Capítulo 12 · Leandro
Leandro
—Yo esto no lo he visto —dice la auditora, y en su boca no es una amenaza ni un chiste: es una descripción de su trabajo. Lo que no está en el pliego, no existe. Un tractor con dos personas riéndose, un dron y una operadora de cámara con flato son cosas que no están en el pliego.
Me bajo del estribo. Rocío ya está delante de ella hablando de lo único que importa, que es cómo entra ese coche gris en la finca, y yo hago lo único útil que puedo hacer sin meterme en una conversación que no es mía: llamo al runner.
Tengo su número desde el primer domingo, cuando me lo dio «para lo que sea», y esto es lo que sea.
—El camión de la cancela. ¿Cuánto tarda en apartarse?
—Están bajando la pluma. Cinco minutos. Siete.
—Que sean cinco. Y que nadie se ponga delante de un coche gris que va a subir por el camino nuevo. Nadie. Ni con walkie.
—¿Quién es la del coche gris?
—Alguien a quien no le interesa la televisión —digo, y cuelgo, porque para el runner esa es la descripción más incomprensible que existe y no quiero perder el tiempo explicándola.
La auditora ha sacado un bolígrafo y ha apuntado algo en la primera hoja de la carpeta, y como estoy a un metro lo leo del revés, que es una manía que se coge leyendo albaranes ajenos: «10:08.
Contacto con la responsable en el cruce de acceso.
Acceso bloqueado por terceros». Ni tractor, ni dron, ni risa. La hora y el hecho.
Rocío se vuelve.
—Montse sube por el nuevo en cuanto quiten el camión. Yo voy con ella. Tú subes el tractor por el viejo y lo dejas en la era.
—Hecho.
—Y Delia... —Mira a Delia, que se ha sentado en una piedra con la cámara en las rodillas y la cara del color de la carpeta—. Delia hace lo que quiera. Como siempre.
—Yo subo andando —dice Delia—. Que ya que he bajado.
La auditora observa el reparto de tareas sin intervenir, con la carpeta pegada al pecho, y cuando Rocío se sube a su coche y arrancan camino nuevo arriba, me quedo un segundo en el cruce con el motor al ralentí y el dron encima, y le hago un gesto al dron de que se vaya, y el dron, cosa rara, se va.
Subo el camino viejo despacio, sintiendo el freno derecho tirar en cada bajada corta, apuntándolo con la cabeza.
En la era, cuando lo meto en el cobertizo, veo por la puerta del patio que el camión ya no está en la cancela, que los del mercadillo apartan puestos como quien esconde la vajilla buena, y que el coche gris entra en el patio y aparca junto a la nave con la misma tranquilidad con que se aparca en un ambulatorio.
La visita dura tres horas y diez minutos, y yo no estoy en ella. Estoy cerca, que es distinto.
Ese es el trabajo de hoy: estar cerca. La primera media hora me la paso en la puerta de la nave, por fuera, apoyado en el marco, para que ningún walkie entre, y entran dos, y a los dos les digo lo mismo, que ahí dentro hay una persona trabajando que no ha firmado nada con Tesela, y los dos retroceden como si hubiera dicho una palabra de otro idioma, que es exactamente lo que he dicho.
Sonia llama a la coordinadora, la coordinadora me busca, y me encuentra en la puerta.
—Sonia dice que la auditoría es material.
—Sonia dice muchas cosas. Que le pregunte a la auditora.
Y la coordinadora, que no es tonta, va y le pregunta a la auditora, que está en mitad de la sala de ordeño con la carpeta abierta, y la auditora le contesta sin levantar la vista, con una frase que oigo desde la puerta y que me gustaría tener en la libreta:
—Grábeme si quiere. Yo hago lo mismo con cámara que sin cámara. Lo que no puede es tocar nada.
Y Delia entra, con la respiración ya recobrada, y rueda desde un rincón sin acercarse a nada, que es lo que sabe hacer mejor esa mujer: estar en una habitación sin ocuparla.
A las once me llama Sonia al móvil, desde Madrid, que tiene mi número por el contrato y lo usa por primera vez.
—Moya. Me dicen que estás en la puerta de la nave haciendo de portero.
—Estoy apoyado en un marco.
