De perdidos, al tractor Capítulo 17 · Leandro
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Capítulo 17 · Leandro

Leandro

El martes a las nueve Rocío pone la mesa del patio como se pone una mesa de asamblea: una silla para ella, una para Sonia, y las demás, que las coja quien quiera.

Yo cojo una. Me la ha ofrecido ella a las ocho y cinco, en la puerta de la nave, con una frase que no era una invitación: «A las nueve, en el patio. Te concierne».

Antes de que llegue Sonia, Rocío ha hecho una cosa que veo desde mi silla: ha pegado con cinta en la puerta de la nave un folio escrito a mano, con su letra de libreta, que dice NAVE. NO ENTRAR. PERSONAL DE LA QUESERÍA. Sin firma, que en esa puerta no hace falta.

Sonia llega con la carpeta y el café, y se sienta, y mira las mil cuatrocientas cajas que ocupan el porche como un ejército de cartón, y luego mira a Rocío, y no dice buenos días, que entre ellas los buenos días se dan por descontados.

—Tú dirás.

—La nave se cierra. —Rocío lo dice con la voz de rótulo—. La nave, la sala de ordeño y la cámara. No entra producción. Ni cámaras, ni luces, ni walkies, ni técnicos, ni dinámicas, ni masterclass. Entra la gente de esta casa y la gente del Consejo Regulador. Desde hoy hasta el final del rodaje.

—La cámara fija de la puerta.

—La de fuera se queda. Graba la puerta. Lo que salga por la puerta, es vuestro. Lo que pase dentro, no existe. Como el cobertizo.

Sonia no pregunta por qué. Sonia sabe por qué, porque sabe que hubo una visita, y sabe leer una cara de lunes con acuse de recibo, aunque no sepa qué pone el acuse. Se toma un sorbo de café.

—Tengo dos piezas por semana que salen de esa nave. La masterclass fue lo mejor de la semana uno. El ordeño es la imagen de marca del programa. La cámara con las tortas es el plano que abre cada gala. —Deja el vaso—. Me estás quitando la mitad del formato.

—Te estoy quitando la mitad del formato que no debió entrar nunca.

—Eso no lo discuto. Te lo compro. —Abre la carpeta—. Pero lo compro con algo. Contenido equivalente. Lo que no rueda dentro, se rueda fuera, y tiene que valer lo mismo.

—Di el precio.

Sonia me mira. Me mira a mí, por primera vez en la conversación, como quien saca una pieza de un cajón donde la tenía guardada desde el miércoles.

—Una cita. La de esta semana. Mañana miércoles, a las ocho de la tarde.

Tú y Moya. En la Solana, al atardecer, que es la localización que más ha funcionado.

Cena. Cámaras a distancia, dron, un micro de ambiente.

Sin guion de líneas. Guion de situación.

Y sin la palabra «recurso», que ya sé que os cansa.

—Ya me la habías anunciado.

—Te la había anunciado para «la semana que viene». Ahora es mañana, y es a cambio de la nave. Es distinto. Es un trueque, y tú los entiendes.

Rocío no me mira. No me ha mirado en toda la conversación, y no me va a mirar hasta el final, y entiendo por qué: si me mira, Sonia lo ve, y lo que Sonia ve lo vende. Yo tampoco la miro. Miro las cajas. Cuento hileras, que es lo que hacen las manos cuando no las dejas hacer otra cosa.

—¿Y si no hay beso? —dice Rocío.

—Lo que pase, pasa. No pago besos. Eso ya se lo he dicho a alguien esta semana. —Y no me mira al decirlo, que es su manera de decírmelo—. Yo pongo la mesa, la luz y la hora. Lo que pongáis vosotros es vuestro. Si no ponéis nada, tengo una cena bonita con una puesta de sol, y eso también se emite.

—Sin opcional.

—Sin nada. Cena, puesta de sol, dos personas. Con eso me llega.

Rocío mira las cajas también. Mil cuatrocientas.

Sé lo que está contando, porque lo contó el sábado en voz alta mientras un país aplaudía.

Y sé lo que pesa una carta con acuse de recibo, aunque no la haya leído, porque he visto dónde la tiene: en la mesa de la cocina, con una hoja de Óscar al lado, y una libreta de hule abierta con su letra pequeña de madrugada, y una taza de café que a las ocho de la mañana ya era la segunda.

