De perdidos, al tractor Capítulo 5 · Leandro
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Capítulo 5 · Leandro

Leandro

La habitación tres tiene una cama estrecha, una silla y un enchufe que baila.

El enchufe lo podría fijar en cuatro minutos con lo que llevo en la furgoneta.

No lo fijo. Me tumbo vestido y me quedo mirando el techo, haciendo la lista que no debería hacer: bomba de agua gripada seguro, manguitos resecos, el cableado pelado en dos puntos que he visto sin buscarlos, gasoil de tres años que ya no es gasoil.

Eso tiene arreglo. Todo eso tiene arreglo.

Es lo que sé hacer desde los catorce años: mirar una máquina parada y ver la lista.

Lo que no sé hacer, por lo visto, es no verla.

Ella ha dicho que el permiso no existe. No ha dicho que no lo da: ha dicho que no existe, que es otra categoría, la misma diferencia que hay entre una pieza descatalogada y una pieza que no se fabricó nunca.

Y yo entiendo de categorías. Lo que me tiene mirando el techo no es la orden.

Es que he dejado una caja de filtro abierta en un cobertizo con palomas, golondrinas y tres años de polvo en suspensión, y una máquina abierta se estropea más deprisa que una máquina parada, y mañana esa caja seguirá abierta por mi culpa, y cerrar la caja es tocar el tractor, y tocar el tractor no existe.

Mi padre decía que el que arregla sin permiso cobra en broncas. Lo decía cobrando en broncas.

Me acuerdo de una, en pasado, porque de noche el pasado no pide permiso, para eso es pasado.

Yo tenía dieciséis años y la vecina del taller, la del corral de detrás, tenía una bomba de riego que se ahogaba, y llevaba semanas diciendo que ya la miraría su yerno.

Su yerno vivía en Bilbao. Un domingo me metí en su corral sin llamar, le desmonté la bomba, le cambié los retenes y se la dejé sonando fina, y me fui tan ancho, con esa satisfacción que no avisa de nada.

La mujer estuvo dos meses sin hablarnos.

No por la bomba: la bomba quedó perfecta.

Porque su corral era suyo, y su avería era suya, y su espera del yerno de Bilbao, que no venía nunca, también era suya, y yo se la había arreglado sin preguntarle si quería tenerla arreglada.

Mi padre me lo explicó con una sola frase mientras pagábamos la paz con un saco de pimientos: «La bomba era lo de menos, hijo».

Tardé años en entender la frase. A ratos creo que la sigo pagando a plazos.

Por la mañana espero a las ocho y un minuto en la puerta de la nave, fuera del vano, donde no estorbo. Sale con el mono de faena y las manos rojas del agua caliente, y me ve, y se le pone la cara de segunda ronda.

—La caja del filtro quedó abierta y el filtro fuera —digo, antes de que arranque—.

Eso es culpa mía, no del tractor. Cerrarlo son cinco minutos: filtro dentro, tapa, lona como estaba.

Se hace delante de ti o de quien tú digas, con tus herramientas, y no se hace nada más.

O me dices cómo lo quieres y lo hace otro.

Se queda medio segundo calibrando, el mismo medio segundo que le vi antes de escribir en la sesión de la tele, imagino, aunque eso no lo vi.

—Delante de mí. Cinco minutos. Y habla lo justo.

Hablo nada. Ella abre el candado nuevo, que ya está puesto con dos vueltas de alambre en la puerta chica, bien rematado, por cierto, y se planta a un metro con los brazos cruzados y el reloj a la vista, sin disimular que cuenta.

Dentro huele a grano viejo, a gasoil dormido y a tiempo quieto, ese olor de los sitios donde no entra nadie, y una golondrina cruza el vano dos veces, escandalizada, reclamando lo suyo.

El filtro sigue en el guardabarros con su nido encima.

Aparto el nido con las dos manos y lo dejo en la viga baja, donde estaba la mancha vieja de haber estado.

El filtro va a su caja con el polvo que trae, que no es día de limpiar.

Tapa, las cuatro grapas, y la lona de vuelta por sus dobleces de siempre, que una lona doblada tres años te dice ella sola por dónde quiere ir.

Las manos me piden dos cosas al pasar: el tapón del gasoil, por oler si está lacado, y el manguito de abajo, por apretar si está duro.

