De perdidos, al tractor Capítulo 11 · Rocío
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Capítulo 11 · Rocío

Rocío

Montse Gil llama el lunes a las seis de la tarde, cuando estoy con las manos en la salmuera, y me dice con esa voz de funcionaria que no tiene prisa porque la prisa es de los demás que se le ha abierto un hueco y que la visita de certificación se adelanta: mañana martes, a las diez, en la finca.

Que si no puede ser mañana, puede ser en septiembre, que su agenda es la que es.

—Mañana a las diez —digo.

—Perfecto. Necesito acceso a las instalaciones, a la cámara de maduración, a los registros de producción y de control desde el inicio de la campaña, y a la persona que responde de todo eso.

—Esa soy yo.

—Me consta. Hasta mañana.

Cuelgo y me quedo con las manos goteando sal, mirando el corcho de la entrada, donde el presupuesto de la cámara nueva lleva un mes doblado en cuatro.

Septiembre no es una fecha. Septiembre es vender la torta de este verano sin poder poner en la etiqueta lo que la torta es.

Se lo digo a Nuria, se lo digo a mi madre, y a las nueve de la noche se lo digo a la coordinadora de la escaleta, con las mismas palabras: mañana a las diez viene la auditora del Consejo Regulador, quiero el patio despejado, la nave sin nadie que no sea de la casa y el camino libre.

Lo apunta. «Recibido», dice el walkie, que ya me tiene cariño.

Óscar me devuelve la libreta de hule esa misma noche, sin que se la pida, con un folio doblado dentro: «Copia hecha. Modelo en curso. Suerte mañana». Y aunque no lo digo, agradezco que sea un hombre que devuelve las cosas antes de que hagan falta.

Me paso la noche del lunes haciendo lo que se hace la víspera de un examen que llevas años aprobando de memoria: repasarlo igual.

Ordeno los albaranes de la leche por fecha, los de las monjas y los de los dos distribuidores, cada litro con su ordeño.

Compruebo el bote del cardo seco, su etiqueta, su fecha.

Repaso los volcados del registrador de la cámara desde el principio de la campaña, hoja por hoja, con la letra pequeña y la firma al pie de cada día, y en la segunda semana del circo encuentro el hueco que ya sabía que estaba: el miércoles del gorro y el jueves de las tres dinámicas, sin pasar a mano, con el volcado del viernes hecho de una vez para los tres días.

Lo miro un momento con la linterna del móvil.

Las lecturas están en el aparato, completas.

Lo que falta es mi mano en la libreta durante dos días.

Podría escribir dos fechas ahora, con la tinta de hoy y la letra de entonces, y nadie lo sabría.

No lo hago. En esta casa las fechas son de cuando son, aunque cuesten.

Me digo que es una libreta y que lo importante son las piezas, y me lo creo lo justo para dormir tres horas.

Sonia no está. Está en Madrid desde el domingo, «en cadena», y la escaleta la lleva la coordinadora, que es una chica lista con un walkie y un jefe lejos, que es la peor combinación que existe para tomar decisiones.

A las nueve y media de la mañana del martes, el patio de mi finca es un mercadillo.

No es una manera de hablar. Producción ha montado en el patio, entre la nave y la casa, un mercado de la comarca de mentira, con seis puestos de madera con toldos, cajas de fruta de atrezo, ristras de ajos de plástico y un cartel de MERCADO DE VALCAbrERA pintado a mano por alguien que no ha estado nunca en Valcabrera, porque aquí no ha habido mercado en la vida.

Es la cita de la semana de Bosco: «regatear juntos».

Un camión con grúa está descargando el último puesto exactamente en la cancela, atravesado, con la pluma levantada, y detrás del camión, en el camino nuevo, hay dos furgonetas de producción esperando a que la pluma baje.

—¿Y esto? —le digo a la coordinadora, que lleva el walkie en una mano y una carpeta en la otra y no sabe dónde poner ninguna de las dos.

—El mercado estaba en escaleta desde el jueves.

—Y la auditora está en mi agenda desde ayer. ¿Qué te dije a las nueve de la noche?

