De perdidos, al tractor Capítulo 10 · Leandro
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Capítulo 10 · Leandro

Leandro

El jueves veo mi frase en el pecho de un eléctrico.

Está en la mesa de las migas, a la sombra de la encina, con el plato en la rodilla, y lleva una camiseta negra con letras amarillas que dicen LLAVE INGLESA CON BARBA, y debajo un dibujo: una llave inglesa de perfil, con barba.

Con mi barba. La reconozco por el recorte, que es el mío desde hace diez años, y por la manera de estar puesta la boca de la llave, un poco ladeada, como se me pone a mí la cabeza cuando escucho un motor.

—Dónde la has comprado —le digo. No es una pregunta.

—Se la compré a Nuria. Están en la web de la quesería. —Se mira el pecho con orgullo—. Es la de la semana, tío. Hay lista de espera.

Nuria está en la caseta de la tienda, que es la caseta del fotomatón reconvertida en oficina con un portátil y una caja de cartón, y cuando me ve venir me pone la sonrisa de las buenas noticias antes de que llegue.

—¡Leandro! Iba a hablar contigo justo hoy.

—¿Cuántas?

—¿Cuántas qué?

—Cuántas se han vendido de mí.

Se lo piensa, no por esconderlo sino por ordenarlo, que a Nuria se le ve que los números los tiene.

—Ciento cuarenta desde el domingo. A dieciocho euros. Son cuatro días, Leandro, no llegan a cuatro. Y he pensado en ti, que conste: la mitad del margen es tuyo. Te lo iba a proponer esta tarde. Te lo juro por la cámara.

—No quiero la mitad.

—¿Un tercio? Estoy dispuesta a...

—No quiero nada. Quiero que las quites.

Se le cae la sonrisa a la altura del portátil.

—Pero la frase es de Rocío. Es nuestra. Salió en nuestra hoja.

—La frase es de Rocío. La barba es mía. —Le señalo el dibujo en la muestra que tiene colgada de la caseta—. Eso soy yo. Eso lo saben en Villanueva, en Malpartida y en la mesa de ahí. Y yo no he firmado que se venda mi cara en una camiseta, ni con Tesela ni contigo.

—No es tu cara, es una llave...

—Con mi barba y con mi manera de ladear la cabeza.

Nuria, tienes veintitantos años y un portátil, y se te da mejor esto que a la mitad de la gente que cobra por hacerlo.

Así que te lo digo como se le dice a alguien que vale: lo que se vende de una persona se le pregunta a la persona. Lo que no, se retira.

Se queda callada. Nuria callada es un fenómeno atmosférico: no dura, pero cuando ocurre se nota. Mira la caja de cartón, mira la web en la pantalla, mira la mesa de las migas, donde su primer cliente famoso sigue comiendo con mi barba en el pecho.

—Vale —dice al fin, muy bajito, y luego más fuerte, porque es Nuria—: Vale. Las quito hoy. Las que quedan no salen. Y las vendidas... las vendidas ya no las puedo recoger.

—Las vendidas están vendidas. No te pido lo imposible. Te pido lo que viene después.

—¿Y el dinero?

—El dinero es tuyo. No es mío, no lo he ganado. Lo que hagas con él es cosa tuya.

Se lo piensa un segundo, y en ese segundo se le ve la cabeza de negocio de la familia trabajando a ritmo de cámara nueva.

—Va para la cámara —dice—. Entero. Ya lo tenía decidido.

—Pues ya está.

—Leandro. —Ya me estoy yendo—. Lo siento. De verdad. No lo pensé.

—Ya. Ahora lo piensas. Eso es lo que vale.

Por la tarde la web de la quesería tiene un hueco donde estaba la camiseta y Nuria tiene una cara nueva que le va a durar dos días, y el eléctrico sigue con la suya puesta, que a él nadie le ha dicho nada y no se lo voy a decir.

La cita de la semana es la de Óscar, el viernes, y la sé porque la veo salir de la finca, no porque me la cuenten: producción los carga en la furgoneta grande a las siete de la mañana, a él con la libreta y a Rocío con un mono limpio y el ordeño hecho hace media hora, y se los llevan a Castuera.

A la vuelta, comiendo, Óscar me cuenta lo que puede contar, que es la parte técnica: una quesería con cámara nueva, de las de compresor sin relé, visita técnica, «Rocío tomó notas» y él tomó más.

Que ella le ha dejado, por fin, los registros de temperatura de la cámara vieja, «para el modelo», y que se los pasó en una libreta de tapa de hule con la letra más pequeña que ha visto en su vida.

Lo dice contento, con la alegría del que ha conseguido datos, y yo lo apunto donde apunto las cosas: ha dejado los registros.

Los que eran de la casa. A él. No pienso en ello más de un minuto, que un minuto es lo que se le da a un dato que no es de uno.

Chema llama el viernes por la noche, y esta vez empieza sin la muletilla, que es la peor manera de empezar.

