De perdidos, al tractor Capítulo 4 · Rocío
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Capítulo 4 · Rocío

Rocío

A las siete y cincuenta y nueve de la mañana hay un dron parado en el aire justo encima de la cancela, quieto como un cernícalo, esperando a que sean las ocho.

Lo veo desde la sala de ordeño por el ventanuco, con la última tanda de ovejas todavía en la línea, y compruebo una cosa que ya sospechaba: esta gente respeta lo firmado con la misma cara con que un galgo respeta la caseta hasta que abren la puerta.

A las ocho en punto el dron se mueve. A las ocho y un minuto hay una cámara en la puerta de la nave, otra en el patio y una chica con walkie diciéndole a alguien que «la protagonista está operativa».

—La protagonista está ordeñando —le digo al walkie.

—Recibido —dice el walkie, que va aprendiendo.

A las nueve, la era. Han puesto tres marcas de cinta americana en el suelo, un arco de flores que no son de aquí y a la presentadora, que tiene una sonrisa que se enciende medio segundo antes de que arranque la cámara, como los focos.

A mí me han plantado en una cuarta marca, de espaldas a mi propia casa, con instrucciones de «naturalidad».

—Cuando quieras, Rocío. Recuerda: sorpresa, pero acogedora.

—Yo ya sé quiénes son. Salieron en mi hoja.

—Sorpresa acogedora —repite ella, y se enciende.

El primero en cruzar el arco es el candidato cincuenta y tres, que en persona se llama Bosco y es exactamente la foto: guapo con planificación, las botas impecables, la camisa remangada con escuadra y cartabón.

Camina hasta su marca con un aplomo de desfile, me da dos besos que no le he ofrecido y sale airoso del silencio que le dejo, que tiene mérito, porque mis silencios han tumbado a tratantes de ganado.

—Rocío. Un placer ponerle cara a la letra.

Lo dice con gracia, el desgraciado. Realización pide la entrada otra vez, «más lento», y Bosco repite el cruce, los dos besos y la frase con una exactitud de fotocopia. Siete veces. Las siete iguales. Es su oficio y lo borda, y a mí me da más miedo que si fuera torpe.

El segundo es el cincuenta y siete, Óscar, ingeniero agrónomo, que viene con la mano tendida desde demasiado lejos y me la estrecha con un apretón calibrado, ni flojo ni de feria.

En la segunda toma mejora el saludo. En la cuarta le añade un dato sobre la orientación de la nave.

En la sexta, la presentadora le pide que no mencione «parámetros» y él pregunta cuántas veces puede decir «rendimiento».

Aparte, sin cámara, le dicen que ninguna.

El tercero no repite bien. El tercero es Leandro Moya, que cruza el arco andando como se anda para ir a un sitio, sin desfile, y cuando realización le pide la entrada «otra vez, con más intención», la hace exactamente igual, porque esa es la intención que hay.

A la quinta toma se dan por vencidos. Se planta en su marca, más grande de lo que salía en la foto, con las manos limpias y los nudillos que no se terminan de limpiar nunca, y me dice:

—Buenas.

—¿Qué tal la empacadora de la foto? —le digo yo, porque la presentadora está esperando «un momento» y prefiero elegirlo yo.

—Arreglada antes de la foto.

Y ya está. Eso es todo lo que pasa. La presentadora mira a realización, realización mira a Sonia, que está detrás de los monitores pesando algo con la mirada, y yo me apunto mentalmente que este hombre contesta como yo etiqueto: lo justo y fechado.

Queda la foto de grupo, que llaman «la estampa». Los cuatro delante del arco de flores forasteras, yo en medio, ellos alrededor, y la presentadora pidiéndome «unas palabras de bienvenida, acogedoras, tuyas».

—Si son acogedoras no van a ser mías.

—Pues tuyas —dice Sonia desde los monitores, sin levantar la vista—. Acogedor ya tenemos el arco.

Miro a los tres. Bosco espera la frase con la cabeza ligeramente ladeada, en su ángulo. Óscar espera con atención de tribunal. Leandro mira el arco calculándole el anclaje, y probablemente el arco lo necesita.

—Bienvenidos a la finca. Aquí se madruga, se trabaja y se cena a las nueve. El que a las diez tenga hambre, que revise sus decisiones. —Y como la presentadora sigue esperando, añado lo único amable que es verdad—: La comida de mi madre os va a compensar todo lo demás. Todo lo demás soy yo.

—¡Corten! —dice realización, contentísima, y yo entiendo por qué en cuanto lo repaso: acabo de escribirle el rótulo del martes.

Mi madre y Nuria lo han visto todo desde la ventana de la cocina, apretadas en el hueco con descaro de palco. Cuando paso para la nave, mi madre abre y me saca medio cuerpo:

—El del medio come poco, se le ve en el cuello. El de la libreta come nervioso. El grande come bien.

—¿Y eso a qué viene?

—A que a la gente se la conoce dándole de comer, hija. Lo demás es televisión.

La cita de grupo es por la tarde, y la llaman «encuentro bucólico al atardecer».

La montan junto al abrevadero de las ovejas, que es como montar un bautizo en mitad de la N-430: bonito no sé, tránsito seguro.

Ponen una manta de cuadros que no ha visto un campo en su vida, una cesta de mimbre de atrezo, copas, y dentro de la cesta, envuelta en un paño con una cinta tapando la etiqueta, una torta.

La huelo a tres pasos.

—¿Eso qué es?

—Atrezo gastronómico —dice la ayudante de arte.

