De perdidos, al tractor Capítulo 29 · Leandro
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Capítulo 29 · Leandro

Leandro

El martes a las ocho y media Remedios cruza la era con un plato tapado, que la mesa de las migas todavía no está montada y ella no espera a que se monte, y me lo pone en un listón, que es donde me pone las cosas desde el viernes.

—Tres días —dice—. Tres días sin sentarte. Mi marido aguantó cuatro una vez, arreglando cercas, y al quinto se sentó porque se le acabaron las cercas. —Me mira la barba—. ¿A ti cuántas te quedan?

—No lo sé, Remedios.

—Pues cuenta. Que las cercas se acaban. —Y se vuelve a la casa sin esperar a que coma, que no hace falta que me vea comer para saber que como.

El martes a las diez Sonia me busca en la era con la carpeta y sin café, y así se sabe que lo de hoy no es una oferta.

—Necesito una cosa para la promo de la final.

Corta. Una tarde. La Solana, el mirador, la mesa de la cena otra vez, con la luz de las nueve.

Tú y ella. Un abrazo, o un beso, o lo que os salga.

Lo rodamos el jueves, sale el viernes en la promo, y el sábado tenemos la final servida.

Es la imagen que falta: todo lo que tengo de vosotros es un tractor y un potaje, y la gente ya se lo sabe. Necesito la que no han visto.

—No.

—No he terminado.

—Yo sí.

Sonia se cambia la carpeta de mano. No se sienta, que en la era no hay dónde, y se queda de pie a dos pasos, con la cara de leer un albarán que no cuadra.

—Leandro, tienes una adenda firmada. Permanencia, imagen, promoción. Esto es promoción.

—La adenda dice material emitido. Lo pone en la segunda hoja. «Promoción y usos derivados del material emitido.» Un abrazo el jueves en la Solana no está emitido. No existe. Lo tendrías que rodar, y para rodarlo tendrías que hacerlo, y hacerlo no está en la adenda. Está en otro sitio.

—¿Dónde?

—En ningún papel tuyo.

Se lo piensa. Sonia piensa como se lee un contrato ajeno: buscando el tornillo que falta.

—Me estás diciendo que la adenda no te obliga a representar nada.

—Te estoy diciendo lo que pone. Tú lo escribiste.

«No paga conducta, sentimientos ni intimidad.

» Lo dijiste en la caseta y lo dijiste el viernes en la era, y te lo compré porque era verdad.

Sigue siendo verdad. Si me pides un abrazo para una promo, me estás pidiendo conducta.

Y la conducta no está pagada. Y aunque estuviera, no.

—¿Por qué no, si no está pagada? Es un abrazo. Con ella. No te estoy pidiendo que lo finjas. Te estoy pidiendo que lo hagas delante de una cámara.

Y ahí es donde tengo que decir la frase, y la digo mal, que las frases importantes las digo todas mal, con la voz de los partes, en orden, sin adorno, y con una palabra de más que se me escapa porque hay cosas que uno no sabe guardar cuando lleva cinco días guardando otra.

—Porque vendería lo que prometimos no vender.

Sonia no se mueve. No parpadea. Es la mujer más quieta que he visto en mi vida durante los dos segundos que tarda en oír la palabra que ha oído.

—Prometisteis —dice.

No es una pregunta. Es un dato que acaba de entrar en un dossier.

—Es una manera de hablar.

—No. Tú no tienes maneras de hablar. Tú tienes una manera y es esa: lo justo y fechado.

Y acabas de decir «prometimos». —Se pasa la carpeta a la otra mano, despacio—.

No te voy a preguntar qué. No lo necesito.

Llevo tres semanas buscando una cosa con un runner y un ayudante de montaje, y me la acabas de dar tú en un verbo, sin querer, lo cual es la única manera en que la gente da las cosas que valen.

—No tienes nada.

—Tengo un verbo. Con un verbo no se hace una pieza, tienes razón.

Pero con un verbo sé por dónde ir. —Y se guarda la sonrisa, la que no sé leer, y dice, ya volviéndose hacia los monitores—: La recreación, descartada.

