Capítulo 15 · Rocío
Rocío
El viernes a las ocho y cinco, cuando salgo de la nave con las manos rojas del agua caliente y la cabeza en el volcado del día, Nuria está sentada en el poyo con el portátil en las rodillas, en pijama, con la cara de las noticias que no se pueden decir despacio.
—Lo he vendido todo.
—¿El qué?
—Todo. La preventa. La abrí anoche a las nueve.
Se ha acabado a las siete y cuarenta de esta mañana.
—Gira el portátil hacia mí, y en la pantalla hay una foto de una torta cortada, la mía, la del lote de marzo, y un número—: Mil cuatrocientas piezas.
A veinticuatro euros. Treinta y tres mil seiscientos euros.
Cobrados, Rocío. Cobrados en la pasarela. Están en la cuenta.
Y aquí hay que decir una cosa en su favor, y la digo antes de decir el resto: en la pantalla no hay ninguna barba.
No hay ninguna llave inglesa. No hay ninguna cara que no sea la de mi torta.
Hay un producto, un nombre y un hashtag, que según mi hermana «es de todos, como el aire», y en eso, por lo visto, la ley le da la razón.
Nuria ha aprendido la lección de la imagen ajena y la ha aplicado con la precisión de una alumna que quiere que le pongan nota.
Lo que no ha aprendido es a contar quesos.
—¿Para cuándo? —le pregunto, muy despacio.
—Para septiembre. Puse «entrega a partir de septiembre». Sesenta días. Lo aprendí de ti.
—Nuria. —Me siento a su lado, que las piernas ya no me sujetan—. ¿Cuántas piezas caben en la cámara?
—Muchas.
—Ciento sesenta. Ciento ochenta apretando. ¿Cuántas hay ahora madurando?
Mira el patio. Mira la nave. Se le ve hacer la cuenta en la cara, y la cuenta le da mal.
—No lo sé.
—Yo sí. Y te digo otra: para que una torta esté en septiembre tiene que entrar en cámara en julio.
Este julio. El que se acaba en diez días.
Con la leche que da el rebaño cada mañana, con la cámara que tengo, con el compresor que tengo.
—Miro el número de la pantalla—. Has vendido mil cuatrocientas tortas de un sitio donde caben ciento sesenta.
Se queda blanca, que a mi hermana no le pasa nunca, y luego roja, que le pasa siempre, y dice la única cosa que puede decir y que es verdad:
—Es que no sabía cuántas caben.
—Ya.
—Pensé que era vender. Que lo difícil era vender.
—Lo difícil nunca es vender, Nuria. Lo difícil es tener.
Y me quedo mirando la pantalla, con el número brillando, y me pasa una cosa que no tiene nombre en mi oficio: una alegría de animal, de las que suben del estómago, porque nunca en la historia de esta casa se han vendido mil cuatrocientas tortas de golpe, ni mil, ni quinientas, y mi padre habría dado la vuelta a la finca andando de la alegría, y a la vez un miedo frío y de cemento, porque ese dinero está en la cuenta pero las tortas no están en ninguna parte, y cada uno de esos mil cuatrocientos euros de veinticuatro tiene una persona detrás que ha creído en algo que hoy no existe.
—¿Se puede parar?
—Se puede devolver —dice Nuria, muy bajito—. Pero devolver mil cuatrocientas preventas de la torta más famosa de España el día después de venderlas... Rocío, eso sale en la tele antes de que acabemos de devolver la primera.
Tiene razón. Me revienta, y tiene razón.
Mi madre sale de la cocina con el paño, ha oído la mitad y ha entendido la otra mitad, y se planta delante de las dos con los brazos cruzados.
—¿Cuántas?
—Mil cuatrocientas, mamá.
Mi madre mira al cielo, no para rezar, para contar, y mueve los labios, y baja la cabeza.
Cuenta como ha contado siempre: por baldas y por hileras, tantas piezas por balda, tantas baldas por pared, tantas paredes, y luego los días, que también los cuenta con los dedos aunque se sepa el calendario de memoria, porque los dedos no se equivocan y el calendario a veces sí.
—Con las que hay, las que entran hasta fin de mes y la cámara como está, quinientas y pico llegan a septiembre.
El resto, a octubre y a noviembre, si el compresor aguanta y si compramos leche.
