De perdidos, al tractor Capítulo 31 · Rocío
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Capítulo 31 · Rocío

Rocío

El miércoles a las cinco de la tarde Sonia me sienta en la mesa del patio, con la carpeta, y me enseña dos cosas en este orden: primero el montaje, después el documento. Es el orden correcto. Lo sé porque es el mío: primero el termómetro, después la causa.

—Ese plano de la furgoneta —digo.

—Es de la cámara fija de la era. Emitido no está, pero es material de Tesela, grabado en el perímetro, en un espacio que no es privado.

Lo pongo porque hay una pregunta y el público la tiene.

No sale nadie. Sale una furgoneta. —Sonia cierra el portátil de la coordinadora con dos dedos—.

Todo lo demás es emitido. Todo lo demás está cedido.

—Cedido por quién.

Y saca el documento. Dos folios, con iniciales en cada página y una firma al final que reconozco porque la he visto en un folio de la Solana, en una hoja de medidas de Óscar y en un registro de entrada de la cooperativa, y porque es una firma que aprieta al par.

Adenda al contrato de aspirante. Leandro Moya.

Doce mil euros. Tres mil el día de la firma y nueve mil al cierre.

Permanencia hasta la última gala. Exclusividad de imagen durante la emisión.

Cesión del material emitido con el aspirante para promoción y usos derivados.

Y una fecha, arriba a la derecha, con la letra de Sonia y la del bolígrafo de Sonia: viernes de la semana cinco, once y siete.

Viernes. El viernes de los veinte metros. Cinco días después de un domingo con las manos en una mesa.

—Te lo enseño porque te concierne —dice Sonia—.

Lo que hay en ese cartel y en esa promo es material emitido, que es de Tesela, y él ha cobrado por que se use.

Doce mil. No por nada más: lo pone. No paga sentimientos, ni conducta, ni intimidad, y no la ha habido, que yo sepa, y lo he buscado.

Paga que se quede, que su cara sea nuestra y que lo que ya visteis los dos en pantalla se pueda poner en una marquesina.

Ni una cláusula falsa. Ni una coma de más. Léelo tú.

Lo leo. Lo leo dos veces, como los papeles importantes, y en la segunda no cambia nada, que es lo que tienen los papeles, y lo que cambia es lo que sé.

Lo que sé es esto, en orden, sin adorno, para que yo misma pueda comprobarlo luego: que el domingo de la semana cuatro este hombre puso las manos en una mesa y dijo, dos veces seguidas, que lo que pasara sin micros no se emitía, no se contaba y no se vendía; que yo le pregunté si entendía que eso incluía una cifra y una fecha que apretaran, y dijo que lo entendía; que el viernes de la semana cinco, a las once y siete, firmó por doce mil euros que lo que sí se había emitido, el tractor, la cena, «hasta ahí llego», se pudiera vender con su cara y con la mía en amarillo; y que desde las once y siete de ese viernes ha estado a veinte metros, hablando desde una puerta, diciendo «nada que sea tuyo».

Y lo que sé también, porque Sonia me lo dice con la carpeta cerrada y sin la sonrisa que no sé leer, es lo otro:

—Esta mañana le he enseñado la tuya. La solicitud.

Con tu letra. Ha dicho que se queda. Por el taller, ha dicho, y porque esta vez lo decidía él.

La solicitud está en mi carpeta, sin procesar: con su «me quedo» no hace falta resolverla.

Él sabe que la firmaste el lunes y que no se lo dijiste.

Tú sabes que firmó el viernes y que no te lo dijo.

Y yo tengo las dos hojas en la misma carpeta, y no os he mentido a ninguno, y no he cambiado una coma, y el sábado hay una mesa y os sentáis los dos. Eso es lo mío. Lo demás es vuestro.

Y se levanta, y se lleva la carpeta, y deja el documento encima de la mesa, «la copia es tuya, por si quieres releerlo», y se va a la era, donde la coordinadora la espera con el portátil cerrado, y las dos hablan bajo, y yo me quedo en la mesa del patio con dos folios que no son míos, con la letra de él en dos iniciales por página, y con el sol de las cinco de la tarde de julio dándome en la nuca, donde se nota la cámara y donde hoy no hay ninguna.

Nuria sale de la casa cuando Sonia se va, con el portátil, y ve los dos folios en la mesa, y no los lee, que mi hermana ha aprendido a no leer lo que no es suyo, y me ve la cara.

—La carta —dice—. Sesenta y cuatro correos son ya noventa y uno. ¿La envío?

—Mañana.

—Rocío.

—Mañana, Nuria. Hoy tengo otra cosa que cerrar antes, y no se cierra con un correo.

Y se va con el portátil, sin discutir, y eso es lo único de esta tarde que se parece a una cosa que funciona, y me doy cuenta de que mi hermana ha esperado tres días con noventa y un correos sin enviar una carta que tiene escrita, por mí, y de que eso también es decidir por otro, y de que en esta casa lo hacemos todas, y de que hoy no es el día de contarlo.

No cruzo la vaguada. Cruzo el patio. Voy al cobertizo, porque sé dónde está, porque desde la ventana de la cocina se ve a un hombre sentado en el estribo de un tractor con una libreta en la rodilla, y llego hasta la puerta grande, con el candado echado, y él está dentro, en el estribo, a la sombra, y me ve venir por el hueco de la puerta chica, y se levanta.

—La adenda —digo.

—Sí.

—El viernes.

—El viernes a las once y siete.

—Después del domingo.

—Después del domingo.

Y se queda de pie, a un metro, sin las manos en los bolsillos por primera vez, con la libreta cerrada en la derecha, y no dice «se te ha caído en la Solana» ni «nada que sea tuyo» ni «ahora no». Dice lo que hay, en orden, con la voz de los partes, y lo dice mirándome.

