobarlo. Lo hago como se hace una cosa que no se ha hecho nunca: mal, y entero.

—El viernes firmé la adenda. Ya lo sabes.

Lo que no sabes es lo de después. —Saco el papel del bolsillo de la camisa.

Lo tengo en la mano, doblado en tres, y no lo abro—.

El domingo, después de que bajaras por la cuesta, escribí esto.

Un parte. Para ti. Con todo: la hora, los doce mil, el equipo, y que te lo iba a decir cuando tuviera algo más.

Y lo dejé, porque decía la verdad y no la solución.

Y el martes lo arranqué y lo subí hasta la cancela, a las once menos cuarto, y me quedé diez minutos mirando la luz de tu cocina, y no crucé el patio.

Y hoy lo he bajado en el bolsillo por si servía.

—Lo miro—. No sirve. Lo escribí para no tener que decirlo.

Eso es lo que hace un papel cuando uno no.

—Léemelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si te lo leo, te lo he escrito. Y lo que te tengo que decir no te lo escribí: te lo callé.

—Me lo vuelvo a meter en el bolsillo, doblado, que no es una carta y no se va a convertir en una—.

Firmé lo emitido para pagar el equipo. Me dije que no era lo de la casa.

Y sabía que el tractor lo hicimos dos y que lo firmaba uno, y me lo callé para arreglarlo antes de que doliera.

Para llegar a ti con un folio limpio: esto firmé y esto arreglé con ello.

Y no había folio limpio, porque no había nada que arreglar que fuera mío.

Lo tuyo era tuyo. Las ochocientas cuarenta eran tuyas.

La cámara era tuya. Y yo llevo seis semanas aprendiendo a no arreglar lo ajeno y me fui a veinte metros a arreglarlo igual, a escondidas, con un plan.

Ese es el nombre. No es «cuando tenga algo». Es eso.

Se queda callada. Se le ve repasarlo como repasa un lote, paso a paso, y esta vez no busca el fallo: lo sabe, y hoy no es día de decir dónde falla el otro.

—Tú me preguntaste una cosa en El Rebollar —dice—. La primera noche. En la puerta. Con la lámpara.

—Qué quería.

—Y me contestaste. Mal y entero, como ahora. —Cierra la libreta—. Te la vuelvo a preguntar. Pero no es la misma. Aquella era de noche y era lo que querías. Esta es de día, aunque sea de noche, y es lo que decides. ¿Tú qué quieres?

Y ahí está. La misma pregunta, con la misma voz de albarán, en un cobertizo en vez de en una casa, y no es la misma, y lo sé porque la primera vez me pilló con las manos vacías y esta vez tengo las manos llenas de seis semanas y de un papel en el bolsillo que no voy a usar.

Y contesto como se contesta lo que se ha decidido: sin mirar si está roto.

—Verte fuera de aquí. Sin hierro. Sin cuba.

Sin micros, que ya no los habrá, y sin escaleta, que tampoco.

Una vez. En un sitio que no sea tu finca ni mi taller ni una casa con higuera.

Y que después de esa vez decidas tú si hay otra.

Eso es lo que quiero. No lo he decidido por ti: lo he decidido yo, y te lo pregunto.

—Me lo preguntas.

—Te lo pregunto. —Y hago lo que no hice en la puerta de El Rebollar, ni en la de la nave con la bomba cazando, ni en la explanada con un móvil que no era mío—: ¿Y tú qué quieres?

Se lo piensa. Se lo piensa de verdad, que es lo que se pide cuando se pregunta de verdad, y en el cobertizo se oye el grupo de bar del tercio, a través de la pared de la nave, zumbando fino, y una torre apagarse en la era, y luego otra.

—Quiero eso. Una vez. Y quiero decir yo dónde y cuándo, porque el dónde y el cuándo de las últimas seis semanas los ha dicho una escaleta.

—Abre la libreta, que ya no tiene nada que escribir y la abre igual—.

Castuera. El jueves de la semana que viene, cuando ya no quede nadie de esta gente en la finca ni en el cortijo.

A las diez de la mañana, en el bar de la plaza, el que huele a horno.

Cada uno llega por su cuenta. Tú en tu furgoneta y yo en lo que sea, que el todoterreno sigue sin palier y eso es asunto mío.

Un café. Sin tema. Sin arreglar nada. Y al salir del bar, cada uno a su sitio, y luego, si hay otra, se pide.

—Se pide.

—Se pide. —Me mira—. ¿Es lo que quieres?

—Es lo que quiero.

—Pues es lo que hay.

Y no hay más. No hay «para siempre», ni casa, ni mudanza, ni una frase que arregle seis semanas, ni un beso que sustituya a una conversación que costaba más que un beso.