—El palier del todoterreno de los Cárdenas. Lo he encontrado.

—Bien.

—En Valladolid. Tres semanas. Y la caja, la he mirado con el de la foto que me mandaste: eso no es solo palier, ese diferencial está tocado. Con la caja son cinco semanas y un dinero que no te voy a decir por teléfono.

Cinco semanas. Hago la cuenta por la ventana de la habitación tres, mirando la finca, y cinco semanas nos deja el todoterreno muerto hasta después de que yo me haya ido de aquí.

—Otra cosa —sigue Chema, y ahora sí baja la voz—. Los de Malpartida han llevado la empacadora a Don Benito. Me han llamado para decírmelo, que son buena gente. Me han dicho que cuando vuelvas, que se pasen por el taller a tomar un café. Un café, Leandro.

—¿Y el pivot?

—El pivot aguanta. No sé cómo, pero aguanta. El condensador ese es como tú: no tiene sentido pero no explota.

Cuelgo. Apunto en la libreta, debajo de los partes: Malpartida, café. Todoterreno Cárdenas, cinco semanas. Y no apunto lo tercero, que es que la cuota del viernes de la quinta semana tenía dos clientes detrás y ahora tiene uno.

La Gala 2 la veo desde detrás, que es donde nos ponen a los aspirantes cuando no nos toca salir: un pasillo de tela negra detrás del plató con un monitor, dos sillas y una nevera de producción con agua tibia.

Sonia la ha titulado «LA VILLANA ARRANCA», y cuando pasa a mi lado con el auricular puesto se para justo lo suficiente para hacer la pregunta que lleva una semana rodeando.

—Oye, Moya. El jueves pasado, a las tres de la mañana, en el aparcamiento. ¿Qué hicisteis?

—Aparcar.

—Ya. —No parpadea—. Los tres.

—Somos muy de aparcar.

Se va con una media sonrisa que no sé leer, que es lo peor que se puede decir de una sonrisa, y en el monitor empieza la pieza de la semana.

Sale el tractor. Sale por la puerta del cobertizo, de frente, con Rocío al volante y un plano fijo sin operador, y entiendo que la cámara fija de la puerta del cobertizo es nueva de esta semana, y que alguien ha pagado por ella con algo que no es dinero.

Sale la cuba subiendo la Solana, a lo lejos, un plano de dron que ni oí.

Salen las ovejas bebiendo y Bosco con la preñada, y sale Delia sin salir, porque ese plano se sostiene solo, y en el pasillo negro Bosco lo mira en el monitor y no dice nada, que empieza a ser un hombre que no dice nada más veces de las que su oficio recomienda.

Sale la cita de Óscar, la quesería de Castuera, él explicando compresores a una mujer que lleva veinte años oyendo compresores, y ella escuchando, y en un plano corto se ve que apunta, y Óscar a mi lado dice «esa parte la clavé» y yo le doy la razón, que la clavó.

La revisión es la ficha treinta y nueve.

La leen en pantalla: «Romántico a su manera.

No es mi manera». El hombre del análisis de suelo.

La presentadora hace la pregunta única y Rocío, en su marca, con el mono del bordado y una tabla de torta cortada delante de ella en la mesa de la gala, que ya me han contado lo que ha costado esa tabla, se toma su tiempo.

—La matizo.

El plató se queda quieto, que era la primera vez.

—Sigue sin ser mi manera. Pero era una manera. Alguien que manda un análisis de suelo a una desconocida está diciendo «esto es lo que tengo y lo que soy». Yo escribí que no era romántico. Era. A la suya.

Y no retira nada, y no pide perdón, y el muro social no sabe si celebrar o protestar y hace las dos cosas, y detrás del plató Sonia dice por el auricular algo que no oigo y que le hace apretar la mandíbula, y yo pienso, con la tibia en la mano, que esa mujer acaba de dar un paso y que lo ha dado con el pie que ella ha querido.

El domingo no hay cámaras en toda la finca, ni en el cortijo, ni en el camino, ni en la era, por contrato, y a las nueve de la mañana Rocío está en la explanada del cortijo, al lado de mi furgoneta, con una nevera de plástico vacía.

—Necesito hielo. Diez bolsas. La cámara vieja lleva dos días con el relé a golpes por el calor, y quiero tener hielo por si esta noche se para del todo, para meter las piezas más nuevas en cajas hasta que arranque.

La gasolinera de Castuera lo tiene. El todoterreno está muerto y el tractor no sale a la carretera, sin seguro y sin la revisión.

—Sube.

Sube. Diez bolsas de hielo son media hora de ida, media de vuelta y diez minutos de gasolinera.

Es lo que dura, contando la parada, la conversación más larga que hemos tenido, y lo que se dice en la furgoneta, sin micros por contrato y sin nadie en la carretera un domingo de julio a las nueve, es lo que se dice cuando uno lleva una semana subiendo cubas con otro sin hablar.

