Capítulo 13 · Rocío
Rocío
El clip sale el miércoles a las once de la mañana, con sus veinticuatro horas de retraso reglamentarias, y a las once y cuarto Nuria entra en la nave con el móvil por delante y una cara que no le había visto desde la noche de la hoja, pero al revés.
—Rocío. Que estáis en todos lados. Otra vez. Pero bien.
Lo veo porque me lo pone delante, con las manos mojadas y sin querer verlo.
Son cuarenta y un segundos. Un segundo de la cámara fija de la era, el tractor saliendo por detrás del cobertizo con dos personas.
Luego el plano cenital del dron: un tractor verde bajando un camino entre encinas, dos personas encima, una al volante y otra de pie en el estribo, y el tractor pega un salto en el badén y las dos personas se levantan del hierro un palmo y aterrizan y se ríen.
Se ríen de verdad, con la cabeza atrás, con la boca abierta, con la mano en la nuca él y las dos en el volante yo, y el dron se pone delante, y él le dice «buenas» al dron con la mano.
Y luego un plano corto, de Delia, corriendo, con el suelo botando, del tractor de espaldas alejándose entre las encinas con nuestras risas encima.
Y un rótulo, que no es de Tesela, que lo ha puesto alguien en su casa y ya lo lleva puesto en cien cuentas: #DePerdidosAlTractor.
—Es un clip —digo.
—Es EL clip. —Nuria lo repite, obediente a un dios nuevo—. Lo dice todo el mundo. Es tendencia nacional desde las once y cinco. Nacional, Rocío. Encima de un partido.
—Es contenido. Es de ellos.
—Es tu cara, hermana.
Y ahí tiene toda la razón mi hermana, con su lección de la semana pasada recién aprendida y el dinero de las camisetas en la cuenta de la cámara nueva: es mi cara.
Es mi cara riéndose con una risa que no me oía desde hace nueve años, en un tractor que llevaba tres parado, con un hombre al que puntué con cuatro palabras antes de conocer su manera de decirle «buenas» a las cosas que vuelan.
Y la ha visto España, y España tiene opinión.
El grupo de la familia tiene, a las doce, un audio de mi madre de once minutos que Nuria resume en dos líneas: que han llamado las monjas otra vez, que la hermana tornera dice que «ya era hora», y que a ver qué hago con el pelo, que en el dron se me veía el moño torcido.
Y un mensaje de Nuria propio, sin resumir, que no contesto: «no es contenido, rocío.
lo digo yo que he aprendido lo que es contenido a base de retirarlo».
Decido que no me toca. Lo decido como se decide un lote: hoy no se voltea.
Cierro la nave, hago la ronda, subo la cuba a la Solana a las siete con el tractor sola, sin estribo, y en la Solana me quedo un rato de más viendo beber a las ovejas, que no saben lo que es una tendencia y por eso beben tan tranquilas.
Es contenido ajeno. Repetírmelo funciona hasta que bajo.
Abajo está Sonia, que ha venido de Madrid en el primer tren y ha llegado a la finca con el coche de alquiler a la hora de la siesta, y me espera en la mesa del patio con la escaleta de la semana abierta y tachada entera.
—Cambia todo —dice, sin buenos días—. La cita de Bosco del mercadillo, al cajón; se emitirá recortada en pieza. El jueves y el viernes se reescriben. Y Moya sale de la rotación de aspirantes y entra en escaleta fija hasta la última gala.
—Moya es un aspirante.
—Moya es un activo. —Lo dice como se dice el nombre de una pieza que acaba de subir en el mercado—. Ese «buenas» al dron lo ha visto más gente que la Gala 2 entera. No te pido que hagas nada. Te aviso de lo que va a pasar alrededor.
—¿Y qué va a pasar alrededor?
—Que a partir de mañana, cuando salgas al patio, la cámara va a estar buscando a dos personas en vez de a una.
Y eso se nota en la nuca. —Cierra la escaleta—.
Y que la semana que viene hay una cita de la semana con Moya.
Con escaleta, con localización y con hora.
No te lo pregunto, te lo digo, que está dentro de lo que firmaste: una cita por semana con el aspirante que decide el formato, y el formato ha decidido.
