Capítulo 34 · Rocío
Rocío
La final se titula VENGANZA EN DIRECTO y empieza a las nueve con mi cara de tres metros en la pantalla del fondo, riéndome en un tractor con un hombre al que hace seis semanas puntué con cuatro palabras, y encima LA MANTENGO, y debajo ¿Y AHORA?
, y yo de pie en la marca roja mirando mi propia cara como se mira una torta que salió con carácter y se vendió igual.
Voy de trabajar. El mono blanco planchado con el bordado en el pecho, el bueno, que Nuria me ha dejado sobre la cama a las siete sin decir nada, y las botas del ordeño limpias por una vez, y la libreta de hule en el bolsillo del mono con la página del sábado.
Producción no ha propuesto vestuario esta vez. Han aprendido eso, por lo menos.
La pieza de la quesería no sale. Lo sé a las nueve y cuatro, cuando pasa el rótulo TORTA DE VALCAbrERA una vez, como manda el trato, y detrás no viene la campaña nacional que llevaba seis semanas en mi contrato: viene la careta de la marquesina.
Sonia ha cumplido su parte de lo que dijo el jueves delante de una sartén.
Que caiga, dijo mi madre. Ha caído. Y en la mesa hay una torta con su nombre, cortada, con la luz donde tiene que estar, porque la ha rodado Delia, y ese es el único plano de mi queso que va a ver España esta noche, y es un plano bueno.
La mesa larga tiene dos aspirantes y una torta con su nombre.
La presentadora está encendida. Sonia está en la tarima, sin carpeta, con el auricular y las manos en los bolsillos de la americana.
Y la pieza de las seis semanas pasa entera, nueve minutos, y me veo: la hoja, el arco de flores, la prohibición del cobertizo, «cuatro cuarenta», el tractor de la Solana saliendo del cobertizo por primera vez en tres años, el camino viejo, los seis minutos de la Solana en silencio, la tilde, el acta.
Y no está la obediencia de él en el cobertizo.
Lo sé porque lo cuento. Sonia la ha quitado dos veces, en la primera gala y en la última, porque desarma a la villana, y hoy la villana tiene que llegar entera a la marca roja, y llega.
La crisis pasa con Bosco diciendo «sesenta» y tres correos leídos por la presentadora, uno enfadado, uno que espera y uno que pregunta si el tractor tiene nombre, y el rótulo de los tres números otra vez, y yo en la marca sin contestar, porque no me han preguntado, porque la pregunta única es una y viene después.
Y el bloque de los aspirantes es corto. Bosco no da el total de Delia.
Lo sé porque lo veo no darlo: la presentadora le pregunta «por la persona que hace que todo salga bien» y Bosco dice «esa persona no sale.
Lo decidió ella. Y yo aprendí a preguntar», y se calla, y la presentadora espera cuatro segundos que van a ser oro y luego pasa.
Y Delia, que está detrás de la cámara dos con el aparato al hombro, baja la cámara, no del todo, un palmo, y asiente, una vez, y él lo ve, y no lo mira, y la cámara vuelve a subir.
Eso es todo lo que hay entre esos dos esta noche y es más de lo que hubo el miércoles del vídeo, y no es asunto mío, y lo cuento porque lo vi.
Y Leandro sale en su total, en la pantalla, diciendo «Me quedo», sin la pregunta, y la era hace un ruido de gente que cree lo que parece, y él, en la mesa, con las manos encima del mantel, no se mueve.
Y llega el juicio.
La ficha cincuenta y nueve sube a la pantalla del fondo, mi letra ampliada, cuatro palabras, y la presentadora dice que España ha votado toda la semana, y saca el sobre, y lo abre despacio, que el directo se paga por segundos, y lee:
—España ha decidido... ¡que la villana debe retirarla!
Sobre A. La careta que Sonia tiene preparada.
