De perdidos, al tractor Capítulo 33 · Rocío
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Capítulo 33 · Rocío

Rocío

El viernes empiezo a escribirla a las seis y cinco de la mañana, en la sala de ordeño, con la libreta de hule apoyada en el cuadro de la bomba, entre una oveja y otra, porque es el único sitio de esta finca donde por contrato no entra nadie y porque las ovejas no leen.

Lo primero que escribo lo tacho antes de acabar la línea.

Es buena. Es de las mías. Tiene la puntería de las de la cocina, con Sonia delante y la salmuera esperando, y por eso la tacho, con dos rayas, que una raya deja leer y dos no: porque es buena para herir y yo he tenido seis semanas para aprender que lo que hiere bien se vende mejor, y no voy a escribir el sábado una frase que Sonia pueda poner en amarillo.

La segunda la escribo a las siete menos cuarto, con la bomba cazando un poco, que la junta de verdad ya pide su revisión quincenal.

«Candidato 59. Revisión. Ha firmado lo que no era suyo por lo que sí lo era.»

La tacho también. Es verdad, y es exacta, y es lo que le diría a él a un metro en un cobertizo, y por eso mismo no es para un plató: porque describe lo que hizo, y lo que hizo lo sabemos él y yo y Sonia, y España no tiene por qué saberlo para que yo diga lo que tengo que decir.

A las ocho firmo el volcado en la mesa exterior, delante de la cámara fija, con la libreta abierta por la página del sábado tapada con la mano, que la cámara graba la puerta y no me graba la letra, pero por si acaso.

Once y dos. Y a las ocho y diez suena el walkie del guardabarros, que ha vuelto al patio no sé cómo.

—Ensayo de la final a las cinco en la era. Marcas, sobres, tiempos. Asistencia obligatoria de la protagonista y de los dos aspirantes. Sonia dirige.

Los dos aspirantes. Llevo seis semanas oyendo «los tres» y desde el domingo son dos, y uno de los dos está a veinte metros con una adenda, y el otro con las botas sucias a propósito.

La tercera formulación la escribo en la cámara, en el tercio, con el grupo de bar zumbando, a las diez, de pie, apoyada en la estantería de segunda mano.

«Leandro Moya. Revisión. Sigue siendo una llave inglesa con barba. Lo demás no cabe en una ficha.»

Y la miro. Y no la tacho todavía, que tiene una cosa que las otras no tenían: el nombre entero, y no un número.

Sesenta hombres tuvieron número en mi hoja porque no los conocía.

A este lo conozco. Lo conozco de un tractor y de una cuba y de una cama de hierro y de una carpeta, y un hombre al que conoces no se revisa con un número.

Pero «lo demás no cabe en una ficha» es una manera de no decir lo demás, y yo el sábado no voy a subir a un plató a no decir.

Tacho la segunda frase. Dejo la primera. Cierro la libreta, que Nuria viene por el patio con el portátil.

—Ciento treinta y uno. —Ya no lo dobla en un papel—. Y uno que pregunta si puede venir a la gala a recoger la torta en persona. Desde Cuenca.

—Que no venga.

—Ya se lo he dicho. Con fecha. —Se queda mirándome la libreta cerrada—. ¿Qué escribes?

—Lo del sábado.

—¿Y?

—Y que es más fácil escribir para herir. Sale solo. Lo otro hay que tacharlo mucho.

—Pues tacha —dice mi hermana, que ha aprendido a esperar y ahora está aprendiendo a decir lo justo, y se va con sus ciento treinta y uno.

A las doce voy a la cooperativa con la libreta de hule, a firmar el registro de las treinta y una y a comprobar dos más, y en el margen del registro, mientras la de la caja busca la llave, escribo una cosa que no es de la cooperativa, con letra pequeña, y la tacho antes de que la de la caja vuelva: «Candidato 59.

Revisión. No sabe pedir. Ha aprendido a que se lo pidan».

Es verdad. Y es mía. Y no es lo que hay que decir en una marca, porque habla de lo que él ha aprendido y yo el sábado tengo que hablar de lo que aprendí yo.

