De perdidos, al tractor Capítulo 16 · Rocío
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Capítulo 16 · Rocío

Rocío

El domingo amanece sin walkies y con resaca, y la resaca no es de vino.

Lo que hay entre la explanada del miércoles y este domingo es lo siguiente: dos metros, una gala, mil cuatrocientas tortas, y ni una palabra.

Ni una. Y eso, que un domingo normal sería descanso, hoy es una avería de las que se oyen desde el camino.

Lo sé porque me despierto a las cinco pensando en una luz de techo, y me levanto a las cinco y media para no pensar en ella, y a las seis estoy ordeñando con más fuerza de la que hace falta, y las ovejas lo notan, que las ovejas notan todo lo que no se dice.

A las nueve, él está en el abrevadero.

No tocándolo. Mirándolo. El flotador que cierra tarde y desborda su dedo de agua, y él con las manos en los bolsillos, en su metro, mirando cómo se pierde el agua.

Y yo voy hacia allí con la excusa de la manguera, que no necesito, y me quedo a su lado, a un metro, mirando el mismo dedo de agua, que hoy tiene mucho más interés del que merece.

—Lo del miércoles —digo.

—Sí.

—Eso no hace falta apuntarlo.

—No.

—Bien.

—Bien.

Y nos quedamos mirando el flotador otro rato, los dos, sin decir nada, y el agua sigue cayendo por el borde, y sé que él sabe que lo que acabamos de decir es exactamente lo contrario de lo que hay, y que él sabe que yo lo sé, y que ninguno de los dos va a mover la varilla hoy, ni la del flotador ni la otra, porque hoy no hay permiso para nada, ni siquiera para reconocer lo que ya ha pasado.

—El aceite del tractor —dice él, al cabo.

—Sigue apuntado.

—Sigue bajo.

—Ya lo sé.

—Ya sé que lo sabes.

Y se va por la linde, con el paso de ir a un sitio, y yo me quedo con la manguera que no necesito y una sensación nueva y bastante desagradable: la de haber mentido en un idioma en el que no se miente.

Mi madre lo ve todo desde la ventana, cómo no, y a mediodía me pone un plato de más sin que se lo pida y no dice nada, que es lo más ruidoso que sabe hacer.

Nuria sí dice, con la boca llena, mirando el plato de más:

—¿Eso es para quién?

—Para quien tenga hambre.

—Yo tengo hambre.

—Pues cómetelo tú —dice mi madre, y se lo acerca, y Nuria se lo come mirándome, y yo miro la ventana, y nadie en esa mesa dice el nombre que tiene el plato.

El lunes a las nueve y diez entra por la cancela la furgoneta de Correos, y el cartero, que me conoce de treinta años y no me ha mirado nunca con esa cara, me pide la firma para un certificado con acuse de recibo del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Protegida Queso de La Serena.

Lo abro en la mesa del patio, con Nuria a un lado y mi madre al otro, y lo leo dos veces, que la primera vez las cartas oficiales no se entienden porque están escritas para que se entiendan las segundas.

Requerimiento. Que en la visita de control de tal fecha la auditora actuante ha reflejado dos hechos.

Primero: interrupción del registro documental de control de maduración durante dos jornadas consecutivas, con traslado posterior no fechado en su día, en contra del procedimiento declarado en el propio manual de autocontrol de la quesería.

Segundo: desviación de temperatura en la cámara de maduración durante la primera de esas jornadas, registrada por el equipo y sin anotación de causa.

Que esos hechos constituyen una posible no conformidad, calificable como menor si se acredita la trazabilidad de las jornadas afectadas y se aporta un plan de acciones correctivas.

Plazo: diez días hábiles desde la recepción, para presentar alegaciones, documentación y plan.

Que transcurrido el plazo sin respuesta suficiente, el expediente de certificación quedará suspendido hasta nueva visita.

Nueva visita. Septiembre, si hay suerte. Octubre, si no.

—¿Qué es «manual de autocontrol»? —pregunta Nuria, que lee por encima de mi hombro.

—El papel donde yo misma escribí cómo controlo la cámara. Cada día, a mano, con firma. Lo escribí yo. Me lo están leyendo a mí.

—¿Y qué es «desviación de temperatura»?

