De perdidos, al tractor Capítulo 8 · Leandro
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Capítulo 8 · Leandro

Leandro

El domingo la finca suena distinta, y tardo en saber por qué: no hay walkies.

Sin walkies, el campo recupera su ruido de siempre, cencerros, el compresor de la nave, un motor lejos, y uno se da cuenta de cuánto sitio ocupaba esa gente hablando en clave.

Desayuno de pie en la cocina del cortijo, con Bosco todavía durmiendo y Óscar ya paseando con la libreta, y a las nueve cojo la furgoneta, que un domingo sin cámaras hay que gastarlo en algo que no salga en ninguna parte.

Lo que necesito es una mesa. Una mesa con una puerta que cierre, sin micros de zona común, donde poner las facturas del taller, el portátil, la carta del proveedor y el teléfono, y llamar al banco el lunes sin que el runner apunte la hora.

La furgoneta sirve para pensar, no para trabajar: en la furgoneta los papeles se caen y las decisiones también.

El del bar de Castuera, que ya me llama «el de la llave», me manda a El Rebollar.

Es un cortijillo a dos caminos de la finca de los Cárdenas, fuera del perímetro de la tele, con una casa de labor de una planta, un cobertizo con dos aperos oxidados y un dueño viudo que vive en el pueblo y sube los domingos a mirar las higueras. Lo encuentro precisamente mirándolas.

—¿Alquilar para qué? —pregunta, con la desconfianza sana del que ha visto salir su comarca en la tele.

—Para trabajar tranquilo. Papeles. Alguna siesta.

—¿Y no tiene usted casa?

—Tengo una habitación con micrófono y una furgoneta con mesa plegable.

Lo piensa lo que se piensa un domingo, que es despacio y mirando al suelo.

—Por semanas. Pago por adelantado. La casa tiene butano, el agua es de pozo y no se bebe. Y la higuera de la puerta no se toca, que es de mi mujer.

—No toco higueras.

—Eso dicen todos hasta que hay brevas.

Cerramos el trato con un apretón y un billete doblado, y a las once tengo llave.

La casa es una habitación con una cama de hierro, una cocina con dos fuegos y una mesa grande de madera que ha visto matanzas, y una ventana que da a las encinas y no da a nada más.

Extiendo los papeles en la mesa y, por primera vez desde el domingo pasado, trabajo: facturas pendientes de cobrar, ordenadas por lo que se puede pedir sin ofender; el burofax, leído otra vez, por si esta vez dice otra cosa; la cuenta del viernes de la quinta semana, hecha en la esquina de un folio, con los números que hay, que son los que hay.

No es un nido de nada. Es una oficina con higuera.

A las cinco me llama mi madre, como todos los domingos a las cinco, desde Badajoz, y me pregunta qué tal el pueblo ese y si como. Le digo que como. No le digo dónde. Ella tampoco pregunta, que en mi familia nos queremos con preguntas cortas.

El lunes, a las siete menos cuarto, el runner me intercepta en la puerta del cortijo con el walkie ya encendido y el gesto de haber tenido que dar explicaciones por mí.

—Ayer no estabas en la localización.

—Ayer era domingo.

—Ya. Es que Sonia pregunta.

—Pues dile a Sonia que el domingo estuve fuera del perímetro, que es lo que dice el contrato que puedo hacer con los domingos. —Y como no se mueve—: Y que he comido.

Lo apunta. Esta gente lo apunta todo, hasta lo que no entiende, y eso, con el tiempo, me lo voy a tener que tomar en serio.

El lunes amanece ya caliente, que es mala señal.

A las siete, mientras espero fuera de la nave a que acabe el ordeño, el aire pesa como si alguien hubiera dejado el horno abierto en la vaguada.

A las ocho y cinco llamo con los nudillos en el marco de la puerta, que es una cosa que no había hecho en toda mi vida en una nave ajena, y espero.

—Pasa —dice ella, sin mirar.

Y paso. Junta nueva en el colector, del juego que llevo en la furgoneta; regulador de vacío revisado a la luz del día; bomba comprobada, que tiene sus años pero tiene arreglo.

Cuarenta minutos, esta vez con una cámara fija en el exterior de la nave grabando la puerta, que producción ha instalado esta madrugada, «provisional», dice el runner, hasta que Rocío diga qué quiere a cambio.

