Capítulo 14 · Leandro
Leandro
A las siete y cincuenta y cinco del jueves Rocío cruza el patio con el cubo de las perras y pasa a dos metros de mí, que es la distancia que hay entre dos personas que anoche no estaban a ninguna.
Los walkies llevan encendidos desde las ocho menos cinco, que ya ni esperan la hora, y hay una cámara en el porche que se gira con ella y luego se gira conmigo, como un girasol con dudas.
—¿Dos veces? —dice ella, sin pararse, mirando el cubo.
—Dos.
Y sigue hacia el corral. Eso es todo lo que decimos del pasador de la cuba, que es todo lo que decimos de lo demás, y me doy cuenta de que en esta finca ya tenemos un idioma que no cabe en ningún micro, y de que no sé si eso es bueno o es solo práctico.
A las nueve, totales. La redactora ha vuelto con la carpeta y con una pregunta nueva que se le nota ensayada desde Madrid.
—Leandro, España os ha visto reír. ¿Hay algo entre Rocío y tú?
—Dos metros.
—¿Perdona?
—En el patio. Lo he medido esta mañana. Dos metros.
—Ya. Pero, ¿y por dentro?
—Por dentro sigo llevando café. Lo dije la primera semana y no ha cambiado el proveedor.
La redactora pasa la página, que es lo que hace cuando pierde, y me pregunta por el tractor, que es terreno donde no se pierde, y le hablo del freno derecho durante cuatro minutos hasta que ella misma dice «vale, vale, ya está» y apaga, y por el rabillo veo al del sonido reírse con la mano en el auricular, que es la única audiencia de esta finca que no factura.
A las once me llama la coordinadora por el walkie del guardabarros, que me ha adoptado.
—Leandro, a la caseta de totales. Sonia quiere verte. Sin cámara.
Sin cámara es la frase que más miedo da en esta finca, y voy.
Sonia está sentada en el taburete de los totales, que es un sitio donde nunca la había visto sentada, con la carpeta en las rodillas y un café en el suelo, y me señala la silla de la redactora, que hoy no está.
Cierra la puerta de la caseta. Fuera se oye la mesa de las migas montándose, el chirrido de los caballetes, mi vida de estas semanas resumida en ruido.
—Te lo voy a decir como se dicen las cifras, porque tú prefieres las cifras a los adjetivos, y yo también, aunque no lo parezca.
—Abre la carpeta—. Adenda a tu contrato.
Doce mil euros. Tres mil a la firma, en cuarenta y ocho horas, y nueve mil al cierre.
A cambio de tres cosas: permanencia en el programa hasta la última gala, exclusividad de imagen mientras dure la emisión y promoción del material ya emitido contigo y con Rocío, que es entrevistas, redes de la cadena y presencia en la gala final. Nada más.
—¿Y nada menos?
—Nada menos. Lo que no está aquí no se paga. No te pago por cortejar a nadie, ni por besar a nadie, ni por sentir nada. No lo pago porque no se puede auditar, y yo no pago lo que no puedo auditar, que es la única ética que tengo y la defiendo. —Gira la carpeta hacia mí—. Está por escrito. Léelo.
Lo leo. Lo leo entero, como leo los contratos, buscando el tornillo que sobra.
Y no sobra ninguno: la adenda dice exactamente lo que ha dicho ella.
Permanencia. Imagen. Promoción del material emitido.
Doce mil. Y una cláusula de cesión del clip a perpetuidad para «usos derivados», que es la palabra con la que la televisión llama a las camisetas.
—Los usos derivados —digo.
—Del clip. No de ti. El clip es de Tesela desde que lo grabó el dron, eso no cambia con o sin adenda. Lo que cambia es que tú cobras por que te lo pongan en un cartel, en vez de no cobrar.
—Rocío sale en ese clip.
—Rocío tiene su contrato, con su campaña y sus cuarenta y cinco mil.
Ella cobra por lo suyo. Esto es lo tuyo.
—Pasa una hoja—. Y la exclusividad te la explico en llano, que sé que te gusta: durante la emisión no vendes tu cara a nadie más.
Ni marcas, ni otras cadenas, ni ese representante que ha llamado a mi oficina el martes preguntando por ti y al que le hemos dicho que hable contigo.
