De perdidos, al tractor Capítulo 30 · Leandro
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Capítulo 30 · Leandro

Leandro

El miércoles a las ocho y veinte el runner me enseña el móvil sin que se lo pida, que ya no distingue lo que es su trabajo de lo que es su afición.

—Badajoz. Esta mañana. La de la plaza.

En el móvil hay una marquesina de autobús con luz por detrás, y en la marquesina un tractor bajando un camino entre encinas con dos personas encima riéndose, y una de las dos soy yo, con la mano en la nuca y la boca abierta, tres metros de alto, y encima, en amarillo, LA MANTENGO, y debajo, ¿Y AHORA?

Delante de la marquesina hay una mujer esperando el autobús con una bolsa de la compra, mirando el móvil, sin mirar el cartel, y ese es el plano que más me dice: que en Badajoz hay gente esperando un autobús delante de mi barba de tres metros y que a la gente le da lo mismo, y que a mí no.

—Está en tres ciudades —dice el runner—. Lo he apuntado.

—Ya.

—¿Te gusta?

—Es una foto.

—Ya. Pero es tuya.

—Es de Tesela. Lo firmé.

El runner me mira con una cosa que apuntar y sin saber en qué cuaderno, y se va con el walkie, y yo me quedo con la marquesina en la cabeza, que es donde se quedan las cosas que uno ha firmado y luego ve en la calle a tres metros de alto.

Pienso en Chema pasando por esa plaza con la furgoneta pequeña, y en la del estanco, y en los de Malpartida en Don Benito, y en Marisa saliendo de un colegio, y en que todos van a ver la misma barba con las mismas cuatro palabras encima, y ninguno va a saber que la barba ha cobrado por estar ahí y que la mujer que escribió las palabras no.

Eso también lo firmé. Lo firmé sin pensar en la plaza.

Se firma siempre sin pensar en la plaza.

El miércoles a las diez Sonia me lleva a la caseta de totales, cierra la puerta y no se sienta.

Abre la carpeta encima del taburete y saca un folio doblado en tres, como se doblan las cartas, y lo desdobla y lo pone delante de mí, en la silla de la redactora, sin dármelo en la mano, que es una manera de decir que el papel no es mío aunque ponga mi nombre.

Pone mi nombre. Leandro Moya. Con la letra de la libreta de hule, la que firma volcados.

Debajo: «Protección del aspirante ante el plan promocional de la gala final.

Solicito su liberación anticipada antes del sábado».

La fecha del lunes. Y su firma, la de los albaranes, la que no admite devoluciones.

Lo leo dos veces, que los papeles importantes se leen dos veces, y en la segunda lectura no cambia nada, que es lo que tienen los papeles.

—Solicitud de liberación anticipada —dice Sonia—.

La misma que firmó Óscar. La firma la protagonista, por causa justificada, y la productora resuelve.

La firmó el lunes a las nueve y media, en la mesa del patio, con mi bolígrafo, después de que yo le enseñara el plan de la final y el cartel del miércoles, que hoy es miércoles y el cartel ya está en tres ciudades.

No me pidió que te lo dijera. Le pregunté si quería decírtelo ella.

Dijo que no. Dijo «díselo tú, cuando lo resuelvas». Y lo resuelvo hoy.

No digo nada. Me quedo mirando el papel en la silla, y lo que veo no es el papel: es una mujer en una mesa de patio con un bolígrafo que no es suyo, escribiendo mi nombre entero sin preguntarme, por mi bien, con la misma letra con la que firmó un volcado a las ocho y cuarto de ese mismo lunes, a veinte metros de mí, sin levantar la mano.

—No te lo dijo —repite Sonia—. Igual que tú no le has dicho lo tuyo. No lo digo por nada. Lo digo porque tengo las dos hojas en la misma carpeta y me he fijado.

—¿Qué causa le diste?

—Ninguna. Se la dio ella sola. Vio el cartel, vio la final, entendió lo que es un juicio en directo con un hombre de pie, y decidió que ese hombre no sabe defenderse porque contesta lo justo y fechado.

Lo dijo así. Y decidió sacarte antes de que te gasten.

Es una causa. No es mía, es suya, pero es una causa, y la he apuntado.

