De perdidos, al tractor Capítulo 22 · Leandro
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Capítulo 22 · Leandro

Leandro

El domingo a las nueve y veinte de la mañana Rocío sube por el segundo camino de El Rebollar andando, con las botas de ordeño, el mono y una bolsa de tela, y la veo llegar desde la puerta, donde estoy con el café, porque me ha dicho el sábado, a dos metros, que vendría andando y que no la esperara.

—Cuarenta minutos —dice, cuando llega—. Cuarenta y dos con la cuesta.

—Te dije que no te esperara.

—Por eso has salido a la puerta con el café a las ocho y media.

No lo niego. Deja la bolsa en la mesa de las matanzas: dos tortas, una de las de marzo y otra de las de junio, «para que las compares, que es lo que sabes hacer», pan, y un termo.

Se sienta en la silla de la ventana, la que cierra mal, y se queda mirando el cuarto a la luz del día, que es distinto: se ven los papeles del taller en tres montones, la cama de hierro hecha, que la he hecho, la cocina limpia, y la colcha de las de antes doblada a los pies.

—Has hecho la cama.

—Se hace la cama.

—Ya. —Sonríe con la nariz—. Lo digo porque el miércoles no se hizo.

Comemos torta con pan a las diez de la mañana, que es una hora rara para la torta y buena para todo lo demás, y ella corta las dos y me las pone delante en el mismo plato sin decirme cuál es cuál, y yo las pruebo y le digo que la de la izquierda es la más vieja porque se unta y la otra todavía se corta, y ella dice «marzo y junio» y las señala al revés de lo que yo pensaba, y me río, y ella dice «eso tiene arreglo, con dos meses más», y es la primera vez que me devuelve la frase, y no lo apunto.

Y después de la torta hablamos. Hablamos de lo que hay que hablar, que es lo que me ha traído aquí un domingo a las nueve y veinte con una bolsa, y lo hablamos como se habla en esta casa: sentados a una mesa de madera, con las manos encima, mirándonos, sin música.

—Sonia va a mirar —empieza ella.

—Ya lo dijo.

—Tiene la blusa. Tiene la furgoneta a las diez y veinticinco y a las seis y diez. Tiene un runner con cuaderno. No tiene nada, y va a seguir mirando hasta que tenga algo o hasta que se acabe el programa. Y yo no sé cuál de las dos cosas llega antes.

—¿Y tú qué tienes?

—Yo tengo un contrato que dice que comparezco seis sábados y contesto una pregunta por gala.

Que hago una cita a la semana con quien decida el formato.

Que la torta sale con su nombre. Y que nadie me obliga a elegir a nadie.

Eso es lo que firmé. No firmé nada de lo que pasa en una casa con una higuera. —Me mira—. ¿Y tú?

—Yo firmé permanencia, disponibilidad, comparecer, y un anexo que dice que mi furgoneta no lleva micros.

Y nada más. —Y ahí me callo lo que no le digo, que es que hay un papel en la carpeta de la coordinadora con mi nombre y tres mil euros y una fecha, y que no firmarlo también es una decisión que la afecta a ella y que no he consultado, y que eso es exactamente mi manera de arreglar las cosas de los demás sin preguntar.

Me lo callo. Es un tornillo que no toco.

—Entonces hablemos de lo que no está en ningún papel —dice ella—. Porque ese es el problema. Todo lo que está en un papel lo entiendo. Lo que no está es lo que Sonia quiere, y lo que Sonia quiere lo vende, y lo que vende no vuelve.

—¿Qué es lo que no está en ningún papel?

—Esto. —Señala la mesa, la cama, la ventana—. El miércoles. Hoy. Lo que se dice aquí. Lo que se hace aquí. De quién es.

—Es nuestro.

—Eso es un adjetivo, Leandro. En esta casa hacen falta verbos.

Y tiene razón, que la tiene casi siempre y me lo dice sin mirar el volante. Así que lo hago como se hace un manual: describiendo lo que se hace, con las palabras justas, para que otro pueda comprobarlo.

—Vale. Verbos. —Pongo las manos abiertas en la mesa—.

