De perdidos, al tractor Capítulo 9 · Rocío
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Capítulo 9 · Rocío

Rocío

Mi padre aparcó ese tractor un martes de junio, hace tres años, marcha atrás y de una, como lo aparcó toda su vida, y desde entonces la única persona que ha movido algo ahí dentro ha sido un hombre al que le di cuatro minutos cuarenta para dejarlo como estaba.

Ahora son las seis menos cuarto de un lunes de julio, cuarenta y un grados en el termómetro de los piensos, y en la Solana hay un abrevadero vacío que ese tractor llenaba cada tarde de verano cuando mi padre estaba vivo.

No hay decisión. Hay ovejas. Eso es lo que me digo mientras cruzo el patio, y es verdad, y también es una manera de no decir lo otro.

Leandro está en la sombra del porche, a su metro de siempre, con las manos en los bolsillos y el vaso de mi madre vacío en el poyo. No se ha movido en media hora. Ese es su mérito: la media hora que no ha dicho nada.

—Escúchame bien, porque lo voy a decir una vez —le digo—. Ese tractor tiene que subir la cuba a la Solana esta tarde. Lo que haga falta para eso, se hace. Lo que no haga falta, no se toca. Ni un tornillo de más. Ni una pieza que no impida que suba. Operativo. No restaurado.

Se lo repite por dentro, se le ve, como se lee dos veces un pedido antes de firmarlo.

—Operativo. No restaurado. —Se saca las manos de los bolsillos—.

Entonces el alcance es este, y me dices si sobra algo: batería auxiliar de la furgoneta, gasoil nuevo y filtro, purgar.

Frenos, dirección y el hidráulico del enganche, que si no levanta la lanza de la cuba no la enganchamos.

Nada más. Ni la chapa, ni el asiento, ni el aceite del motor si no está criminal.

Lo que vea y no haga, lo apunto y te lo digo, y tú decides otro día.

—Eso.

—Tres horas. Con suerte, dos y media. —Mira la Solana—. Las ovejas bajan a las ocho.

—Las ovejas bajan cuando bajan. El agua tiene que estar cuando lleguen.

Corto el alambre con las tenazas grandes y abro el candado, y él espera a que yo entre primera, que es una manera de decir de quién es lo que hay dentro.

Retiro la lona entera esta vez, por sus dobleces, y el tractor aparece como aparecen los muertos en los sueños: igual que era y con polvo.

Verde de lo que fue verde, con la chapa del capó abollada de un susto que le dio mi hermana con dieciséis años y que le costó una bronca a ella y una cerveza a mi padre, y en el asiento el cojín de espuma que le puso mi madre por lo de los riñones.

Leandro no mira el cojín. Mira el motor.

Y por primera vez desde que entró en esta finca me alegro de que un hombre mire solo lo que tiene que mirar.

Trabaja con Chema al teléfono, en manos libres sobre el guardabarros, y los dos hablan como si el tractor estuviera en mitad de la conversación, que lo está.

—Batería puesta, doce y medio en vacío. Gasoil viejo drenado del filtro, está lacado, huele a barniz. Filtro nuevo, del universal.

—No te preocupes, pero ese modelo purga mal si no le das a la bombita antes de meter el nuevo.

—Ya le estoy dando.

—¿Y los frenos?

—Los frenos ahora.

Se mete debajo con la linterna y sale con el diagnóstico en la cara antes que en la boca: los frenos de tambor tienen la zapata pegada del tiempo, no rota.

Golpea con el mazo de goma, con esa manera de golpear que tiene, dos veces, seca, y prueba el pedal a mano, y se oye el tambor soltarse con un crujido de puerta vieja.

Dirección: mueve el volante, mira las ruedas, dice «holgura normal para lo que es» y no le pone más adjetivos.

Hidráulico: acciona la palanca del enganche con el motor parado y sube y baja la lanza a mano para ver que no está agarrotada.

—Aceite del hidráulico, bajo pero dentro. Lo dejo.

—¿Bajo cuánto? —pregunta Chema.

—Lo dejo, Chema. Operativo. No restaurado.

—¿Eso qué es?

—Eso es una orden.

Yo mientras tanto hago lo que sé: lleno la cuba con la manguera del pozo, dos mil litros que tardan lo que tardan, y cada vez que vuelvo al cobertizo lo encuentro un paso más allá y ni uno más.

No ha tocado la chapa. No ha tocado el cojín.

