Capítulo 6 · Rocío
Rocío
El miércoles me toca cita con Bosco y la llaman «masterclass de amor y queso», título que no pienso perdonar mientras viva.
La condición la pongo yo: si se hace en mi nave, se hace un lote de verdad, con las normas de verdad, y lo que salga de ahí madura sesenta días como todo hijo de vecino, salga bonito o no salga.
—Perfecto —dice Bosco—. ¿Me dejas gorro y me dices dónde me lavo?
Y ahí me descoloca por primera vez. Porque viene de anuncio, con la camisa de estreno, y en cuanto pisa la nave se pone el gorro sin mirarse en nada, se lava como le enseño, con los codos, y hace exactamente lo que se le dice, en el orden en que se le dice, sin una improvisación.
Le doy la lira para cortar la cuajada y la lleva despacio, preguntando el ángulo, y cuando le digo que la temperatura no se discute con la mano sino con el termómetro, deja la mano.
—Se te da bien obedecer —le digo.
—Llevo diez años trabajando con directores. Obedecer bien es carísimo.
Le explico lo que hay que explicar, que en mi nave el que trabaja sabe qué toca: leche cruda de oveja merina, de esta mañana, de ahí ese olor a lanolina que dice que le recuerda a un spa y que a mí me recuerda a mi vida entera.
Cuajo vegetal, del cardo, que es lo que manda la tradición de esta torta y lo que la hace de untar y no de cortar, y sesenta días de cámara por delante, que la prisa aquí es el único ingrediente prohibido.
Bosco escucha entero, sin interrumpir, y luego hace una sola pregunta, y es buena:
—¿Y cómo sabes que ha salido bien, si hasta dentro de sesenta días no lo puedes probar?
—No lo sé. Lo fío. Todo lo que hago hoy es a cuenta de agosto.
—Eso es peor que mi trabajo —dice, muy serio—. Yo por lo menos sé en dos horas si el vídeo ha funcionado.
—Por eso tu trabajo se puede hacer nervioso y el mío no.
La que no obedece es la cámara. La operadora seria, que se llama Delia y lleva el aparato al hombro como yo llevo un cántaro, con esa economía de quien carga peso desde niña, rueda la cuajada, las manos, el suero, y a Bosco lo saca cuando pasa por delante, ni un plano pensado para él.
A la media hora, Bosco lo nota. A los tres cuartos, lo sufre.
—Delia, ¿me haces una cobertura desde ahí? Es mi lado bueno.
—Estoy con el queso.
—Ya, pero el queso no tiene lado bueno.
—Por eso estoy con el queso.
Bosco se queda con la lira en la mano, mirándola, y le pasa una cosa que no le he visto en tres días de finca: se le olvida la cara que estaba haciendo.
Delia rueda el suero cayendo y no lo mira, y yo aparto la vista porque hay averías que se ven venir y no son asunto mío.
Al recoger, ya sin gorro, Bosco lo intenta por lo civil:
—¿Delia qué más?
—Delia la de cámara.
—Ya. ¿Y fuera de cámara?
—Fuera de cámara no salgo.
Y se cuelga el trípode al hombro y se va por el patio, y Bosco se queda mirando el hueco con la primera cara sin estrenar que le veo, y yo pienso que esta semana la hoja de valoraciones la está escribiendo la vida por su cuenta, y bastante mejor que yo.
A mediodía mi madre inaugura oficialmente su ocupación.
Ha sacado la mesa larga del patio, la ha plantado a la sombra de la encina de la era y ha puesto migas para un regimiento, con su uva y su melón, y los walkies corren la voz solos: «migas en base, repito, migas en base».
En veinte minutos tiene sentados a dos eléctricos, al regidor, a la ayudante de arte que quiso colarme la torta de supermercado y al del dron, que come con el mando colgado del cuello.
Sonia pasa, mira la mesa, mira a mi madre.
—Remedios, esto no está en escaleta.
—España tiene que ver que aquí se come —dice mi madre, y le llena el plato sin preguntarle, y Sonia, que negocia con cadenas, se sienta, porque hay poderes contra los que no se negocia.
En dos días la mesa de la encina se convierte en institución, con sus leyes propias.
El del dron le guarda el sitio al regidor.
La ayudante de arte, que empezó en la lista negra de mi madre por lo de la torta de supermercado, remonta posiciones pelando patatas sin que nadie se lo pida, que es la única vía de indulto que existe en esta casa.