—¿Y qué resuelves?

—Resuelvo que lo decidas tú. —Sonia se apoya en el marco de la puerta, con los brazos cruzados—.

Tienes dos opciones y te las digo con cifras, porque las cifras no mienten y los adjetivos sí.

Una: acepto la solicitud. Sales del programa hoy.

Te vas de la finca antes del sábado, con lo cobrado.

La adenda dice permanencia hasta la última gala; si no hay permanencia, no hay prima: los nueve mil de la adenda no se pagan, y los tres mil de la firma se descuentan del cierre de tu contrato base, con lo cual el cierre se queda en seis mil, que cobras en agosto, si no hay más.

El material emitido sigue siendo de Tesela, con o sin ti, porque eso lo cediste al firmar y una salida no lo devuelve.

Tu cara sigue en la marquesina. Lo que no está es tu cuerpo en la mesa el sábado. Eso es lo que ella ha pedido.

—Dos.

—Dos: rechazo la solicitud. Te quedas hasta la gala.

Cobras la adenda entera, nueve mil al cierre, más los nueve mil de tu base.

Y el sábado estás en esa mesa cuando España vote, y cuando ella diga lo que diga de la ficha cincuenta y nueve, y eso ya no es mío ni es de ella: es del formato, y el formato lo firmasteis los dos.

—Descruza los brazos—. No hay tres. Y no te pido que decidas ahora.

Te pido que decidas hoy, porque el jueves cierro la escaleta de la final y tengo que saber quién se sienta.

Y se queda callada, y en la caseta se oye la mesa de las migas montándose fuera, como el día de la adenda, los caballetes, mi vida de estas semanas resumida en ruido, y yo me quedo sentado en la silla de la redactora con un papel que no es mío en las rodillas, y pienso lo que pienso, en orden, sin adorno, con la voz de los partes, para que otro pudiera comprobarlo.

Pienso en el taller. En el equipo con su funda, que es mío desde el viernes por primera vez en año y medio, y en dos cuotas que vencen en agosto y septiembre y que con seis mil se pagan y con dieciocho se pagan y sobra para el torno de Mérida si un día hay que cambiarle un motor, y en los de Malpartida tomando café con Chema, y en una vibración en Don Benito que nadie encuentra y que yo encontraría en veinte minutos con un aparato que hoy sigue en su mesa.

Eso es lo primero, y no lo escondo: lo primero es el taller, y el taller dice quedarse.

Pienso en la mesa del sábado. En estar de pie, o sentado, a cuarenta centímetros, con la ficha cincuenta y nueve en una pantalla y un país votando si esa mujer me retira o me mantiene.

Y pienso que eso es exactamente lo que ella no quiere para mí, y que por eso ha firmado un papel con mi nombre sin preguntarme, y que lo ha hecho por mi bien, con una razón que entiendo, y que entenderla no la hace mía.

Es su razón. Lo que hizo con ella es lo que hizo.

Y pienso en lo otro, que es lo que más pesa y lo que menos sé decir: que esta mujer ha decidido por mí, y que yo llevo cinco días decidiendo por ella una cosa que sigue en una libreta con la anotación «no enviado», y que si acepto salir del programa porque ella lo ha pedido, me voy de aquí con dos decisiones ajenas encima, la suya y la mía, y ninguna es mía.

Y si me quedo, me quedo con una decisión que es mía, la primera en seis semanas que no la toma un contrato, ni una fecha, ni una cuota, ni una mujer con un bolígrafo prestado. Esta.

—Me quedo.

—¿Por el taller?

—Por el taller. —Doblo el papel por sus dobleces, en tres, y se lo devuelvo, porque no es mío—. Y porque esta vez lo decido yo. No tú, no ella, no una carpeta. Yo. Me quedo hasta la gala.

Sonia coge el papel y lo guarda.

—Entonces no la proceso. Con tu «me quedo» no hace falta resolverla. La guardo, sin resolver, que las hojas se guardan. —Y como no me muevo, añade, ya con la mano en el picaporte—: Moya, no te voy a preguntar si eso es perdonarla.

—No es perdonarla.

—Ya. Tampoco es no perdonarla, que ese me lo sé. Es otra cosa. Eso ya no es mío.

