De perdidos, al tractor Capítulo 32 · Rocío
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Capítulo 32 · Rocío

Rocío

«Remedios Cárdenas. Sin número. Manda papeles sin preguntar. Cierra puertas sin preguntar. Revisión pendiente desde febrero.»

El jueves a las ocho y veinte, cuando entro en la cocina con el volcado firmado, me siento en mi sitio de la mesa con la libreta de hule delante y el vaso de leche que mi madre me ha dejado sin decir nada, y me quedo así, con las manos alrededor del vaso, mirando la ventana de las dos hojas, que da al patio, sin beber.

No es una pose. Es lo que hay a las ocho y veinte de un jueves con una carta sin enviar, un tercio a once y un sábado con una marca en el suelo que todavía no he visto.

Y por la ventana veo llegar a tres personas de producción a la puerta de mi cocina, y ninguna es la que suele estar.

Está Delia con la cámara al hombro, apagada todavía, que se le ve en la lucecita.

Está la presentadora, sin sonrisa, con una tarjeta en la mano que no lee.

Y está Sonia, con el café y sin carpeta, que se para a dos pasos de la puerta y habla hacia dentro, sin llamar, como una mujer que ha llegado a la última semana de un formato y tiene una pieza que le falta.

—Rocío. Un total. Ahí, donde estás. Diez minutos. Sin preguntas: tú sentada a la mesa y la cámara contigo. Es lo que falta para la pieza de la final, la que abre el juicio. La villana en su casa, la víspera. No te pido que digas nada.

—Me pides que me quede hundida en mi cocina para que un país me vea hundida antes de juzgarme.

—Te pido un plano. Lo que haya en la cara es tuyo.

—Lo que hay en mi cara es mío. —No me levanto—. Y la cocina también.

—La cocina está en el perímetro. La nave la cerraste. La cocina no. Lo firmaste.

Y es verdad. Lo firmé. La casa entera es perímetro menos la nave y el cobertizo, y en seis semanas han rodado en mi cocina a mi madre friendo, a Nuria con el portátil, la ventana de las dos hojas, y yo nunca dije que no, porque la cocina era de mi madre y mi madre no cerraba nada.

Mi madre, que estaba en el fogón con la sartén de las migas, la coge con una mano y el paño con la otra y va hasta la puerta, y se planta en el umbral, entre las tres personas de producción y yo, con la sartén a la altura del pecho, que en ella es la altura de trabajo.

—¿Qué se rueda?

—Un total, Remedios —dice Sonia—. Rocío en la cocina. Diez minutos.

Mi madre se vuelve. No hacia Sonia: hacia mí, hacia la mesa. Y me pregunta una cosa que no me había preguntado nunca en su vida, en treinta y ocho años de decidir por mí lo que se comía, lo que se rezaba y a qué programa se mandaban mis datos por correo:

—¿Tú quieres que entren?

—No.

—Pues no entran.

Y sale al patio y cierra la puerta detrás de ella.

La puerta de mi cocina, que no tiene pestillo, que se cierra con un tirador de madera que puso mi padre y que se hincha en julio y no encaja, la cierra con la mano libre, desde fuera, y se queda delante de ella, de espaldas a la madera, con la sartén de las migas, y mira a Sonia.

Yo lo veo por la ventana de las dos hojas, que da al patio, y lo oigo por la ventana, que está abierta, y no me muevo de la mesa, porque la puerta la ha cerrado ella y lo que pase delante es suyo.

Sostiene la mirada. Eso es lo que hace. No dice nada.

No suelta un refrán, que sería lo suyo. No dice «donde comen dos».

Mira a Sonia Requena a los ojos, a la altura de una sartén, en el patio de su casa, y la mirada dura lo que dura, que en el reloj de la cocina, que se oye desde fuera, son doce segundos, y en mi vida son más.

—Remedios —dice Sonia, con la voz de las cifras—.

La campaña. La de la torta. La que va en el contrato de Rocío.

La pieza promocional de la quesería para la final, con la torta en la mesa, con su nombre, con la venta nacional que la cadena ha comprometido con la marca.

Esa pieza la monto yo esta tarde con lo que tenga, y hoy lo que tengo son unas cajas y una puerta cerrada.

