Capítulo 27 · Rocío
Rocío
La pared de cajas sigue al fondo del plató, en la era grande, y ahora tiene delante un atril que no estaba, con un rótulo pequeño en la base que dice ACTA, con esas cuatro letras, y en el atril, cuando llega el momento, se sube Óscar con la libreta con gomilla y una camisa que se ha planchado él, y Sonia, ella misma, con el auricular puesto y sin carpeta, le hace la pregunta única desde la tarima, en directo, con la voz de las cifras:
—Óscar. Te vas. Cuéntalo como te dé la gana.
Y Óscar lo cuenta como le da la gana. Sin música, porque la han quitado.
Dice que durante cinco semanas se ha entrevistado con la protagonista para un puesto que ninguno de los dos quería, que lo han descubierto a la vez, que se han dado las gracias, y que se va el domingo en el tren de las siete y cuarto porque a esa hora el sol está delante y no detrás.
Dice que ha aprendido a no abrir el portátil.
Dice «rendimiento» una vez, mirando a la cámara, y el contador de la esquina marca uno, y la era se ríe, y él sonríe, con esa cara de que le hayan dado la razón.
Y baja del atril, y la presentadora no sabe qué hacer con las manos, porque en la escaleta ponía «lágrimas» y lo que hay es un hombre con una libreta que se ha despedido bien.
Yo tengo mi revisión después, y es la suya, cómo no, la cincuenta y siete, que España ha votado por paliza en cuanto supo que se iba, y el sobre se abre y mi letra sale en pantalla entera, las tres oraciones, y Sonia, desde la tarima, me hace la pregunta única a mí también, porque esta noche las hace ella:
—¿La mantiene, la matiza o la retira?
—La mantengo. Y la completo. —Miro a Óscar, que está de pie junto a la pared de cajas, fuera de la mesa por primera vez—.
Parecía capaz de explicarme mi propio trabajo.
Lo era. Y me dejó explicarle el suyo. Eso no lo puse porque no lo sabía.
Ahora lo sé. Se va con una libreta llena y me deja una curva firmada. Recomendación: amigo.
Y el muro social hace lo que hace cuando no sabe qué hacer, que es subir en dos colores a la vez, y Óscar se lleva la mano al pecho, con la libreta, un segundo, y la baja, y eso es lo único que se parece a una lágrima en toda la Gala 5.
Lo demás es lo que Sonia dijo que sería: la crisis, contada con lo que tiene.
Y lo que tiene es un runner con cuaderno, un técnico de Castuera que le ha dado un total de dos minutos delante de su furgoneta explicando lo que es un grupo de media potencia, un plano de la pared de cajas y un rótulo que ella ha escrito y que dice: MIL CUATROCIENTAS.
QUINIENTAS SESENTA. OCHOCIENTAS CUARENTA.
Sin verbo. Los tres números, en tres líneas, y luego un plano mío de espaldas, del martes, cerrando la puerta de la nave con los dos carteles, sacado de la cámara fija.
Y la presentadora diciendo que la villana «guarda silencio sobre los pedidos», que es verdad, porque no me han preguntado, porque la pregunta única ya la he gastado en Óscar, y eso también lo sabe Sonia.
Bosco levanta la mano.
No está en escaleta. Levanta la mano como se levanta en clase, desde su silla, con la cara de los dos días más largos de su vida ya lavada, y la presentadora, que no sabe si puede darle la palabra, mira a Sonia, y Sonia, detrás de los monitores, hace un gesto que no sé leer, y la presentadora dice «Bosco».
—Una cosa, para la gente que ha comprado torta.
—Mira a la cámara dos, la suya—. Yo llevo cinco semanas en esta finca y he aprendido a cortar cuajada y he visto morirse un compresor.
La torta tarda sesenta días. Sesenta. No cincuenta y nueve.
Si os llega en octubre en vez de en septiembre, es porque es torta y no es una camiseta.
Lo digo yo, que de camisetas sé. —Baja la mano—. Ya está.