No te la vuelvo a pedir. Con lo emitido me llega, y lo emitido es mío.

Y mañana hablamos de otra cosa, Moya, que hay una cosa en esta carpeta que todavía no te he enseñado y que no es tuya. Es de ella.

Y se va, y yo me quedo en la era con un listón y con el verbo que se me ha escapado, y con la certeza, que no necesita parte, de que acabo de darle a esa mujer lo que llevaba un mes sin encontrar, y de que lo he hecho con una sola palabra, «prometimos», que dicha en una mesa de matanzas era un contrato y dicha en una era delante de una carpeta es una llave.

Bosco me encuentra a las diez y media apilando los listones que Sonia ha dejado sin mirar, y se pone a apilar conmigo, sin cámara, sin ángulo, con las botas embarradas de verdad, que ya son las suyas.

—La he oído. Lo de la promo. Desde ahí.

—Ya.

—Yo publiqué una cosa de alguien sin preguntar, y la borré a las siete de la mañana, cuando ya la tenía medio país.

Llegué tarde por cuatro horas. —Apila—. No sé qué es lo que tú tienes.

No me lo digas. Pero si es de alguien más, que lo será, que en esta finca ya no queda nada que sea de uno solo, lo mío fue publicarlo sin decirlo y lo tuyo a lo mejor es no decirlo sin publicarlo, y no sé cuál de las dos es peor. Lo digo de profesional.

—¿De qué profesión?

—De la de llegar tarde. —Deja el último listón—. Delia no me habla. Pero ayer me pasó un trípode sin que se lo pidiera. En mi oficio eso se llama mejorar el engagement. En el tuyo no sé cómo se llama.

—Se llama que aguanta.

—Pues eso. Que aguante. —Y se mira las botas, con el barro—. Yo antes llevaba las botas limpias a propósito. Ahora las llevo sucias a propósito. No sé cuál de las dos es más falsa, pero la segunda pesa menos.

Chema llama a las once, que ya sabe mis horas.

—No te preocupes, pero han venido los de Malpartida. A tomar el café. El café que dijeron. Y se han quedado hora y media, y al irse me han dicho que la empacadora en Don Benito la tienen mal, que no les encuentran una vibración. Que si tú, a la vuelta.

—A la vuelta.

—Les he dicho que sí. Sin preguntarte. —Se calla—. Perdona. Que ya sé que es tu manera y no la mía, lo de decidir por ti. Pero era café.

—Era café. Bien hecho.

—¿Y allí?

Miro la finca. La nave con sus carteles, el tercio zumbando, la cocina con la ventana abierta y Remedios en la ventana, mirando la era como se mira un campo antes de la tormenta.

—Allí he dicho una palabra que no tenía que decir.

—¿Cuál?

—Una que no era mía sola.

—Ah. —Chema deja el «ah» donde lo deja siempre—. Pues esas son las que se dicen. Las que son de uno solo se guardan. Las de dos se escapan, porque pesan el doble. Lo sé por mi mujer.

—Chema.

—Nada. Que el pivot sigue sin explotar. Ya no sé si es buena noticia.

El martes por la tarde la escaleta me manda a la Solana con la cuba, «recurso de tarde», que consiste en subir el agua como todas las tardes con una cámara fija nueva en la Solana, que han puesto el lunes en la encina del mirador apuntando al abrevadero, y que graba a un hombre subiendo una cuba solo, en un tractor que no es suyo, y bajándola vacía.

Toco el pasador dos veces con la mano izquierda antes de subir, y me doy cuenta, y lo hago igual, y no hay nadie a dos metros para preguntar si dos veces.

Rocío ha subido la cuba las dos tardes anteriores.

Hoy me la han puesto a mí en la escaleta, y ella no ha dicho nada, y yo tampoco, y la cuba pesa lo mismo con cualquiera de los dos encima, que es lo único que este tractor sabe de nosotros.