Empieza ella, porque lo empieza todo.

—El tractor lo aparcó mi padre. Un martes de junio, hace tres años, marcha atrás y de una.

Se llamaba Antonio. Me enseñó a hacer la torta con sus manos encima de las mías, y a bajar la Solana con la cuba, y a aparcar marcha atrás y de una.

Eso es todo lo que te voy a contar de eso, y ya es más de lo que le he contado a nadie de la tele.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale. Mi padre se llamaba Julián. El taller era suyo.

Se murió hace cuatro años debiendo dinero a dos personas, y me lo dijeron en el entierro, sin prisa, que eran deudas de palabra.

Las pagué antes que la luz. Mi madre se fue a Badajoz con su hermana ese mismo año, y me llama los domingos a las cinco, y nunca pregunta más de dos cosas.

Es de aquí, de La Serena, de Campanario. De ahí saqué la manera de hablar poco.

—¿Y lo de arreglar cosas sin que te las pidan? ¿De quién lo sacaste?

—De él. Y de una vecina con una bomba de riego, cuando tenía dieciséis años. Le arreglé la bomba sin llamar y la mujer estuvo dos meses sin hablarnos. Mi padre me dijo que la bomba era lo de menos. Tardé años en entenderlo.

—¿Y lo has entendido?

—A plazos.

Se ríe. Es la primera vez que la oigo reírse, y no es una risa de gala: es corta, por la nariz, como la de Sonia pero de verdad, y le sale mirando la carretera. Me da por pensar que en esta furgoneta se han reído muy pocas personas, y que las que se han reído tenían todas mono de trabajo.

Le cuento lo demás, porque lo pregunta y porque preguntarlo en esta cabina es una manera de pedir permiso: que empecé en el taller a los catorce, que compré el equipo de diagnóstico hace año y medio contra el consejo de todo el mundo, que estuve siete años con una mujer que se llamaba Marisa, maestra en Don Benito, y que se acabó hace dos porque le arreglé la vida hasta que no le quedó nada suyo que arreglar, y que eso lo entendí también a plazos, y que aún debo alguno.

Que no tengo hijos. Que el mar lo he visto una vez, en Huelva, a los dieciocho, llevando un motor de barco que arreglamos en el taller, y que me pareció mucha agua para tan poca cosa.

—Mucha agua para tan poca cosa —repite ella—. Ese es el análisis de suelo más bonito que me han mandado.

Y me cuenta lo suyo, cuando le toca, con la misma exactitud con que llena una cuba: que estudió dos cursos de ingeniería agroalimentaria en Badajoz y que volvió a los veintidós porque en la finca hacían falta manos, y que fueron las suyas.

Que estuvo cuatro años con un veterinario de Don Benito, que se acabó cuando él quiso que se fuera con él a Salamanca, y que no se fue, porque las ovejas no se mudan.

Que nunca ha vivido fuera de la finca más que esos dos cursos.

Que lo de «la borde de los Cárdenas» viene de una asamblea de hace nueve años, de octubre, en la que leyó en voz alta los números de un acuerdo que había negociado Braulio, partida por partida, delante de todos, hasta que no quedó nada de pie, y que tuvo razón, y que la razón le costó el saludo de medio pueblo y que lo pagaría otra vez, y que eso es lo que menos le gusta de sí misma.

Que la inscripción en el programa la hizo su madre, en febrero, sin decírselo.

Y que la torta, la de verdad, la de sesenta días, la aprendió con las manos de su padre encima de las suyas, y eso ya me lo había dicho, y lo repite, y no la corrijo, que hay cosas que se dicen dos veces porque la primera no cabía entera.

—Ahora ya sabes más de mí que Sonia —dice, cuando aparco en la gasolinera—. Y Sonia tiene un dossier.

—Sonia tiene fechas. No es lo mismo.

—¿Qué fechas?

—Las que se firman —digo, que es lo más cerca que voy a estar hoy de contarle la cuota, y ella lo nota, y no pregunta, que ya nos vamos entendiendo en lo que no se pregunta.

Cargo las diez bolsas en la parte de atrás, sobre una lona, y en la última nos cruzamos las manos en el asa, la suya fría del hielo y la mía caliente del asa, un segundo, y ninguno de los dos hace nada con ese segundo, que se queda en la furgoneta como se quedan las cosas en la furgoneta: sin micros y sin prisa.

Arranco. Ella baja la ventanilla, apoya el codo, y va callada media vuelta, mirando la comarca pasar, y a mitad de camino dice, sin girarse:

—El aceite del motor. El que apuntaste.

—Bajo. Sucio. Con arreglo.

—Apuntado queda —dice, y no dice más, y yo tampoco, y entramos en la finca a las diez y veinte con el hielo derritiéndose por el suelo de la furgoneta y la sensación, muy rara para un hombre que vive de las averías, de que hoy nada necesitaba arreglo y hay más trabajo que ayer.