Rocío me pasa las herramientas cuando las nombro, sin adelantarse esta vez, y no dice nada, y yo no digo nada, y el trabajo sale, y al terminar apunto el parte y lo que apunto en la anotación me cuesta más que la junta.

—¿Cuánto? —pregunta ella, limpiándose las manos.

—Nada. Lo de hoy es lo de viernes bien hecho.

—Lo de viernes también estaba bien hecho.

—Lo de viernes estaba hecho. No es lo mismo.

A las diez, treinta y cuatro grados. A las doce, treinta y ocho.

A las tres de la tarde el termómetro de la pared de la nave, uno de esos de propaganda de piensos que no miente porque no sabe, marca cuarenta y uno, y la finca entera baja de revoluciones como un motor bien hecho: las ovejas se han metido debajo de las encinas y no se mueven, las perras están tumbadas en la sombra del patio con la lengua fuera y ni ladran a los técnicos, y los técnicos han dejado de ser técnicos y son gente sentada en el suelo del porche con una botella de agua en la nuca.

Producción suspende el rodaje de exteriores hasta las siete.

Lo dice el walkie con una voz que, por primera vez, suena a persona.

El calor en esta comarca no es un tiempo: es una carga. Se lleva encima como se lleva un saco, y todo el que ha trabajado aquí en julio sabe que el cuerpo tiene un límite y las máquinas otro, y que los dos se acercan a la misma hora.

La primera en acercarse es la cámara de maduración.

A las tres y diez, con el patio en silencio, suenan los dos tonos largos, y desde la sombra del porche oigo el golpe seco en el relé, y otro, y el compresor que coge con un arranque de fumador viejo.

A las tres y cincuenta, otra vez. Rocío no sale de la nave en toda la tarde; la veo por la puerta abierta, sentada en un taburete delante del termómetro de la cámara, con el mono desabrochado hasta el pecho y una toalla mojada en la nuca, guardando el frío como se guarda el dinero en una casa en la que no sobra.

Óscar, que ha bajado con la libreta a pesar del calor, anota los intervalos entre saltos desde el porche y me enseña la página: ocho minutos menos cada vez.

No le contesto. No hace falta: los dos sabemos leer una curva que baja.

Chema llama a las tres y media, que no sabe de calores porque él está debajo de una cosechadora a la sombra.

—No te preocupes, pero han llamado los de Malpartida. Se les ha parado la empacadora otra vez, en plena faena.

—¿El rodamiento?

—El otro rodamiento. Les he dicho que voy mañana, y me han dicho que mañana ya tienen la paja tirada y que llaman a los de Don Benito.

Los de Don Benito son un taller grande con dos furgonetas y publicidad en la radio. Los de Malpartida eran de mi padre.

—Diles que vas hoy.

—Voy hoy. Pero tú no estás, Leandro, y eso lo saben, y la próxima ya no llaman.

—Lo sé.

—Vale. Por si no lo sabías.

Cuelgo y hago la cuenta que no quiero hacer: un cliente que se va no son las cincuenta piezas que le arreglas al año, son los cuatro vecinos suyos que preguntan a dónde va él. Esa cuenta no cabe en el folio de El Rebollar.

A las cuatro y veinte se muere el todoterreno.

Es Nuria la que lo mata, sin culpa: lo saca del cobertizo grande para enganchar la cuba, la cisterna de dos mil litros con la que llevan el agua a la parcela alta, la de la Solana, donde el abrevadero no tiene pozo y en verano se rellena cada tarde.

Lo saca, da marcha atrás hacia la cuba, y el todoterreno pega un chasquido de hueso, se queda temblando con el motor en marcha y no anda.

Ni hacia delante ni hacia atrás. Nuria pisa, el motor sube de vueltas, y el coche se queda en su sitio con la dignidad de los que ya no pueden más.

Me acerco, aunque no me han llamado, y esta vez me quedo a un metro, con las manos en los bolsillos, hasta que Rocío sale de la nave con las gafas de sol, que ha oído el chasquido desde la cámara.

—¿Qué ha sido eso?

—Eso ha sido la transmisión. —Me quedo en mi metro—. Si quieres lo miro. Si no, ya sabes lo que es igual.

—Míralo.

Lo miro desde abajo, tumbado en la tierra que quema a través de la camisa, con la linterna, y es lo que suena: el palier del lado derecho, roto en la junta, y en el lado izquierdo un ruido de caja que no me gusta nada.