—Y un total tuyo sobre la preventa —añade Sonia, que nunca cierra sin probar una vuelta más—. Diez minutos. Cómo se siente la quesera más vendida de España.

—No.

—Cinco.

—Ninguno. La preventa es de la quesería. Lo que se siente no se vende hasta que esté hecho.

Sonia lo apunta, o apunta que no, que en su carpeta las dos cosas ocupan la misma línea.

—Trato —dice Rocío—. La nave cerrada desde ahora. La cita mañana a las ocho. Y una cosa más: en la cita no hay preguntas de la presentadora, ni tarjetas, ni dinámicas. Dos personas y una mesa.

—Dos personas y una mesa. —Sonia apunta—. Y un dron.

—Y un dron. Ya le saluda él.

Y ahí, por primera vez, me mira. Medio segundo. Lo justo para que Sonia no lo cuente y para que yo sí.

—¿Tú tienes algo que decir? —me pregunta, en el tono de la asamblea.

—No es mi nave.

—No. Pero es tu cita.

—Entonces sí. A las ocho estoy. —Y como las dos esperan algo más, añado lo único que tengo—: Y la puesta de sol en la Solana es a las nueve y veinte en esta fecha. Si la cena es a las ocho, hay que comer despacio.

Sonia se ríe, una vez, corta. Cierra la carpeta.

—Comed despacio. —Se levanta—. La coordinadora os pasa la hoja esta tarde. Y Rocío: la nave, cerrada. Pongo un cartel yo misma. Nadie de mi equipo cruza esa puerta, y el que la cruce se vuelve a Madrid en el tren de la tarde. Eso también va por escrito.

Se va hacia la era con el café, dando órdenes por el walkie, y Rocío y yo nos quedamos en la mesa del patio con la sombra de la encina moviéndose sobre las cajas y sin nada que decirnos que se pueda decir ahí.

—Gracias por lo de la puesta de sol —dice, al cabo.

—No era por ti. Era por la cena.

—Ya.

Se levanta y se va a la nave, y cierra la puerta por dentro, cosa que no había hecho nunca en tres semanas, y oigo el pestillo, que es un sonido nuevo en esta finca y que me alegro de haber oído.

A mediodía Sonia cumple lo suyo: debajo del folio de Rocío en la puerta de la nave pega otro, impreso, con el logotipo de Tesela y una sola línea: «Espacio no disponible para producción.

Por orden de la propietaria y de S. R.».

Los técnicos lo leen al pasar, uno por uno, como se lee la esquela de alguien a quien conocías poco, y el runner le hace una foto y se la manda a alguien, y a partir de ahí nadie se acerca a esa puerta ni para apoyarse.

El resto del martes lo paso observando, que es lo que sé hacer sin permiso.

Rocío sale de la nave a las once con el volcado del día en la mano, lo firma en la mesa del patio delante de la cámara fija, con fecha, mirando el reloj, y vuelve a entrar.

Sale a la una, come de pie en la cocina con su madre, que hoy le ha puesto potaje en julio, que en esta casa es una manera de decir que te ven cansada, y vuelve a entrar.

A las cuatro sube la cuba a la Solana con el tractor, sola, y la veo desde la era tocar el pasador dos veces con la mano izquierda, y la veo darse cuenta de que lo hace, y hacerlo igual, y eso es lo más cerca que hemos estado hoy.

A las seis baja, mete el tractor en el cobertizo marcha atrás y de una, y se queda con el motor en marcha un segundo de más, otra vez, y luego lo apaga.

No la diagnostico. No sé lo que le pasa por dentro y no me toca saberlo.

Sé lo que veo: que firma cada día con la fecha del día; que cuenta las piezas con la mano cuando los números se le mueven; que duerme tres horas, porque la luz de su cocina se apaga a la una y su ordeño empieza a las seis y la vaguada no miente; que ha dicho «se amplía el alcance» y luego «eso no hace falta apuntarlo» y que las dos cosas eran ciertas cuando las dijo.

Y que sigue siendo, con todo eso encima, la persona más competente que he visto trabajar, y eso no me lo dice nadie: lo veo yo, con los ojos que tengo, que están entrenados para ver dónde falla una cosa y hoy no encuentran dónde.

A las cinco Delia rueda las cajas. Bosco está ayudando a Nuria a apilarlas por hileras de veinte, con la camisa remangada y sin su ángulo, y Delia le rueda las manos otra vez, como en la Solana, y él lo nota, y esta vez no dice nada de su lado bueno.