Y se hace un silencio en la era de los que no estaban previstos, y yo lo miro, y él no me mira, que ha aprendido, y en el muro social sube una palabra que no había subido nunca en cinco galas: «sesenta».
Y a mi lado, a cuarenta centímetros, Leandro no se mueve.
No se mueve como no se movía en la Gala 3, cuando lo hacíamos para esconder lo que había.
Se mueve menos. Está sentado con las manos encima de la mesa, muy quietas, y cuando la presentadora le pregunta, en el bloque de la cena, si se ve «en la final», contesta «estoy hasta el final», que no es lo mismo, y no me mira al decirlo, ni al no decirlo, y el muro social, que en cuatro galas ha aprendido a leer una nuca, lo lee: «no la mira», «¿se han peleado?
», «está raro desde la cena», «eso es que ya ha pasado algo», «eso es que no ha pasado nada».
España especula. España se equivoca en las dos direcciones a la vez, que es su manera de acertar.
En la grada técnica mi madre no se santigua esta vez. Mira a Leandro, no a mí, con la cara de contar al cielo, y luego mira a Nuria y le dice algo, y Nuria no me lo transmite después, que es la primera vez que mi hermana se guarda un recado de mi madre, y eso también es un dato.
Y yo corto la torta de la mesa cuando me lo piden, y le paso el cuchillo por el mango, y él lo coge por el mango, y no nos tocamos, y esta vez a Bosco no se le escapa ningún ruido por la nariz, porque ha visto la distancia y ha visto que no es la de antes.
Después del directo no voy a la nave. Voy hacia el cortijo, con las torres apagándose, y lo alcanzo en la linde, a diez metros, que ya no es dos y todavía no es veinte.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Leandro.
—Nada que sea tuyo.
Y sigue hacia el cortijo, con el paso de ir a un sitio, y esa frase se me queda en la mano como una herramienta que no es mía: nada que sea tuyo.
No ha dicho «nada que sea mío», que es lo que dice siempre.
Ha dicho que hay algo, y que no es de mi propiedad.
Y me quedo en la linde con esa gramática, que me la sé porque la inventé yo, y entro en casa, y mi madre no me pregunta nada y me pone un vaso de leche en la mesa, que es lo que me ponía a los nueve años cuando me sacaba de la cámara dormida.
El domingo no hay cámaras, y a las siete y cuarto Óscar coge el tren de Castuera con la maleta, la libreta y un táper de mi madre, y lo llevo yo, en el tractor, porque el todoterreno sigue muerto y el tractor puede llegar hasta el cruce de la encina y de ahí lo recoge un taxi que ha pagado él, «que no voy a irme de aquí en la furgoneta de Tesela ni en la de nadie».
En el cruce se baja, me mira, y no dice nada de despedida, que un hombre que ha dicho un acta en directo no tiene más que decir. Dice:
—La luz de la nave del lunes. Sigue sin apuntada.
—Ya lo sé.
—Y otra cosa que tampoco apunto. —Coge la maleta—.
Ese hombre se ha ido veinte metros más lejos desde el viernes.
Los he contado. No sé por qué. Pero no ha sido por ti, porque tú no has hecho nada distinto desde el viernes, que te he mirado con método.
Ha sido por algo que no está en esta finca o que está y no se ve.
Lo digo para que no te lo cargues tú, que te cargas todo.
—Óscar.
—Amigo. Se dice. —Y se va al taxi, y desde la ventanilla hace el gesto de la mano con dos dedos, el del dibujo, y el taxi baja por la pista de Castuera con el sol delante, exactamente como él quería.
A las nueve cruzo la vaguada, y la furgoneta no está en la explanada.
No está. La explanada, sin la furgoneta con el morro hacia la salida, es un aparcamiento vacío con un cortijo detrás, y me quedo un momento en el sitio donde se sube uno por la puerta del acompañante, y entiendo que está donde está un domingo a las nueve sin cámaras, y que hoy no ha salido a la puerta con el café a las ocho y media, porque si hubiera salido no estaría la furgoneta donde no está.