—El formato decide tarde y mal.
—El formato decide con datos. Lo de mal, a veces. —Y luego, más baja, sin la sonrisa—: Rocío, te lo digo porque te tengo aprecio, que no es lo mismo que tenerte cariño: lo que tú decidas no hacer, la gente lo va a ver igual. Es peor que hacerlo, porque no lo controlas.
—No hay nada que hacer ni que no hacer.
—Ya. —Se levanta, y se guarda la sonrisa que no sé leer—. Eso mismo dijo la villana el sábado pasado con una tabla de torta delante.
La tarde es lo que Sonia dijo: la nuca. Cruzo el patio para ir a la casa y hay una cámara que se gira.
Voy de la casa a la nave y se gira otra.
Los técnicos me miran con una cosa nueva en la cara que no es respeto ni miedo, que es peor: es cariño de audiencia.
La ayudante de arte me sonríe. El del dron me pide perdón, «era el mando, se me fue», y no le creo ni una palabra y se lo digo y se ríe.
Mi madre me da de comer sin mirarme, que es su manera de estar mirándome mucho, y a los postres dice, hacia el plato:
—Tu padre también se reía así en el tractor. Con la cabeza para atrás. Ya no me acordaba.
Y sale al patio con la fuente y me deja sola con eso en la mesa, y tengo que salir yo también, porque en esa cocina de repente hay demasiadas personas.
A las nueve salta el relé de la cámara, dos tonos largos, y cruzo el patio y le doy su golpe, y el compresor coge con su rascado de siempre, y mientras espero a que coja régimen me sorprendo pensando si se oye desde el camino, y la respuesta es que sí, que se oye, que me lo dijo él el viernes de la ordeñadora y que llevo desde entonces oyéndolo con sus oídos.
Leandro no ha aparecido en todo el día. Ha subido con la escaleta, dicen, lo han tenido en totales toda la mañana, tres horas de preguntas sobre un saludo, y por la tarde se ha ido a la explanada del cortijo y no se ha movido.
Lo sé porque me lo cuenta Bosco, que viene a la nave a las ocho con dos cervezas, me deja una en el poyo sin decir nada y se lleva la otra, y en la puerta, sin volverse, dice:
—El tuyo está en la furgoneta desde las cinco. Yo, si fuera tú, no me haría la de no saber dónde está la furgoneta.
—No es «el mío».
—No, claro. —Se va—. Es contenido.
A las once de la noche, sin luna, cruzo la vaguada.
La explanada del cortijo está a oscuras, con la casa iluminada al fondo y las eses de ciudad al otro lado de las ventanas, y la furgoneta está donde siempre, en la punta, con el morro hacia la salida, y dentro hay una luz pequeña, la del techo, y él está sentado en el asiento del conductor con la libreta de partes en el volante y un bolígrafo, escribiendo.
Me ve venir por el retrovisor antes de que llegue.
Alarga el brazo y abre la puerta del acompañante desde dentro, y no dice nada, y yo subo, y cierro, y el silencio de la furgoneta es un silencio con contrato, que ya es más de lo que tiene el resto de este valle.
—¿Qué apuntas?
—El tractor. Lo de ayer. Vibración en el eje delantero a partir de segunda larga. El freno derecho. El embrague, que tiene el punto alto. —Cierra la libreta—. Y una cosa que no es del tractor.
—¿Cuál?
—Que reduces antes de la curva sin que te lo digan. Ayer lo hiciste las tres veces. Me dijiste que ya reducías y era verdad, y yo te lo estaba diciendo igual, y no hacía falta. Me di cuenta luego.
Y ahí me quedo un segundo con eso, que no es un cumplido, es un parte, y me doy cuenta de que es lo primero que un hombre me dice de mí en mucho tiempo que no es una opinión: es una observación con fecha.
—El clip —digo.
—Lo he visto cuarenta veces. Me lo han puesto en totales cuarenta veces. Me han preguntado qué sentí al saludar a un dron.
—¿Y qué sentiste?
—Que era de mala educación no saludar a una cosa que te mira tan fijo.
