Capítulo 18 · Rocío
Rocío
A las siete y cincuenta y dos bajo de la Solana con el tractor vacío, el mono de la tarde y la cara de la tarde, exactamente como Sonia quería, y desde el mirador del abrevadero, donde hace una semana había un abrevadero, veo lo que la televisión entiende por una cena: una mesa redonda con mantel blanco hasta el suelo, dos sillas de forja que no son de esta comarca, una vela dentro de un tarro para que el viento no la apague y un centro de flores que a esta altura de julio no crecen ni en Madrid.
A treinta metros, dos cámaras en trípode tapadas con paños, como caballos con anteojeras.
Encima, el dron, quieto, con su ojo. En el centro de la mesa, entre los dos platos, una cosa negra con espuma: el micro de ambiente.
Aparco el tractor a diez metros de la mesa, marcha atrás y de una, y apago el motor, y en el silencio se oye el dron.
Nuria sale de detrás de la cuba con una percha.
—Ropa propia, limpia. Lo pone en la hoja. —Me enseña una blusa azul que me compré para una boda hace cuatro años y que no me he puesto desde la boda—. Cámbiate detrás de la cuba, que desde allí no se ve.
—Se ve desde el dron.
—El dron mira la mesa. Lo he preguntado.
Me cambio detrás de la cuba, con dos mil litros de agua vacía de escudo, y salgo con la blusa de la boda, los pantalones del mono y las botas, porque la hoja no dice nada de las botas, y Nuria me mira de arriba abajo con el gesto de una madre de comunión a la que le han dado el traje equivocado, y se va con la percha hacia la furgoneta pequeña, que espera fuera de plano. Antes de subir se vuelve:
—Mamá ha mandado el táper. Está debajo de la mesa. El catering no lo sabe.
Leandro sube andando por el camino de la Solana a las ocho menos dos, con una camisa de cuadros pequeños que le va justa de hombros, unos vaqueros que no han visto un taller y las mismas botas de siempre, y con el pelo peinado con agua, que se le nota porque se le está soltando por un lado.
Se para a tres metros de la mesa y mira la mesa como se mira una máquina que no conoce.
—Buenas.
—Buenas.
—¿Eso es el micro?
—Eso es el micro.
—¿Y eso son flores?
—Eso son flores.
Se sienta. Me siento. El mantel llega hasta el suelo y las sillas de forja pesan lo que pesa un mal recuerdo, y en el walkie que Nuria ha dejado apoyado en la cuba, bajito, para que sepamos por dónde van los tiros, se oye a Sonia desde la era: «Estamos.
Dron a veinte. Cámara uno plano medio de los dos. Y ahora, por favor, que pase algo».
Lo primero que pasa es el catering.
Un chico con chaqueta blanca sube desde la furgoneta con dos platos tapados con campana, los deja delante de nosotros con la ceremonia de un notario y levanta las campanas a la vez: en cada plato hay una loncha de tomate sobre una base de algo verde, con tres gotas de aceite en forma de triángulo y una flor comestible encima.
Se llama «tartar de tomate de la huerta con aire de albahaca», lo dice él, y se va.
Leandro mira el plato. Mira el tomate. Mira las tres gotas.
—Ese tomate es de invernadero.
—De Almería. Se le ve en la piel.
—¿Y el aire?
—El aire es la espuma. El aire de aquí no lo ponen porque no se puede facturar.
Y entonces saco el táper de debajo de la mesa, que es un táper grande, de los de guardar el potaje de los domingos, y lo abro, y en el mirador de la Solana huele de repente a comino, a hueso de jamón y a mi madre, y Leandro cierra los ojos un segundo, como cierra los ojos un hombre que lleva cuatro semanas comiendo sentado en el suelo de un porche con una botella en la nuca.
—Potaje —digo—. En julio. Mi madre confirma menús así.
Comemos. Comemos potaje de un táper con las cucharas del catering, en una mesa con mantel hasta el suelo, con un dron encima, y en el walkie de la cuba Sonia dice: «¿Qué es eso?
¿Qué están comiendo? ¿Eso lo hemos puesto nosotros?
», y una voz que reconozco como la del chico de la chaqueta blanca dice: «Eso no es mío», y Sonia dice: «Pues que sea de alguien».
