Capítulo 19 · Leandro
Leandro
—Quedarme.
Lo digo y es la primera vez en mi vida que pido una cosa para mí sin mirar antes si está rota, y me sale mal, corta, con la voz de los partes, y ella espera, porque sabe que no está entero.
—Quedarme aquí. Contigo. Esta noche. —Me saco las manos de los bolsillos, que no sé dónde ponerlas cuando no hay herramienta—.
Y que lo demás me lo pidas tú, porque yo pedir no sé.
He arreglado cosas toda la vida para no tener que pedir nada, y ahora estoy en mi casa alquilada con una mujer que me pregunta qué quiero, y lo que quiero es que me lo preguntes otra vez despacio, porque la primera me ha pillado con las manos vacías.
Ella no se ríe. Se acerca. Dos metros, uno, cero, la distancia reglamentaria del patio deshecha en tres pasos con botas de ordeño.
—¿Qué quieres? —repite. Despacio.
—Esto.
—¿Esto qué?
—Que te quedes tú también. Que me lo digas si no. Que me lo digas si sí.
—Sí.
Lo dice mirándome, con la voz de albarán, la que no admite devoluciones, y me pone una mano en la barba como la puso en la furgoneta, y esta vez no la quita.
—¿Y tú? —pregunta—. Que se dice. Aquí se dice.
—Sí.
Y ya está dicho, los dos síes, en voz alta, en una casa donde no graba nadie, y lo que viene después es lo que viene después de dos síes entre dos personas que saben trabajar con las manos, y lo cuento como se cuenta un trabajo que salió bien: por orden, sin adorno, con lo que había.
Lo primero son las botas. Las suyas y las mías, en la puerta, que ella se descalza como se descalza en su casa, con el talón, sin mirar, y yo me agacho a desatarme las mías y desde abajo la veo de pie con la blusa azul y los pantalones del mono y los calcetines de trabajo, en mitad de mi habitación, y pienso que nunca he visto nada que quisiera tanto y que estuviera tan poco pensado para gustar.
Lo segundo es la blusa. Se la desabrocha ella, botón a botón, sin prisa, mientras me mira desatarme la segunda bota, y debajo hay una camiseta de tirantes blanca, de las de debajo del mono, y el cuello y los brazos con el color del sol hasta donde llega la manga corta, y a partir de ahí la piel de dentro, la que no ha visto la Solana, y esa frontera, exacta, en cada brazo, es lo primero que toco cuando me levanto, con el pulgar, siguiendo la línea.
—Aquí acaba el trabajo —dice ella.
—Aquí empieza.
La camisa de cuadros que me va justa de hombros me la quita ella, con la misma manera de retirar una lona: por los dobleces, sin tirar, y se queda un segundo mirando, y lo que mira es lo que hay: cuarenta años de taller, una cicatriz en el antebrazo de un ventilador de radiador que no debió estar girando, la barba, el pecho.
Me pone la mano abierta en el pecho, encima del corazón, que va como va un motor en frío cuando le das gas, y dice:
—Esto no lo apuntes.
—No hay dónde.
La cama de hierro cruje. Cruje con nosotros y con cada cosa que hacemos encima, y ninguno de los dos hace nada por que no cruja, que es lo más honrado que se puede decir de una cama.
Me tumbo yo primero, porque ella me lo pide con la mano, y ella se queda de pie un momento mirándome desde arriba, con la lámpara detrás, y se quita la camiseta y los pantalones del mono como se quita la ropa después de un ordeño largo, sin espectáculo, doblándolos y dejándolos en la silla, y se queda con lo que queda, y viene.
Lo que viene es despacio. Es su manera y también es la mía.
Sus manos saben dónde van porque las usa para trabajar, y las mías igual, y nos vamos diciendo con las manos lo que en el patio dijimos con dos metros: aquí, esto, así.
