Capítulo 26 · Leandro
Leandro
El viernes a las nueve y dos de la mañana me llama la central del proveedor, no el de aquí, y no es la chica educada: es un hombre con voz de leer un listado.
—Señor Moya. Hoy vencen las cuotas de julio y la aplazada de mayo.
Novecientos sesenta euros. Le recuerdo, como consta en el aplazamiento firmado, que si a las diecisiete horas de hoy no se ha recibido el ingreso, el lunes a las nueve pasa ruta de recogida por su domicilio profesional para retirar el equipo de diagnóstico en concepto de reserva de dominio.
La recogida está programada. Si el ingreso se produce, se cancela automáticamente. ¿Alguna duda?
—Ninguna.
—Que tenga buen día.
Cuelgo y me quedo mirando el móvil en la explanada, con el sol ya alto a las nueve, y hago una cosa que no hago nunca: miro el saldo.
El saldo dice lo que dice desde el domingo.
Lo que hay. Lo que hay no son novecientos sesenta.
Lo que hay es lo que quedó de los mil de la firma después de dos cuotas, un alquiler por semanas y cinco semanas de no cobrar a nadie, y la cuenta no la hago porque ya la hice en El Rebollar con tres tachaduras.
Chema llama a las nueve y veinte, sin muletilla y sin preguntar cómo estoy.
—Han llamado.
—Ya.
—¿Entra?
—Entra.
—¿De dónde, Leandro? Que llevo tres semanas oyendo «entra» y hoy es el día.
—Hoy sabrás de dónde.
—Vale. —Y se calla un segundo largo—. El equipo está en su mesa con la funda. No lo he embalado. Lo digo por si te vale saber que hay una cosa que sigue donde la dejaste.
—Me vale.
—Pues eso.
A las nueve y media hago lo que sé hacer cuando no sé qué hacer: trabajo.
La escaleta me tiene en la era, «recurso de convivencia», que hoy es ayudar a desmontar el plató de la Gala 4 y a montar el de la 5, que vuelve a la era grande, con la pared de cajas que Sonia ha decidido que se queda «porque ahora significa otra cosa».
Cargo listones. Cruzo tirantes. No miro hacia la nave, donde a esta hora Rocío firma el volcado del tercio delante de una cámara fija, con el pestillo esperándola dentro, y donde ayer a las siete de la tarde se cruzó conmigo en el patio y me dijo «¿dos veces?
» y yo dije «dos» medio segundo tarde, y ella lo notó, y no dijo nada, y ese medio segundo lo llevo encima desde ayer como se lleva un tornillo suelto en el bolsillo: sin peso y sin dejar de saber que está.
Sonia llega a las once. Con el café. Y con la carpeta.
No me llama a la caseta. Viene ella a la era, donde estoy con un listón en la mano, y se queda a dos pasos, y espera a que deje el listón, que lo dejo, y me tiende el café, que lo cojo, y me dice, en voz normal, sin bajar, que en la era a esa hora no hay nadie a menos de veinte metros:
—Es la misma. No ha cambiado una coma. Doce mil.
Tres mil a la firma, nueve mil al cierre.
Permanencia hasta la última gala, exclusividad de imagen durante la emisión, cesión del material emitido para promoción y usos derivados.
Nada de lo que no está. Lo que ha cambiado no es la adenda. Es la fecha.
—Lo sé.
—Sé que lo sabes. Por eso he venido hoy y no ayer.
—Abre la carpeta—. No te voy a decir nada que no sea verdad, porque no me hace falta.
Es viernes. Son las once. A las cinco cierra la central de tu proveedor.
Si firmas ahora, la transferencia inmediata sale de Tesela antes de la una, que lo he confirmado con Madrid a las diez.
Si no firmas, no pasa nada: la adenda caduca a las doce y el lunes pasa lo que tenga que pasar en Villanueva, que no es asunto mío.
No sé lo que es tu equipo para ti. Sé lo que pone en tu verificación económica y sé contar.
—No pagas sentimientos.
—No pago sentimientos. Ni conducta. Ni lo que haya o deje de haber entre tú y ella, que no lo sé, y si lo supiera tampoco lo pagaría, porque no se puede auditar.