—Se seca las manos—. Eso lo sabe cualquiera que haya llenado esa cámara treinta años.
Lo que no sabe cualquiera es de dónde sacamos la leche.
—De la cooperativa —dice Nuria.
Mi madre y yo nos miramos. En la cooperativa, la leche de merina que sobra en julio la tiene, sobre todo, un hombre con zamarra al que hace nueve años le leí los números en voz alta.
—Eso hoy no —digo—. Hoy es cuestión de cajas.
Y es cuestión de cajas. Sonia lo sabe antes que nadie, porque llega a las diez con el coche de alquiler, recién llegada de ver una curva subir mientras desayunaba, y me felicita como se felicita a un caballo, con una palmada en el hombro y sin esperar respuesta.
—La torta más vendida de España. Eso lo digo yo el sábado en directo, y no me lo puedes prohibir, porque es verdad y es tuyo.
—Es verdad y no está hecho.
—Eso también es televisión.
El viernes se va en gastos. Los primeros.
Nuria, que ha entendido en dos horas más de logística que en toda su vida, encarga mil cuatrocientas cajas de cartón con ventana, y etiquetas nuevas con el nombre y sin el sello de la DOP, que ese no se pone hasta que Montse Gil y su Consejo lo digan, y yo llamo a mi proveedor de cuajo de cardo, el de los doce años, y pido para tres meses, y él, que me conoce, me pregunta si me he vuelto loca, y le digo que no, que me he vuelto famosa, que es peor porque no tiene tratamiento.
Y encargo sal, y un termómetro de sonda de repuesto, y una estantería de segunda mano para la cámara, que voy a apretar como no la he apretado nunca.
Y miro el presupuesto de la cámara nueva en el corcho, doblado en cuatro, y lo despliego por primera vez en un mes, y lo leo, y lo vuelvo a doblar, y lo vuelvo a clavar.
Todavía no. Con ese dinero se paga la entrada de una cámara o se compran las tortas que ya se han vendido. Las dos cosas no.
Leandro pasa dos veces por el patio a lo largo del día, a dos metros, con la escaleta, y las dos veces me mira las manos, que es donde uno lleva lo que le pasa, y no dice nada, y no se lo agradezco en voz alta porque los agradecimientos en esta casa se procesan después del ordeño y hoy no ha habido después.
La Gala 3 es distinta antes de empezar. Lo noto en cómo nos sientan.
Han cambiado el plató a la era grande, junto a la encina de las migas, con el mercadillo de atrezo reciclado en decorado, y la presentadora nos coloca a los cuatro en una mesa larga, no en taburetes: los tres aspirantes y yo, con la tabla de torta en medio, y a Leandro me lo ponen al lado.
No enfrente. Al lado. A cuarenta centímetros, que es la distancia a la que se sienta la gente a cenar.
Sonia lo ha decidido así, y Sonia lo ha decidido por lo que decide todo.
El título en pantalla es CUARENTA Y UN SEGUNDOS.
Y las piezas ya no cuentan la semana: cuentan el clip.
El clip entero, otra vez, con música esta vez.
Después, un montaje de cómo lo ha visto España: gente en bares, en cocinas, una señora mayor llorando en un sofá, un niño saludando a un ventilador.
Después, la auditora. Sale. Sale desde la puerta de la nave, desde el rincón de Delia, sin sonido, tres minutos de una mujer con carpeta azul mirando piezas, y un rótulo: LA VILLANA PASA UN EXAMEN.
No dice qué examen. No dice cómo ha ido.
No lo sabe. Pero España ya sabe que hay un examen, y eso es un grado más de temperatura en una cámara que ya está caliente.
En la grada técnica están Nuria y mi madre, que ha venido con la rebeca de los directos y un táper, y en el muro social, que tengo de frente, las palabras suben en dos colores: en uno, «la pareja»; en otro, «villana».
Nadie escribe «quesera». Me fijo en eso porque es lo único que puedo mirar sin que se me note nada.
A mi lado, Leandro no se mueve. Bosco, al otro lado, se mueve por los dos: aplaude al clip, se ríe con el niño del ventilador, mira a la cámara en el momento justo, y en un descanso de pieza me dice en voz baja, con la sonrisa puesta:
—Lo estáis haciendo fatal.
—¿El qué?
—Lo de no miraros. Se os ve más que si os mirarais. —Y sonríe a la cámara dos—. Te lo digo de profesional.
