De perdidos, al tractor Capítulo 25 · Rocío
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Capítulo 25 · Rocío

Rocío

El jueves a las ocho y diez, con los walkies encendidos otra vez porque el martes se acabó el martes, Óscar me espera en la puerta de la nave con la libreta con gomilla cerrada, la carpeta de la curva bajo el brazo y una cosa en la cara que no le había visto nunca: nada.

Ni dato recién nacido, ni pregunta cargada, ni la cara de esperar un resultado de laboratorio. Nada. Un hombre en una puerta.

—¿Tienes diez minutos?

—Tengo cinco. A las ocho y cuarto firmo el volcado delante de la cámara.

—Entonces te acompaño a firmar y te lo digo mientras.

Me acompaña. Firmo el volcado del tercio, once y tres, en la mesa exterior, con fecha, delante de la cámara fija que graba la puerta, y Óscar se queda a un lado, fuera del plano, que ha aprendido dónde están los planos, y cuando cierro la libreta dice, con la voz de leer un manual:

—Me retiro del programa.

—¿Por qué?

—Porque nos estábamos entrevistando para el puesto de pareja. Los dos. Y los dos hemos llegado a la misma conclusión, y yo la tengo por escrito.

Lo dice sin drama y sin pena, y aquí conviene explicar por qué no me sorprende, porque no me sorprende.

Llevo cinco semanas viendo a este hombre hacerme preguntas de proceso, y contestándole como se le contesta a un auditor: con datos, sin adjetivos, con la cautela de quien sabe que le están evaluando.

Y él me las hacía como se le hacen a una candidata: con la libreta abierta y la casilla esperando.

La rotación de la salmuera, los registros de la cámara, la deriva del compresor, el modelo, la curva, las horas, la firma.

Todo era verdad y todo era útil, y en ningún momento de esas cinco semanas ninguno de los dos ha hecho a otro una pregunta que no tuviera respuesta. Y una relación, si es algo, es lo otro.

—¿Cuándo lo has sabido?

—El lunes, a las diez y veinte, cuando el técnico dijo un tercio y tú dijiste tabícala.

—Abre la libreta y me enseña una página en la que no hay números: hay una fecha y una frase, con su letra cuadrada: «No me ha mirado para decidir.

Ha mirado a la cámara. Bien.»—. En ese momento yo tenía en el portátil un modelo que te decía cuántas piezas iban a llegar a septiembre con un grupo de media potencia, y no lo abrí.

Y me di cuenta de que no lo abría porque no hacía falta: tú lo sabías antes que el modelo.

Y entonces me pregunté qué hacía yo aquí, y la respuesta era: aprender a no abrir el portátil.

Y eso ya lo he aprendido. Lo que venía a hacer, hecho.

—¿Y lo demás?

—Lo demás nunca estuvo. Ni de tu lado ni del mío.

Tú tienes un hombre a dos metros que te mira las manos, y yo tengo una libreta que me mira a mí.

—Cierra la libreta—. No es un sacrificio.

No hay nadie a quien sacrificarse. Y no son celos, que los he mirado por si acaso, con método, y no hay. Es una conclusión.

Y ahí me río. Por la nariz. Porque «los he mirado por si acaso, con método» es la frase más Óscar que ha dicho Óscar, y porque es verdad, y porque hay una cosa que llevo un mes sin saber cómo decirle y que él acaba de decirme a mí.

—Recomendación —le digo—: amigo.

—Aceptada. —Y por primera vez en cinco semanas no apunta nada.

Se queda con la libreta cerrada contra el pecho, mirando el tabique de lona por la puerta abierta, y añade, más bajo—: Y una cosa que sí quiero que quede dicha, porque la he pensado con método: en la hoja pusiste que parecía capaz de explicarte tu propio trabajo.

Era. Lo que no ponía es que tú me ibas a explicar el mío.

Eso no lo había previsto ningún modelo. La curva de la cámara nueva, cuando la compres, te la hago desde Badajoz.

Sin cobrar. Y la oferta de la rotación de la salmuera no caduca.

—Los datos envejecen mejor que nosotros.

—Eso lo dije yo.

—Lo sé. Lo apunté.

Lo que no sabe Óscar, y lo sabe a las nueve, es que Sonia tiene un guion para esto.