Voy andando. Cuarenta y dos minutos con la cuesta, con las botas del ordeño y sin bolsa, que hoy no traigo nada porque no sé si hay a quién traérselo, y llego a El Rebollar a las diez menos cuarto, y la furgoneta está delante de la casa, y él está en la puerta, de pie, con la higuera detrás, y no tiene café en la mano y no se aparta del vano.
—Has venido andando.
—Como el otro domingo.
—Ya.
No me invita a pasar. Se queda en el vano, con las manos en los bolsillos, en su metro, que hoy es un metro con puerta.
—Dime qué pasa.
—Hoy no tengo nada que decirte.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo. —Mira el suelo, la tierra delante de la puerta, donde hay una marca de rueda que es de su furgoneta y otra que no—. Rocío. Estoy bien. Estás bien. La cámara aguanta a once. El sábado hay gala. No hay nada roto.
—Entonces por qué me estás hablando desde una puerta.
—Porque tengo papeles dentro.
—Los papeles del taller los he visto. Encima de la mesa. Y encima de la ropa, un domingo.
—Otros papeles.
Y ahí lo veo. No lo que es, que no lo sé: lo que hace.
Este hombre está de pie en una puerta, a un metro, calibrando cada frase antes de soltarla, apretando al par, y la única vez que le he visto esa cara con esa puerta fue un lunes en la nave, con la ordeñadora cazando, cuando yo le dije «en esta nave no se me dice ahora no» y él dijo «recibido».
Hoy es él el que dice «ahora no» y yo la que está fuera.
Y no sé qué hay dentro, pero sé que es algo, porque lo ha dicho anoche en la linde con su gramática: no es mío.
Es de él. Y le está pesando en los hombros como pesaba el saco del calor el lunes de la ola.
—¿Es Sonia?
Se le mueve la barba. No contesta. Y no contestar, en un hombre que contesta como etiqueto yo, lo justo y fechado, es contestar.
—Vale —digo—. Vale. Ahora no.
—Ahora no.
—Pero no me digas que no hay nada roto, porque eso lo sé mirar mejor que tú. Se oye desde el camino.
Y me voy. Cuarenta y dos minutos de vuelta, con la cuesta al revés, que es peor, y por el camino voy haciendo la cuenta que se hace cuando algo no cuadra, y la cuenta me sale así, porque solo tengo los datos que tengo: el viernes Leandro firmó el volcado conmigo a las ocho y cuarto y a las siete de la tarde estaba a veinte metros.
Entre medias, Sonia estuvo en la finca toda la mañana, con carpeta, y el jueves anunció que iba a contar la crisis con lo que tuviera, y el sábado la ha contado con un rótulo de tres números y un hombre que dice «estoy hasta el final» sin mirarme.
Y este hombre lleva desde la Gala 3 en escaleta fija, «activo», con su cara en cada promo, y si Sonia va a hacer con la final lo que hace con todo, que es venderlo, lo que va a vender en la final es a él, conmigo delante, y él lo sabe desde el viernes, y por eso hay una puerta.
Eso me digo. Es lo que sale con los datos que tengo, y con los datos que tengo es verdad.
Y a mitad de la vaguada, con la finca ya a la vista, la nave, el cobertizo, el tercio con su grupo zumbando, se me ocurre una cosa que no se me había ocurrido, y que se me ocurre como se ocurren las cosas en esta casa, con forma de trámite: Óscar se ha ido con una hoja.
Una solicitud. Un papel que se firma y que saca a un hombre de un programa antes de que el programa lo gaste.
Si lo hay para el que quiere irse, lo hay para el que no puede.
Y a las once de la mañana de un domingo sin cámaras, llegando a mi finca con las botas llenas de polvo, esa idea, que es una idea de las mías, de las que deciden por otro para que el otro no tenga que decidir, empieza a parecerme razonable.