Capítulo 24 · Rocío
Rocío
«Nuria Cárdenas. Sin número. Vende en una noche y contesta el resto del año. Revisión: contesta bien.»
El martes a las nueve pongo la mesa del patio como se pone una mesa de asamblea, y esta vez las sillas son para mi familia.
Mi madre, Nuria y yo, con la libreta de hule, la de gomilla y el portátil, y en el centro, como el micro de ambiente de una cita, el folio con los dos números: quinientas sesenta en el tercio, ochocientas cuarenta fuera.
Sonia no está en la mesa. Está en la era, a veinte metros, con el café, mirando, porque le he dicho a las ocho y cinco que esto es de la quesería y que la quesería es de la casa, y ha contestado «claro» con la sonrisa que no sé leer, y se ha quedado donde puede ver.
—Hay dos maneras —digo—. Y no hay tercera, y he estado toda la noche buscándola.
La primera es la verdad. Escribir hoy a ochocientas cuarenta personas y decirles que su torta no va a estar en septiembre.
Que estará en octubre, o en noviembre, con fecha por pedido, porque se ha muerto una máquina de treinta años y la torta tarda lo que tarda.
Y darles la opción de que les devolvamos el dinero, hoy, entero, sin preguntas.
Y aguantar lo que venga: que la mitad lo pida, que sean veinte mil euros que salen de una cuenta donde entraron hace diez días, que la tele lo cuente el sábado con música, que la villana que no cumple sea el titular, y que la cámara nueva, la de la entrada, se quede en el corcho otro año.
La segunda es enviar. Enviar en septiembre lo que haya, y lo que haya en septiembre para ochocientas cuarenta pedidos son tortas de cuarenta días, de cuarenta y cinco, que se cortan en vez de untarse y que saben a otra cosa, con una etiqueta que diga «torta joven» y una carta bonita.
Cumplir la fecha. Cobrar la fama. Y traicionar el producto, que es lo único que esta casa ha tenido siempre, y traicionar el manual de autocontrol que yo misma escribí, que dice sesenta días con mi firma debajo, y traicionar a una mujer con carpeta azul que vendrá a ver y que verá lo que haya.
—Esas son las dos. Ahora decís vosotras.
Mi madre no lo piensa. Mi madre lleva pensándolo desde el viernes de la preventa, mirando al cielo.
—La torta es el nombre. El dinero se devuelve.
El nombre no. Tu padre vendió una torta agrietada como torta con carácter, pero tenía sesenta días.
Nunca vendió una de cuarenta. Ni cuando no había para el pienso.
—Se alisa el mandil—. Se escribe hoy. Y la que quiera el dinero, que lo tenga.
Y la cámara nueva se compra cuando se pueda, como se ha comprado todo en esta casa.
—Mamá, veinte mil euros.
—Diez mil. La mitad no lo va a pedir, hija. La gente que compra una torta por un tractor no compra una torta: compra esperar. Diles cuánto y verás cuántos esperan.
Y luego habla Nuria, y Nuria ha cambiado en dos semanas más que en veinte años, y se le nota en que habla despacio y con la libreta cerrada.
—Yo no digo que se envíe torta de cuarenta días.
Ya no. Lo que digo es otra cosa. —Abre el portátil—.
Las quinientas sesenta salen en septiembre por orden de pedido, como está dicho.
A las otras ochocientas cuarenta se les escribe hoy, sí, con la verdad, pero no con una carta: con un calendario.
Pedido por pedido, con su fecha nueva, octubre o noviembre, y un número, y la devolución a un clic.
Y una cosa más: la primera semana de septiembre, cuando salgan las primeras, un vídeo.
Sin música. La cámara vieja con el compresor muerto, el tabique de lona, la cámara de la cooperativa con las treinta y una.
Que vean por qué. La gente entiende un sitio.
—Eso es contenido —digo.
—Eso es la verdad con una cámara delante. Y la cámara la pongo yo, no Sonia. Es nuestra web. Es nuestra tienda. Y la diferencia con lo de la camiseta es que esta vez la cara que sale es la tuya y me has dicho que sí.
—No te he dicho que sí.
—Todavía.
Y ahí se divide la mesa, porque mi madre dice que un vídeo de una cámara muerta es enseñar la casa por dentro y que en esta familia la casa por dentro no se enseña ni a las monjas, y Nuria dice que la casa por dentro ya la ha visto media España desde un dron y que lo único que no ha visto es la parte que importa, y mi madre dice que la parte que importa no se vende, y Nuria dice que no se vende, se cuenta, y mi madre dice que contar es vender con otro nombre, y las dos tienen razón, y las dos me miran, y yo miro el folio con los dos números.