Y el jueves oigo por un walkie olvidado en el poyo la frase que resume el traspaso de poderes de esta finca mejor que cualquier contrato: «El cambio de turno de las tres, que lo confirme Remedios».
Ni producción, ni Sonia, ni Madrid. Remedios.
Mi madre ha conquistado un equipo de televisión entero por el estómago en una semana, sin walkie y sin escaleta, y lo más grande es que ni se ha dado cuenta, o eso quiere que pensemos, porque cuando se lo digo contesta, muy digna, echándole uva al plato de un eléctrico:
—Yo no conquisto a nadie, hija. Yo doy de comer. Si luego obedecen, será cosa suya.
Óscar aparece en la nave a media tarde con una libreta con gomilla y la pregunta ya cargada.
Que por qué volteo las piezas en ese orden.
Que cada cuánto renuevo la salmuera y con qué criterio.
Que si he medido la deriva de temperatura de la cámara vieja por franjas.
Contesta uno, apunta, y de cada respuesta le nace otra, como las cerezas.
A la cuarta me doy cuenta de que no pregunta por preguntar: pregunta porque ya tiene una opinión y está esperando el hueco.
—Dila.
—¿El qué?
—Lo que traes pensado. Que se te ve el bulto en la libreta.
—La rotación de la salmuera. Si la haces en el otro sentido, ahorras un movimiento por pieza. Son segundos, pero por lote es media hora.
Y aquí está la cosa: puede que tenga razón.
Lo veo mientras lo dice, el movimiento que sobra, lo veo porque llevo notándolo en las muñecas dos veranos.
Pero lo hago en este orden porque me lo enseñó mi padre con sus manos encima de las mías, y esa razón no está en ninguna libreta ni pienso ponerla en una.
—Lo haré mirar —digo, que es la frase que uso para no decir ni sí ni no.
—¿Por quién? —dice Óscar, sinceramente interesado, y ahí lo dejo con su libreta, porque hay preguntas que no saben lo que preguntan.
Antes de irse lo intenta una vez más, con educación de instancia oficial:
—Otra cosa. La cámara vieja. Si me dejas los registros de temperatura de los últimos meses, te modelo la deriva por franjas horarias. Sabrías cuánta vida real le queda, con margen de error y todo.
—Los registros son de la casa.
—Lo entiendo. —Y lo raro es que se ve que lo entiende de verdad. Cierra la libreta con la gomilla, clac—. La oferta no caduca. Los datos envejecen mejor que nosotros.
Y se va tan tranquilo a apuntar encinas, y yo me quedo con una sensación incómoda que tardo en ponerle nombre mientras volteo piezas: este hombre me cae mejor cuanto peor me cae, que es una categoría de gente que no tenía inventariada.
El jueves es el día en que todo se junta, con esa causalidad de las malas semanas: la cita de Bosco «ha funcionado muy bien en los clips», así que producción quiere más Rocío, más tiempo, otra dinámica por la tarde, y cada hora que me sacan de la nave es una hora que la nave me espera, y a las nueve de la noche llevo el volcado de registros sin pasar, dos lotes cruzados y los riñones de las malas fechas.
La coordinadora de la escaleta viene además con la propuesta de una «dinámica sorpresa» para el viernes por la tarde, y ahí planto el rotulador rojo aunque no lo lleve encima: el viernes es día de cierre de semana en la quesería, volcado, salmuera y preparación de gala, y o me lo dejan limpio o el sábado comparezco con la cara de lo que soy, que ninguna cadena la quiere.
Se lo llevan «a consulta». Vuelven a la media hora: viernes limpio a cambio de «un total de valoración de la semana» el sábado por la mañana.
Firmado con saliva y walkie. Que apunten en su escaleta lo que quieran; en la mía, el viernes vuelve a ser mío.
Y encima los clips. Nuria me los enseña aunque no se los pida, «para que sepas qué está viendo España»: veinticuatro horas de retraso, mis frases de la hoja sobreimpresas encima de los tres, con un ruidito de máquina registradora cada vez que aparece una.
Leandro doblando la lona del tractor con «UNA LLAVE INGLESA CON BARBA» en letras amarillas y el ruidito.
Óscar con su libreta y «PARECE CAPAZ DE EXPLICARME MI PROPIO TRABAJO» y el ruidito.
Bosco entre las ovejas con «DEMASIADO GUAPO» a secas, que ya ni les hace falta la frase entera.