—Ya sé —dice, sin mirarla—. El plano bueno.

—Este no. —Delia no aparta la cámara—. Este es peor.

—¿Peor cómo?

—Peor porque no sabes que lo estás haciendo.

Y sigue rodando, y Bosco sigue apilando, y por un momento la pila de cajas es lo único que hay entre esos dos, y es una pila alta. No es asunto mío. Lo apunto igual, que las averías ajenas también se ven.

A las siete llama Chema, sin muletilla, que es lo que me temo.

—El de Valladolid ha mandado el palier. Ha llegado hoy. Tres semanas, dijo, y han sido diez días, que a veces la gente cumple. La caja sigue en cinco semanas.

—Bien.

—¿Bien? Leandro, el palier está aquí, en el taller, en una caja, y el todoterreno de esa mujer está en otra finca con un palier roto, y tú tienes un contrato que te prohíbe salir de ahí hasta agosto. ¿Quién lo pone?

—Nadie hasta que ella lo diga.

—¿Y si lo dice?

—Entonces lo pones tú un domingo, con permiso, y yo te lo explico por teléfono paso a paso, que para eso tenemos teléfono.

—Ya. Lo del permiso. —Se calla un segundo—. ¿Estás bien?

—Estoy en una finca con mil cuatrocientas cajas vacías y una nave cerrada por dentro. Estoy como se está aquí.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo sin encargo, Chema.

A las ocho de la tarde la coordinadora me entrega la hoja. Es un folio, como el de la caseta, plastificado, y lo leo apoyado en la furgoneta, en la explanada, sin micros, que es donde leo las cosas que me conciernen.

CITA DE LA SEMANA · SEMANA 4 · ROCÍO Y LEANDRO.

Miércoles, 20:00. Localización: la Solana, mirador del abrevadero.

Mesa para dos, mantel, vajilla de producción, cena preparada por catering (menú a confirmar con Remedios, que ha exigido participar).

Vestuario: «sin mono de trabajo, sin ropa de gala; ropa propia, limpia».

Cámaras: dos a distancia, sobre trípode, sin operador cerca; dron; un micro de ambiente en el centro de la mesa.

Sin presentadora. Sin tarjetas. Sin dinámicas.

Duración: hasta la puesta de sol y treinta minutos después.

Guion de situación: «una cena». Observaciones: «Lo que pase, pasa».

Y abajo, a mano, con letra de Sonia, una línea que no estaba en el trato de esta mañana y que no cambia nada y lo cambia todo: «El tractor sube la cuba a las siete, como todas las tardes. La cita empieza cuando baja. Que se vea bajar».

Leo la línea de Sonia dos veces. Dice lo que dice: que la cuba sube igual, que el trabajo no se para por una cena, y que la cámara fija de la era, y el dron, y el que quiera, van a ver a esa mujer bajar de la Solana con el tractor, con el mono de la tarde y la cara de la tarde, para sentarse a una mesa con mantel a las ocho.

Que se vea bajar. Sonia sabe lo que vende, y esta vez, por primera vez, lo que vende es verdad: la cita empieza donde acaba el trabajo, y en esta finca el trabajo no acaba.

Doblo el folio. Lo meto en la libreta de partes, entre el 119 y la página en blanco de mañana, y me quedo apoyado en la furgoneta con el sol yéndose detrás de la sierra a las nueve y veinte, exactamente, que lo he mirado, y la luz de la cocina de Rocío encendida al otro lado de la vaguada, y mañana a las ocho hay una mesa para dos en un mirador, con un dron encima y un micro en el centro, y una mujer que ha cerrado su nave por dentro y va a tener que abrir otra cosa delante de todo el mundo, y yo tengo veinticuatro horas para decidir qué se hace con las manos cuando el permiso lo da un folio plastificado en vez de una persona.

Chema vuelve a llamar a las diez, cosa que no hace nunca, y no dice nada de máquinas.

—Me ha llamado mi mujer para decirme que salís en la tele mañana. Ella y la vecina lo van a ver juntas. Con palomitas. Te lo digo para que sepas la clase de responsabilidad que tienes.

—Chema.

—Nada. Que comas despacio. Lo he oído por ahí.

Lo apunto. No en la libreta. En la cabeza, que es donde apunto lo que no tiene arreglo y no está roto.