No se lo doy. Salgo con las manos en los bolsillos, que es donde mejor están las manos cuando no existen los permisos.

—Cuatro cuarenta —dice ella, mirando el reloj.

—Sobraban veinte segundos.

No sonríe. Cierra el candado, remata el alambre con un giro de muñeca que no es la primera vez que da, y se va hacia la nave sin despedirse.

Yo me quedo con una cosa rara y pequeña: me ha cronometrado, y no me ha ofendido.

Me han cronometrado clientes toda la vida por desconfianza. Esto era otra cosa. Esto era medir.

El resto del martes es de la escaleta, que aquí es el nombre de una hoja que decide tu día sin conocerte. A las diez, «totales»: una caseta con un taburete, un fondo de sacos de arpillera que no son de esta finca y una redactora con carpeta que me hace preguntas con la palabra «sentir» dentro.

—¿Qué sentiste al leer tu ficha?

—Que estaba bien escrita.

—Ya. ¿Pero qué sentiste?

—Que sobraba la barba. La llave inglesa la compro.

—¿Y al conocerla ayer? ¿Qué te pasó por dentro?

—Por dentro llevo café. ¿La pregunta cuál es?

La redactora pasa una página de la carpeta, respira hondo, prueba por otro lado.

—Vale. Dime tres palabras que la definan.

—¿A ella? —Me lo pienso, porque las preguntas de tres piezas merecen que se les mire el despiece—. Puntual. Exacta. Y la tercera no la sé todavía, que la conozco de ayer.

—¿Y no será «borde»? —desliza, con la carpeta de escudo.

—Será lo que sea cuando lo sepa. Yo no adelanto diagnósticos, que luego el cliente los repite por el bar.

—¿Estás aquí por amor, Leandro?

—Estoy aquí por contrato. Con el amor no hay anexo firmado.

La redactora mira a la cámara, la cámara no la ayuda, y en el monitor de fuera, me entero después, hay tres personas de producción viendo mis contestaciones repetidas y una de ellas es Sonia y nadie se ríe pero nadie las corta.

A las doce me sacan leña que partir que no hace falta partir, «para recurso», y la parto, porque partir leña de mentira sigue siendo partir leña de verdad, que es más de lo que se puede decir del resto del día.

El regidor me pide que la parta «con más rabia».

Le digo que la rabia astilla y que la leña se parte con las caderas.

Se lo apunta en el cuaderno, palabra por palabra, y me da que esa frase va a acabar en una taza.

A la una, la mesa de la comida con los otros dos: Bosco pregunta cosas y escucha las respuestas, que es más raro de lo que parece, y Óscar explica el error de orientación de los paneles del cortijo hasta que Bosco le pregunta si él orienta también las conversaciones.

Luego Bosco me pregunta por el taller, y no por cumplir: por el torno, por cómo se aprende el oficio, por qué se estropea más, y contesta a mis contestaciones con otras preguntas que van a algún sitio.

Este hombre gusta porque le sale trabajárselo, y trabajárselo también es una manera de ser honrado, aunque a mí me pille lejos.

Óscar, a los postres, dibuja en una servilleta el circuito del agua del cortijo y le encuentra dos codos que sobran.

Tiene razón. Se lo digo, que tiene razón, y se pone tan contento que casi me sabe mal que los codos no sean míos y no poder tocarlos.

Por la tarde, la escaleta nos junta a los tres en «dinámica de convivencia»: montar entre los tres la caseta del fotomatón para la gala, siguiendo unas instrucciones que trae la ayudante de arte en un folio plastificado.

El folio está mal. Lo veo en el segundo dibujo: los tirantes van cruzados o la caseta se abre con el primer golpe de aire de la era.

Bosco propone repartir papeles, «tú estructura, yo acabados, Óscar mediciones», que es delegar con maneras de regalo.

Óscar recalcula el folio entero y anuncia que hay un error de concepto.

Yo cojo los tirantes y los cruzo sin decir nada, porque el error de concepto se arregla antes con las manos que con el anuncio.

—El folio dice paralelos —dice la ayudante de arte.

—El folio no va a estar aquí cuando sople el viento.

