Capítulo 21 · Rocío
Rocío
El viernes es un día de tensión contenida, que es una manera fina de decir que Leandro y yo nos cruzamos siete veces en el patio y las siete a dos metros, y que la séptima vez él lleva la libreta de partes en la mano y yo la de hule en la otra y nos miramos las libretas en vez de mirarnos, y que Bosco, que pasa detrás con una caja vacía, dice sin bajar la voz: «Dos metros. Se os están oxidando».
El viernes tiene, además, su primera carta de cliente.
No es una queja: es una pregunta, que es peor, porque las quejas se contestan y las preguntas se deben.
Una señora de Zaragoza que ha comprado dos tortas y quiere saber si llegarán «a tiempo para el cumpleaños de mi marido, que es el doce de septiembre y le hace mucha ilusión desde que os vio en el tractor».
Nuria me la enseña en el portátil acabando de descubrir que cada uno de los mil cuatrocientos números tiene un cumpleaños detrás.
—¿Qué le digo?
—La verdad. Que las primeras salen la primera semana de septiembre por orden de compra. Que ella verá el número de su pedido y sabrá si está en las primeras. Y que si no está, se lo diremos con fecha, no con adjetivos.
—¿Y si pregunta por qué?
—Porque una torta tarda sesenta días y una cámara tiene el sitio que tiene. Se lo dices así. La gente entiende un sitio. Lo que no entiende es un «pronto».
Nuria escribe. Le sale un correo de cuatro líneas, sin exclamaciones, que es la primera cosa que escribe mi hermana en su vida sin una exclamación, y antes de enviarlo me mira, y le digo que sí con la cabeza, y lo envía, y se queda mirando la pantalla, aprendiendo que vender es la parte que se hace en una noche y contestar la que se hace el resto del año.
Sonia lleva desde el jueves mirándome distinto.
No es la mirada de vender. Esa me la sé.
Es la mirada de quien ha visto una pieza que no encaja en un despiece y la ha apartado a un lado del banco para mirarla luego.
Me la cruzo el viernes a mediodía en la mesa de las migas, y ella come con la mirada puesta en mi blusa, que no es la blusa de la boda, que es una camiseta, y me pregunta, con un tono de conversación de mesa:
—¿Dormiste bien el miércoles?
—Como siempre. Tres horas.
—Ya. —Mastica—. Es que en el material de la nave sales entrando a las seis menos ocho con la blusa de la cena. Y me ha llamado la atención. Yo esa blusa la vi en el dron a las ocho de la tarde.
—Con esa blusa me fui a la cama, Sonia. Cuando una duerme tres horas no se cambia para dormir.
—Claro. —Y me pone uva en el plato, que es un gesto de mi madre y en ella parece robado—. Es que la furgoneta del activo salió de la explanada a las diez y veinticinco. Y volvió a las seis y diez. Lo apunta el runner. Es su trabajo.
—Es su furgoneta. Lo pone en el anexo. Lo negociaste tú.
—Lo negocié yo. —Sonríe la sonrisa que no sé leer—. Me acuerdo. Come uva.
Como uva. Y sé, comiendo uva, que esa mujer no tiene nada, que tiene una blusa y dos horas de una furgoneta que puede ir donde quiera, y que con eso no se hace una pieza.
Y sé también que esa mujer no necesita una pieza para saber.
Necesita una pieza para vender. Y que va a buscarla.
Y que yo, ahora, tengo algo que ella puede encontrar, cosa que hace cuatro semanas no tenía, y que eso cambia el precio de todo lo que diga en directo a partir de mañana.
A las siete de la tarde del viernes veo a Sonia por la ventana de la caseta de totales, sentada en el taburete con el runner de pie delante y un cuaderno entre los dos, el cuaderno del runner, con la tapa azul, abierto, y a Sonia pasando páginas hacia atrás con el dedo, como pasaba Montse las mías, buscando un salto.