La revisión es lo que ha cambiado. La presentadora abre el sobre con la ceremonia de siempre, y España ha votado, y la ficha que España ha votado es, cómo no, la cincuenta y nueve.
La leen en pantalla, mi letra ampliada, cuatro palabras: «Una llave inglesa con barba».
Y la presentadora, en vez de hacerme la pregunta, se gira hacia mi izquierda con la sonrisa al máximo.
—Y esta semana, como novedad, la pregunta la formula el aludido. Leandro, tienes una. Solo una.
Silencio en la era. A mí me da tiempo a pensar, en ese silencio, que Sonia acaba de gastarse mi única pregunta de la semana en dárselo a él, y que eso es lo más listo que ha hecho en tres galas: me quita la palabra y me la devuelve por la boca del único hombre de este plató al que no puedo contestar con la voz afinada sin que se me note lo que no se tiene que notar.
Sonia detrás de los monitores, con una pieza cara puesta en la mesa y esperando.
Leandro se toma su tiempo, que las contestaciones las aprieta al par, y me mira por primera vez en toda la gala, de lado, con la cara de leer un despiece.
—¿La mantiene?
Y yo lo miro también, porque ahora ya está permitido, ahora es formato, y pienso en la explanada sin luna y en la luz del techo y en una línea de una libreta que no me dejó ver, y digo lo que la villana tiene que decir, con la voz afinada:
—La mantengo. Tiene barba y arregla cosas. Hasta ahí llego.
—Yo también la mantengo —dice él—. La llave inglesa. La barba sobra.
Y la era se ríe, y el muro social se parte otra vez en dos, y la presentadora dice «¡qué frialdad!» con un júbilo de quien sabe que la frialdad, en directo, se lee al revés, y Bosco a mi otro lado se tapa la boca con la mano como quien tose y no tose.
Y Sonia se guarda la segunda pieza para el final. Sale a la tarima, ella misma, que no sale nunca, con el móvil en la mano, y lo lee:
—Una cosa más antes de irnos. Esta semana, la Torta de Valcabrera ha abierto una preventa en la web de la quesería. Mil cuatrocientas piezas. —Pausa—. Agotadas en diez horas. Es, a día de hoy, el queso más vendido de España en un solo día. Enhorabuena, Rocío.
Aplauso. Aplauso de técnicos, que es el único que me creo, y encima el de la cadena, que no.
Y yo me quedo en mi silla, a cuarenta centímetros de un hombre que no me mira, con España aplaudiéndome mil cuatrocientas tortas que no existen, y hago lo que hago cuando no sé qué hacer: cuento.
Cuento baldas. Cuento días. Cuento litros.
Y me sale, con los aplausos encima, el mismo número que le ha salido a mi madre contando al cielo: quinientas y pico.
Las otras ochocientas y pico no las tengo, y las ha aplaudido un país.
Bosco me alcanza en el desmontaje, con la chaqueta al hombro, y me dice al oído, mientras pasa, con la sonrisa de trabajo puesta para las cámaras que ya se apagan:
—«Hasta ahí llego.» Muy bien. Ahora dime hasta dónde llegas sin cámaras y te digo si la frase era buena.
—No hay sin cámaras.
—Hay domingos —dice, y se va.
Después de la gala no vamos a la explanada. Ni él ni yo. Nos cruzamos en el patio a las doce y media, él hacia la vaguada y yo hacia la nave, a dos metros, y él dice:
—Mil cuatrocientas.
—Quinientas y pico.
—Eso tiene arreglo.
—¿Sí? ¿Con qué?
—No lo sé. Pero la frase es esa.
Y sigue hacia el cortijo, y yo entro en la nave, y en la cámara, con la linterna, cuento las piezas otra vez, una por una, con la mano, porque los números en la cabeza se mueven y los quesos en la balda no, y cuando termino son las mismas que esta mañana.
Ciento cincuenta y ocho, con las dos que salieron ayer para las monjas.
Las apunto en la libreta del clavo, con la hora, y debajo escribo, por primera vez en esa libreta, un número que no es de la cámara: mil cuatrocientas, y lo subrayo, y lo miro, y no lo tacho, que las cosas vendidas no se tachan.
Mañana es domingo y no hay cámaras, y pasado mañana es lunes, y los certificados llegan los lunes.