—Mañana —digo—. Hoy no decido. Hoy escribo el calendario, pedido por pedido, con las fechas de verdad, y mañana decido si va con carta o con vídeo o con las dos cosas. Pero la torta de cuarenta días no sale de esta finca. Eso está decidido. Lo demás, mañana.
—Mañana —dice mi madre, y se levanta a por café, que es su manera de cerrar un acta.
Y Sonia cruza la era.
Cruza con el café y la carpeta y se planta al lado de la mesa, sin sentarse, mirando el folio con los dos números del revés, que es una manía que también tiene ella.
—Quinientas sesenta y ochocientas cuarenta —dice—.
Me lo ha contado el runner, que lo ha oído del técnico de Castuera, que lo ha oído de ti.
Rocío, esto es la Gala 5. Es la mejor Gala 5 que ha tenido este formato en su vida.
La villana que vendió mil cuatrocientas tortas y no las tiene.
Se cuenta con verdad, con tu voz, con la cámara vieja y el tabique.
La gente te va a querer más que con el tractor.
—No.
—No te pido que mientas. Te pido lo contrario. Te pido que lo cuentes tú, en directo, antes de que lo cuente otro con peor intención. Porque lo va a contar otro. Ochocientas cuarenta personas con un correo son ochocientas cuarenta cuentas.
—Lo voy a contar yo. A ellos. Mañana. Por escrito. No en tu gala.
—Es tu gala también. Firmaste comparecer.
—Firmé comparecer y contestar una pregunta. Si la pregunta es esa, la contesto. Lo que no voy a hacer es sentarme en tu mesa a que me ruedes la cara mientras decido lo que le digo a la gente que me ha pagado. —Me levanto—. Y hoy, en esta finca, no se rueda.
—¿Cómo?
—Que hoy no se rueda. Ni en el patio, ni en la era, ni en la Solana, ni dinámicas, ni totales, ni recurso. Hoy en esta casa hay una avería y una familia decidiendo, y eso no es de Tesela. Apagad.
Sonia me mira, y por primera vez en cinco semanas veo en su cara una cosa que no es la sonrisa que no sé leer ni la de pesar algo: es la de una mujer que acaba de oír una frase que no está en su contrato y que sabe que va a tener que obedecer hoy y cobrar mañana.
—Estás en incumplimiento.
—Pues apúntalo. Como las fechas.
—Lo apunto. —Y saca el móvil, y apunta, y lo dice mientras apunta, como aquella vez en la caseta que yo no vi—.
«Martes de la semana cinco. Rodaje suspendido por la protagonista.
Sin acuerdo.» —Guarda el móvil—. Y ahora te digo yo una cosa, y esta no es de contrato: hoy paras.
Mañana lo cuentas tú. Y el sábado, en la gala, lo contaré yo, con lo que tenga, que es un runner, un técnico de Castuera y una pared de cajas.
Y lo que tenga será peor que lo que tú me habrías dado. Eso no es una amenaza. Es lo que hay.
—Es lo que hay —digo—. Como lo del compresor.
Y se va a la era, y da una orden por el walkie que no oigo, y a los cinco minutos los walkies de la finca se apagan uno por uno, como las luces de una calle, y por primera vez desde el lunes de la primera semana la finca tiene el ruido de un martes: cencerros, el zumbido fino del grupo de bar, una radio en la cocina.
Los técnicos se sientan en el porche sin saber qué hacer con las manos.
Delia guarda la cámara en su funda y se queda mirando el tabique de lona desde la puerta de la nave, sin entrar, que la puerta sigue con sus dos carteles.
Escribo el calendario. Me lleva el martes entero, con Nuria al lado pasando los pedidos uno por uno, ochocientos cuarenta, con su nombre, su provincia, su número, su fecha nueva calculada por lote y por cámara, y cada fecha es una cuenta de días con una torta detrás que ahora mismo es leche en una oveja o cuajada en un molde o treinta y una piezas en una balda de la cooperativa parándose a pensar.
A las nueve de la noche tengo un archivo con ochocientas cuarenta filas y no tengo la carta, porque la carta se escribe mañana, cuando sepa si va con vídeo o sin él.
El miércoles a las ocho de la mañana Bosco me espera en la puerta de la nave con el móvil en la mano y la cara de haber hecho algo por primera vez en su vida sin calcularlo.