El muro social se enciende en un solo color, que es el color de la gente que quiere ver a una mujer de rodillas por escrito, y en la era hay un aplauso de los que no me creo, y Sonia, desde la tarima, baja el auricular y me hace la pregunta única de la final, en persona, con la voz de las cifras.
—Rocío Cárdenas. Pregunta única. La ficha cincuenta y nueve. ¿La mantiene, la matiza o la retira?
Y aquí hay que decir una cosa antes de decir lo que dije, porque la dije con esto dentro y sin esto no se entiende: que estoy segura.
No de que esto tenga arreglo, que no lo sé, ni de que se pueda subir una cuba con él en el mismo hierro después de dos hojas en una carpeta, que tampoco.
De lo otro. De que a este hombre lo quiero como no he querido a nadie desde que tengo memoria de querer, con la voz de albarán y sin devoluciones, y de que eso es lo único de mi vida que no está en un contrato, y de que por eso mismo no lo voy a decir en una marca roja con un país mirando. Eso no es contenido. Eso es mío.
Lo que sí es de este plató, porque lo escribí aquí y lo firmé, es una ficha.
—No voy a valorarlo a él. Voy a corregir una valoración mía.
El muro social se para. Se queda blanco, sin saber, como el día de la tilde.
Sonia no se mueve en la tarima. La presentadora abre la boca y la cierra, que no hay careta para esto y lo sabe.
Y yo saco la libreta de hule del bolsillo del mono, la abro por la página del sábado, que tiene cuatro tachones y tres líneas en pie y una cuarta escrita a las siete de esta mañana en la sala de ordeño, de pie, entre dos ovejas, y la leo.
Desde la marca roja. Sin levantar la voz, que la afino, que es peor.
Y la leo entera, como se lee un albarán, sin saltarme una palabra, porque las palabras se pagan y estas las he pagado tres veces.
—Leandro Moya. Revisión. Sigue siendo una llave inglesa con barba: ve las averías antes que nadie y todavía está aprendiendo que no todas le pertenecen. Error de la evaluadora: confundir a un hombre callado con un hombre simple. Recomendación: no apto para el programa.
Y cierro la libreta.
No apto para el programa. Lo digo mirando a la cámara uno, no a la mesa, y lo que digo es lo que dice: que este hombre no sirve para esto.
Para una marca roja, para una marquesina, para un juicio, para una taza con cuatro palabras.
Que no es para un formato. Que es para un taller, para una cuba, para una cámara caliente a las cinco de la mañana, para una casa con una higuera.
Que lo que yo escribí de él un jueves en una cocina era verdad y era corto, y que el error era mío y lleva mi nombre: evaluadora.
Y que no lo retiro, porque retirar sería decir que me equivoqué en la llave inglesa, y no me equivoqué en la llave inglesa.
Me equivoqué en lo que no puse. Y lo que no puse lo pongo hoy, y lo pongo para mí, y lo firmo, y se acabó.
—¿Y le elige? —dice la presentadora, con la sonrisa al máximo, sin careta, con la voz que sale cuando la escaleta se ha acabado y queda el oficio—. Rocío, ¿le elige?
—Esa es la segunda pregunta —digo—. Y el contrato dice una.
—Y como la era se ríe, la risa de los técnicos, la única que me creo, añado lo que no tengo que añadir y añado igual, porque hoy es el último sábado y las cosas que se dicen el último sábado se dicen enteras—: Y lo que yo sienta por alguien no es contenido.
No lo ha sido en seis semanas y no lo va a ser en la última.
Eso no se emite, no se cuenta y no se vende.
Y me bajo de la marca roja.
Me bajo, con la libreta de hule en la mano y el bolígrafo de la cooperativa en el bolsillo del pecho, y no miro la mesa, y no miro a Sonia, y cruzo el plató por delante de la torta con su nombre, y salgo de la era hacia el patio, por el camino de la casa, con las torres de luz dándome en la espalda, y no pido nada.
No pido que se levante, ni que me siga, ni que diga nada, ni que se quede sentado.