No es un cable, no es una junta, no es nada que se arregle esta tarde con lo que llevo en la furgoneta.

Es pieza. Pieza de un modelo con veintitantos años, que hay que pedir, que hay que esperar, y que con suerte llega la semana que viene.

—Eso tiene arreglo —le digo, saliendo de debajo con la espalda blanca de polvo—. Pero no hoy. Ni mañana. Es un palier y algo más en la caja. Pieza de encargo.

Nuria está detrás, con las llaves todavía en la mano y la cara de haber roto algo de la familia.

—Yo no he hecho nada raro. He dado marcha atrás como siempre.

—Tú no has hecho nada. Lo ha hecho el palier. Llevaba tiempo decidiendo dónde romperse y ha elegido hoy, que es lo que hacen las piezas viejas: se rompen el día que más falta hacen, para que se note.

—¿Cuánto?

—De tiempo, una semana si la encuentro. De dinero, no lo sé hasta que la encuentre.

Rocío mira el todoterreno, mira la cuba enganchada a nada, y mira la Solana, que desde el patio se ve como una loma parda donde a esta hora no se mueve ni el aire.

Yo también la miro. Allí arriba hay un abrevadero que a las siete de la tarde estará seco y sesenta ovejas que a las ocho bajarán a beber lo que no habrá.

—¿Y con la furgoneta?

—Mi furgoneta no tiene enganche para esa bola. Y aunque lo tuviera, el camino de la Solana no lo sube una furgoneta con dos mil litros detrás: lo sube un tractor o lo sube un burro con muchos viajes.

Ella no contesta. Saca el móvil y empieza a llamar, y yo hago lo que debe hacer un hombre que no tiene permiso para lo que está pensando: me aparto a la sombra y la dejo llamar.

Llama a cinco. Lo sé porque cuento, y porque en cada llamada se le va endureciendo la nuca.

El primero está segando en la otra punta del término.

El segundo tiene el tractor en el taller, lo cual tiene su gracia amarga, porque el taller es el mío y el tractor está esperando una pieza.

El tercero no coge. La cuarta es una mujer que dice que sí, que mañana a primera hora, y mañana no vale.

El quinto es Braulio. La conversación con Braulio dura ocho segundos y no la oigo, pero le veo la cara al colgar, y esa cara vale un capítulo entero de la asamblea de hace nueve años.

Nuria propone alquilar un tractor en Castuera.

Rocío contesta que a las cinco de la tarde de un lunes de julio no hay tractor de alquiler en toda La Serena, que los alquilan por campañas y las campañas están todas empezadas.

Nuria propone llamar a Sonia. Rocío no contesta a eso, y no contestar es contestar.

A las cinco y media Remedios sale con una jarra de agua con hielo, nos da un vaso a cada uno sin preguntar y se queda mirando la cuba con los brazos cruzados sobre el mandil.

—¿Y con el burro del Chato? —dice.

—Mamá, el Chato vive en la otra punta del término y el burro se murió en el año dos mil.

—Pues ya no hay burro —dice Remedios, y se vuelve para dentro, y por el tono entiendo que no era una propuesta: era la última alternativa que le quedaba antes de la que no va a decir.

Nadie dice la palabra. La palabra está a treinta metros, detrás de una puerta cosida con alambre, debajo de una lona, y todos los que estamos en este patio la sabemos, empezando por la que tiene la llave.

Yo la sé mejor que nadie, porque le tuve las manos dentro cuatro minutos cuarenta, y sé que tiene batería muerta, gasoil de tres años, un filtro que fue nido y, con toda probabilidad, unos frenos que no han visto una bota desde entonces.

No es un tractor. Es una decisión con ruedas.

Me termino el agua y dejo el vaso en el poyo.

El sol empieza a bajar y no baja el calor, que aquí el calor de julio no se va con el sol: se queda a dormir.

Rocío sigue de pie en mitad del patio, entre la cuba huérfana y la loma parda de la Solana, con el móvil apagado en la mano y la mirada puesta en el cobertizo.

Yo me quedo en mi metro de siempre, un poco más atrás, y no digo nada, porque hay averías que no son de máquina, y esas se arreglan solas o no se arreglan, pero no se arreglan con un mecánico opinando desde la sombra.

Miro el reloj. Las seis menos cuarto. Las ovejas de la Solana bajan a beber a las ocho.