Braulio no está. Su zamarra tampoco, hoy.

Y en la balda que no es mía las dos piezas han perdido lo que tenían que perder, y las apunto, y me voy.

Mi madre no pregunta. Me pone la comida a las dos, en la cocina, con la puerta que hoy encaja un poco mejor, no sé por qué, a lo mejor porque ha llovido dos gotas o porque las puertas también aprenden, y come enfrente de mí, que ya se ha aficionado, y a los postres dice, mirando el plato:

—Tu padre escribía las etiquetas de las tortas tres veces. La primera con lo que quería poner. La segunda con lo que se podía poner. La tercera con lo que era verdad. Vendía la tercera.

—¿Y las otras dos?

—Las guardaba. En una caja de zapatos. Está en el altillo.

—Mamá.

—Por saber. Que hay gente que tacha y hay gente que guarda. Tu padre guardaba. Tú tachas. Las dos cosas son escribir tres veces.

El ensayo de las cinco es una máquina de las de Sonia y funciona como funcionan: con marcas de cinta en el suelo y una voz que dice dónde se pone cada cual.

La era grande, la pared de cajas, la mesa larga ya sin la silla de Óscar, y una marca nueva, roja, en el centro del plató, sola, a tres metros de la mesa, que la coordinadora llama «la marca del juicio» sin que se le note nada en la voz.

—La protagonista, ahí. En el juicio. De pie.

—Sonia con el auricular, desde la tarima, sin carpeta, que la final ya la tiene en la cabeza—.

La presentadora abre el sobre, lee el resultado, y yo hago la pregunta única.

Tú contestas desde la marca. Los aspirantes, en la mesa. Nadie se levanta hasta que yo lo diga.

Me pongo en la marca. Roja. Sola. A tres metros de una mesa donde Bosco se sienta con las botas sucias y Leandro se sienta con las manos encima del mantel, quietas, sin mirar la marca, y desde la marca se ve exactamente lo que Sonia quiere que España vea: una mujer de pie, un hombre sentado, y el espacio entre los dos.

—¿Y si no contesto desde la marca? —pregunto.

—Contestas desde donde quieras. Es un directo. Pero la marca es donde está la luz.

—¿Y si contesto otra cosa?

Sonia se quita el auricular. Baja de la tarima. Se acerca a la marca, a un metro, con las manos en los bolsillos de la americana, que es donde las lleva cuando no tiene café.

—Rocío, no te voy a preguntar qué vas a decir.

Te lo pregunté una vez en una cocina y me lo dijiste, y de aquello llevo seis semanas viviendo.

No lo voy a repetir. —Y baja la voz, que los técnicos están cerca—.

Tengo dos sobres, A y B, y una careta para cada uno.

Si dices una tercera cosa, no tengo careta.

Tendré un plano fijo de una mujer en una marca roja diciendo algo que no está en mi escaleta.

Y eso, que lo sepas, también se emite. Todo se emite. Lo que no puedo hacer es cortarlo.

—¿Y él?

—Él está en la mesa. Ha firmado estar en la mesa. Lo que haga en la mesa es suyo.

—¿Le has preguntado qué va a hacer?

—No. —Sonia me mira con la cara de la última nota de una escaleta—. Y no te lo diría si lo supiera. Pero no lo sé. A ese hombre no le he sacado en seis semanas más que un verbo, y no fue queriendo.

Y vuelve a la tarima, y se pone el auricular, y la máquina sigue: la presentadora ensaya el sobre con un folio en blanco, «España ha votado», y la torta física la pone el catering en la mesa con su nombre, y yo me quedo en la marca roja mirando la mesa, y él no me mira, y la coordinadora dice «guardad la posición», y la guardamos, treinta segundos, que es lo que dura un plano de dos personas que no se miran en un directo, y en esos treinta segundos hago lo que hago cuando no sé qué hacer: cuento.

No baldas. Cuento las cosas que sé de este hombre que no están en la ficha cincuenta y nueve: que aparca marcha atrás y de una porque se lo ha aprendido de mí; que dice «buenas» a lo que le mira fijo; que esperó a que se lo pidiera con la cámara caliente; que se sentó en el suelo de una cámara con la espalda en la pared; que firmó por el equipo y no me lo dijo por miedo a no tener solución; que eligió quedarse por decidir él.