No pido. He hecho una cosa mía, en una marca roja, con un país mirando, y es la primera vez en seis semanas que hago una cosa en un plató que no ha decidido nadie por mí ni he decidido yo por nadie, y con eso me voy.
Antes de salir de la era paso por la mesa, por delante de la torta, y la corto, porque el trato dice que se corta en directo y se come en directo y lo firmé, y le paso el cuchillo a Leandro por el mango, como se pasa un cuchillo, y él lo coge por el mango, como se coge, y esta vez las manos se tocan, un dedo, un segundo, sin querer o queriendo, que en una mesa larga con dos personas que han cerrado un alcance eso no se sabe, y la cámara dos lo ve, porque Delia lo ve todo, y no baja a buscarlo, que Delia rueda el queso.
Detrás, la era hace su ruido. Es un ruido que no entiendo, porque no es el de un solo color: es el de un muro social que no sabe si la villana ha ganado o ha perdido, y de una grada técnica en la que mi madre no se santigua y Nuria no abre el portátil y Braulio no se mueve de la última fila, y de una presentadora que dice «¡Y AHORA!
» con la voz de quien lee un rótulo que ya no significa lo que significaba, y de un plató en el que un hombre no se levanta de una mesa.
No se levanta. Lo sé porque lo sabría si se levantara: se oye desde el camino.
Se queda sentado con las manos encima del mantel, con la torta delante y su cara de tres metros al fondo, y no dice nada a ninguna cámara, y no corre, y no declara, y la presentadora le pregunta algo, se oye la pregunta y no se oye la respuesta, porque no la hay, y eso, para España, es un hombre que no ha contestado, y para mí, que lo sé mirar, es un hombre que ha entendido que hoy no le tocaba a él, y que se ha quedado en su sitio, que es lo más difícil que sabe hacer.
Y el muro social, que veo por última vez de reojo al doblar la esquina de la nave, no se ha puesto de un color.
Se ha partido en tres, que no lo había hecho nunca: los que querían la retirada y no la han tenido, los que querían la villana y tampoco, y unos pocos, abajo, que han escrito una palabra que no había subido en seis galas y que tardo en leer porque no me la esperaba: «evaluadora».
No es absolución. No lo es. Es que alguien, en algún salón, ha entendido de quién era el error.
Con eso no se hace una pieza. Con eso se hace un lote.
En el patio, a la altura de la nave, me alcanza la coordinadora, con la carpeta y sin walkie, que se lo ha quitado para esto.
—Rocío. Para que conste. Has comparecido.
Has contestado la pregunta única. Has cortado la torta.
El contrato está cumplido. El cierre se paga en agosto.
Sonia me ha dicho que te lo diga ahora, antes de que subas a la casa, porque no quiere que pienses que lo que has dicho cambia lo que se te debe.
—Cierra la carpeta—. Y me ha dicho que te diga otra cosa, que no es de contrato: que no tenía careta.
—Ya lo sé.
—Ya. Ella también.
Y se va, y yo sigo hacia la nave, no hacia la casa, porque hay un tercio a once y una cámara vieja con un compresor muerto y ciento cuarenta y tres piezas que no han visto la tele, y abro el pestillo, y entro, y no lo echo.
Por primera vez desde el martes de la semana cinco, no echo el pestillo.
No es una invitación. Es que ya no hay nada dentro que haya que proteger de nadie: lo que había que decir se ha dicho en una marca roja, y lo que hay que hacer es contar baldas, y las cuento, y son las mismas, ciento cuarenta y tres, y me siento en el taburete delante del termómetro del tercio con la libreta de hule en las rodillas, abierta por la página del sábado, que ya no tiene tachones porque lo que había que tachar está tachado, y espero a que se acabe el ruido de la era, que se está acabando, y a que se apaguen las torres, que se apagan, y a lo que venga después, que no lo sé, y por primera vez en seis semanas no lo he decidido yo.