Si no hay total, la pieza de la quesería puede caerse. No es una amenaza. Es lo que hay.

—Pues que caiga.

Lo dice sin bajar la sartén. Y en el patio se hace un silencio de los de después de un portazo sin portazo, y Delia, que no ha encendido la cámara, la baja un poco más, que en ella es una manera de decir de qué lado está, y la presentadora mira la tarjeta que no lee.

—Sabe lo que es esa campaña para esta casa —dice Sonia.

—Sé lo que es esta casa. —Mi madre cambia la sartén de mano—.

Yo mandé los papeles en febrero. Sin preguntar.

Y desde febrero he dado de comer a todo el que ha cruzado esa cancela, y a usted la primera, para pagar lo que hice.

Y no se paga con comida. Lo he mirado. Se paga con esto.

—Señala la puerta con el mango de la sartén—.

Ella ha dicho que no. Yo no digo nada. Yo cierro.

—Remedios, la campaña vale más que...

—La campaña vale lo que valga. La torta se vende como se ha vendido siempre, con el nombre y con los sesenta días, y si la cadena no la pone en la tele la ponen las monjas de Cáceres en el torno, que llevan treinta años poniéndola.

—Y luego, más bajo, con el tono de contar cuánto ha costado el pienso—: Sonia, usted a mi hija la ha puesto en una marquesina sin preguntarle.

Yo la puse en un sobre. Las dos hicimos lo mismo. La diferencia es que yo lo sé.

Y ahí Sonia hace una cosa que no le he visto hacer en seis semanas: no apunta.

No saca el móvil. Se queda con el café en la mano, mirando a una mujer con una sartén delante de una puerta que no tiene pestillo, y la sonrisa que no sé leer no aparece, y lo que aparece es otra cosa, corta, en la comisura, y desaparece.

—Recibido —dice. Y a Delia—: Recogemos. —Y a mí, ya volviéndose hacia la era—: El sábado hay una mesa, Rocío. La cocina es vuestra. La mesa es mía. Nos vemos allí.

Y se van, las tres, por el patio hacia la era, y la presentadora se guarda la tarjeta en el bolsillo sin haberla leído, y Delia, antes de doblar la esquina de la nave, se vuelve un segundo y mira a mi madre, y mi madre le hace un gesto con el paño, el de espantar moscas, que en esta casa es el de «anda, vete», y Delia se va con algo en la cara que no era de trabajo.

Mi madre no se mueve de la puerta hasta que los walkies suenan lejos. Entonces baja la sartén, que le pesa, que a esa mujer todo le pesa desde marzo del año pasado y no lo dice, y abre la puerta de la cocina con el tirador de madera, que se hincha, y me mira desde el umbral.

—Bebe la leche. Que hay que desayunar y las migas se enfrían.

Me bebo la leche. Mi madre me pone un plato de migas con uva y melón, y luego se sienta enfrente, que no se sienta nunca cuando sirve, y coge un trozo de melón con los dedos y se lo come mirando la mesa.

—La campaña —digo.

—Que caiga.

—Mamá, son...

—Sé lo que son. Lo he contado al cielo tres veces esta semana. —Mastica—. Y también sé lo que era esa puerta. Esa puerta era tuya y no la habías cerrado porque era mía. Pues ya está cerrada. Hazme el favor de no darme las gracias, que se me atraganta.

No se las doy. Como migas. Y con la boca llena de migas, en mi cocina, con la ventana abierta a un patio por donde hace un minuto pasaba un circo, me pasa una cosa que no me había pasado en seis semanas y que no tiene nada que ver con un juicio ni con una mesa: que mi madre me ha preguntado.

Me ha preguntado antes de hacer, y ha hecho lo que yo he dicho, y se ha quedado delante de una puerta con una sartén a pagar la diferencia.

Y eso, en esta casa, es lo más parecido a una disculpa que nadie va a oír nunca, porque no se dice: se hace, y luego se come.

Nuria entra a las nueve con el portátil, ve la escena, la mesa, el plato, mi madre sentada comiendo melón con los dedos, y se para en la puerta.

