De perdidos, al tractor Capítulo 23 · Rocío
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Capítulo 23 · Rocío

Rocío

El compresor de la cámara de maduración se muere el lunes a las cuatro y cincuenta de la mañana, y lo sé porque no pita.

Los dos tonos largos los conozco de treinta años; lo que me despierta es lo otro, el silencio, que es el mismo silencio de la madrugada del domingo antes de firmar, solo que aquel duró dos horas y este, lo sé en cuanto bajo con la linterna y le doy al relé su golpe y el relé no contesta, y le doy otro, y otro, y meto la mano en la rejilla del motor y lo noto caliente como una plancha y quieto como una piedra, este no va a durar nada porque ya se ha acabado.

Un compresor de treinta años no se muere: se termina. Y este se ha terminado trabajando, que es más de lo que se puede decir de la mayoría.

Y ahí, con la puerta de la cámara cerrada a cal y canto y la linterna en la boca, hago la lista de lo que hace falta, en orden, como se hace un lote: el técnico de Castuera, que no coge hasta las siete; hielo, que hay diez bolsas en el arcón desde el domingo del hielo y que son diez bolsas para ciento setenta y cuatro piezas, que es como querer parar la ola de calor con un abanico; y manos.

Manos que sepan de motores y de frío y de tabiques, que sepan hacer sin que se les tenga que explicar dos veces, y que no se muevan hasta que se lo diga.

Cruzo la vaguada a las cinco y veinte con la linterna apagada, que ya me sé el camino, y la furgoneta está donde siempre, y él está dentro, despierto, con la luz del techo apagada y la libreta en el volante, porque este hombre duerme cuando duerme y hoy por lo visto no. Baja la ventanilla antes de que llegue.

—El compresor —dice.

—Se oye desde el camino.

—No se oye. Eso es lo que se oye.

—Necesito ayuda. Te la pido. —Y la pido con el alcance, que es como se pide en esta casa—: El compresor está muerto.

No lo toques. No le busques arreglo, no le busques pieza, no me digas si tiene o no tiene.

Lo que necesito es que las piezas no se calienten hasta que llegue el técnico y hasta que sepamos qué trae.

Hielo, tabiques, lo que sea. En la cámara. Bajo mi mano. Nada fuera de eso.

—Nada fuera de eso.

—Y no te muevas hasta que te diga qué.

—No me he movido.

No se ha movido. Eso lo sé y lo apunto donde se apunta.

Bajamos a las cinco y media y a las seis hay que ordeñar, porque las ovejas no saben que hay una cámara muriéndose, y le dejo a él con lo primero, que es el hielo: las diez bolsas del arcón en dos cubos, en el fondo de la cámara, en la balda de abajo, con la puerta abierta lo justo para entrar y salir en tres segundos, y que anote la temperatura cada cuarto de hora en un folio que le doy, con la hora, sin firmar, que la firma es mía.

Y me voy a ordeñar. Y ordeño sesenta ovejas en dos horas con la cabeza en una balda, y a las ocho y cinco entro en la cámara y el folio dice trece y medio, y la puerta ha estado cerrada, y las diez bolsas son cinco, y él está sentado en el suelo de la cámara, con la espalda en la pared fría, con el folio en las rodillas, sin tocar nada más, como se le dijo.

El técnico de Castuera llega a las diez y cuarto, con la furgoneta pequeña de su empresa y la cara de quien lleva un mes esperando esta llamada. Mira el compresor tres minutos. No abre nada.

—Muerto —dice—. Motor quemado. Gripado. Lo que te dije en junio: semanas o meses, y han sido semanas. Este no se repara. Se cambia. Y cambiarlo es la cámara nueva, y la cámara nueva son las cuatro semanas de pedir y la entrada que ya sabes.

—Ya sé la entrada. ¿Y hoy?