Pago que te quedes hasta el final, que tu cara sea nuestra mientras esto se emite, y que lo que ya se ha emitido, el tractor, la cena, «la mantengo», se pueda poner en un cartel, en una promo, en una entrevista y en una taza.
Lo que ya es público. Nada de lo que no lo es.
Y ahí está la verdad, exacta, que es con lo que Sonia trabaja, y es peor que una mentira porque no se puede rebatir: nada de lo que no es público.
Lo que ya se emitió. El tractor, la cena, «la mantengo».
Ella sale en las tres cosas. Ella me dijo el domingo, con la mano encima de la mía, que lo que pase sin micros no se vende, y esto no pasó sin micros: pasó con un dron, con un micro de ambiente, con una cámara fija de la era.
Esto ya se vendió. Yo firmo que me paguen por lo que ya se vendió.
Eso es lo que me digo. Lo digo con la voz de los partes, por dentro, en orden, sin adorno, para que otro pueda comprobarlo.
Y otro lo comprobaría y diría que sí, que es verdad, que la adenda no toca la promesa.
Y ese otro no estuvo el domingo en una mesa de matanzas con las manos encima, ni oyó decir «si un día te lo piden con una cifra, o con una fecha que te apriete, la respuesta ya está dada», ni sabe que la historia que hay en ese cartel es de dos y que el que firma es uno.
—Rocío no sabe esto.
—Rocío tiene su contrato. No he hablado con ella de esto y no lo voy a hacer. Lo que hables tú con ella es tuyo. —Sonia me mira, y no hay sonrisa, ni de las que sé leer ni de las que no—. Yo no te pido que se lo cuentes ni que se lo calles. No es mi negocio. Mi negocio es esta firma.
Miro la era. La pared de cajas. Mil cuatrocientas, de las que ochocientas cuarenta no van a llegar a tiempo, y ella lo sabe, y lo lleva en ochocientas cuarenta filas, y anoche a las once tenía la luz de la cocina encendida y a la una también, y hoy ha ordeñado a las seis, y ha firmado a las ocho y cuarto, y yo no puedo hacer nada por ninguna de esas ochocientas cuarenta filas, ni con tres mil euros ni con doce mil, porque no son mías y porque lo único que he aprendido en cinco semanas es a no decidir por ella.
Y lo que sí es mío, lo único, está en una mesa en Villanueva con una funda encima, y el lunes a las nueve tiene ruta.
Firmo.
Firmo con el bolígrafo de Sonia, en la carpeta, apoyada en una caja de cartón de las mil cuatrocientas, en la era, a las once y siete, dos folios, iniciales en cada página, firma al final, y Sonia hace una foto de la firma con el móvil y la manda, y dice «hecho» en voz baja a alguien de Madrid, y cierra la carpeta, y me devuelve el bolígrafo, que no es mío, y lo cojo igual.
—Antes de la una —dice—. La transferencia. Y el lunes a las nueve nadie pasa por ningún sitio.
—Vale.
—Leandro. —Ya se va, con el café en la mano—.
Lo que te ha costado hoy se te ha visto en la barba otra vez.
Tampoco lo pago. Pero te digo una cosa, y no es de contrato: yo no sé lo que hay entre vosotros dos, y lo he buscado.
Lo que sé es lo que acaba de pasar. Que has firmado lo público para pagar lo tuyo.
Eso lo hace todo el mundo. Lo que no hace todo el mundo es decírselo a la otra persona. Eso ya no es mío.
La coordinadora me trae la copia a las doce, plastificada, como todo lo de esta gente, y la meto en la libreta de partes, entre el 123 y la página en blanco, en el mismo sitio donde estuvo la hoja de la cita, que ya no está porque la quemé el jueves en el fogón de El Rebollar, que no quería tenerla y no quería tirarla. Esta no la quemo. Esta hay que tenerla.
Y se va hacia los monitores, y yo me quedo en la era con un listón a los pies y una taza de café que no me he bebido, y a las doce y cuarenta el móvil vibra y el saldo dice otra cosa, y a las doce y cincuenta hago la transferencia de novecientos sesenta a la cuenta del proveedor, con el concepto que pone en el aplazamiento, y a la una y cinco me llama el hombre del listado para decir que se ha recibido, que la recogida queda cancelada, que las cuotas de agosto y septiembre vencen cuando vencen, y que tenga buen día.