Lo que pase sin micros no se emite. Nadie lo graba, nadie lo pide, nadie lo repite delante de una cámara con otra ropa.

Lo que pase sin micros no se cuenta. Ni a Sonia, ni a la redactora, ni a Bosco, ni a Chema, ni a tu madre, ni a la mía, ni en un total, ni en una gala, ni en un parte.

Y lo que pase sin micros no se vende. Ni por dinero ni por una camiseta.

Ni aunque lo pidan con carpeta. Ni aunque haga falta.

Se queda callada. Lo repasa. Se le ve repasarlo como repasa un lote: paso a paso, buscando el fallo.

—Dilo entero. Seguido. Que lo oiga entero.

—Lo que pase sin micros no se emite, no se cuenta y no se vende.

—Otra vez.

—Lo que pase sin micros no se emite, no se cuenta y no se vende.

—Vale. —Pone su mano sobre la mía en la mesa, la izquierda sobre la derecha—. Eso es lo que hay. Yo lo firmo con la mano, que es como se firmaba antes de los burofaxes. Y tú.

—Y yo.

—¿Entiendes lo que acabas de decir? No es una frase bonita. Es que si un día te lo piden con un contrato, o con una cifra, o con una fecha que te apriete, la respuesta ya está dada. Hoy. Aquí. Sin que apriete nada.

—Lo entiendo.

—Yo también. Y a mí también me van a apretar. Con mil cuatrocientas tortas y una cámara vieja y una certificación que sigue y no está. Y la respuesta ya está dada.

—Está dada.

Y ya está. Es lo más parecido a un contrato que he firmado en mi vida y no tiene ni una cláusula, y lo hemos firmado con dos manos encima de una mesa que ha visto matanzas, y en la habitación no hay nadie más que nosotros y una higuera con brevas maduras que no se tocan, y a las once de la mañana de un domingo de julio ese es todo el mundo que hay.

Lo que viene después no lo pide ella. Lo pido yo. Y lo pido bien, esta vez, que lo de pedir también se aprende a plazos.

—Quiero una cosa más.

—Dila.

—Quiero que no sea de noche. Quiero que se vea. El miércoles fue con una lámpara y con hora, y con un reloj de pulsera esperando. Hoy es domingo y no hay hora hasta las seis de la tarde, y quiero eso: que dé tiempo. Que no tengamos que ir por orden.

—Aquí se dice —dice ella, muy seria, y luego, sin cambiar la cara—: Sí.

—¿Y tú?

—Yo he andado cuarenta y dos minutos con una bolsa. Sí.

Y es distinto. Es distinto porque es de día, con la luz blanca de las once entrando por la ventana que cierra mal y poniéndole a todo la verdad encima, y porque nadie tiene que enseñarle a nadie dónde están las cosas: ya sabemos.

Es distinto porque esta vez la que se ríe soy yo, cuando ella intenta desabrocharme la camisa y se enreda en el botón de arriba, que es un botón que se enreda desde el día que la compré, y le digo «eso tiene arreglo» y lo arreglo yo, con los dos botones siguientes, y ella dice «has arreglado una cosa sin permiso», y yo digo «es mi camisa», y ella dice «ah, pues entonces», y se ríe con la boca en mi hombro, que es el sitio donde mejor se ríe esa mujer.

Es distinto porque hay tiempo. Se lo dije y lo cumplimos, que en esta casa lo dicho se cumple: no vamos por orden.

La ropa acaba en la silla, en el suelo, en la mesa de las matanzas encima de los papeles del taller, y a nadie le importa el orden.

La miro a la luz del día, entera, con las fronteras del sol en los brazos y en el cuello y en las piernas hasta media pantorrilla, que es hasta donde llega la bota, y ella me deja mirar, de pie, sin taparse y sin exhibirse, con las manos a los lados, como se deja mirar un lote que sabe que está bien hecho, y dice:

—Mira lo que quieras. Aquí no hay dron.

Y esta vez la llevo yo. No porque mande: porque me lo ha dado.