—Hoy tengo un grupo de alquiler. Uno. De media potencia, de los que uso para cámaras de bar. Ese grupo no enfría esta cámara. Enfría, como mucho, un tercio. Si me lo tabicas, que el frío se quede en el tercio y no se me vaya por el resto, te aguanta el tercio a once. El resto, no.

Un tercio.

Miro la cámara. Miro las baldas, las tres paredes, la estantería de segunda mano que compré el viernes de la preventa y que todavía huele a la nave de otro.

Un tercio de esta cámara, con la estantería apretada, con las piezas pegadas como se pegan las piezas cuando no hay más remedio, son ciento ochenta a la vez, que es lo que cabía en la cámara entera antes de la estantería.

Y ciento ochenta a la vez, en rotación, entrando y saliendo a sesenta días, con la leche que da el rebaño en lo que queda de julio y en agosto, son las que ya contó mi madre mirando al cielo el viernes de la preventa: quinientas y pico para septiembre.

Quinientas sesenta, contadas bien. Las que ya están dentro y las que entran en las tres semanas que quedan de campaña justa.

Las otras ochocientas cuarenta no caben.

No caben en un tercio, no caben en un grupo de bar, no caben en septiembre.

Y esa cuenta, a las diez y veinte de la mañana de un lunes, con un técnico esperando que le diga sí o no, es un cambio que no tiene marcha atrás: ochocientas cuarenta personas que pagaron veinticuatro euros por una torta en septiembre no van a tener una torta en septiembre.

—Tabícala —le digo al técnico—. El tercio del fondo. Y el grupo. ¿Cuánto?

—El grupo, por semanas, y la mano de obra. Te lo paso por escrito esta tarde.

—Y el tabique lo hace él. —Señalo a Leandro, que está en la puerta de la cámara, fuera del vano, donde no estorba, con las manos en los bolsillos—. Con lo que tú le digas y donde tú le digas. Es mecánico. Sabe de tabiques más que tú y de frío menos, así que mandas tú.

El técnico lo mira. Leandro lo mira. Se miden como se miden dos hombres de oficio que van a compartir una máquina y ninguno la considera suya, y eso dura dos segundos y se acaba con un gesto de cabeza.

—Vale. Lona de las gordas, dos capas, con el aire entre medias, sellada al techo y a las paredes con cinta de la mía.

Y la puerta del tabique, que la haga con la lona sobrante y un marco de listones.

El grupo lo cuelgo yo en la pared del fondo.

Él me hace el tabique mientras. Y ella —me mira— que saque lo que no vaya a caber, porque en cuanto tabiquemos, lo de fuera del tercio se queda a lo que marque la mañana.

Lo que no va a caber son treinta y una piezas.

Las cuento. Las cuento tres veces, porque son las mías: las de menos días, las que entraron la semana pasada, las que más tiempo tienen por delante y menos han perdido.

Treinta y una piezas que hoy salen de esta cámara y van a otra, y a otra quiere decir a la única cámara que hay en este término con sitio, humedad y temperatura para una torta de sesenta días, que es la cámara de socios de la cooperativa, que la abre quien tiene la llave, y la llave la tiene el presidente.

Hago la llamada a las once, desde la mesa del patio, con el rotulador rojo en la otra mano sin saber para qué.

—Cooperativa.

—Braulio. Soy Rocío Cárdenas. Se me ha muerto el compresor. Necesito sitio en la cámara de socios para treinta y una piezas hoy y para lo que entre en agosto. Pago lo que marque el reglamento.

Se oye la cooperativa detrás, el mostrador, el datáfono, la de la caja. Y a Braulio respirar, que respira como habla, sin prisa.

—La cámara de socios es de los socios —dice—. Tú eres socia. La llave está en el mostrador. Firmas el registro de entrada y el de salida. Y el reglamento marca lo que marca. No hace falta que llames al presidente para eso.

—Te llamo porque es a ti a quien hay que llamar.

—Eso lo decides tú. —Pausa—. A la una cierra el mostrador. Después, a las cinco.