Se rueda todo, claro. Tres hombres montando una caseta es exactamente el tipo de cosa que esta gente vino a buscar, y en algún momento me doy cuenta de que Bosco me está dando conversación de cara a su cámara buena y colocándome a mí en el lado del sol, y que lo hace por oficio y sin malicia, igual que yo cruzo tirantes, y decido que me da igual: la caseta va a quedar bien montada, que es lo que el folio no tenía previsto.

A las siete, con el equipo recogiendo, entra el viento de la tarde por la vaguada, ese que en la era no avisa, y la caseta ni se inmuta, y la ayudante de arte pasa por delante, la mira aguantar, me mira a mí, y se guarda el folio plastificado en la carpeta sin decir nada, que es la manera que tiene esta profesión de dar la razón.

No lo apunto en ningún sitio. Hay partes que se cierran solos.

Por la tarde, cuando la escaleta me suelta, hago la ronda que no me han pedido: el perímetro por la linde, lejos del cobertizo, que ese ya tiene dueña y candado.

Cuento tres cosas que tienen arreglo y no son mías: el flotador del abrevadero, que cierra tarde y desborda un dedo de agua; una bisagra del portón de la nave que trabaja en falso; el enchufe de mi habitación.

Delante del abrevadero me paso mi mal rato del día.

El flotador es un minuto: se dobla la varilla dos dedos y a correr.

El agua cae por el borde con un hilillo constante, tierra abajo, y quedarse mirando un desperdicio con las manos en los bolsillos, sabiendo el minuto que cuesta, es un ejercicio que no le deseo a nadie de mi gremio.

Lo aguanto entero. Cuento el agua que se pierde como otros cuentan ovejas, me aprendo de memoria los dos dedos exactos que habría que doblarle a la varilla, por si el permiso existe algún día en esta finca para alguna cosa, y me voy sin tocarla, y el mérito no me lo va a ver nadie, que es como se sabe que es mérito.

Las apunto en la libreta de partes, que para eso es mía, y debajo de las tres escribo lo mismo: sin encargo.

De noche llama Chema.

—No te preocupes, pero ha venido uno preguntando por ti al taller. Con traje.

—¿Del banco?

—Del banco no. Ha dejado tarjeta. Pone «representación de talentos».

—Tírala.

—Ya la he tirado. Luego la he recogido para leértela. «Gestión integral de imagen, marca personal y li-cen-cias». ¿Tú qué imagen tienes que gestionar, si en la tele sales apretando tuercas?

—Ninguna. Tírala otra vez.

—Hecho. Otra cosa, los del pivot. Les he mandado presupuesto de la visita de agosto y me han contestado con un audio de dos minutos que era todo el ruido del variador con el móvil pegado.

—¿Y?

—Que lo he escuchado entero. Suena a condensador, Leandro. Te lo digo yo.

—Suena a que en agosto lo sabremos. No abras el armario eléctrico, Chema.

—Que no lo abro. Lo he abierto solo para hacerte la foto que no me has pedido. Te la mando.

—No me la...

Me la manda. La miro, porque una foto de un armario abierto es superior a mis fuerzas, y tiene razón el condenado: el condensador está hinchado como una lata al sol.

Le contesto con dos palabras, «no toques», y me guardo el resto, que diagnosticar por foto es medio oficio y cobrar por ello es el otro medio, y ahora mismo no puedo hacer ninguno de los dos.

—Oye, ¿y allí qué tal?

Miro por la ventana de la habitación tres. Al otro lado de la vaguada está la finca con la luz de la cocina encendida, la nave con su compresor sonando parejo, y el cobertizo a oscuras, cerrado con mi obediencia y su candado.

—Aquí hay mucho que arreglar —digo— y nada que sea mío.

—Eso en tu idioma es que estás bien, ¿no?

—Eso es que buenas noches, Chema.

Cuelgo y saco la libreta, que el día no se cierra solo.

Parte del martes: cierre de caja de filtro, cuatro minutos cuarenta, con supervisión y sin incidencias.

Caseta de fotomatón, tirantes cruzados contra folio, pendiente de viento que lo confirme.

Flotador, bisagra, enchufe: vistos y no tocados, sin encargo.

Releo la lista y me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que el trabajo del día ha sido, sobre todo, el que no he hecho.

Guardo la libreta en la furgoneta, bajo el asiento, al lado de la carta del proveedor, y me acuesto con las manos vacías y limpias, que es la parte de la obediencia que nadie te cuenta: lo bien que se duerme y lo raro que se queda uno.