—Pues despégate y entra. Acompaña a la auditora, con naturalidad, tú que sabes de máquinas. Pregúntale algo del compresor. Delia te cubre.
—La auditora no ha venido a verme a mí.
—La auditora es la mejor pieza de la semana, y tú lo sabes. Villana con examen. Eso vende más que un tractor.
—Sonia, ahí dentro hay una mujer respondiendo de su quesería delante de otra que decide si la puede llamar por su nombre. No hay pieza. Hay pliego.
Silencio corto, de mechero.
—Anotado —dice, y no sé si es una amenaza, una rendición o las dos, y cuelga, y yo vuelvo al marco, que es el único sitio de esta finca en el que hoy sé lo que hago.
Lo que veo desde la puerta y desde la ventana de la nave, cuando me muevo al lateral porque la puerta se queda corta, es una mujer haciendo su trabajo con una tranquilidad que solo tienen los que no tienen nada que vender.
Montse Gil mira. Mira la leche, mira la cuba de cuajar, mira los moldes, mira el cardo seco en su bote, mira los albaranes de la leche y pregunta de dónde es cada litro y Rocío le dice de qué ovejas y de qué ordeño, y ella apunta.
Mira la salmuera y pregunta la concentración y Rocío la dice sin mirar ningún papel.
Entra en la cámara de maduración con Rocío detrás, y yo desde fuera oigo el compresor coger con su rascado y me trago un comentario que no me ha pedido nadie.
La auditora también lo oye, porque lo oye cualquiera, y pregunta si ese equipo está en mantenimiento, y Rocío contesta «en cuidados», y la auditora lo apunta con la misma letra con la que apunta lo demás, sin ponerle acento.
Mira las piezas, las voltea con la punta de los dedos, mira la fecha en cada balda.
Pregunta la humedad. Pregunta la temperatura. Pregunta cómo se registra.
Y ahí, a las doce y veinte, con el sol en lo alto y el mercadillo de mentira desmontándose fuera a golpe de walkie, se sienta en la mesa de la nave con la libreta de hule de Rocío y los volcados del registrador de temperatura, y pasa páginas.
Despacio. Hacia atrás. Yo desde la ventana solo veo la nuca de Rocío y las manos de la auditora pasando hojas, y se ve venir igual que se ve venir un ruido de caja: por el ritmo. Las manos paran.
—Aquí hay un salto.
—¿Dónde?
—Hace dos semanas, miércoles y jueves. El registrador tiene lecturas, pero el volcado a la libreta no está. Hay dos días sin trasladar y sin firma de control. —Señala con el bolígrafo—. ¿Qué pasó esos dos días?
Yo sé qué pasó esos dos días. El miércoles Rocío enseñó a cortar cuajada a un hombre guapo con gorro delante de una cámara, y el jueves producción la sacó de la nave para tres dinámicas y una madrugada. Ella lo sabe mejor, y lo que dice no tiene nada de eso:
—Se produjo trabajo de terceros en la nave y no hice el volcado del día. Lo pasé todo el viernes, de una vez. Las lecturas del registrador están completas.
—Están completas en el aparato. No están trasladadas ni firmadas en el registro de control con la periodicidad que declara su propio manual de autocontrol.
—Lo dice sin peso, con la voz de quien lee la etiqueta de un jarabe—.
Yo lo tengo que reflejar. Es una posible no conformidad.
Menor, si el Consejo lo considera así y si ustedes acreditan la trazabilidad de esos dos días por otro medio. Lo evaluarán ellos, no yo. Yo describo.
—¿Y qué llega?
—Un requerimiento escrito, si el Consejo lo estima. Con plazo. Ahí ustedes contestan.
Rocío asiente. No se excusa. No dice la palabra televisión. Dice:
—De acuerdo. Reflejado queda.
Y la auditora sigue pasando páginas hacia atrás, hasta el principio de la campaña, sin encontrar más, y cierra la libreta y la deja donde estaba, y en su cara no hay satisfacción ni disgusto: hay un trabajo hecho.
Me aparto de la ventana. Tengo el cuerpo en la puerta de la nave y la cabeza en un pliego, y las manos, que es lo peor, me piden hacer algo.
Podría decirle a Rocío que hay registradores con volcado automático, que se compran, que se instalan en una tarde.
Podría llamar a Chema y preguntar por uno.