No ha limpiado el polvo del salpicadero, que es lo que más rabia le debe dar a un hombre de taller, y se lo agradezco sin decírselo, que hoy no es día de agradecimientos: es día de agua.

A las siete y cuarenta se sube al asiento, y ahí paro.

—Lo arranco yo.

Lo dice bajo, sin discutir, con una razón dentro: si algo salta al arrancar, que le salte a él.

Me trago el «es mi tractor» porque tiene razón y porque la razón, hoy, no manda: manda la Solana.

Se sienta en el cojín de mi padre y le queda pequeño, lo cual es lo que debe pasar cuando un hombre se sienta en el sitio de otro.

Gira la llave. El motor de arranque se queja, gira, gira, y no coge.

Otra vez. Nada, humo negro por el escape, un olor a gasoil viejo que se me mete en los dientes.

A la tercera se para y espera, con la mano quieta en la llave, escuchando algo que yo no oigo.

—¿Qué?

—Que no tiene prisa. Es diésel de tres años. Está decidiendo.

A la cuarta coge. Coge como si se acordara: un golpe seco, dos, tres cilindros a destiempo, y de pronto el ritmo, y el cobertizo entero vibra, y la golondrina sale por la puerta chica maldiciendo, y a mí se me queda el pecho quieto un segundo, uno, en el que oigo un motor que llevaba tres años sin oír y que era, de todos los ruidos de esta finca, el que iba con la voz de mi padre.

Leandro lo deja al ralentí, escucha medio minuto con la cabeza ladeada, y se baja.

—Ahora tú —dice, y me deja el asiento.

Subo. El cojín está caliente de él, no de mi padre, y esa es la clase de cosa que hoy no pienso pensar.

Piso el embrague, que está duro, meto primera, y el tractor sale del cobertizo por primera vez en tres años, despacio, a la luz de las siete y cincuenta de una tarde de cuarenta grados, y Nuria está en el patio con las dos manos en la boca y mi madre en la puerta de la cocina con el mandil retorcido, y ninguna de las dos graba nada, porque hay cosas que en esta casa no se graban.

Engancho la cuba a la primera. Eso sí es mío: la lanza, la bola, el pasador, el hidráulico subiendo con un lamento.

Leandro comprueba el pasador con la mano, me hace un gesto de que está, y se sube al estribo del lado derecho, de pie, agarrado al guardabarros, porque la Solana se sube en primera corta y con dos mil litros detrás hay que ir mirando los frenos y él los ha tocado hace media hora.

—Si notas que se va en la bajada, no frenes de golpe. Reduce y deja que el motor la sujete.

—Ya sé bajar una cuesta con una cuba.

—Ya lo sé. Te lo digo por los frenos, no por ti.

Y ahí, en primera corta, con el tractor de mi padre gruñendo bajo mis manos y este hombre agarrado a mi guardabarros con la barba llena de polvo del cobertizo, subimos el camino de la Solana, que es un camino que solo sube un tractor, entre las encinas que dan una sombra que no sirve de nada.

No hablamos. Él mira los frenos, yo miro el camino, y cada bache lo notamos los dos por el mismo hierro.

No es otra cosa que trabajo. Es exactamente trabajo, con esa manera que tiene el trabajo bien hecho a cuatro manos de no necesitar palabras, y a mí me da por pensar que llevo años haciendo este camino sola, con este tractor primero y con el todoterreno después, y que es la primera vez que alguien lo hace conmigo sin que yo tenga que explicarle nada.

Arriba, el abrevadero está seco. Seco de cemento blanco y moscas. Y a las ocho y cinco, por la vereda de la umbría, bajan las ovejas.

Bajan mal. Se nota en cómo vienen, sin la prisa alegre de las tardes normales: vienen apretadas, jadeando con la boca abierta, y las últimas, las viejas y una preñada que va a destiempo, se paran cada diez metros.

Abro la válvula de la cuba y el agua cae en el abrevadero con un ruido que hoy vale más que la gala entera, y las primeras ovejas meten la cabeza antes de que haya un dedo de fondo.

Y entonces, y solo entonces, llega producción.

Se oye el motor de la furgoneta pequeña subiendo el camino en segunda, patinando en la última curva, y bajan la operadora, Delia, con la cámara al hombro, el regidor con el walkie y Bosco, que estaba en el cortijo cuando ha corrido la voz y se ha subido a la furgoneta sin que nadie se lo pidiera.