—Que ese día la cámara se calentó y yo no apunté por qué.

—¿Y por qué se calentó?

Y ahí está la cosa: no lo sé. Me acuerdo del día, el miércoles del gorro, y me acuerdo del relé, que salta cuando salta, y me acuerdo de que ese día no miré el termómetro con la cabeza que lo miro siempre, porque tenía un hombre guapo cortando cuajada y una cámara al hombro de una mujer seria, y no lo sé.

Y eso, en una carta con acuse de recibo, es peor que saberlo.

—Ahora sí, Óscar —digo.

Está en la mesa de las migas, con el portátil, como todos los días, y viene con la velocidad de dato recién nacido pero frenando en la silla, que ha aprendido a esperar, y se sienta enfrente, y no abre la boca hasta que le pongo la carta delante.

La lee. La lee más despacio que yo, con el dedo, que ese hombre no se salta ni una coma de nadie.

—Tengo la curva de ese día —dice—. La tengo desde el viernes de la cita. Es la única de todo el modelo que no me cuadraba.

Abre el portátil. Y en la pantalla está mi cámara, en líneas, la temperatura de cada cuarto de hora de la segunda semana del circo, y la línea es un serrucho tranquilo, sube un poco, baja con el compresor, sube, baja, y el miércoles a las doce y cuarenta se dispara.

No como se dispara con el relé, que es un pico y una bajada.

Se dispara y se queda arriba, más de dos grados, durante cuarenta minutos seguidos, y luego baja despacio hasta las cuatro de la tarde.

—Eso es puerta —dice Óscar—. No es compresor. El compresor hace picos. Esto es una puerta abierta durante cuarenta minutos con algo dentro que da calor.

Cuarenta minutos. El miércoles del gorro, a las doce y cuarenta.

Y me acuerdo. Me acuerdo de golpe, con la carta debajo de la mano: el técnico de luces de producción, con un foco pequeño en un pie, «un plano bonito de las tortas madurando», con la puerta de la cámara abierta de par en par y un foco dentro, y yo con la lira en la mano enseñándole a Bosco el ángulo de corte, y Delia rodando, y yo diciendo «cinco minutos», y los cinco minutos que en televisión son cuarenta.

—Un foco dentro de la cámara —digo—. Con la puerta abierta. Cuarenta minutos. Yo lo autoricé. Cinco minutos, dije.

—Ahí lo tienes. —Óscar señala la pantalla—.

El origen. Hora de inicio, hora de fin, magnitud, recuperación.

Se puede documentar al cuarto de hora. Y la interrupción del volcado es la misma tarde y la siguiente: coincide con las horas en que tú no estabas en la nave según...

—se detiene—. Según lo que se veía desde la mesa de las migas, no según ningún dato mío.

—Según la escaleta —digo—. Lo pueden acreditar ellos, si les da la gana. Y si no, lo acredito yo.

Óscar cierra la tapa a medias.

—Puedo escribirte las alegaciones. Tengo el formato, he hecho auditorías de este tipo en...

—No.

—Vale.

—Las escribo yo. Tú me das la curva, con sus horas y su firma tuya diciendo qué eres y qué método es. Eso sí lo quiero. Y el plan correctivo lo firmo yo, porque el manual de autocontrol es mío y los errores son míos y el que responde de esa cámara es el mismo que la llena.

—Vale —repite—. Otra cosa, que es de calendario y no de queso: diez días hábiles desde hoy, con el sábado y el domingo fuera, terminan el lunes de dentro de dos semanas.

Pero yo no lo apuraría. Los Consejos leen mejor lo que llega antes del plazo que lo que llega el último día, porque el último día llega todo el mundo.

—El jueves de la semana que viene.

—El jueves de la semana que viene lo tendrían con margen.

—Y esta vez sonríe, con esa cara suya de que le hayan dado la razón y le hayan quitado el papel al mismo tiempo—.

Te lo tengo esta tarde. Con horas. Y con una cosa más, que no me has pedido: la deriva de la cámara sin la puerta.

Cómo se comporta el compresor por sí solo, hora a hora. No es para el Consejo. Es para ti.

—¿Para qué?

—Para que la próxima carta, si la hay, la escribas tú antes de que llegue. Eso también lo aprendí de ti.