Llamo a Chema.
—Ha entrado.
—¿De dónde?
—De la tele.
—Ah. —Y Chema, que no es tonto, no pregunta más, y deja que el «ah» diga lo que dice—. Pues el equipo se queda en su mesa. Con la funda.
—Con la funda.
—Leandro. ¿Lo sabe ella?
—¿Quién?
—No me hagas eso. Que yo también veo la tele con mi mujer.
—Lo sabrá.
—¿Cuándo?
—Cuando tenga algo que decirle además de eso.
Y ahí está. Lo oigo al decirlo y lo dejo dicho, porque es lo que hay: cuando tenga algo.
Cuando tenga una solución para las ochocientas cuarenta.
Cuando la cámara nueva esté pedida. Cuando la certificación esté.
Cuando el lunes ya no tenga ruta. Cuando lo público y lo privado vuelvan a estar cada uno en su sitio y pueda ponerle delante un folio limpio y decirle: esto es lo que firmé y esto es lo que arreglé con ello.
Lo digo así, por orden, con la voz de los partes, y suena a plan, y un plan es lo más parecido a una verdad que puede tener un hombre que acaba de hacer una cosa que no se puede deshacer.
—Ya —dice Chema—. Cuando tengas algo.
—Cuando tenga algo.
—Vale. Voy a mirar el pivot, que ese por lo menos explota cuando le toca.
La tarde del viernes tiene walkies, escaleta y un plató a medio montar, y yo la paso en la era, cruzando tirantes, y no voy a la mesa de las migas, que Remedios me pondría un plato y me miraría la barba, y no voy a la puerta de la nave, donde a las siete Rocío sale con el volcado firmado y me busca con la vista por el patio, y me encuentra, a veinte metros, con un listón, y espera un segundo a que me acerque a los dos metros de siempre, y no me acerco.
Levanto la mano, un gesto corto, como el del dron, y sigo con el listón.
Y ella lo mira. Lo mira como se mira un termómetro que marca un grado de más, y no dice nada, y entra en la casa.
A las ocho y media Nuria cruza la era con un plato tapado y me lo pone en un listón.
—De parte de mi madre. Dice que si no vas a la mesa, la mesa viene, y que no es una invitación.
—Gracias.
—Dice también que te has quedado a veinte metros toda la tarde y que veinte metros es una distancia de entierro. —Se encoge de hombros—. Yo solo traigo el plato.
Me lo como. De pie, en la era, con el plato en el listón, mirando la pared de cajas.
Está bueno. Todo lo que hace esa mujer está bueno y todo lo que hace lleva un mensaje, y el mensaje de hoy es que ha visto los veinte metros y no sabe por qué, y que en esta casa lo que no se sabe por qué se arregla dando de comer, y que no siempre funciona.
A las nueve subo a El Rebollar. Solo. Extiendo en la mesa de las matanzas el folio del viernes de la quinta semana, el de las tres tachaduras, y escribo debajo, con fecha: «Ingresado.
Recogida cancelada». Y me quedo mirando las tres tachaduras, que ahora son un documento de una cosa que ya no existe, y no las tacho, que las cosas vendidas no se tachan. Lo dijo ella.
La ventana que cierra mal deja entrar el aire de las encinas, que hoy huele a jara y a algo quemado lejos, y la cama de hierro está hecha, que se hace la cama, y no me acuesto en ella.
Me quedo en la silla de la ventana hasta las doce, con la libreta de partes abierta por el 123, que dice «Sin máquina.
Viernes. Anotación: ninguna», y no añado nada, porque no hay nada que un parte pueda decir de esto, y a las doce vuelvo al cortijo por los dos caminos con las luces encendidas todo el rato, que hoy no hay a quien esconder.
En la explanada, antes de bajar, miro la finca al otro lado de la vaguada.
La luz de la cocina está encendida. La una.
Ochocientas cuarenta filas. Y una mujer que a las siete me ha mirado como se mira un grado de más, y que mañana, en la gala, va a estar a cuarenta centímetros de mí en una mesa larga con una pared de cajas detrás, y a la que no voy a decir nada, porque no tengo nada que decirle además de lo que he firmado, y eso, me digo, no es todavía nada.