Lo demás, tu taller, tu vida, tus manos, no es de nadie.
Ni mío. —Y aquí baja media octava, sin teatro—: Leandro, no soy tu enemiga.
Te estoy ofreciendo dinero por una cosa que ya ha pasado y que ya es pública.
No te pido que hagas nada que no hayas hecho.
Te pido que me dejes vender lo que ya hiciste.
Y ahí está el problema, exactamente ahí, y ella lo sabe: que lo que hice en ese camino no lo hice para vender, y que si cobro por ello, lo he vendido igual, con fecha de valor atrasada.
Pienso en el equipo de diagnóstico tapado con su funda.
Pienso en el viernes de la quinta semana rodeado en rojo en un calendario de neumáticos.
Pienso en los de Malpartida tomándose un café en Don Benito.
Tres mil euros en cuarenta y ocho horas son la cuota atrasada, la corriente y dos meses más, y aun así lo que pienso, mientras Sonia espera con la paciencia de las caras, es en un saco de pimientos.
—No.
—¿No a qué parte?
—A ninguna. No firmo.
Sonia no discute. Asiente, despacio, como si yo hubiera dicho una cifra y ella la hubiera apuntado, y cierra la carpeta, y saca el móvil, y escribe una cosa corta, y me lo dice mientras la escribe, sin mirarme, con la naturalidad de quien lee un albarán:
—Sé lo del viernes de la quinta semana. Está en tu verificación económica, la que firmaste para cobrar los mil.
No he preguntado a nadie ni he mirado nada que no me dieras tú.
No lo voy a usar. Lo apunto, porque las fechas se apuntan.
—Guarda el móvil—. La adenda no caduca. Está abierta hasta ese viernes a las doce.
No te voy a volver a preguntar. Si cambias de idea, la coordinadora tiene el papel.
Se levanta. Recoge el café del suelo. En la puerta, con la mano en el picaporte, dice la única cosa de toda la conversación que no estaba en la carpeta:
—Te ha costado. Se te ha visto en la barba. Eso, por cierto, tampoco lo pago, pero lo he visto.
Y sale, y la caseta de totales se queda con el olor de su café y el chirrido de los caballetes fuera, y yo me quedo sentado en la silla de la redactora un minuto entero, con las manos abiertas sobre las rodillas, mirándolas, que son las mismas manos que ayer estaban en la nuca de una mujer sin micros, y que hoy acaban de decir que no a tres mil euros que necesitan, y ninguna de las dos cosas se apunta en ninguna parte.
Salgo de la caseta con la carpeta cerrada detrás de mí y sin nada en las manos, que es como se sale de los sitios donde te han ofrecido dinero, y el patio sigue donde estaba, con la mesa de las migas ya montada bajo la encina y Remedios detrás de la sartén grande, y cuando paso me llama con el cucharón, que es como llama ella a la gente.
—Siéntate, que llevas cara de haber dicho que no a algo.
—He dicho que no a un café.
—Pues siéntate y te doy uno que no se pueda rechazar.
Me siento. Me pone un plato antes que el café, que en su orden el plato va siempre primero, y se queda un momento mirándome comer con los brazos cruzados sobre el mandil.
—Mi marido decía que no a las cosas con esa misma cara. Luego se pasaba tres días arreglando cercas. —Se vuelve a la sartén—. Aquí hay cercas, si te hacen falta.
Chema llama a la una, con la muletilla, que hoy me alegro de oírla.
—No te preocupes, pero han llamado de la central. No el de aquí, la central. Una chica muy educada. Que si el equipo está embalado, por si acaso, que el lunes de después del viernes de la quinta vienen a las nueve y tienen ruta y no pueden esperar.
—Diles que no está embalado.
—Ya se lo he dicho. Me han preguntado si lo embalo yo. Les he dicho que yo solo embalo bocadillos.
—Bien dicho.
—Leandro. —Se le va la muletilla—. ¿Va a entrar el viernes?
—Va a entrar.
—¿De dónde?
Y por primera vez desde que trabajamos juntos no le contesto la verdad, que es que de la tele, porque de la tele acabo de decir que no.
Le contesto que de donde entra siempre, y él, que me conoce, se calla, y ese silencio suyo por teléfono es lo más parecido a una bronca que Chema es capaz de darme.