Y se va con el portátil a la encina, y yo me quedo con la carta y con Nuria y con mi madre, y hago lo que hay que hacer con un requerimiento: apuntar el plazo en el calendario de la cooperativa, con el rotulador rojo, un círculo, como los que hacen los proveedores en los calendarios de neumáticos.

Diez días hábiles. Lo que exige el plazo lo sé ahora, y saberlo es la mitad del trabajo y ninguna parte de la solución: acreditar la trazabilidad de dos días con los datos del aparato y la curva de Óscar, declarar la causa, que es un foco y una puerta y una quesera que dijo cinco minutos, y presentar un plan de acciones correctivas.

Y el plan de acciones correctivas, en cualquier manual del mundo, empieza por una frase que llevo tres semanas sin decir en voz alta y que voy a decir mañana en la mesa del patio: que en esta nave no entra nadie que no sea de la casa.

A las doce entra un camión con mil cuatrocientas cajas planas.

Mil cuatrocientas cajas de cartón con ventana ocupan más de lo que parece: ocupan el porche entero, la mitad del patio y el sitio donde se aparcaba el todoterreno cuando el todoterreno era un vehículo.

Nuria las cuenta con el albarán en la mano, mi madre las mira como se mira a una visita que se queda a dormir sin avisar, y yo firmo el albarán con la misma mano con que acabo de firmar el acuse de recibo del Consejo, y el cartero y el transportista se cruzan en la cancela y se saludan, y pienso que la vida de esta casa se ha convertido en una cola de gente que trae papeles para que yo los firme.

Mil cuatrocientas cajas vacías tienen una cosa en común con mil cuatrocientas tortas vendidas: pesan lo mismo aunque no haya nada dentro.

Los técnicos hacen chistes con ellas, que si un castillo, que si un plató nuevo, y Delia les hace un plano largo, sin comentario, que es su manera de decir lo que piensa de los chistes.

Nuria no dice nada. Mi hermana lleva desde el viernes en un silencio de trabajo que no le conocía, mirando cajas y llamando a proveedores y apuntando en una libreta que se ha comprado ella, con gomilla, igual que la de Óscar, y cuando me ve mirar las cajas dice, sin levantar la vista del albarán:

—Las cajas las he pagado yo. De lo de las camisetas. No de la preventa.

—¿Por qué?

—Porque las camisetas fueron mi error y las cajas son mi error, y los errores se pagan con lo de uno. —Pasa una hoja—. Lo de la preventa es de la quesería. No lo toco sin que tú firmes.

Y eso, en la cola de gente que trae papeles, es la primera cosa del día que no necesita firma.

Por la tarde la escaleta me quiere en la era, «recurso», y voy, y hago lo que me piden, que es pasear con Bosco entre los puestos del mercadillo reciclado hablando de nada, y él lo hace bien, como siempre, y en un momento en que la cámara va a por un plano de las cajas me dice, mirándolas:

—Ochocientas y pico.

—¿Tú también cuentas?

—Yo cuento seguidores. Me sale solo. —Se mira las botas, que hoy tienen barro de verdad—. Si hace falta que alguien diga en cámara que la torta tarda lo que tarda, lo digo yo. Se me da bien decir cosas que no quiere oír nadie con cara de que las quieran oír.

—Todavía no.

—Cuando quieras. —Y vuelve a mirar la cámara, que ya vuelve—. Es lo mío.

A las diez de la noche, con la carta en la mesa de la cocina y la curva de Óscar impresa al lado, con sus horas y su firma, y las cajas en el patio brillando a la luz de las torres como un decorado que nadie ha encargado, escribo la primera línea de las alegaciones, a mano, en la libreta de hule, para pasarla mañana a limpio: «Primera.

La responsable de la quesería autorizó el acceso de terceros a la cámara de maduración el día señalado, por un tiempo declarado de cinco minutos, que se prolongó cuarenta».

Y debajo, en la lista del plan, la primera acción, con su fecha de mañana: «Acceso a la nave y a la cámara restringido a personal de la quesería».

Mañana lo digo en la mesa del patio. Sonia va a querer algo a cambio.

Sonia siempre quiere algo a cambio, y esta vez sé lo que va a querer, y me voy a la cama sabiéndolo, que es una manera de no dormir con mucha tradición en esta casa.