Ellos viven debajo de mis frases. Ese es el formato. Yo firmé y ellos firmaron, y todos cobramos, y aun así hay una cuenta que no está en ningún contrato y que me sé de memoria porque la inventé yo: las palabras se pagan.
A las dos y cuarenta de la madrugada cruzo la vaguada con la linterna apagada, que la luna hace el trabajo.
El campo de noche es mi hora favorita del campo, y me fastidia estar gastándola en esto.
Voy repasando la frase y deshaciéndola, porque una disculpa ensayada es un anuncio, y anuncios ya hace la tele, y cuando piso la explanada del cortijo ya no llevo frase, llevo la deuda a secas, que pesa menos.
Me planto entre la furgoneta de Leandro y el coche de producción, que es el único sitio en dos fincas a la redonda donde no hay un micro ni por contrato.
Le mando un mensaje a los tres, el mismo: «Estoy en la explanada.
Cinco minutos. Sin cámaras. No es del programa».
Bosco baja planchado. A las tres menos cuarto de la madrugada, planchado, con un jersey al hombro.
Óscar baja con la libreta, que ya me creo que duerme con ella.
Leandro baja el último y vestido de día, y entiendo que no lo he despertado, que este hombre estaba con la luz apagada y los ojos abiertos, como los tractores viejos, que se apagan pero no se enfrían.
—Os debo una cosa y os la pago sin público —digo, y me cuesta arrancar la frase siguiente lo que no me ha costado ninguna esta semana—.
Lo que se filtró no lo filtré yo, y esa cuenta no es mía.
Pero las frases sí. Las escribí yo, con mi mano, deprisa y a gusto, de gente a la que no conocía.
Eso no se hace. Perdón por lo que escribí. A los tres.
Se quedan un momento con ello, cada uno a su manera. Bosco reacciona primero, cómo no:
—Aceptado. Y te diré más: era buena la frase. Te lo dice uno que vive de frases, la mía la habría firmado mi mejor guionista.
—Acepto la parte proporcional —dice Óscar—. El fallo de custodia fue del sistema, eso que quede. Pero tu parte, aceptada. Y bien delimitada, por cierto.
Leandro tiene las manos en los bolsillos y el cobertizo detrás, al fondo, cerrado. Me deja terminar el silencio, que es su manera de asegurarse de que era el final, y dice:
—Prefiero la hoja al perdón. Al menos la hoja era gratis.
Y no lo dice con rabia. Lo dice como se lee un parte: esto es lo que hay, esto es lo que marca. Da las buenas noches con la cabeza, a mí y a los otros dos, y se vuelve para dentro, y Bosco tiene la decencia de no llenar el hueco con nada y Óscar la sensatez de no medirlo.
Se quedan un momento, los dos, sin saber del todo cómo se sale de esta escena que no tiene realizadora. Bosco lo resuelve a su manera, que es ofreciendo algo:
—¿Te acompañamos hasta la vaguada?
—La vaguada es mía desde antes que vosotros. Id a dormir, que mañana os madrugan.
—Rocío. —Ya desde la puerta, en voz baja, sin público que lo cotice—. Lo de bajar aquí a las tres de la mañana a decir eso. Que lo sepas: hay gente de mi gremio que cobra por parecer así de valiente.
—En mi gremio a esto no se le llama valentía.
—¿Y cómo se le llama?
—Cerrar el lote.
Vuelvo por la vaguada con la luna dándome en la espalda y la disculpa que me sobra en las manos, la suya, la que no ha querido.
El campo hace sus ruidos de siempre, el autillo, un cencerro suelto, el generador de la tele al ralentí, y yo voy haciendo lo que hago desde los doce años cuando algo no me cuadra: repasar el proceso paso a paso a ver dónde está el fallo.
Y el proceso está bien. La disculpa era buena, iba sin adorno, la pagué entera.
Lo que pasa es otra cosa, y me la digo entrando ya en el patio, para que no se me haga costumbre pensarla: hay hombres que te perdonan para quedar por encima, y este ha preferido no perdonarme para quedarnos en paz.
En la cabeza se me arma sola la ficha, con formato y todo, que hay costumbres que ya no se quitan: «Candidato 59.
Revisión. No acepta perdones: los tasa».
Y debajo, tachado, lo que no pienso dejar escrito ni mentalmente mucho rato: «Tasa bien».