—Que el patio despejado. —Traga—. Se lo pasé a Madrid. Madrid dijo que el mercado se montaba a las siete y se rodaba a las nueve y a las diez ya estaría todo recogido. Es que se ha retrasado la grúa.

—La grúa —repito.

—Y el runner ha movido las flechas.

—¿Qué flechas?

—Las de Tesela. Las de las encinas. Las ha puesto hacia el cortijo para que los proveedores del mercado no se metieran por el patio, y ahora las furgonetas del mercado van al cortijo y los del cortijo vienen al patio, y...

—Y la auditora, que viene siguiendo el GPS y las flechas, se va a encontrar una flecha que la manda al cortijo y un camión que le tapa mi cancela.

—Sí.

Bosco aparece entre dos puestos con una camisa de lino de regatear, la presentadora detrás con las tarjetas de la dinámica, y le basta mirarme la cara para guardarse la sonrisa de trabajo.

—¿Qué hace falta?

—Que no me mires cuando pase. Y que nadie toque la nave.

—Hecho. —Y a la presentadora, sin volverse—: Hoy regateamos flojo.

Son las nueve y cuarenta y dos. El móvil suena a las nueve y cincuenta.

—Buenos días, Rocío. Estoy en un cruce con una encina que tiene una flecha de una productora.

Hay un camión atravesado más arriba y un chico con walkie que me ha dicho que espere.

Yo espero diez minutos. A la una tengo otra visita en Cabeza del Buey, y si a las diez y diez no he entrado, lo reprogramamos.

—Voy a por usted.

—No hace falta que venga a por mí. Hace falta que pueda pasar.

—Voy igual.

—Como quiera. Yo no me muevo del cruce. —Y antes de colgar, con la misma voz—: Y si viene, no corra. Los diez minutos son diez, no nueve y medio.

Cuelgo con la certeza de que esa mujer es incapaz de decir una cosa que no sea exacta, y de que eso, hoy, es lo mejor que me puede pasar.

Aquí conviene entender la geografía, porque la geografía es la mitad de esta historia.

La finca tiene una entrada, la cancela del patio, al final del camino nuevo, que es el que sube desde la pista de Castuera y el único por el que cabe un coche.

Ahí está el camión con la pluma en alto.

La otra manera de salir es el camino viejo, que baja desde la era, por detrás del cobertizo, entre las encinas, con dos rodadas hondas y un badén de agua que en julio es de piedras, y se junta con el camino nuevo abajo, en el cruce de la encina, que es donde está Montse Gil mirando su reloj.

El camino viejo no lo baja un coche. No lo baja una furgoneta.

Lo baja un tractor, que es para lo que lo hizo mi abuelo, con una yunta y un verano entero, cuando todavía no existía el nuevo y el cruce de la encina era la única puerta de esta finca.

Desde la era al cruce son cuatro minutos de tractor si se baja bien y cinco si se baja con miedo.

Y los diez minutos de Montse Gil no son una manera de hablar: son diez minutos de reloj de auditora, que es un reloj que no perdona porque no le pagan por perdonar, y detrás de esos diez minutos no hay otra cita, hay septiembre.

Cruzo el patio esquivando ajos de plástico, y en la era está Leandro, apoyado en el tractor con un café en un vaso de cartón, mirando el mercadillo con el alivio de ver una avería que no es suya.

—Sube —le digo—. Bajamos por el viejo al cruce. Los frenos son tuyos y la bajada es mala.

Deja el vaso en el guardabarros y sube al estribo sin una pregunta, que es el hombre con menos preguntas de esta finca, y yo arranco el tractor de mi padre a la segunda, que ya va cogiendo confianza, y salimos de la era por detrás del cobertizo, y en ese momento pasan tres cosas a la vez, y las tres las veo por el rabillo del ojo.

Una: Delia, que estaba rodando ajos de plástico, ve salir el tractor con dos personas encima, suelta el trípode, se pone la cámara al hombro y echa a correr detrás.

Dos: el del dron, que estaba haciendo un plano cenital del mercadillo, gira el mando, y el dron, que estaba parado sobre los toldos, se viene hacia nosotros por el aire a la altura de los ojos.