—¿Y lo tuyo qué es?

—Lo mío es que el sábado hay una mesa y tú te sientas. —Abre la puerta—. Y que esta tarde hablo con ella. Con la otra hoja. Es lo que hay.

Y sale, y la caseta se queda con el ruido de los caballetes y sin el olor de su café, porque hoy no lo ha traído, y yo me quedo en la silla de la redactora con las manos abiertas sobre las rodillas, que son las mismas manos de siempre, y por primera vez desde el viernes no me pesan las manos: me pesa otra cosa, más arriba, en el sitio donde se guardan las cosas que no se apuntan.

No la busco. Salgo de la caseta y cruzo la era hacia el cobertizo, no hacia la nave, y a veinte metros veo la puerta de la nave con sus dos carteles y el pestillo echado por dentro, y no me acerco a los veinte, ni a los dos, ni a la puerta, porque lo que tengo que decirle no se dice a través de una lona y lo que ella me tiene que decir a mí no lo sabe todavía.

Sonia se lo va a decir esta tarde. Con la otra hoja.

Y cuando lo sepa, va a venir, o no va a venir, y eso lo decidirá ella, que es lo único que hoy puedo dejarle: que decida ella lo suyo, ya que yo he decidido lo mío.

Chema llama a las doce, y hoy soy yo el que empieza.

—Me quedo hasta la gala.

—¿Te ibas?

—Me podían haber sacado. Con un papel. Alguien lo pidió por mí.

Se calla. Chema se calla como se calla un motor bien hecho: se le oye seguir en marcha.

—¿Y te quedas por el taller?

—Por el taller.

—¿Y?

—Y porque lo he decidido yo.

—Ah. —Deja el «ah» y luego dice lo que no dice nunca, que es una opinión—.

Leandro, te conozco desde que tenías veinte años, y esto es lo primero que decides tú por ti desde que te conozco.

Todo lo demás lo decidiste por alguien: por tu padre, por el taller, por Marisa, por los de Malpartida, por mí, por esa mujer.

Esto es tuyo. No sé si es bueno. Pero es tuyo.

—No sé si es bueno.

—Ya. Por eso es tuyo. Lo bueno lo sabe uno cuando lo decide otro. —Y se le va la voz a otro sitio—. El pivot ha explotado. Esta mañana. El condensador. Como te dije. Lo he cambiado. Llevaba uno en la furgoneta desde junio, por si acaso. Eso también lo decidí yo, sin preguntarte. Y fue bueno.

—Fue bueno.

—Pues ya sabes que a veces sale. —Y cuelga, que Chema cuelga cuando ha dicho lo suyo, y me deja con el pivot arreglado a dos comarcas de aquí y con una cosa mía en las manos por primera vez en seis semanas, y las dos cosas pesan lo que pesan y ninguna se apunta en el mismo sitio.

Remedios pasa a la una con la sartén hacia la mesa de las migas, y me ve en la puerta del cobertizo, de pie, en la sombra, y no me trae plato. Se para en la puerta del cobertizo, con la sartén en la mano, y dice:

—Hoy no traigo plato.

—Ya.

—Hoy la mesa está ahí. Con sillas. Las cercas se acaban, Leandro.

Cuando se te acaben, la mesa sigue. —Y se va con la sartén, y es la primera vez en seis semanas que esa mujer se va sin haberme dado de comer, y entiendo que eso, en su idioma, es lo mismo que la mano en alto desde el camino nuevo: un gesto corto, para que conste.

Echo el candado del cobertizo, que ya estaba echado, por tocarlo.

Toco el pasador de la cuba dos veces con la mano izquierda, que la cuba hoy no sube hasta las siete.

Y me siento en el estribo del tractor de su padre, a la sombra del cobertizo, con la libreta de partes en la rodilla, abierta por el 125, y debajo de la anotación escribo una línea más, que no es para nadie: «Me quedo.

Decidido por mí. Sin solución para lo otro».

Y la miro. Y no la tacho. Y me quedo ahí sentado con una decisión propia por primera vez en seis semanas y con un agujero en el sitio donde antes había dos metros, y las dos cosas son verdad a la vez, y ninguna arregla la otra, y no tengo cinta de butilo para esto.