De perdidos, al tractor Capítulo 28 · Rocío
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Capítulo 28 · Rocío

Rocío

El lunes a las nueve Sonia extiende sobre la mesa del patio un documento de doce páginas con el logotipo de Tesela y un título en la portada que leo dos veces porque la primera no me la creo: PLAN PROMOCIONAL · GALA FINAL · «VENGANZA EN DIRECTO».

—Venganza —digo.

—De la villana. Es tuyo. Te lo explico entero porque te concierne y porque no quiero que el sábado te enteres por un rótulo, que a ti los rótulos te sientan mal.

Lo explica entero. Lo explica como explicó la adenda a quien fuera aquel día en la caseta, con las cifras y sin los adjetivos, pasando páginas, y yo lo escucho con la libreta de hule cerrada encima de la mesa, que es lo único mío que hay en esa mesa.

La final es el sábado. Seis semanas, seis galas, y la sexta es la que la cadena ha vendido a los anunciantes desde la primera promo: la villana decide.

No a quién elige, que eso mi contrato dice que nadie me lo puede exigir, y Sonia lo sabe y lo repite: «nadie te obliga a elegir».

Lo que decide es otra cosa, y esa otra cosa es lo que Sonia ha construido en cinco semanas de material.

—El público ha votado la ficha cincuenta y nueve tres veces.

La tercera, por paliza. La final se abre con la ficha cincuenta y nueve otra vez, en pantalla, con las cuatro palabras, y se cierra con tu revisión final.

Y la revisión final no es una revisión: es un juicio.

El de España a ti. ¿La villana ha aprendido?

¿Se ha ablandado? ¿Retira, por fin, la ficha del hombre con el que se rió en un tractor?

—Pasa una página—. Eso es la venganza. No la tuya.

La de ellos. Seis semanas de tus frases y una noche en que tú te las comes o no te las comes, en directo.

—¿Y cómo se vota un juicio?

—Como se vota todo: con el móvil, toda la semana, con dos opciones.

«Debe retirarla» o «debe mantenerla». El sábado abro un sobre con el resultado y luego te pregunto.

Si coincides con España, España gana. Si no coincides, España gana también, porque tiene a quién gritar.

—Lo dice sin crueldad, con la exactitud de quien explica una máquina que funciona—.

Un juicio no lo pierde nunca el que juzga.

—¿Y él?

—Él es la prueba. —Otra página, y en la página está la promo: un cartel a doble página, con el fotograma del tractor bajando el camino viejo, dos personas riéndose, y encima, en amarillo, con la tipografía de los clips, LA MANTENGO, y debajo, más pequeño, ¿Y AHORA?

—. Este cartel sale el miércoles en la cadena, en redes, en marquesinas de tres ciudades.

El jueves, la promo con la cena. El viernes, la promo con la Gala 3, cuando él te preguntó y tú le contestaste «hasta ahí llego».

Todo lo emitido. Todo tuyo y suyo. Y el sábado, el juicio.

Miro el cartel. Miro su cara, riéndose, con la mano en la nuca, en el fotograma exacto que un dron cogió porque el del dron «se le fue el mando», en amarillo, con mis cuatro palabras encima, y entiendo lo que Sonia va a hacer con este hombre en la final: ponerlo de pie en un plató, con España mirando, a esperar que yo lo retire o lo mantenga, y sea lo que sea lo que yo diga, él es el que se queda sin sitio.

Si lo mantengo, es el hombre al que la villana no ha querido corregir.

Si lo retiro, es el premio de un juicio.

En las dos, es contenido. En las dos, lo gasta.

—Él no ha firmado esto.

—Él ha firmado lo que ha firmado, y su contrato es suyo, y lo que hay en ese cartel es material emitido de Tesela, que es lo que dice tu contrato y el suyo.

Te lo enseño porque te concierne, no porque necesite tu permiso.

—Sonia cierra el plan—. Rocío, no te estoy pidiendo nada.

Te estoy enseñando la final. Es más de lo que hago con nadie.

—¿Y lo del sábado? Lo de «estoy hasta el final».

—Eso lo dijo él. Yo no le puse las palabras. Yo solo las emití.

Y aquí es donde hago lo que hago, y lo cuento sin adornarlo, porque ya sé, mientras lo hago, que lo estoy haciendo por segunda vez en mi vida y con la misma razón que la primera.