Le beso el hombro donde acaba el sol. Ella me besa la cicatriz del radiador y pregunta de qué es y se lo digo, en mitad de todo, con la boca en su cuello, y ella dice «tenías que haber parado el motor», y yo digo «tenía dieciséis años», y ella dice «con dieciséis también se para el motor», y se ríe con la boca en mi pecho, y esa risa la noto en el esternón antes que en los oídos.
Cuando llega el momento de pedir, lo pido. Es lo que me he dicho a mí mismo que iba a hacer y lo hago mal, como todo lo que se hace por primera vez, y ella lo entiende igual.
—Así —digo. Y no sé decir más. Y tampoco hace falta, porque ella pregunta:
—¿Así?
—Así.
Y me lo da. Me da exactamente eso, lo que he pedido con una palabra, y se queda encima, y me guía con una mano y con la otra me sujeta la cara para que no mire a otro sitio que no sea ella, y yo no miro a otro sitio, y cuando entro en ella es con su mano y su tiempo y no con el mío, y eso, para un hombre que ha entrado en todas las averías de su vida por su cuenta, es una cosa que no tiene nombre en el taller y que no pienso buscárselo.
Ella respira por la nariz cuando se concentra.
Lo sabía de verla contar baldas, y ahora lo sé de otra manera.
Yo hablo poco y ahora no hablo nada, y lo que digo lo digo con las manos en su cintura, sujetando lo que ella decide mover, y ella decide, y decide bien, y en algún momento deja de decidir y se deja ir, con la cabeza atrás como en el camino viejo y sin reírse esta vez, y yo la sigo, y la cama de hierro dice lo suyo, y la ventana que cierra mal deja entrar el aire de las encinas sobre dos personas que por una vez en su vida no están arreglando nada.
Después se queda encima un rato, con la cara en mi cuello, respirando por la nariz todavía, y la lámpara amarilla nos hace una sombra rara en la pared encalada, y yo tengo una mano en su espalda, quieta, y con la otra le sujeto la nuca, donde Sonia dijo que se nota la cámara.
No hay cámara. Lo compruebo sin querer, con los ojos, la ventana, la puerta, la mesa con los papeles, y ella lo nota.
—No hay —dice.
—No hay.
—Entonces deja de mirar la puerta.
Dejo de mirar la puerta.
Dormimos a ratos. La casa hace ruidos de casa vieja, la higuera roza el muro con una rama, el butano de la cocina hace su tic al enfriarse, y yo los voy contando sin querer, como se cuentan los ruidos de un motor nuevo para saber cuáles son suyos y cuáles sobran, y ninguno sobra.
Ella duerme con la mano cerrada, como si sujetara algo.
Lo apunto donde se apuntan estas cosas, que no es la libreta.
y a las tres ella se despierta y se sienta en el borde de la cama y yo pienso que se va, y no se va: se bebe un vaso de agua del botijo que le he dicho que no se bebe, y dice «ya me he bebido cosas peores», y vuelve, y se tumba de lado dándome la espalda, y me coge la mano y se la pone en el vientre, y se duerme así, y yo no me duermo, porque hay noches que un hombre prefiere gastar despierto para que le duren.
A las cuatro y media hablamos, en voz baja, sin luz, de nada: de la vecina de la bomba de riego, que se llamaba Justa y que al final le dio un saco de pimientos a mi padre y otro a mí; de la primera torta que ella hizo sola, con catorce años, que se le agrietó la corteza y su padre la vendió igual «como torta con carácter»; de por qué a Chema le da miedo el armario eléctrico del pivot y no le da miedo una cosechadora.
De que el torno del taller lo compró mi padre de segunda mano a un hombre de Mérida que lloró al venderlo, y que mi padre le dejó llorar y luego le pagó lo que pedía sin regatear, cosa que no hizo en su vida con nadie más, «porque a un hombre que llora por un torno no se le regatea».
De que ella, con nueve años, se escondió una noche en la cámara vieja para ver si las tortas maduraban de verdad o era un cuento, y que su padre la encontró a las dos horas dormida en la balda de abajo y no le dijo nada, la llevó a la cama y a la mañana siguiente le enseñó a leer el termómetro.
Cosas sin peso. Las que se dicen cuando ya se ha dicho lo que pesaba.
