Capítulo 20 · Rocío
Rocío
«Montse Gil. Sin número. No es candidata a nada. Es la única persona que ha pisado esta finca en un mes a la que no le hace falta ficha.»
El jueves a las nueve y media entro en la oficina del Consejo Regulador con una carpeta de cartón, la libreta de hule, la curva de Óscar con sus horas y su firma, y el cuerpo de una mujer que ha dormido dos horas en una cama de hierro y ha ordeñado sesenta ovejas con una blusa de boda, y no pienso contarle a nadie cuál de esas tres cosas me tiene la cabeza más clara.
La tengo clara. Eso es lo raro. Llevo cuatro semanas con la cabeza como una cámara con el relé flojo, saltando, y hoy va parejo, y no me pregunto por qué, porque hoy no hay tiempo para preguntas que no salgan en un pliego.
Leandro me ha traído en la furgoneta y se ha quedado fuera, en la calle, con el motor apagado y las manos en el volante, sin decir «suerte» ni nada que se parezca, que ese hombre no desea suerte porque no cree en ella: cree en el par de apriete.
Me ha devuelto el móvil en la cancela a las siete y media, delante del runner, con la mano abierta y una frase que valía para el walkie: «Se te cayó ayer en la Solana.
Lo vi al recoger». El runner lo apuntó. Que lo apunte.
El viaje ha sido corto y callado. Media hora de carretera con las ventanillas bajadas y el aire de la mañana todavía fresco, y yo repasando en la cabeza el plan punto por punto, como se repasa un lote antes de la salmuera, y él conduciendo sin preguntar, con la radio apagada, y la única frase del trayecto la ha dicho él al entrar en Castuera, mirando un cartel de la cooperativa: «Aquí huele a horno a esta hora».
Y era verdad, y no hacía falta decirlo, y por eso lo ha dicho.
Montse Gil me recibe en un despacho pequeño con una ventana a la calle, una mesa con dos carpetas, la mía y otra que no es mía, y un ordenador que no enciende. Lleva la misma carpeta azul y unos zapatos de oficina que parecen los de campo con menos polvo.
—Siéntese. Tiene usted diez días hábiles y han pasado tres. ¿Trae el plan o trae una consulta?
—Traigo el plan.
—Entonces siéntese mejor.
Y aquí empieza mi mejor día profesional, y lo sé mientras lo hago, que es una cosa que casi nunca se sabe.
Empiezo por los hechos, porque los hechos son lo único que esta mujer compra.
Primero: la interrupción del registro. Miércoles y jueves de la segunda semana de campaña, dos jornadas sin volcado diario ni firma, traslado del viernes de una vez.
Lo digo con las fechas y sin adjetivos, y le pongo delante la libreta de hule abierta por esas páginas, donde se ve el hueco y donde se ve, en la página siguiente, el volcado del viernes con la letra de una persona que había dormido poco, y le digo que ese hueco es mío y que la causa fue que la responsable no estaba en la nave por trabajo de terceros, y que no lo voy a adornar.
—No lo adorne.
Segundo: la desviación. Y aquí saco la curva de Óscar, dos folios con las lecturas del registrador de esa semana cuarto de hora a cuarto de hora, la línea que sube el miércoles a las doce y cuarenta y se queda arriba cuarenta minutos y baja hasta las cuatro, y debajo el método, la firma y el título de un ingeniero agrónomo que no es de mi casa y que lo dice.
—La causa fue una puerta abierta con una fuente de calor dentro durante cuarenta minutos.
Un foco de iluminación de la productora.
Yo autoricé el acceso por cinco minutos.
Se prolongó. No anoté la causa el día que ocurrió porque no la relacioné con la desviación hasta que vi la curva.
La relación la establece el documento que le entrego, con hora de inicio, hora de fin, magnitud y tiempo de recuperación.
Las piezas afectadas están identificadas por balda y por fecha en la libreta.
Ninguna se ha vendido. Ninguna se venderá con el nombre si el Consejo considera que la desviación las compromete.
Montse lee la curva. La lee entera, con el dedo, como la leyó Óscar, y en un momento dado saca un bolígrafo y hace una marca al lado de una hora.
—Cuarenta minutos a esa magnitud, con recuperación en tres horas y cuarto, y piezas con menos de veinte días de cámara. —Levanta la vista—. ¿Su criterio?