Tres: la coordinadora grita por el walkie «que salga la furgoneta pequeña por el viejo», y la furgoneta pequeña arranca, y se encuentra con que el camino viejo empieza detrás de dos puestos del mercadillo y la propia furgoneta del catering, y se queda, con un bocinazo de impotencia que se oye hasta el cruce.

Y una cuarta cosa, que no es de producción y que veo de frente al pasar por delante de la casa: mi madre en la ventana de la cocina, con el paño de siempre, y el paño se mueve una vez, de arriba abajo, como se da la salida en las carreras de los pueblos.

No sonríe. Da la salida. Nuria sale corriendo detrás de Delia con el móvil en alto, grabando a la que graba, y a los treinta metros se para, se dobla, y decide que su sitio es la cancela, gritándole al del camión que baje la pluma con un vocabulario que no le he enseñado yo.

—Reduce —dice Leandro en la primera bajada.

—Ya reduzco.

—Reduce antes de la curva, no en la curva.

—Llevo bajando este camino desde antes de que tú tuvieras barba.

—Yo tengo barba desde los diecisiete.

—Pues desde antes.

—Diez y tres —dice, mirando el reloj.

—No me digas la hora.

—Te digo la hora porque tú no la puedes mirar. Diez y tres.

—Pues cállate la hora.

Un walkie que el runner dejó ayer olvidado en el guardabarros chisporrotea entre las rodillas de Leandro con una voz que dice «¿alguien tiene visual del tractor?», y Leandro lo coge, aprieta el botón y dice «el tractor tiene visual del tractor», y lo vuelve a colgar.

El badén nos levanta del asiento a los dos, a mí del cojín de mi madre y a él del estribo, y aterrizamos con un golpe de hierro que suena a cosa cara, y detrás oigo a Delia bajar corriendo, con la cámara al hombro, resoplando por el camino de las rodadas como una atleta olímpica de pueblo, y el dron nos adelanta por la derecha, se pone delante, nos mira con su ojo, y Leandro le dice «Buenas» al dron.

Con la mano. Como se saluda a un vecino desde un tractor.

Y ahí me río. No lo decido. Me sale de la barriga, con el hierro dando saltos y una auditora en un cruce mirando el reloj, y es una risa que no me oía desde antes de la asamblea, ancha, de mala educación, y él se ríe también, con la cabeza echada atrás y una mano en el guardabarros y la otra en la nuca, y no reduce la risa en la curva, y yo tampoco, y el tractor baja el camino viejo entre las encinas con dos personas riéndose a carcajadas y un dron delante grabando algo que no sabe lo que es, y por primera vez desde que empezó este circo entiendo lo que Sonia ve cuando dice «televisión»: no es lo que pasa.

Es que pase delante de algo que lo guarda.

—Diez y seis —dice Leandro, mirando el reloj entre risa y risa.

—Ya lo sé.

—Cuatro minutos.

—Tú a los frenos.

—Los frenos van. Va peor el freno derecho, que tira antes. Lo apunto luego.

—Apúntalo luego.

En la última recta el camino viejo se allana, se ve el cruce, la encina, la flecha de Tesela torcida, y un coche pequeño de color gris aparcado en la cuneta, y de pie junto al coche, con una carpeta azul contra el pecho y unos zapatos de campo que ya han visto muchas fincas, una mujer de unos cincuenta años que nos mira llegar sin cambiar de cara.

Detrás de nosotros, a cien metros, Delia llega a la recta con la cámara ladeada y la respiración de haber perdido una apuesta consigo misma. Encima, el dron.

Freno a tres metros de ella. Freno mal, que tira a la derecha, y el tractor se queda un poco ladeado, con el motor al ralentí rascando, y yo me bajo del asiento de mi padre con la cara todavía descompuesta de la risa, y me la recompongo por el camino, que son tres metros y da tiempo.

Detrás, Leandro se baja del estribo sin hacer ruido y se queda junto a la rueda, con las manos en los bolsillos, en su metro de siempre, que ya me sé de memoria.

Montse Gil mira el reloj. Lo mira sin gesto, como se mira un termómetro, y lo baja.

Son las diez y ocho.

—Rocío Cárdenas —digo, dándole la mano.

—Montse Gil. —Mira el tractor, mira el dron, mira a Delia, mira a Leandro en el estribo—. Yo esto no lo he visto.