Lo tiene desde el martes por la noche, cuando el runner le contó que Óscar llevaba dos días «raro», que en el idioma del runner quiere decir sin libreta, y Sonia ha construido, en veinticuatro horas y con la cadena al teléfono, la pieza de la salida: el aspirante que se retira, la villana que lo despide, la Gala 5 con lágrimas, la música que va debajo, un plano de Óscar mirando la finca por última vez desde la cancela «con el sol detrás».

Y a las nueve la coordinadora aparece en la mesa de las migas con la hoja plastificada y se la entrega a Óscar como se entregan las notas de un examen.

Óscar la lee. La lee entera, con el dedo. Y la deja en la mesa boca abajo.

—No.

—Es el formato —dice la coordinadora—. La retirada se formaliza en la gala. Es lo que firmaste: comparecer.

—Compareceré. Y diré que me retiro, en la gala, en directo, con la pregunta que me hagan. Lo que no voy a hacer es mirar la finca desde la cancela con el sol detrás. Yo la finca la he mirado cinco semanas desde una libreta, con sol y sin sol. No me voy a poner a mirarla ahora para una música.

—¿Y las lágrimas?

—No tengo. Lo he comprobado.

El runner, que estaba detrás de la coordinadora avergonzado del encargo que trae, saca del bolsillo una tarjeta blanca y se la deja en la mesa, delante del plato, como quien deja una multa. Pone «EMOCIÓN», en mayúsculas, con la letra de Sonia.

Óscar la lee. La gira. Mira el reverso, que está en blanco. Saca el bolígrafo y escribe algo en el reverso con su letra cuadrada, y se la devuelve al runner, que la lee y no sabe si reírse, y que se la lleva a la era con las dos caras hacia arriba. Yo la leo cuando la deja: «Recibida. Sin stock».

Y en la mesa de las migas, mi madre, que lo oye todo desde la sartén, le pone un plato delante con el doble de lo que le pone a nadie.

—Come, que te vas. Y llévate fuerzas, que en Badajoz no se come así.

—Remedios, todavía no me voy. Es el sábado.

—Pues come hasta el sábado.

A las diez Nuria lo aborda con el portátil, que así aborda mi hermana desde que tiene libreta: con una pregunta preparada y sin saludar.

—El vídeo. El de la cámara con el tabique. Si lo hago sin música, ¿con qué lo hago?

—Con datos —dice Óscar, sin dudar—. Con la hora del compresor, con el termómetro del tercio, con la fecha de cada pieza en la balda. Sin adjetivos. La gente no se cree un adjetivo. Se cree un termómetro.

—¿Y si sale frío?

—Es una cámara. Tiene que salir frío.

Nuria lo apunta. Óscar la mira apuntar con una cara que no había visto en él: la de quien ve a alguien coger una herramienta suya por el mango correcto.

Sonia lo intenta a las once, ella misma, sin coordinadora.

Se sienta enfrente de Óscar en la mesa del patio, con el café, y le habla como le habló a Leandro en la caseta, con las cifras, que a Óscar también le gustan más que los adjetivos, y yo lo oigo desde la puerta de la nave porque el patio es pequeño y Sonia no baja la voz cuando cree que la razón está de su parte.

—Óscar, no te pido que llores. Te pido que le des a la gente un cierre. Cinco semanas te han visto con la libreta. Se han reído contigo. Te han votado. Tienes derecho a un final, y el final, en televisión, tiene una forma.

—Tiene la forma que le des tú. Yo tengo la mía. La mía es decir la verdad cuando me pregunten. Con el contador de «rendimiento», si hace falta. Y luego coger un tren.

—¿Y qué verdad vas a decir?

—Que Rocío y yo nos hemos entrevistado mutuamente durante cinco semanas para un puesto que ninguno de los dos quería, y que lo hemos descubierto a la vez, y que nos hemos dado las gracias. —Bebe café—. Es una buena verdad. No tiene música. Pero es buena.

—Eso no es drama. Eso es un acta.

—Es lo que hay. Lo dijo Rocío. Se me pegó.

Sonia se queda un momento con el café en la mano, y luego hace una cosa que no le he visto hacer nunca: se ríe. Una vez, corta, por la nariz, y no es la risa que no sé leer. Es la otra.

—Voy a tener que vender un acta.