—Mi criterio es que la corteza no se ha resentido y la pasta sigue en su curva. Lo he comprobado pieza a pieza. Pero mi criterio no es el suyo, y el suyo es el que cuenta. Por eso están identificadas.
—Correcto.
Tercero: el plan. Y el plan lo llevo en un folio a mano y otro a limpio, y lo leo despacio, punto por punto, sin saltarme tornillos.
Uno: acceso a la nave, a la sala de ordeño y a la cámara de maduración restringido a personal de la quesería y al Consejo Regulador, desde el martes, con constancia escrita y cartel en la puerta, y una fotografía de los dos carteles, que le pongo delante y que ella mira sin ningún gesto, ni ante el logotipo de la productora.
Dos: volcado diario del registrador a la libreta con fecha y firma, en la mesa exterior de la nave, dentro de la primera hora de cada mañana, y una modificación del manual de autocontrol para que diga eso mismo con esas mismas palabras, que le entrego redactada.
Tres: anotación obligatoria de causa en cualquier desviación superior a un grado, en el momento, con hora, aunque la causa sea «no la sé», que también es una causa.
Cuatro: revisión quincenal de la junta del colector de la ordeñadora, que no viene en el requerimiento, pero que va en el manual porque es verdad y porque hay un hombre que me lo ha explicado con cucharas.
Montse se detiene en el punto tres.
—«Aunque la causa sea "no la sé"». ¿Eso lo ha escrito usted así?
—Así.
—¿Y se lo va a firmar así, con esas palabras, en un manual de autocontrol?
—«No la sé» con hora es más útil que «se produjo» sin hora. Lo he aprendido este mes.
Hace una marca. No dice si la marca es buena o mala, que esa mujer no pone acentos.
—Eso último no lo pone —dice Montse, sin levantar la vista de mi folio.
—No. Lo pongo yo.
—¿Por qué?
—Porque el manual es mío y describe lo que hago. Y eso lo voy a hacer.
Montse Gil asiente una vez. Deja el bolígrafo encima de mi plan.
Y durante medio minuto no dice nada, y en ese medio minuto oigo pasar un coche por la calle y pienso en el hombre que está dentro de otro coche, en esa misma calle, con las manos en el volante, y no pienso en nada más de anoche, y eso también es una manera de tener la cabeza clara.
—Voy a decirle lo que puedo decirle y nada más —dice al fin—.
La trazabilidad de las dos jornadas queda acreditada con el registro del equipo y con el informe técnico que aporta, que es correcto en método y en firma.
La causa de la desviación queda declarada y es compatible con la curva.
Las piezas afectadas quedan identificadas y bajo su custodia hasta que el Consejo resuelva sobre ellas.
El plan de acciones correctivas es suficiente y proporcionado, y en un punto excede lo requerido.
Lo elevo con informe favorable a que la no conformidad se califique como menor y se dé por atendida.
Con eso, el expediente de certificación no se suspende. Continúa.
—Continúa.
—Continúa. No está concedido nada. Habrá una visita de seguimiento, sin fecha, y una resolución, sin fecha. Lo que hoy tiene usted es que no se ha parado. Eso es lo que puedo decir y lo digo.
—Es suficiente.
—¿Y las piezas afectadas?
—Bajo custodia, con su balda y su fecha. Sin vender. Si el Consejo dice que se venden sin nombre, se venden sin nombre. Si dice que no, no.
—Bien. Eso también consta.
—Es lo que hay. —Saca un sello de un cajón, lo entinta y sella el registro de entrada de mi carpeta con la fecha y la hora, diez y siete, y arranca el resguardo y me lo da—. Esto es lo único que se lleva hoy. Guárdelo. Es lo que dirá que vino, cuando alguien pregunte cuándo vino.
Me lo guardo en el bolsillo del pecho del mono, el mismo bolsillo donde llevo el bolígrafo de la cooperativa, y pienso que en este mes me he llevado de los sitios cosas más grandes y ninguna que pese tanto como este resguardo de papel de ochenta gramos con una hora.
—Cierra mi carpeta y la pone encima de la suya—. Y otra cosa, que tampoco pone en ningún sitio: el foco lo autorizó usted. Lo ha escrito así. La mayoría de la gente que se sienta en esa silla escribe «se produjo».