Podría meterme en la conversación con Óscar, que anda por el patio con su portátil y su modelo, y armar entre los dos un papel que acredite la trazabilidad de esos dos días.
Podría. Y me quedo apoyado en el marco de la puerta, porque nada de eso es mío, y porque la persona que responde de la quesería está dentro respondiendo, y lo hace mejor de lo que lo haría yo con todas mis herramientas juntas.
Lo apunto en la libreta para que conste, en la página del día: «Registro de control, salto de dos días, hace dos semanas. Posible no conformidad. Sin encargo». Y debajo, porque la letra pide la verdad: «Sin encargo y sin idea».
A la una y cinco Montse Gil sale de la nave con la carpeta cerrada, le da la mano a Rocío en la puerta, me da la mano a mí de paso, y dice lo único que le he oído decir en tres horas que no fuera una pregunta:
—La torta está bien hecha. Eso también lo pongo.
Se sube al coche gris, arranca, y se va por el camino nuevo a su visita de la una en Cabeza del Buey, pasando por delante del puesto de ajos de plástico sin mirarlo, y el patio de la finca se queda un momento sin walkies, como si el circo entero estuviera esperando a que ella se alejara lo bastante para volver a existir.
Tres horas y diez minutos. Ni un plano suyo mirando a cámara.
Delia lo comprobará luego en el monitor y lo dirá con respeto: «No me ha mirado ni una vez. Ni para evitarme».
Rocío se queda en la puerta de la nave con los brazos cruzados, mirando el camino por donde se ha ido el coche. Nuria llega corriendo desde la cancela, donde lleva dos horas de guardia con el del camión, con la cara de las preguntas.
—¿Es grave?
—Es un salto de dos días en la libreta. —Rocío no se vuelve—.
Las temperaturas están en el aparato. Lo que no está es mi firma esos dos días, y mi manual dice que firmo cada día.
Ella lo describe, el Consejo lo mira, y si lo consideran menor, nos mandan un papel con plazo, contestamos con lo que tengamos y ya está.
Si lo consideran otra cosa, es otra cosa.
—¿Y qué es otra cosa?
—Septiembre. O más.
Nuria se queda callada, que ya son dos veces en dos semanas, y luego dice lo único que se le puede decir a su hermana en un momento así y que solo puede decirlo ella:
—El miércoles del gorro fue idea mía. Lo de la masterclass. Se lo vendí yo a la coordinadora.
—Y el jueves fue de Sonia, y la madrugada fue mía. Cada uno lleva su día. —Ahora sí la mira—. Vete a la cancela a asegurarte de que ese camión no vuelve. Y no le digas a nadie de la tele lo que ha pasado aquí dentro. Ni a Bosco.
—Bosco no es de la tele.
—Bosco cobra de la tele. Hoy es lo mismo.
Nuria se va. Rocío se queda mirando el camino otra vez.
—Dos días —dice—. Miércoles y jueves. El miércoles del gorro y el jueves de las tres dinámicas.
—Y de la madrugada.
—Y de la madrugada. —Me mira—. ¿Tú qué harías?
Es la primera vez que me lo pregunta así, en abierto, y las manos me lo notan.
—Nada que sea mío.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta que tengo desde el lunes de la semana pasada. —Me despego del marco—. Lo que sí es mío: el freno derecho del tractor tira antes que el izquierdo. Lo he sentido en cada bajada. Lo apunto y lo dejo, según el protocolo. Si algún día el protocolo cambia, lo sabes.
—Apuntado queda.
Óscar aparece por la esquina de la nave con el portátil abierto contra el pecho, con esa velocidad suya de dato recién nacido, y abre la boca.
—Hoy no, Óscar —dice Rocío, sin mirarlo, y él cierra el portátil sin ofenderse, que ese hombre tiene un don para no ofenderse que yo no tengo ni tendré.
Y ahí queda, a la una y diez de un martes, con el sol de julio en el patio: dos días sin firmar en una libreta de hule, una mujer del Consejo Regulador conduciendo hacia Cabeza del Buey con la descripción exacta de esos dos días en una carpeta azul, y un requerimiento que todavía no existe.
Rocío entra en la nave a pasar el volcado de hoy, con fecha y firma, antes de que se le olvide el día, y yo me voy a la era a apuntar un freno que no tengo permiso para tocar.