Llegan a la parte fácil. A las ovejas bebiendo.

La parte difícil, el cobertizo, el arranque, la subida, ha pasado sin ellos, y el regidor lo sabe, porque me mira con la cara del viernes.

—¿Podríamos repetir la salida del cobertizo? —pregunta, con el walkie apagado, que es su manera de pedir un favor—. Solo la salida. El tractor saliendo. Cinco minutos.

—No.

—Es que es EL momento, Rocío.

—Por eso.

Bosco no pregunta nada. Se ha ido derecho al abrevadero, se ha arremangado, y le está apartando el sitio a la preñada, que llega la última, para que beba sin que las otras la empujen, con una mano abierta en el lomo y sin mirar a ninguna cámara.

Delia lo sigue con el objetivo, cómo no, y él lo nota.

—Delia, sácalas a ellas bebiendo. A mí no.

—Ya lo estoy haciendo —dice Delia, y no aparta el objetivo de sus manos en el lomo de la oveja, que es una manera de sacarlo a él sin sacarlo, y él se da cuenta, y yo me doy cuenta de que se da cuenta, y la Solana entera se calla un momento como si alguien hubiera bajado el volumen de una discusión que no ha empezado.

—Es que no quiero salir yo —insiste Bosco, más bajo.

—Ya. —Delia rueda—. Ese es el primer plano tuyo que sale bien.

Leandro está sentado en el estribo del tractor, en la sombra corta que da la cuba, con el vaso de plástico del agua y la mirada puesta en el abrevadero, contando ovejas por lo bajo, y cuando pasan las sesenta y la última bebe, se levanta y comprueba el pasador de la cuba otra vez, que es su manera de descansar.

—Mañana temprano, antes del ordeño, le miro el aceite del motor y lo apunto —dice—. Apuntar, digo. No cambiar.

—Apuntar.

—Y esa cuba hay que subirla todas las tardes hasta que llegue el palier. Con este calor, todas.

—Ya lo sé.

—Ya sé que lo sabes. Lo digo para que conste que lo sé yo también.

Bajamos con el sol yendo detrás de la sierra y el tractor vacío frenando bien, o frenando como frenaba, que hoy es lo mismo, y en el patio, cuando lo meto en el cobertizo marcha atrás y de una, se me olvida parar el motor durante un segundo más de la cuenta, y Leandro, en la puerta, no dice nada, y ese silencio me lo cobra sin quererlo cobrar.

Sonia llega a las diez, cuando ya no hay luz para nada, con el coche de alquiler y el móvil pegado. No pide ver el tractor. Ha visto la pieza que Delia ha subido: las ovejas, la cuba, Bosco con la preñada, la negativa del regidor, y sabe contar lo que no está.

—Me faltan cuarenta minutos de historia —dice—. Un tractor que lleva tres años parado arranca a la cuarta y sube una cuba a la Solana con cuarenta y un grados. Y yo tengo un plano de ovejas.

—Tienes lo que tienes.

—Tengo lo que tú has querido que tenga, que es distinto. —Se apoya en la mesa del patio—. Rocío, no te voy a pedir que lo repitas. Te voy a proponer una cosa y me vas a decir qué quieres a cambio, que las dos sabemos que vas a querer algo.

—Habla.

—La cámara fija de la nave se queda. Y quiero otra, exterior, en la era, apuntando a la puerta del cobertizo. Fija, sin operador, sin entrar. Lo que salga por esa puerta, se graba. Lo que no salga, no existe. Y el cobertizo por dentro sigue siendo tuyo.

Me lo pienso. Miro el cobertizo, la puerta cosida ya sin alambre, el candado que volveré a echar cuando ella se vaya.

—La torta en la mesa de la gala. La de verdad, la mía, cada sábado, con su nombre delante. Se corta en directo, se come en directo. No es rótulo, así que no cuenta como rótulo.

Sonia me mira como se mira un contrato que has redactado tú y que te acaba de morder.

—Legal va a decir que eso es publicidad encubierta.

—Legal dirá lo que le paguen. Tú dime si hay trato.

—Hay trato. —Se despega de la mesa—. Y una cosa, por saber: ¿lo has arrancado tú?

—Lo ha arrancado él. Lo he sacado yo.

—Eso también lo quiero. Algún día.

—Algún día —le digo, y me voy a echar el candado, que la cuba sube mañana a las siete y en esta finca los días empiezan antes de que a Madrid le dé tiempo a pensar.