Hay un jueves, una hora, un bar, y dos personas que se lo han preguntado el uno al otro y han escuchado la respuesta, y con eso se levanta uno del guardabarros de un tractor, y ella del estribo, y nos quedamos de pie a un metro en un cobertizo a oscuras con las torres de la era apagadas del todo.

—El palier —dice—. Chema. Que venga un domingo. Con permiso. Tú por teléfono.

—¿Es una orden?

—Es un encargo. Es distinto. Lo has dicho tú.

—Entonces el domingo que viene. Se lo digo esta noche.

—Y el aceite del tractor.

—Sigue bajo.

—Cámbialo. Es una orden. Esa sí.

—Recibido.

Y ahí, después de lo decidido y no antes, hace una cosa con la mano: me la pone en la barba, un segundo, como la puso en una furgoneta hace tres semanas y en una casa hace dos, y la quita, y no hay más contacto que ese, y no hace falta más, y me pone en la mano, en la palma abierta, la suya, y me la aprieta una vez, como se firma un contrato que no tiene cláusulas, con la mano, que es como se firmaba antes de los burofaxes.

—Jueves —dice.

—Jueves.

—Y una cosa más, que no es del jueves. —Ya en el vano, con la mano en la chapa remendada—. El parte ese. El del bolsillo. No lo tires. Que se guarden las cosas que no se dijeron a tiempo, aunque no se lean. Mi padre guardaba las etiquetas en una caja de zapatos.

—No lo tiro.

Y sale por la puerta chica, agachando la cabeza en el dintel, hacia la nave, donde el pestillo está abierto y no es una invitación, y yo me quedo en el cobertizo con el tractor de su padre y un papel en el bolsillo de la camisa que no he leído en voz alta y que no voy a leer.

Lo saco. Lo desdoblo a la luz que no hay.

Y no lo rompo, que romper es una manera de no haberlo escrito, y lo escribí.

Lo doblo otra vez en tres y lo meto en la libreta de partes, entre el 126 y la página en blanco de mañana, donde estuvo la hoja de la cita y donde está la copia de la adenda, que es el sitio de los papeles que uno tiene que tener aunque no le gusten, y cierro la libreta, y echo el candado del cobertizo desde fuera, que ya estaba echado, por tocarlo.

Al cruzar el patio hacia la vaguada veo a Nuria salir de la casa con el portátil bajo el brazo, hacia la nave, hacia el pestillo abierto, y pararse al verme, y no decir «ciento treinta y uno» ni ningún número, y decir en cambio, desde el patio, sin acercarse:

—Lo del jueves. Me lo ha dicho ella al entrar.

Dos palabras. «Jueves. Castuera.» —Se cambia el portátil de brazo—.

No es asunto mío. Pero el todoterreno no tiene palier, y el jueves hay que ir a Castuera, y yo tengo carnet y una amiga con coche.

Lo digo por si hay que decidir cómo llega.

Que eso sí es asunto mío, porque soy la que conduce.

—Eso lo decide ella.

—Ya. Lo has aprendido. —Y sigue hacia la nave—. Yo también.

Llamo a Chema desde la explanada, que son las once y diez y Chema está despierto porque ha visto la tele con su mujer.

—No te preocupes, pero mi mujer quiere saber qué ha pasado después.

—Después no había cámaras.

—Eso ya se lo he dicho yo. Que después es de vosotros. —Se calla—. ¿Y?

—El domingo que viene vas a la finca de los Cárdenas a poner el palier. Con permiso. Yo te lo explico por teléfono paso a paso.

—¿Con permiso de quién?

—De la dueña. Es un encargo.

—Ah. —Chema deja el «ah» donde lo deja—. ¿Y tú?

—Yo tengo un jueves.

—¿Un jueves?

—A las diez. En Castuera. Un café.

—Ah —dice otra vez, y esta vez el «ah» es otro—. Pues come despacio. Lo he oído por ahí.

Cuelgo. La finca al otro lado de la vaguada tiene la luz de la cocina encendida y la nave con el pestillo abierto, y la era a oscuras por primera vez en seis semanas, y en el cortijo, detrás de mí, Bosco cruza la explanada con dos cervezas y me deja una en el capó de la furgoneta sin decir nada, y se va a la suya, y yo me quedo con la cerveza en la mano y con un jueves, que es lo único que tengo que no está en ningún papel, y es de dos, y lo hemos pedido los dos, y con eso, por hoy, se puede uno subir a la habitación tres y dormir, que mañana a las seis hay ordeño al otro lado de la vaguada y a las ocho ya no hay walkies, y nadie sabe todavía qué se hace en esta finca sin ellos.