—Sonia. Cuando Óscar se fue. Había un papel.

—Solicitud de liberación anticipada del aspirante. La firma él, la resuelve la productora, se formaliza en gala. Es lo que hicimos el sábado.

—¿Puede pedirla otra persona? ¿La protagonista?

Sonia se queda muy quieta, con la mano en el plan cerrado, y me mira con la cara que puso la noche de la tilde: la de la pieza que no encaja, apartada al lado del banco.

—Puede solicitarla. Por causa justificada. La productora resuelve. Está en tu contrato, en el capítulo de los aspirantes, en la parte que nadie lee porque nadie piensa que va a querer sacar a un hombre de un programa en el que lo ha metido ella. —Pausa—. ¿Qué causa?

—Que lo vais a gastar. —Señalo el cartel cerrado—.

Que en esa final él no gana ni pierde: se queda de pie mientras España me juzga a mí usándolo a él.

Y él no sabe defenderse de eso, porque es un hombre que contesta lo justo y fechado, y lo justo y fechado en un juicio es una condena.

Yo firmé comparecer seis galas. Él firmó estar.

Nadie firmó que lo pusieran en una marquesina en amarillo para que un país decida si merezco corregirme.

—Eso lo firmó él. Lo emitido es de Tesela.

—Lo emitido es de Tesela. Él no. Sácalo. Antes del sábado. Que se vaya con lo que tenga cobrado y que no esté en esa mesa el sábado esperando mi veredicto como un ganado que se pesa.

—¿Y lo que pierde?

Aquí me paro, porque no lo sé del todo, y lo que no se sabe del todo hay que decirlo así.

Sé lo que se sabe de los contratos de los aspirantes: mil a la firma y nueve mil al cierre, que lo dijo la coordinadora en la primera semana a quien quisiera oírlo.

Sé que Óscar se ha ido antes del cierre y que se ha ido, por lo que dijo, «con lo que tenía cobrado».

Sé que a Leandro le entró dinero de algún sitio el viernes, porque Chema lo sabe y yo sé leer una barba.

No sé más. No sé lo que hay en su contrato desde la Gala 3, cuando pasó a «activo», ni si «activo» cobra distinto, ni qué le cuesta a un activo irse.

Y no lo pregunto. No lo pregunto porque si lo pregunto Sonia me lo dice, con cifras, y las cifras lo hacen mío, y esto ya lo estoy haciendo por él sin que sea mío, que es exactamente la parte que me cuesta y la parte que hago igual.

—Lo que pierda, que lo pierda fuera de ese plató. Aquí dentro pierde más.

—Eso lo decides tú.

—Eso lo pido yo. Que lo resuelva quien lo resuelva.

Sonia saca de la carpeta un folio en blanco con membrete, lo gira hacia mí y me da su bolígrafo.

—Escríbelo. Con tu letra. Aspirante, causa, fecha, firma. Yo lo recibo. Lo que haga con ello es de la productora.

Lo escribo. Lo escribo con la letra de la libreta de hule, la que firma volcados y fechas de compresores, y pongo su nombre entero, Leandro Moya, y pongo la causa como se pone una causa en un manual, sin adjetivos: «Protección del aspirante ante el plan promocional de la gala final.

Solicito su liberación anticipada antes del sábado».

Y la fecha. Y la firma. Y mientras firmo, y esto lo digo porque es verdad y porque lo pensé en ese momento, con el bolígrafo en la mano, me acuerdo de mi madre en febrero mandando unos papeles a Correos sin decírmelo, por mi bien, y de lo que le dije en la mesa de la cocina con un tenedor a medio camino.

Y firmo igual. Porque hay una diferencia, me digo: a mí me metieron, y yo lo saco.

Y esa diferencia es exactamente la que se dice una cuando decide por otro y no quiere que se note.

Sonia coge el folio. Lo lee. Lo dobla en tres, como se doblan las cartas, y lo mete en la carpeta, entre el plan y la hoja de la adenda de alguien, y cierra la carpeta.

—Recibida.

—¿Y?

—Y la retengo. No la proceso hoy. No te digo que no y no te digo que sí.

Te digo que la tengo, que es distinto. —Se levanta—.

Rocío, te voy a decir una cosa de contrato y otra que no.