Me lo ha dado con las dos manos en la mesa, con dos síes, con cuarenta y dos minutos de camino, y lo que hago con eso es lo que haría con cualquier cosa que me confían: tratarlo como si fuera más caro de lo que es, aunque aquí no haya precio.

La tumbo en la cama de hierro, que cruje su parte, y me tomo el tiempo que pedí, todo, sin reloj de pulsera, y voy despacio por donde ella respira más fuerte y me quedo ahí, que es lo que aprendí el miércoles y no se me olvida, y ella me dice dónde con las manos y a veces con la voz, con esa voz de albarán que no admite devoluciones, «ahí», «así», «no te vayas», y no me voy.

Y cuando estoy dentro de ella es a la luz de las once y media de la mañana, mirándola, y ella me mira, y no cierra los ojos, y yo tampoco, y eso es lo que más difiere de todo, más que la luz y más que el tiempo: que nos vemos.

Que no hay lámpara amarilla ni sombra rara en la pared.

Que lo que hay se ve entero, y no lo apartamos.

Ella se deja ir antes que yo y no como en el camino viejo, sin la cabeza atrás: con la cabeza contra mi hombro y los dedos clavados en mi espalda y un ruido corto por la nariz que ya me sé, y luego yo, con su mano en la nuca sujetándome donde no hay cámara, y la ventana que cierra mal deja entrar el aire de las encinas de julio, caliente ya, sobre dos personas que han dicho lo que hacen y lo hacen.

Después no dormimos. Es de día. Nos quedamos tumbados con la luz encima, hablando de nada otra vez, que es la conversación que más me gusta de las que tenemos: de que el dueño de esta casa se llama Isidoro y que cuando sube los domingos a mirar las higueras no mira las higueras, mira el sitio donde su mujer se sentaba a la sombra; de que el catering ha devuelto el táper lavado; de que Chema ha llamado el sábado para decir que su mujer y la vecina opinan que la puesta de sol «se veía mejor que en la realidad» y que él no ha sabido qué contestar.

De que Bosco le ha preguntado a Delia el sábado, en el desmontaje, si le apetecía un café «fuera de cámara», y que Delia ha dicho «fuera de cámara no salgo» otra vez, y que Bosco ha dicho «pues entonces con cámara», y que Delia se ha reído por primera vez en cuatro semanas y luego ha dicho que no.

Cosas sin peso. Y en un momento ella se incorpora sobre un codo y me mira con la cara de contar baldas y dice:

—Lo del contrato de la mesa.

—¿Qué?

—Que lo he entendido de verdad hace un rato. No cuando lo dijiste. Ahora. —Me pone un dedo en el pecho—. Lo que se puede traicionar es esto. Antes no había nada que traicionar. Ahora hay. Y lo hemos hecho nosotros. Nadie nos ha obligado.

—Nadie.

—Pues que conste.

—Consta.

Y no lo apunto, porque no se apunta, pero consta.

A las cinco y media la acompaño en la furgoneta hasta el cruce de la encina, con los móviles en la guantera hasta el último momento, y paro donde paré el jueves de madrugada, y ella se baja con la bolsa vacía y las botas, y esta vez sí se vuelve, una vez, desde el camino nuevo, con la mano en alto, un gesto corto, como el que le hice al dron, y sube andando hacia la cancela con el sol todavía alto, que es domingo y no hay cámara que la vea llegar.

Me quedo en el cruce con el motor al ralentí.

Mañana es lunes. A las ocho hay walkies, una escaleta, una cámara buscando a dos personas, y una mujer que va a mirar, con un cuaderno de runner y un ayudante que apunta todo.

Y hay, desde hace dos horas, una cosa entre esa mujer que sube por el camino y yo que no está en ningún papel y que se puede romper con un papel, y lo sabemos los dos, y por eso lo hemos dicho en voz alta, seguido, dos veces, para que no se nos olvide la letra.

Meto primera. Subo por el camino nuevo hacia la explanada. La luz del techo funciona. La libreta de partes está debajo del asiento con el 121 escrito, y mañana habrá 122, y será de una máquina, porque de lo demás no se escribe, y porque de lo demás, por primera vez en mi vida, no hace falta.