No oigo nada. No hace falta. Sé lo que pone ese cuaderno porque lo ha apuntado un chico que apunta todo, hasta lo que no entiende: horas de furgoneta, un móvil devuelto en una cancela, una blusa.
Y sé que en ese cuaderno no hay nada que se pueda emitir y todo lo que hace falta para seguir mirando.
La Gala 4 se titula UNA CENA, con esas dos palabras, y empieza con la pieza de la cita, y la pieza de la cita es lo que el ayudante de montaje prometió: un tractor bajando la Solana con música, un hombre subiendo con el pelo peinado con agua que se le suelta a los treinta segundos, cuatro frases sobre un micro y unas flores, una oveja mirando a cámara y seis minutos de dos personas comiendo en silencio con la luz naranja, y ni un anclaje, ni un freno, ni una cuchara, ni una risa.
Han cortado la risa. Sé por qué: no se entiende.
Y no entenderla es lo único de esa noche que era nuestro.
Nos han sentado a la mesa larga otra vez, a cuarenta centímetros, y esta vez no fingimos indiferencia, porque la indiferencia se nota, lo dijo Bosco y tenía razón.
Hacemos otra cosa. Hacemos lo que hacemos en el patio: trabajar.
Cuando la presentadora me pide que corte la torta de la mesa, la corto, y le paso el cuchillo a Leandro por el mango, como se pasa un cuchillo, y él lo coge por el mango, como se coge, y nuestras manos no se tocan, ni por poco, y Bosco, al otro lado, ve la distancia exacta entre las dos manos y se le escapa por la nariz un ruido que la presentadora toma por una risa y que es un diagnóstico.
Antes de la revisión, Sonia tiene una pieza nueva, corta, que no estaba la semana pasada: las cajas.
La pared de cajas al fondo del plató, en un plano que las cuenta, y Nuria en la grada con su libreta de gomilla, y un rótulo que no engaña a nadie de esta casa y que a España le parece un titular: MIL CUATROCIENTAS.
Sin fecha de entrega. Sin explicación. Sonia vende lo que hay y guarda lo que falta, que es el mismo oficio de siempre con otro producto.
—¿Qué tal la cena? —pregunta la presentadora, en el bloque de la cita, con la sonrisa encendida.
—Buen potaje —dice Leandro.
—El tomate era de invernadero —digo yo.
—¡Se os vio muy a gusto en la puesta de sol!
—Es una puesta de sol —digo—. No hace falta estar a gusto. Se pone sola.
La era se ríe. Sonia no. Sonia mira los monitores con la pieza apartada en el banco.
La revisión de esta semana es la ficha cuarenta y cuatro.
El sobre, la ceremonia, mi letra ampliada: «Tres faltas en dos líneas.
La tercera es una tilde de más, que tiene mérito».
Y la pregunta única, que esta vez vuelve a hacérmela la presentadora, porque el aludido no es nadie de esta mesa: ¿la mantiene, la matiza o la retira?
Y ahí decido una cosa que no había decidido hasta que el sobre se abre, y que decido por una razón que no tiene nada que ver con las faltas de ortografía: que llevo un mes rodeada de gente que escribe muy bien, con walkies y escaletas y tarjetas y hojas plastificadas, y que la persona más exacta que he conocido en ese mes escribe partes con la letra de un niño y la ortografía de un taller, y que una tilde de más nunca ha dicho nada de cómo aprieta un hombre un tornillo.
—La retiro.
Silencio en la era. De los buenos.
—Retiro la ficha entera. Las faltas de ortografía no dicen nada de un hombre. Lo sé porque llevo un mes rodeada de gente que escribe perfectamente y no dice nada. Al candidato cuarenta y cuatro, donde esté: la tilde tenía mérito, y yo no.
Y aquí conviene decir lo que ha cambiado, porque no es lo mismo que las otras tres semanas.
La primera vez mantuve una ficha por defender la hoja.
La segunda maticé una por justicia con un hombre y su análisis de suelo.
La tercera mantuve la de él para esconder lo que había.