La de contrato: la productora resuelve, y resuelve cuando le conviene, y esta semana le conviene resolver el miércoles.

La otra: acabas de hacer por un hombre lo que tu madre hizo por ti, y me he acordado de la cara que pusiste en la Gala 1 cuando te lo conté, y no te la voy a describir porque no cobro por eso.

—¿Cuándo se lo dices?

—¿A él? —Sonia se cuelga el bolso—. ¿Quieres decírselo tú?

Y no contesto. No contesto porque decírselo yo es preguntarle, y preguntarle es que él me diga que no, y que me diga que no es dejarlo en esa mesa el sábado con mi ficha encima, y he cruzado una vaguada dos veces ayer y he visto a un hombre hablar desde una puerta, y no voy a preguntarle nada a quien ya me ha dicho «ahora no».

Lo he decidido. Lo he decidido yo, con los datos que tengo, y con los datos que tengo es verdad, y lo firmado no se tacha.

—No —digo—. Díselo tú. Cuando lo resuelvas.

—El miércoles —dice Sonia, y se va hacia la era con el plan bajo el brazo y mi papel dentro, y yo me quedo en la mesa del patio con la libreta de hule y el bolígrafo de la cooperativa, que no he usado, y con una cosa nueva en el estómago que no es la alegría de animal de la preventa ni el miedo de cemento: es lo que se siente cuando has hecho una cosa por alguien y sabes que no se lo puedes contar, y que si se lo contaras te diría lo que le dije yo a mi madre.

El lunes tiene ochocientas cuarenta filas esperando, y sesenta ovejas, y un tercio a once y tres, y una carta con una línea que lleva cinco días con una línea, y una hermana que me pone el portátil delante a las once con la bandeja de entrada abierta.

—Sesenta y cuatro correos desde el sábado. Todos preguntan lo mismo: si la suya es de las quinientas sesenta o de las ochocientas cuarenta. Lo vieron en la gala. Lo dijo Bosco. Lo dijo el rótulo. Rocío, lo saben y no se lo hemos dicho nosotras. Eso es peor que no saberlo.

—Ya lo sé.

—Pues la carta.

—La carta lleva una línea.

—Pues escribe la segunda.

Y escribo la segunda. Y la tercera. Escribo la carta entera, el lunes por la tarde, en la mesa del patio, con Nuria pasando las filas, y es una carta sin adjetivos que dice lo que hay: una máquina de treinta años, un tercio, una cámara de socios, sesenta días, un número de pedido y una fecha, y una devolución a un clic sin preguntas.

Y al final, debajo de mi nombre, dejo un hueco.

El hueco del vídeo. Que no sé si va. Y Nuria mira el hueco y no dice nada, y guarda el archivo sin enviar, «hasta que decidas», y entiendo que mi hermana ha aprendido a esperar, que es lo último que le quedaba por aprender, y que lo ha aprendido en la peor semana posible, que es cuando se aprende.

A las cuatro Bosco pasa por la mesa del patio con una caja vacía, que ya es su manera de pasar, y se para.

—El cartel del miércoles. Lo he visto en el portátil de la coordinadora.

—Deja la caja—. Le he preguntado si a mí me ponen en alguna marquesina.

Me ha dicho que no. Me he alegrado. Luego me he acordado de que a Delia la puse yo en una sin preguntar, y ya no me he alegrado tanto.

—Coge la caja—. Lo digo por si te sirve de algo saber que hay gente que aprende tarde y en voz alta.

—Me sirve.

—Ya. —Y se va con la caja, que es la única cosa de esta finca que Bosco lleva sin que se la mire nadie.

Leandro no aparece en el patio en todo el día.

La escaleta lo tiene en la era, «recurso», y lo veo cruzar tirantes a veinte metros, tres veces, y las tres veces levanta la mano, corto, y sigue, y a las siete no viene a la puerta de la nave, y a las nueve la furgoneta sale de la explanada con el morro hacia la salida y no vuelve hasta las doce, que lo sé porque estoy en la ventana de la cocina con un vaso de leche, contando, como mi madre cuenta al cielo, y me sale una cuenta que no me gusta: que llevo desde el viernes decidiendo por un hombre que lleva desde el viernes sin dejarme decidir nada, y que lo mío tiene una forma que conozco de una mesa de cocina en febrero, y que la forma se hereda.