—¿Qué ha pasado?

—Que tu madre ha cerrado una puerta.

—¿Cuál?

—La de la cocina.

Nuria mira la puerta. La puerta del tirador de madera, que sigue sin encajar, que se abre con un empujón.

—Esa puerta no cierra.

—Hoy ha cerrado —dice mi madre, y se levanta a por café.

A las nueve y media el runner aparece en la ventana, no en la puerta, con el walkie apagado en la mano y la cara de traer un recado que no ha entendido.

—Dice Sonia que si podemos rodar la puerta. Cerrada. Desde fuera. Solo la puerta.

—La puerta ya está rodada —dice mi madre desde el fogón—. Está en la cámara esa de la nave, que graba lo que entra y lo que sale. Que la mire ahí. Hoy no ha entrado nada.

El runner apunta. Luego mira la ventana, que está abierta, y a mi madre, que lo mira a él, y entiende, a su manera, que la ventana no es la puerta y que por la ventana no se rueda, y se va.

Y a las doce mi madre hace lo que hace: saca la mesa de las migas a la encina y da de comer a los técnicos, a los mismos que a las ocho y veinte estaban en la puerta con una tarjeta, y les pone uva y melón, y ninguno pregunta nada, y ella tampoco, que en esta casa una puerta cerrada y una mesa puesta no se contradicen.

Se cierra lo de dentro. Se da de comer fuera. Las dos cosas.

El jueves tiene lo que tiene. Ciento doce correos, que Nuria ya no anuncia con cifras: me pone el número en un papel, doblado, en la mesa, como se le pasa una nota a alguien en un entierro.

La carta con su hueco. El tercio a once y tres.

La cooperativa, donde a las cinco firmo el registro de salida de dos piezas para comprobarlas, y las compruebo, y han perdido lo que sabía que iban a perder, cuatro días de corteza, y las devuelvo a la balda que no es mía con su fecha nueva, y la de la caja me mira a los ojos por primera vez en seis semanas, un segundo, y no dice nada, que la de la caja no dice, pero mira.

Delia viene a la ventana a las tres. Sin cámara, con las manos vacías, cosa que no le había visto nunca, y se queda fuera, en el patio, y habla hacia dentro sin apoyarse en nada.

—Si el sábado la torta va en la mesa, la ruedo yo. Sin música. Con la luz donde tiene que estar. No es de Sonia: es mía. Lo digo por si la pieza de la quesería se cae, que se puede caer. Que haya por lo menos un plano de la torta bien hecho.

—Gracias.

—No es para ti. Es para el queso. —Y se va, y a los dos pasos se para, sin volverse—. Y lo de tu madre con la sartén. Eso también lo habría rodado. No lo he rodado. Que conste.

—Consta.

Leandro no aparece. Lo veo dos veces, a veinte metros, en la era, con listones, y a las siete subiendo la cuba, porque la escaleta lo tiene a él en la cuba desde el martes y yo no he dicho nada, y baja a las ocho y media, y mete el tractor en el cobertizo marcha atrás y de una, y no viene a la puerta de la nave, y no viene a la cocina, y no arregla nada, que no hay nada que se arregle, y eso es lo único que hoy hace bien: no venir a arreglar. Lo sé mirar. Se oye desde el camino.

A las diez de la noche, con la casa a oscuras, mi madre pasa por delante de mi puerta y se para.

—La marquesina —dice desde el pasillo, sin entrar—. La de Badajoz. Me la ha enseñado el chico del walkie. Sales riéndote como tu padre.

—Ya lo sé.

—No te lo digo por eso. Te lo digo porque estás de tres metros, y con tres metros a una no la sacan de ninguna parte con una hoja. Ni él a ti, ni tú a él. Eso también lo he contado.

Y sigue por el pasillo, y oigo cerrarse la puerta de su cuarto, que esa sí encaja, y me quedo con la libreta de hule en las rodillas, abierta por la página del sábado, que está en blanco, y con el bolígrafo de la cooperativa en la mano, y con una puerta que hoy ha cerrado sin cerrar y que me ha dejado dentro, sola, con lo único que me queda por escribir en este programa, que es una ficha, y no sé todavía de quién.