—¿Qué querías tú? —le pregunto, cuando llevamos un rato callados—. Yo he contestado. Tú no.
—Yo lo he tenido. —Se lo piensa—. Quería una noche en la que no fuera la responsable de nada. Ni de la nave, ni de la cámara, ni de mil cuatrocientas tortas, ni de una ficha. Y la he tenido. Y a las seis vuelvo a ser la responsable de todo, y no me importa, que para eso me sirven las noches.
A las cinco y diez me suena el reloj de pulsera, que es lo único que no se ha quedado en la guantera.
Es lo peor de todo. Lo digo así porque lo es: lo peor no es que se acabe la noche, es que se acabe con hora, y que la hora la ponga un ordeño y un rodaje y una cámara fija apuntando a una puerta.
Nos vestimos con la luz apagada, sin hablar, que a las cinco de la mañana no hay nada que decir que no se haya dicho a las cuatro y media, y ella se pone la blusa de la boda, que es lo único que tiene, y los pantalones del mono, y las botas, y yo la miro atarse la segunda bota y pienso que la primera vez que la vi atarse una bota fue hace media hora y que no me lo voy a olvidar.
Deja la colcha sin hacer, a propósito, con la mano encima un segundo, y dice «esto lo haces tú, que es tu casa», y yo digo que sí, y es la primera cosa de la mañana que suena a mañana.
En la puerta, con la higuera negra contra el cielo que empieza, se para y mira la casa desde fuera, como se mira una nave al cerrarla.
—Miércoles —dice—. Once menos cuarto a cinco y veinte. Que conste.
—Consta.
—Sin apuntar.
—Sin apuntar.
En la furgoneta, con los móviles en la guantera todavía, bajamos por los dos caminos con las luces apagadas en el último tramo, otra vez, y llegamos al cruce de la encina a las cinco y cuarenta, y paro.
—Hasta aquí —dice ella—. Subo por el nuevo, entro por la cancela, cruzo el patio y estoy en la nave a las seis menos cinco. La cámara de la nave me ve entrar por la puerta. Que me vea. A las seis menos cinco entro a ordeñar todos los días de mi vida.
—Con la blusa de la boda.
—Con la blusa de la boda. —Abre la puerta—. Que apunten lo que quieran. Lo que apunten no es esto.
Y se baja, y sube andando por el camino nuevo hacia la cancela, con el cielo empezando a ponerse gris por detrás de la sierra y las botas sonando en la tierra, y no se vuelve, que esta mujer no se vuelve nunca, y yo me quedo en el cruce con el motor al ralentí y las dos manos en el volante, y saco el móvil de la guantera, y el suyo, y me doy cuenta de que se lo ha dejado, y de que se lo voy a tener que devolver hoy, delante de todo el mundo, con un walkie encendido, sin poder decir dónde estaba.
Lo miro un momento en la palma, apagado, con la pantalla llena de huellas de salmuera, y pienso en la frase que voy a decir para devolvérselo, y me sale sola, porque es verdad a medias, que así salen las frases que valen para un walkie: se le cayó en la Solana. Lo vi al recoger.
Me quedo hasta que la pierdo detrás de la cancela, que la cámara fija de la era no llega al camino nuevo y la de la nave no llega a la cancela, y en ese hueco entre dos cámaras está ella subiendo con una blusa azul, y nadie lo graba, y por una vez lo que no se graba es lo que hay.
A las seis en punto, desde el cruce, se oye arrancar la bomba de vacío de la ordeñadora, con la junta de verdad, regular, y luego el compresor de la cámara, con su rascado.
Meto primera. Subo por el camino nuevo hacia la explanada del cortijo, que a las seis y diez está vacía y a las siete y media va a tener un runner mirando el reloj, y aparco con el morro hacia la salida, y me quedo dentro cinco minutos más, con la luz del techo apagada, que ahora funciona, guardándome lo que se guarda un hombre que ha pedido una cosa y se la han dado, antes de que empiece el día en que eso no se puede decir.