Por la tarde la escaleta me tiene en la era, «recurso de convivencia», que consiste en desmontar con Bosco y Óscar la caseta del fotomatón que montamos hace dos semanas, porque la gala del sábado cambia de plató.
Bosco desmonta con la misma elegancia con que monta, Óscar apunta el orden de los tirantes «para la próxima» y yo desmonto en silencio, que así se desmonta cuando uno lleva tres mil euros no cobrados en el bolsillo de atrás.
—Estás más callado —dice Bosco.
—Estoy igual.
—Igual de callado que ayer no. Ayer contestaste a un dron.
—Ayer el dron preguntó.
Bosco se ríe, y luego, mientras enrolla una tela, dice sin mirarme, con el tono con que deja cervezas en los poyos:
—A mí me han ofrecido cosas también. Otras. Ropa. Un viaje. Dije que sí a la ropa, que es lo mío. —Enrolla—. Cada uno sabe lo que es lo suyo.
—Ya.
—Y lo que no.
Óscar, en el otro extremo, apunta algo, y sospecho que no es el orden de los tirantes.
—A mí me han ofrecido un curso de comunicación —dice, sin que nadie le pregunte, enrollando su tela con el mismo cuidado que pone en todo—. Pagado por la cadena. Para «pulir el mensaje». Lo he rechazado.
—¿Por qué? —dice Bosco.
—Porque ya comunico. Lo que pasa es que la gente no escucha, y eso no lo arregla un curso. —Dobla la tela en cuatro—. Y porque el que te paga por pulirte luego decide qué parte es la que brilla.
Bosco lo mira con una cosa parecida al respeto, que en su cara es una novedad de esta semana, y yo no digo nada, porque Óscar acaba de decir mi «no» de esta mañana con más palabras y mejor ordenadas, y hay hombres a los que uno no les reconoce las cosas en voz alta hasta que no hay más remedio.
Al anochecer subo a El Rebollar, que es donde guardo las cuentas que no quiero que me vea nadie hacer.
Extiendo en la mesa de las matanzas el folio del viernes de la quinta y lo hago otra vez, con las cifras de hoy: el cobro de la tele al cierre, que llega tarde; lo que hay en la cuenta del taller, que es lo que hay; lo que me deben, que no se cobra; lo que Malpartida ya no va a pagar.
Los números no cambian por hacerlos dos veces, pero se aprenden mejor, que es lo único que se puede pedir a un número.
Añado esta vez una columna que no había puesto nunca, porque nunca había hecho falta: lo que vale el equipo de diagnóstico si lo vendo yo antes de que lo retiren ellos.
Es una columna que se rellena sola y que no sirve, porque un taller que vende su aparato para pagar el aparato es un chiste que no hace gracia ni en el bar, y la tacho también, y ya son tres tachaduras en un folio de una cara.
Y en la esquina del folio, sin querer, escribo «3.
000» y lo tacho, y lo vuelvo a escribir, y lo vuelvo a tachar, y dejo el folio como está, con sus dos tachaduras, que es la manera más honrada de dejar una decisión.
Antes de irme saco del visor de la furgoneta la carta del proveedor, la del burofax, y la leo otra vez a la luz de la mesa, que ya me la sé y la leo igual, como se relee una factura para ver si esta vez sale otro total. No sale. La doblo por sus dobleces y la vuelvo al visor.
Antes de bajar al cortijo miro el móvil, por el pivot, y el navegador se abre solo en la última página que tenía: la web de la quesería, la de la tienda, donde hace una semana había un hueco con la forma de una camiseta.
Ahora el hueco tiene otra cosa. Una foto de una torta, cortada, con la corteza arrugada y el interior fuera, y debajo un cartel con letras grandes: «Torta de Valcabrera.
Edición #DePerdidosAlTractor. Preventa abierta».
Con un contador de piezas que baja mientras lo miro.
No entiendo lo que veo, que es la única manera honrada de mirar una cosa que no es de uno. Cierro el móvil. Apago la luz de la mesa. Y me voy al cortijo pensando en que hay una hermana en esa finca que ha aprendido una lección la semana pasada y que, por lo visto, tiene sitio para otra.