—Se produjo porque lo autoricé.
—Eso he leído. —Se levanta—. Buenos días, señora Cárdenas.
En la puerta del despacho me vuelvo, que hay una cosa que no está en el plan y que quiero dejar dicha.
—Señora Gil. La visita de seguimiento. Cuando sea. La nave estará como hoy: cerrada a todo lo que no sea queso.
—Eso lo veré cuando vaya. —No levanta la vista—. Y lo que vea será lo que escriba.
Salgo a la calle a las diez y cuarto con la carpeta vacía y el aire de Castuera dándome en la cara, que es un aire que huele a horno de pan a esa hora, y cruzo hasta la furgoneta, y él baja la ventanilla sin arrancar.
—¿Y?
—Sigue.
—¿Sigue?
—Ha dicho «continúa». No ha dicho «sí». Ha dicho que no se ha parado.
Se lo piensa, con las manos en el volante, con la cara de calibrar si sobra media vuelta.
—Eso no se arregla —dice—. Eso se sigue.
—Eso.
Arranca. No me pregunta nada de la reunión, ni yo se lo cuento, porque en su idioma y en el mío un «sigue» es un parte cerrado y lo demás es adjetivo.
Bajamos por la carretera de Valcabrera con las ventanillas abiertas, y a mitad de camino me suena el móvil, recuperado, con veintitrés mensajes del grupo de la familia, y no los leo, y me suena la voz de mi madre en un audio que Nuria resume debajo con una sola palabra en mayúsculas: «¿Y? ».
Escribo «Sigue». Nada más. Y veo los tres puntos de Nuria pensando durante un minuto entero, y luego un mensaje: «vale.
no celebramos. entendido. mamá dice que sigue es más de lo que decía tu padre de casi todo».
Y debajo, dos minutos después, otro: «he parado a mamá que iba a hacer arroz con leche.
le he dicho que el arroz con leche es celebrar.
dice que el arroz con leche es martes. hoy es jueves. lo hace igual».
En la finca, a las once, no hay celebración, porque no hay nada que celebrar que no sea que no se ha parado, y así se lo digo a Nuria, y a mi madre, y a Óscar, que está en la mesa de las migas con el portátil y se levanta cuando me ve entrar con la cara de quien espera un resultado de laboratorio.
—Sigue.
—¿Ha aceptado el método?
—Ha dicho que es correcto en método y en firma.
—Bien. —Y vuelve a sentarse, y cierra el portátil, y no pregunta nada más, y por primera vez en un mes me parece que Óscar ha entendido cuál era su parte: darme la curva y dejarme la silla.
Se lo digo. No se lo digo con esas palabras, que en esta casa no se dicen; le digo «gracias por las horas», y él dice «eran tuyas», y con eso queda pagado lo que había.
Y hay arroz con leche. Mi madre lo pone en la mesa de las migas a la una, sin decir para qué, y los técnicos lo comen sin saber que están celebrando algo que no se celebra, que es la manera más segura de celebrar que conoce esta casa: que lo celebren otros, sin enterarse.
Sonia aparece a las doce, informada por el runner de que la protagonista ha ido «al pueblo en la furgoneta del activo, con carpeta», y se planta delante de la nave cerrada con el café.
—¿Qué había en la carpeta?
—Papeles de la quesería.
—¿Y en la furgoneta?
—Un hombre que conduce. Ese que has puesto en escaleta fija. Lo pusiste tú.
Sonia oye una frase que no puede rebatir y que no le gusta, y se le nota, y se guarda la sonrisa que no sé leer, y dice, muy tranquila:
—Vale. Apuntado.
Y se va, y yo me meto en la nave y echo el pestillo, y me apoyo en la puerta un momento, por dentro, con la libreta de hule contra el pecho, y me concedo, sola, sin cámara, una cosa que no es celebrar: respirar por la nariz, largo, dos veces, con los ojos cerrados, como cuando se concentra una en contar baldas.
Y luego abro los ojos y cuento las baldas, porque hay ciento cincuenta y ocho piezas ahí dentro, y mil cuatrocientas vendidas, y una certificación que sigue, y un cuerpo que hoy se acuerda de todo lo que hizo anoche cada vez que me agacho, y las cuatro cosas hay que llevarlas a la vez, que para eso son mías.