Me río. Otra vez. Por la nariz esta vez, con la boca cerrada, y él me mira reírme como se mira un motor que coge a la primera cuando llevabas semanas escuchándole el arranque.
—España cree que sabe lo que pasó ayer en ese camino —dice.
—España vio cuarenta y un segundos.
—Y a mí me tienen en escaleta fija hasta la última gala. Me lo ha dicho la coordinadora. Soy un activo.
—Sonia me lo ha dicho también. Con otra cara.
—¿Qué cara?
—La de haber comprado barato.
Se calla. Se le ve pensar en eso como en un par de apriete, decidiendo si está bien o si sobra media vuelta, y luego mira por el parabrisas la vaguada a oscuras, con la luz de mi cocina al fondo.
—Rocío. —Sin volverse—. Lo de ayer en el camino no lo hicimos para el dron. Y lo del domingo en esta cabina no lo hicimos para nadie. Y lo que hay ahora aquí dentro tampoco. Eso es todo lo que tengo claro.
—Es más de lo que tengo yo.
—¿Qué tienes tú?
Me vuelvo hacia él. Y lo que tengo es lo siguiente, y lo digo porque en esta cabina se dicen las cosas sin adorno, que para adornos ya está el mercadillo: que llevo dos semanas viendo a un hombre hacer lo que sabe hacer y no hacer lo que sabe hacer, por orden mía, y que lo segundo me ha costado más de ver que lo primero.
Que he reducido antes de las curvas toda mi vida y nadie se había fijado.
Que me he reído en un tractor que llevaba tres años parado y que ha sido por él y no por el badén.
Y que yo también tengo un parte, ya que estamos, aunque no tenga libreta.
—Tocas el pasador de la cuba dos veces cada tarde antes de subir. Lo compruebas, y luego lo vuelves a comprobar. Las dos veces con la mano izquierda. Lo hiciste el lunes de la Solana y lo has hecho todas las tardes desde entonces. No sé si lo sabes.
—No lo sabía.
—Pues ya lo sabes. Es la única cosa de ti que hace dos veces algo que ya está bien.
Se lo queda. Se le ve quedárselo, en el sitio donde guarda las cosas que no tienen arreglo porque no están rotas.
—Te lo pregunto en el idioma de la casa —le digo—. ¿Tengo permiso?
Se le mueve la barba antes que la boca, que es como se le ve reír a este hombre cuando no se ríe.
—Ese permiso existe. Existía desde el cruce.
Y lo beso yo, porque lo empiezo todo, y él me deja empezar y luego ya no me deja, y es un beso de dos personas que saben dónde ponen las manos porque las usan para trabajar: la suya en mi nuca, donde Sonia dijo que se nota la cámara y donde ahora no hay ninguna, la mía en su barba, que es exactamente como pensé que sería, la primera vez que me la imaginé, que fue antes de lo que pienso reconocer.
Sabe a café de máquina y a día largo. Dura lo que dura.
No es nada de lo que salen en la tele, porque la tele no tiene una cabina sin micros a las once de la noche con dos personas que llevan tres semanas subiendo cubas.
Nos apartamos lo justo para vernos a la luz del techo, que es una luz que no perdona y no hace falta que perdone.
—Eso no estaba en el alcance —dice.
—Se amplía el alcance.
—¿Hasta dónde?
Y esa es la pregunta, y no la contesto, porque no tengo la respuesta y porque él tampoco la espera esta noche.
Mañana a las ocho encienden los walkies y hay una cámara buscando a dos personas, y un requerimiento escrito viniendo por correo, y un hombre que es un activo y una mujer que es una villana, y todo eso está fuera de esta cabina, esperando a que salgamos, y va a seguir esperando cinco minutos más.
—Apúntalo —le digo, tocándole la libreta con el dedo.
—Esto no se apunta.
—Apunta que no se apunta.
Y lo hace. Abre la libreta, y con la letra pequeña de los partes escribe una línea que no me deja ver, y la cierra, y apaga la luz del techo, y nos quedamos a oscuras en la explanada un rato más, sin decir nada, viendo la luz de mi cocina al fondo, donde mi madre habrá apagado ya el fuego, y donde mañana, a las seis, hay ordeño.