—El viernes vencían las dos cuotas del equipo.

Novecientos sesenta. Si no entraban, el lunes venían a por él.

No los tenía. Sonia trajo la adenda, la misma que me había ofrecido la semana de la cena y que yo había rechazado, y me dijo que era viernes y que eran las once, que es lo único que dijo que no estaba escrito.

Firmé. Pagué. El equipo sigue en su mesa.

—Traga—. Firmé lo emitido. Lo que ya habían visto.

Me dije que eso no era lo de la casa, que la promesa era lo de la casa y la adenda era el tractor y la cena, que ya eran de ellos.

Me lo dije con la voz de los partes, por orden, y otro lo habría comprobado y habría dicho que sí.

—¿Y tú?

—Yo sé que lo del tractor lo hicimos dos. Y que firmé uno.

—¿Y por qué no me lo dijiste? El viernes. El sábado. El domingo en tu puerta.

—Porque iba a decírtelo cuando tuviera una solución. Para las ochocientas cuarenta, para la cámara, para algo. Y no la tenía, y me dije que la verdad sin solución no valía, y me fui a veinte metros a esperar una solución que no ha venido. Eso es lo que hice. No tiene otro nombre.

Y lo tiene, y no se lo digo, porque no hace falta: lo que hizo tiene el nombre de lo que hizo él con una bomba de riego a los dieciséis años y con una mujer en Don Benito durante siete, y lo sabe, y lo lleva en la cara como se lleva un saco de pimientos.

—Y tú firmaste el lunes —dice.

—El lunes a las nueve y media.

—Mi nombre. Para sacarme.

—Para que no te sentaran el sábado en una mesa a esperar que un país decidiera si yo te retiro.

Para que no te gastaran. Vi el cartel, vi la final, vi tu cara en amarillo, y vi a un hombre que contesta lo justo y fechado de pie en un juicio, y firmé un papel para que no estuvieras.

Por tu bien. —Y me oigo decirlo, «por tu bien», con la voz de mi madre en febrero, y no lo retiro, porque lo dije, y lo dicho no se tacha—.

Sin preguntarte. Porque si te preguntaba me decías que no, y ya me habías dicho «ahora no» desde una puerta.

—Me lo dijo Sonia con tu hoja delante.

—Y a mí la tuya.

Y nos quedamos así, a un metro, en la puerta de un cobertizo que él abrió sin permiso hace seis semanas y que yo cosí con alambre, con un tractor detrás que arrancó a la cuarta, y no hay nada que decir que arregle esto, porque esto no está roto de una manera que se arregle.

Él firmó lo que era de dos. Yo firmé lo que era de él.

Las razones se entienden. Entender una razón no la hace de una, y esa es la parte que ninguno puede pasarle al otro para que la lleve.

—No eres un villano —le digo, porque es verdad y porque hay que decirlo antes de lo otro.

—Tú tampoco. Eso lo sabe hasta España.

—No sabe nada. —Miro el tractor—. Y yo tampoco sé qué hacer con esto. Sé lo que no se puede hacer, que es seguir subiendo cubas los dos en el mismo hierro como si el hierro no supiera.

—El hierro no sabe.

—Nosotros sí.

Y ahí lo cierro. Lo cierro como se cierra un lote que ha salido mal y no se va a vender: con la fecha y sin adjetivos.

—Se cierra el alcance. Lo tuyo es tuyo. Lo mío es mío.

El sábado nos sentamos en esa mesa porque lo firmamos los dos, cada uno lo suyo, y lo que yo diga de la ficha cincuenta y nueve lo diré yo, y lo que tú hagas con tu adenda lo harás tú.

Y esta finca, hasta el sábado, tiene un cobertizo que es tuyo para sentarte y una nave que es mía para cerrarme.

Y entre medias, veinte metros, que ya los tenías puestos.

—Rocío.

—No hay más. No hay una frase que arregle esto, y las dos personas de este cobertizo lo saben porque las dos han intentado arreglar cosas con frases toda la vida y siempre les ha salido caro.

Y no espero a que diga «recibido», porque no quiero oírlo en su boca hoy, y no quiero no oírlo.

Me voy hacia la nave. Cruzo el patio con los dos folios de la adenda en la mano, y los dejo en la mesa del patio, donde estaban, que no son míos, y entro en la nave, y echo el pestillo, y abro la puerta de lona del tercio, y el termómetro marca once y cuatro, y lo apunto, con la hora, en la libreta del clavo, y debajo apunto la otra cosa, con la hora, porque es una causa y las causas se apuntan: «17:40. Cerrado el alcance. Causa: la sé».

Mi madre llama a la puerta de la nave a las nueve.

Dos golpes, con el canto de la mano, como los que se le dan a un relé.

No pregunto quién es. Abro el pestillo, y ella entra, que en la nave entra la gente de la casa, y me pone en la mesa exterior, que hoy está dentro, un vaso de leche, y no dice nada, y se queda de pie mirando el tabique de lona con las manos en el mandil.

—Está torcido —dice al fin.

—Aguanta.

—Las dos cosas. —Y se vuelve a la puerta, y antes de salir, sin mirarme, deja lo suyo—: Tu padre y yo decidimos el uno por el otro treinta y un años.

Nos salió bien la mitad de las veces. La otra mitad la arreglamos dando de comer.

No te lo digo para nada. Te lo digo para que sepas que la cuenta existe.

Y se va, y cierro el pestillo, y me bebo la leche, que está tibia, como a los nueve años.

Y me quedo en el tercio, con el grupo de bar zumbando y ciento cuarenta y tres piezas que no saben nada, y respiro por la nariz dos veces, largo, como se concentra una para contar baldas, y luego cuento las baldas, porque hay que contarlas, y me salen las mismas.