—He publicado un vídeo.
—¿De qué?
—De ella. De Delia. Anoche. —Me enseña la pantalla, y en la pantalla está Delia, con la cámara al hombro, en el desmontaje de la gala del sábado, de perfil, con la luz de las torres, rodando algo que no se ve, y un texto encima con su letra de anuncio: «La persona que hace que todo salga bien.
No sale en ningún plano. Debería.» Y su nombre. Delia. Y el nombre de Tesela.
—¿Se lo has preguntado?
—Quería que fuera una sorpresa. Es bueno, Rocío. Es lo mejor que he publicado en un año. Es verdad.
—Bórralo.
—Ya lo he borrado. A las siete. Cuando ella lo ha visto. —Se guarda el móvil—. Ya lo tiene medio país en el móvil.
No digo la cifra, porque Bosco cuenta seguidores y yo cuento quesos y ninguno de los dos se equivoca en lo suyo. Lo que digo es lo único que sé:
—Ve a buscarla.
—No quiere verme.
—Pues que no te vea. Pero ve.
La veo yo antes, a las nueve, en la era, sola, guardando trípodes en la furgoneta grande con el walkie apagado, y no me acerco a dos metros: me acerco a uno, que hoy no es día de distancias reglamentarias.
—Delia.
—No quiero hablar de eso.
—No es de eso. Es de la hoja.
Se para. Me mira por primera vez en cinco semanas sin una cámara en medio, y tiene los ojos de quien ha dormido menos que yo, que ya es dormir poco.
—Yo no elegí salir —dice—. Elegí lo contrario.
Llevo quince años detrás de esto para no estar delante.
Y un hombre guapo que me cae bien ha decidido que merezco estar delante.
Por mi bien. Sin preguntar. Y ahora estoy delante, con mi nombre, en no sé cuántas pantallas, y mi empresa me ha llamado a las siete y media para preguntarme si he dado permiso. Y no lo he dado.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque a mí me pusieron delante de esa misma manera. Con una hoja. Por mi bien también, según quien fuera. —Me apoyo en la furgoneta—. Y llevo cinco semanas cobrando por ello, que es la única diferencia.
Delia cierra la furgoneta. Se queda con la mano en la puerta.
—¿Y qué se hace?
—No sé qué se hace. Sé lo que hice yo: seguir trabajando y afilar. Pero tú trabajas mejor que yo. Tú no tienes que afilar.
—Él no lo entiende.
—Él lo entiende ahora. Que es cuando se entiende.
—Y como no dice nada, añado lo que no le he dicho a nadie de esta finca—: Y cuando lo entienda del todo va a ser el único hombre de este programa que ha aprendido dos cosas en cinco semanas.
La primera se la enseñaste tú con el queso.
La segunda te la ha enseñado él a ti, y te la ha enseñado mal.
Pero era verdad lo que decía. Que deberías salir. Solo que eso lo decide una, no otro.
Se queda mirando el tabique de lona por la puerta abierta de la nave, sin entrar.
—¿Aguanta?
—Once y cuatro.
—Bien. —Coge el trípode que queda en el suelo—.
Yo no publico nada. Yo ruedo. Y hoy no se rueda, así que hoy no soy nada.
—Y se va hacia la furgoneta pequeña, y a mitad de camino se para y dice, sin volverse—: La cámara vieja, con el tabique.
Si un día quieres que se vea, que lo ruede alguien que sepa dónde poner la luz. Y que no sea él.
—Se lo diré a mi hermana.
—Dile que sin música.
Y a las diez de la mañana del miércoles me siento en la mesa del patio con el archivo de las ochocientas cuarenta filas, el folio de los dos números, una madre que dice carta y una hermana que dice vídeo, una operadora que dice sin música y una productora que ha apuntado en el móvil que estoy en incumplimiento, y escribo la primera línea de la carta que va a leer ochocientas cuarenta veces la misma gente que me vio reírme en un tractor: «Se ha muerto una máquina de treinta años y su torta va a tardar más de lo que le dije».
Y me quedo mirando la línea. Y no sé todavía si debajo va un vídeo.
Lo que sé es que hoy no se rueda, y que el sábado Sonia va a contar esto con lo que tenga, y que lo que tenga va a ser peor que la verdad, y que la verdad la tengo yo, en ochocientas cuarenta filas, y que hay que decidir qué se hace con ella antes de que la decida otro.