Y hoy retiro una que no es de nadie de esta mesa, y la retiro por lo que he aprendido mirando escribir a uno de ellos, y eso no lo sabe nadie más que yo, y por eso vale: es la primera revisión de esta hoja que hago para mí y no para España.
Y el muro social no se parte en dos esta vez.
Se queda un segundo blanco, sin saber, y luego sube todo en un solo color, y la presentadora dice «¡la villana retira!
» con la voz de quien anuncia un eclipse, y Bosco aplaude dos palmadas exactas, y Óscar apunta, y Leandro, a mi lado, no hace nada, nada, que es lo que hace este hombre cuando algo le importa, y detrás de los monitores Sonia se quita el auricular y se queda mirándome con la mandíbula quieta y la carpeta cerrada.
En la grada, mi madre no aplaude: se santigua, pequeño, rápido, como se santigua cuando pasa una ambulancia, y luego le dice algo a Nuria, y Nuria me lo transmite después, en el patio: «Que ha dicho que eso mismo te lo llevaba diciendo ella desde los doce años, lo de las faltas, y que se alegra de que te lo haya explicado alguien con barba».
Porque esto no estaba en su plan. Su plan era que la villana pidiera perdón en la última gala, con música.
Y yo acabo de retirar una ficha en la cuarta, sin música, por una tilde, y sin pedir perdón a nadie que esté en esta mesa, y eso, para Sonia, es una incongruencia: la villana se ha ablandado un grado, en el sitio equivocado, en la semana equivocada, y una mujer que administra el share como quien administra la salmuera sabe que las cosas no se ablandan un grado sin que algo las haya calentado.
Después de la gala, en el desmontaje, Sonia me alcanza en el camino de la casa. No trae carpeta. Trae el móvil.
—Ha estado bien lo de la tilde.
—Era verdad.
—Ya. Es lo que me preocupa. —Se para—. Rocío, no te voy a preguntar nada, porque las preguntas se contestan y a mí lo que me interesa no se contesta.
Te voy a decir lo que voy a hacer, que es lo que hago con la gente a la que aprecio: voy a mirar.
Tengo tres semanas de material, un runner con un cuaderno y un ayudante de montaje que lo apunta todo.
Si hay algo, lo encontraré. Si no hay nada, no.
—No hay nada que encontrar en tu material.
—Eso es lo que me ha dicho el ayudante de montaje de la cita. «No hay romance emitible. Hay potaje». —Guarda el móvil—. El chico tiene buen ojo y no sabe nada. Yo tengo peor ojo y sé más. Buenas noches.
—Sonia. —La paro yo, que es la primera vez—. Una cosa. Si un día encuentras algo, lo que sea, en tu material, es tuyo, y lo firmé, y lo sé. Lo que no esté en tu material no es tuyo. Ni aunque lo encuentres.
—Eso no lo dice el contrato.
—No. Lo digo yo. Para que conste.
—Consta —dice, y por primera vez me parece que esa palabra, en su boca, no es una amenaza: es un apunte.
Y se va hacia el coche de alquiler, y yo sigo hacia la nave, porque hay que tomarle la temperatura a la cámara, y por el camino me cruzo con Leandro, que viene de la era con la libreta, a dos metros, y no nos paramos, y él dice, sin girar la cabeza:
—Te ha mirado.
—Me ha dicho que va a mirar. Con el cuaderno del runner.
—El cuaderno del runner tiene horas de una furgoneta.
—Y una blusa.
—Una blusa no es una pieza.
—Todavía.
—¿Y hay algo?
—En su material, no.
—¿Y en el otro?
Y no contesto, porque estamos a dos metros y hay una cámara en el porche que se gira, y porque la respuesta a esa pregunta no se contesta en un patio: se contesta el domingo, sin walkies, en una casa con una higuera, y los dos lo sabemos, y seguimos andando, él hacia la vaguada y yo hacia el pestillo, con España acabándose de acostar y Sonia empezando a buscar.