Lo segundo que pasa es la conversación. Que es lo que Sonia ha comprado y lo que va a tener, en el sentido exacto en que un contrato te da lo que pone y no lo que querías que pusiera.
—La junta del colector —dice Leandro, con la boca llena.
—Aguanta.
—Aguanta porque el butilo aguanta. Pero el butilo no es una junta. Es un apaño con nombre. Lo del lunes de la ola de calor fue junta de verdad, del juego que llevo, pero de las que hay que revisar cada quince días hasta que el colector deje de moverse.
—¿Y por qué se mueve el colector?
—Porque la bancada tiene juego. Y la bancada tiene juego porque alguien, hace años, apretó los anclajes con una llave que no era la llave.
—Mi padre.
—O tu abuelo. Los anclajes son de esa época.
—Entonces cuenta con eso. Los anclajes se quedan como están.
—Ya lo sé. Por eso lo digo, para que conste que lo sé.
En el walkie, la voz de Sonia, más baja, más peligrosa: «Están hablando de anclajes».
Le pregunto por el freno derecho, que es una conversación que llevamos pendiente desde el martes del cruce, y me explica el reglaje de los frenos de tambor con las manos, en el mantel, con las cucharas de ejemplo, durante ocho minutos que el micro de ambiente recoge enteros, y luego yo le explico por qué la humedad de la cámara no puede bajar de donde está sin que la corteza de la torta se agriete, y él pregunta cuánto, y yo se lo digo, y él dice «ah», con la satisfacción de haber entendido una máquina nueva, y en el walkie Sonia dice: «Que suba el runner. Con la tarjeta».
El runner sube el camino de la Solana con la cara de subir un camino que no quiere subir, y se planta al lado de la mesa con una tarjeta blanca, y me la da sin mirarme, como se entrega un burofax.
La leo en voz alta, hacia el micro, con la voz de leer albaranes.
—«Tema: vosotros». —Me quedo mirando la tarjeta—. Vale. Tema: nosotros. Leandro, ¿qué opinas tú del freno derecho?
—Que tira.
—Pues ya está. Nosotros opinamos que tira.
El runner baja el camino con la cara de bajar un camino, y en el walkie hay un silencio largo, y luego Sonia, con la voz de quien ha decidido tomárselo con deportividad porque no le queda otra: «Muy bien. Muy graciosos. Dron a diez».
Lo tercero que pasa son las ovejas.
Nadie les ha dicho que hay cena. Vienen a las ocho y media, como vienen todas las tardes desde el lunes de la ola de calor, por la vereda de la umbría, al abrevadero que está a unos pasos de la mesa, y llegan, y beben, y el flotador del abrevadero, que cierra tarde desde antes de que llegara el circo, desborda su dedo de agua tierra abajo, y el agua llega hasta el mantel, que llega hasta el suelo, y el mantel empieza a beber.
Leandro lo mira. Mira el flotador. Mira el agua.
Mira el mantel. Y no se mueve, con las manos encima de la mesa, muy quietas, porque no hay permiso.
Y yo lo miro no moverse, con las ovejas bebiendo y el mantel chupando agua, y me acuerdo del domingo, de los dos mirando el mismo dedo de agua sin decir nada, y decido que hay una cosa esta noche que sí se puede decir.
—Arréglalo.
Se levanta como se levanta un hombre al que llevan cuatro semanas atando las manos.
Coge el cuchillo del catering, el de untar, que es lo único que hay, va al abrevadero, se agacha entre dos ovejas que no le hacen ni caso, mete la mano en el agua, dobla la varilla del flotador dos dedos exactos, los dos dedos que se aprendió de memoria un martes por la tarde, y el agua deja de caer.
Un minuto. Menos. Vuelve a la mesa, deja el cuchillo en su sitio, se seca la mano en los vaqueros nuevos y se sienta.
—Ya.
Y me río. Me sale como en el camino viejo, ancha, con la cabeza atrás, y él se ríe también, con el pelo peinado con agua ya del todo suelto, y el dron baja a diez y no entiende nada, y en el walkie Sonia dice, con una voz que no le conocía: «¿De qué se ríen? ¿Alguien sabe de qué se ríen?».
Nadie lo sabe. Ese es el chiste.
A las nueve y veinte se pone el sol detrás de la sierra, exactamente, que él lo dijo, y a esa hora pasa la única cosa de la noche que no hemos saboteado, porque no se puede sabotear: nos callamos.