Y cuelga. Y no ha dicho que no, y no ha dicho nada más, y eso, en Braulio, con nueve años de por medio, es lo más parecido a una puerta abierta que va a haber, y me quedo un segundo con el rotulador rojo en la mano sin ningún calendario que marcar.

El resto del lunes es físico. Es lo que es una avería de verdad: cuerpo.

Leandro y el técnico tabican el tercio del fondo con lona de las gordas en dos capas, sellada con cinta, y el tabique queda torcido a la vista y recto donde importa, y Leandro hace la puerta con listones del almacén y la lona sobrante y bisagras de una puerta vieja del corral, y no toca el compresor muerto ni una vez, ni lo mira, y cuando el técnico le pide la llave del diez él ya la tiene cogida, y a mí eso me da por dentro una cosa que no es el día de tenerla.

A la una y media el grupo de alquiler arranca en la pared del fondo con un zumbido fino, de bar, que no se parece en nada al rascado que llevo oyendo toda la vida, y el termómetro del tercio empieza a bajar de quince, a catorce, a trece, y a las tres de la tarde marca once y dos décimas, con ciento cuarenta y tres piezas dentro apretadas como un rebaño en la sombra.

Y las treinta y una van en cajas, en la furgoneta de Leandro, con hielo debajo y una lona encima, y las llevo yo, sentada al lado, a la cooperativa, a las cinco y cinco, y la de la caja me da la llave sin mirarme a los ojos, y firmo el registro de entrada con la letra de la libreta, y meto las treinta y una piezas en una cámara que no es la mía, en una balda que no conozco, a una humedad que no es la mía, y sé lo que eso significa: adaptación.

Una torta que cambia de cámara pierde días.

Se para, se lo piensa, y arranca otra vez, como un tractor con gasoil viejo.

Y cada día que pierde es un día más lejos de septiembre, y cada torta que entre en esta cámara en agosto, de las que no caben en el tercio, va a perder lo mismo.

Y todo eso hay que anotarlo, pieza por pieza, cámara por cámara, con fecha, porque hay una mujer con carpeta azul que un día vendrá a ver, y lo que vea será lo que escriba.

Braulio no está. Está su zamarra en el respaldo de la silla del despacho, y la silla vacía, y eso también es un mensaje.

Volvemos a las seis y cuarto, con la furgoneta vacía, y Leandro conduce con la radio apagada y no me pregunta nada, y a mitad de camino digo, mirando la comarca:

—Ochocientas cuarenta.

—Ya lo sé.

—No las tengo. No las voy a tener en septiembre. Ni en la cámara mía ni en la de Braulio. Las que entren en agosto en la cooperativa llegan a octubre, si llegan, y las que no entren en ningún sitio no llegan.

—Ya lo sé.

—Deja de decir que lo sabes.

—Es lo único que puedo decir sin decidir por ti.

Y tiene razón, y me callo, y él se calla, y así llegamos.

A las once de la noche entro en la nave, con el pestillo por dentro, y abro la puerta de lona del tercio y compruebo el termómetro, once y cuatro, y cierro, y me apoyo en el tabique torcido, y él está en la puerta de la nave, fuera, con la mano en el marco, y le digo «pasa», y pasa, y en el sitio de la nave donde no llega ninguna cámara porque no hay ninguna, me apoyo en él con la frente en su pecho, diez segundos, sin decir nada, sin que él mueva las manos, que se las ha dejado en los bolsillos por si acaso, y luego me aparto, y digo «mañana hay que decidir», y él dice «mañana», y se va, y echo el pestillo, y me quedo mirando la libreta del clavo donde a las cuatro y cincuenta apunté una causa que sabía, y donde ahora tengo que apuntar, con la hora, la otra: ochocientos cuarenta pedidos que ya no pueden cumplir la primera fecha.

Lo escribo. Lo firmo. Y subo a dormir dos horas, que mañana a las seis las ovejas siguen sin saber nada.