—Vendes cosas peores.

—Vendo cosas peores. —Se levanta—. Sábado. Pregunta única. Te la haré yo, no la presentadora. Y la contestarás como te dé la gana. Y si me sale un acta, la emito con un rótulo que ponga «acta». Que a lo mejor es lo que le falta a este formato.

Y se va, y Óscar se queda con el café, y me mira desde la mesa del patio como un hombre que ha ganado una cosa que no estaba en ninguna lista, y yo le hago un gesto desde la puerta con la mano, corto, y él lo apunta, esta vez sí, en la libreta, y me enseña la página: un dibujo. Una mano. Con dos dedos.

La tarde del jueves es la última suya en la finca de verdad, aunque se quede hasta el sábado, y la pasa haciendo lo que ha hecho cinco semanas, pero al revés: en vez de apuntar, devuelve.

Me devuelve la curva de la cámara con una copia limpia y una hoja para la cámara nueva, con las medidas del tercio y las del hueco donde irá el grupo nuevo cuando lo haya, «para que no compres una que no quepa».

Le devuelve a Nuria una servilleta con un dibujo del circuito de agua del cortijo, con los dos codos que sobran marcados, «por si alguien lo arregla algún día».

Le devuelve a mi madre el táper de la primera semana, que se había quedado en el cortijo, lavado.

Y a Bosco, que anda por la era con la cara de los dos días más largos de su vida, le devuelve una cosa que no sabía que le debía: se sienta con él en el escalón del porche, con dos cervezas, sin cámara, y hablan bajo durante media hora, y en un momento Bosco se tapa la cara con las manos y Óscar le pone la mano en el hombro y la deja ahí, sin dar palmadas, que ha aprendido también dónde se ponen las manos.

Lo único que oigo, desde la puerta de la nave, es una frase de Óscar, dicha bajo y entera: «Tú decidiste por ella.

Yo decidí por Rocío durante cinco semanas con una libreta, y no lo publiqué, pero lo hice igual.

La diferencia es que a mí me dejó y a ti no.

Aprende de mí, que voy antes». Y Bosco se ríe con la cara todavía en las manos, que es como se ríe uno cuando le han dicho la verdad con cariño.

Sonia le ofrece a las ocho el coche de producción para el domingo, «con chófer, hasta Badajoz».

Óscar dice que no. Que cogerá el tren de Castuera, el de las siete y cuarto, como llegó, con la maleta y la libreta, y que si quieren rodarlo subiendo al tren, que lo rueden, «pero sin música y sin sol detrás, que a esa hora el sol está delante».

A Leandro no le devuelve nada. Se cruzan en el patio a las seis, y Óscar le dice «me voy el sábado» y Leandro le dice «ya lo sé» y Óscar dice «ya lo sabes», y se dan la mano, una vez, como se la dan dos hombres que han montado una caseta con tirantes cruzados contra folio, y eso es todo, y es exactamente lo que había.

A mí me deja lo último para las nueve, en la puerta de la nave, con el volcado de la tarde firmado y el tercio a once y dos.

—Una cosa que no está en ninguna libreta —dice—.

Cuando el lunes dijiste «tabícala», no miraste el portátil, no me miraste a mí y no lo miraste a él.

Miraste el tercio. Lo he apuntado como «bien».

Pero hay otra cosa que no he apuntado, porque no es un dato: que a las once de la noche del lunes lo dejaste pasar a la nave. Lo vi desde el cortijo. La luz.

—Óscar.

—No lo he apuntado. No lo voy a apuntar. Te lo digo para que sepas que hay una cosa que sé y que no está en ninguna parte, y que se va conmigo el sábado en un tren. —Y sonríe, con esa cara suya de que le hayan dado la razón—. Un amigo tiene que saber algo que no apunta. Si no, es un auditor.

—Eres un auditor.

—Era. Me he entrevistado y no me he dado el puesto.

Y se va al cortijo, con la libreta cerrada, y yo echo el pestillo, y me quedo con una cosa que no sabía que iba a tener esta semana, entre un compresor muerto y ochocientas cuarenta filas: que ese hombre, que entró en mi hoja como capaz de explicarme mi propio trabajo, se va habiéndolo hecho, y que yo se lo he dejado hacer, y que las dos cosas están bien.