El potaje se ha acabado, las ovejas se han ido, el mantel está mojado hasta la rodilla, y la luz se va poniendo del color que se pone en la Solana en julio, naranja de cobre, y nos quedamos mirándola los dos sin decir nada durante seis minutos que el micro recoge enteros, y que son los seis minutos más honrados que ha grabado este programa.
No nos miramos. Miramos la sierra. Y en el walkie de la cuba no se oye nada, ni a Sonia, y eso es lo más parecido a un elogio que esa mujer es capaz de hacer.
A las nueve y cincuenta, treinta minutos después, como manda la hoja, el walkie dice «fin de rodaje, recogemos», y las dos cámaras con anteojeras se quedan huérfanas en sus trípodes hasta que sube el runner a por ellas, y el dron se va a dormir a la era, y nos quedamos solos en el mirador, con la vela dentro del tarro y la noche entrando.
—¿Y ahora? —dice él.
—Ahora bajo el tractor. Que se vea bajar.
—¿Y después?
Y aquí hay que ser exacta, porque es un momento que en la tele se cuenta con música y en mi finca se cuenta con logística.
El tractor lo bajo yo, sola, hasta el cobertizo, marcha atrás y de una, delante de la cámara fija de la era, que graba lo que sale por esa puerta y lo que entra, y sale una mujer con blusa azul y botas hacia la vaguada, a pie, sin luz, y la cámara la pierde a los cinco metros.
Él baja andando por el camino de la Solana hasta la explanada del cortijo, que es aparcamiento y no zona común, y a las diez y veinticinco una furgoneta con el morro hacia la salida arranca y se va por el camino del cortijo, y un poco más abajo, donde el camino se junta con la vaguada, una mujer con blusa azul sube por la puerta del acompañante.
—El runner ha visto salir la furgoneta —digo.
—El runner ve salir la furgoneta todas las noches que me da la gana. Es mi furgoneta. —Enciende las largas—. Lo que no ve es a quién lleva.
El Rebollar está a dos caminos, uno de tierra y otro peor, y llegamos a las once menos cuarto, con las luces apagadas en el último tramo, que no hace falta pero él lo hace, y aparca delante de una casa baja encalada con una higuera en la puerta, y apaga el motor, y nos quedamos un momento oyendo el motor enfriarse, que es un ruido que conozco de otro tractor.
—¿Aquí hay algo que grabe? —le pregunto.
Se lo piensa en serio, que se lo he preguntado en serio.
—El dueño sube los domingos a mirar las higueras. Hoy es miércoles. No hay walkie, no hay cámara, no hay micro, no hay wifi. Hay butano, agua de pozo que no se bebe y una ventana que cierra mal. —Se saca el móvil del bolsillo y lo mete en la guantera—. Y esto se queda aquí.
Saco el mío del bolsillo de los pantalones del mono, que es donde lo llevo hasta en las bodas, y lo meto en la guantera al lado del suyo, y cierro la guantera, y ese clic es la firma de un contrato que no existe.
—El Anexo cuatro llega hasta la guantera —dice.
—Pues ampliamos el alcance.
Bajamos. La casa por dentro es una habitación grande con una mesa de madera que ha visto matanzas y papeles del taller ordenados en tres montones, una cocina con dos fuegos, una cama de hierro con una colcha de las de antes, y una ventana abierta a las encinas por la que entra el aire que huele a jara y a noche.
Él enciende una lámpara de mesa, una sola, de bombilla amarilla, y se queda de pie junto a la mesa, con las manos en los bolsillos, que es donde las lleva cuando no tiene permiso para nada, mirándome como a una máquina que no va a tocar hasta que le digan hasta dónde.
Y yo, que llevo cuatro semanas dando órdenes en esta historia, que he dicho «fuera» y «operativo» y «arréglalo» y «se cierra», me doy cuenta, de pie en mitad de una casa que no es mía, con la blusa de una boda y las botas del ordeño, de que hay una cosa que no le he preguntado nunca a este hombre, ni en la furgoneta, ni en el cruce, ni en la nave con la bomba cazando.
Lo que quiere él. No lo que tiene arreglo.
No lo que hace falta. No lo que sobra en el alcance.
—Leandro.
—Qué.
—¿Qué quieres?