Arriba, las ovejas bajan a las ocho y cinco, como siempre, y beben, y el flotador cierra a tiempo porque lo doblé con un cuchillo de untar la noche de una cena, y me quedo sentado en el estribo con el vaso de plástico viendo beber a un rebaño que no sabe que hay una carpeta, y pienso en lo que Sonia ha dicho al irse: que hay una cosa en esa carpeta que no es mía. Que es de ella.

No sé lo que es. No lo sé de verdad, que es distinto de no querer saberlo.

Puede ser un plan, un incumplimiento, un cartel.

Puede ser una pregunta que Sonia le ha hecho y ella ha contestado.

Puede ser la crisis de las ochocientas cuarenta puesta por escrito con fechas.

Lo que sé es que llevo cinco días sin dejarla decidir nada, ni dos metros, ni un plato, ni un domingo, hablándole desde una puerta con papeles dentro, y que un hombre que hace eso no tiene derecho a preguntarse qué hay en una carpeta que es de ella, porque él tiene otra carpeta y no la ha abierto.

El parte de ayer sigue en la libreta, debajo del asiento, con su número, el 124, y su fecha, domingo, y su anotación, no enviado.

Lo escribí a las once de la mañana del domingo, en El Rebollar, con la furgoneta delante de la puerta y la cama hecha, después de verla bajar por la cuesta con las botas llenas de polvo, y lo escribí entero, sin adorno, con todo lo que había que decir, y lo leí, y lo dejé.

Lo dejé porque decía la verdad y no decía la solución, y yo me había dicho que las dos cosas iban juntas o no iban.

Eso me había dicho. Y desde el domingo no ha aparecido ninguna solución y el parte sigue diciendo la verdad, y la verdad sin solución sigue siendo la verdad, y eso también lo sé, y lo sé sentado en el estribo de un tractor con un vaso de plástico, que es donde se saben las cosas que uno no quiere saber de pie.

Bajo con la cuba vacía a las ocho y media, marcha atrás y de una en el cobertizo, que ya me sale como a ella, y me quedo con el motor en marcha un segundo de más, que también se me ha pegado, y lo apago.

En el patio, a veinte metros, Rocío sale de la nave con el volcado firmado y me mira.

No levanta la mano. La deja donde está, con la libreta de hule, y me mira como se mira una cuba que ha subido otro: comprobando si viene llena.

Y entro en el cobertizo a echar el candado, que es lo único que hoy sé hacer sin equivocarme.

A las diez de la noche subo a El Rebollar, saco la libreta y leo el 124 otra vez, entero, con la lámpara amarilla, y sigue diciendo lo que dice, y lo arranco.

Lo arranco por la línea de puntos, que es la primera hoja que arranco de esa libreta en diez años, y lo doblo en tres, como se doblan las cartas, y me lo meto en el bolsillo de la camisa, y bajo con la furgoneta hasta el cruce de la encina, y subo a pie por el camino nuevo hasta la cancela, a las once menos cuarto, con el papel en el bolsillo, y me paro en la cancela.

Desde ahí se ve la puerta de la nave con sus dos carteles y la cámara fija encima, la que graba lo que entra y lo que sale, y se ve la luz de la cocina, encendida, y una sombra en la ventana que es ella con un vaso, contando.

Y para llegar a la puerta de la nave y meter un papel por debajo hay que cruzar el patio delante de esa cámara, y para llegar a la ventana de la cocina hay que llamar, y las dos cosas se pueden hacer, y las dos las haría un hombre que hubiera decidido hacerlas, y yo no he decidido nada: he subido con un papel en el bolsillo a ver si el papel decidía por mí, que es lo que hacen los papeles cuando uno no.

Me quedo en la cancela diez minutos. La luz de la cocina se apaga a las once y cinco, que es pronto para ella.

Y bajo por el camino nuevo con el papel donde estaba, y la furgoneta me lleva a El Rebollar, y el papel se queda en la mesa de las matanzas encima de los papeles del taller, doblado en tres, sin sobre, sin nombre por fuera, que no hace falta: no hay nadie más a quien pudiera ir.