Me salen más de cuatro palabras. Me salen más que las que caben en una marca roja.

—Posición liberada. Gracias.

Y bajo de la marca, y él se levanta de la mesa, y por primera vez desde el miércoles pasamos a dos metros, en la era, con la escaleta mirando, y no decimos nada, ni «dos veces», ni «recibido», y los dos metros de hoy no son los de la Gala 3, que escondían algo: son los de dos personas que han cerrado un alcance y todavía no saben qué se hace con las manos fuera de él.

Bosco me alcanza en el camino de la casa. Sin caja.

—La marca roja. —Camina a mi lado—. Cuando te has puesto, él te ha mirado. Un segundo. Cuando tú mirabas la mesa. No sé si te vale.

—No me vale de nada.

—Ya. Es lo que tienen los segundos. —Se para—.

Yo mañana no voy a dar el total de Delia.

Me lo han vuelto a pedir. He dicho que no.

Ella lo sabe. Me ha pasado otro trípode.

—Se encoge de hombros—. Con trípodes se puede hacer una relación, creo.

Lenta. Pero no es mi asunto y tampoco es el tuyo.

Lo digo para que sepas que hay una cosa en esta finca que va despacio y bien.

—Me sirve.

—Ya sé. —Y se va a la era, con las botas, y desde atrás se le ve la espalda de un hombre que ha aprendido dos cosas en seis semanas y que ya no necesita que le miren mientras las lleva.

A las nueve de la noche Nuria me enseña la promo del viernes en el móvil, en la cocina, sin que se la pida, «para que sepas lo que va delante de ti mañana»: el tractor, la cena en doce segundos con una música que nadie pidió, y él de lado preguntando «¿La mantiene?

» y yo con la voz afinada «Hasta ahí llego», en amarillo, y la furgoneta saliendo de noche sin nadie, y ¿Y AHORA?

, y negro. Lo veo entero. Lo veo como se ve una etiqueta que ha escrito otro para un queso tuyo: reconociendo el queso y no la letra.

—«Hasta ahí llego» —dice Nuria—. Lo han puesto en amarillo.

—Ya lo sé.

—¿Y hasta dónde llegas?

—Mañana.

—Rocío.

—Mañana, Nuria. Es la última vez que te digo mañana. Lo he contado.

Y es la última, porque el sábado a las nueve ya no hay mañana que valga.

A las once de la noche, en la nave, con el pestillo, la escribo por cuarta vez.

No la escribo entera. Escribo lo que sé que va a estar: el nombre, que ya lo tengo.

«Revisión», que es la palabra que he usado en cuatro galas y que en esta va a valer al revés.

Y una cosa que no tenía hasta el ensayo, hasta la marca roja: que no voy a subir a esa marca a revisarlo a él.

Que un hombre al que conoces no se revisa.

Que lo que se revisa es lo que una escribió de él sin conocerlo, y que eso no es de él: es mío, es de la evaluadora, es de la mujer que un jueves en una cocina puso cuatro palabras porque se le pasaba el punto a un lote.

Escribo eso. La palabra «evaluadora», que no la había usado nunca y que hoy es la única que sirve.

Y escribo «error», porque lo hubo, y hay que decir de quién.

Y luego me quedo con el bolígrafo encima de la página, con lo que viene después sin escribir, porque lo que viene después es lo que este hombre es, y eso todavía no lo tengo en una frase que no hiera y no adorne, y son las once y media, y mañana a las seis hay ordeño y a las nueve un juicio, y no sé lo que va a hacer él en esa mesa cuando yo lo diga, y no lo voy a saber hasta que lo diga, y por primera vez en seis semanas de escribir fichas eso me parece lo correcto: no saber la respuesta antes de dar la mía.

Cierro la libreta con la página a medias. La página del sábado tiene cuatro tachones y tres líneas en pie. Con eso se sube a una marca roja. Lo demás se escribe de pie.