—Eso es una torta de supermercado. En mi finca. A veinte metros de mi cámara de maduración. —Levanto la cinta: la etiqueta es de una marca que ni es de la comarca—. Esto no sale en plano. Esto no sale ni del paño.

—Es que la vuestra no estaba presupuestada.

Esa frase la oye Nuria, que anda merodeando el set, y veo el momento exacto en que se le abre una pestaña nueva en la cabeza. No digo nada. Con una crisis por tarde voy servida.

La cita empieza con el sol bajando y unas tarjetas con preguntas que la presentadora reparte «para conocernos»: que si un defecto, que si un sueño, que si «tu lugar favorito del mundo».

Bosco contesta el primero con una historia de su abuela que dura un minuto exacto y deja a dos técnicos tragando saliva.

Óscar dice que su lugar favorito depende de la estación y pide precisar la pregunta.

Leandro dice «el taller» y no lo adorna, y la presentadora espera el resto durante cuatro segundos larguísimos que van a ser oro en el montaje, lo sé porque Sonia, detrás, deja de mirar el móvil.

Luego la presentadora gira la tarjeta hacia mí, que eso no estaba pactado o sí y me da igual, porque las trampas de esta gente ya me las voy sabiendo.

—Rocío, la misma: un defecto.

—Corrijo exámenes que nadie me ha pedido corregir.

—¿Eso es un defecto?

—Pregúntele a España.

Se ríen los técnicos, que es la única risa de este circo que me creo, porque a los técnicos no les pagan por reírse.

Bosco aplaude dos palmadas justas. Óscar apunta algo, que ya ni pregunto.

Leandro no se ríe, pero se pasa el pulgar por la comisura, una vez, y lo guarda, y yo hago igual que él: lo apunto sin papel.

Y a las ocho y media en punto llegan las ovejas.

Nadie les ha dicho que hay rodaje. Vienen al abrevadero como vienen todos los días de su vida, por la vereda de siempre, con la determinación de un tercio viejo, y el «encuentro bucólico» está plantado exactamente entre ellas y su agua.

Primero es una avanzadilla, luego es el rebaño, y en dos minutos hay ovejas entre las marcas de cinta, ovejas oliendo la cesta, una oveja con medio mantel de cuadros por la cabeza y un regidor subido a una banqueta diciendo «que nadie corra» mientras corre.

Óscar es el único que lo vio venir: se levantó medio minuto antes, sin avisar, y puso a salvo las copas y el generador de sonido, «por las rutas de querencia», dice, y tiene toda la razón y nadie le hace caso.

Bosco hace lo que sabe: se queda en medio, sereno, se deja rodear, le rasca la cabeza a la del mantel y sonríe, y juro que el rebaño entero mejora en cámara.

Leandro no toca una oveja: se agacha, saca el cable del generador del barrizal del abrevadero, lo cuelga alto en dos vueltas y vuelve a su sitio antes de que nadie le haya visto hacer nada, que ya me voy fijando que es su manera de hacer las cosas.

La torta de atrezo acaba en el suelo, pisada, y la oveja mayor se la come con la parsimonia de quien no está impresionada.

—La oveja tiene mejor criterio que vuestro departamento de arte —digo, y tres micros lo cazan a la vez, y por la cara de Sonia entiendo que acabo de trabajar gratis.

Al recogerse el set me quedo a lo mío. La ronda de la tarde: cámara, salmuera, cerrar la nave. Y en la ronda veo lo que no tendría que estar viendo: la puerta pequeña del cobertizo de la era, la del lateral, entreabierta.

No es el candado. El candado está en la puerta grande, echado. Es la puerta chica, la de la chapa remendada, la que se hincha y no cierra desde hace años y por eso mismo nadie la abre, porque abrirla cuesta un empujón que hay que querer dar.

Dentro está Leandro Moya, con la lona del tractor doblada hacia atrás justo hasta el morro, ni un palmo más, la tapa de la caja del filtro abierta y el filtro a medio sacar, con un nido viejo de golondrina encima como un sombrero.

Trabaja sin luz, con la linterna del móvil en la boca, y no me ha oído entrar, y durante dos segundos veo lo que ve él: una máquina parada con polvo de tres años, que para un hombre como este debe de ser lo que para mí una pieza a la que se le está pasando el punto.

El tractor de mi padre. Con las manos de un extraño dentro.

Tres años lleva ese motor callado, desde el mediodía en que lo apagó quien lo apagó, y en esta casa lo sabemos los que lo sabemos y no se habla, y funciona así de bien: no hablándolo.

La lona la doblé yo. El candado lo eché yo.

La puerta chica se quedó hinchada porque a las puertas también les pasa, y nadie de esta familia la ha empujado en tres años, porque empujarla cuesta un empujón que hay que querer dar, y aquí nadie ha querido.

—Fuera.

Lo digo una vez y bajo. Deja el filtro sobre el guardabarros, con el nido y todo, se saca la linterna de la boca y sale delante de mí, sin una palabra, agachando la cabeza en el dintel.

Fuera ya no hay atardecer bucólico: hay una cámara de mano a diez metros, la de la operadora seria, y el regidor, y dos técnicos enrollando cable, y Nuria, y por la esquina de la nave asoma mi madre con el paño al hombro. Público. Pues público.

—Esto va para ti y de paso para todos. —No levanto la voz.

La afino, que es peor—. Ese cobertizo no está en el plano que habéis alquilado.

Y ese tractor no se toca. No se limpia, no se arranca, no se diagnostica y no se mira con ideas.

Ni hoy, ni la semana que viene, ni la última.

Ni con permiso. Porque el permiso no existe.

La era se queda con ese silencio de después de un portazo, aunque no haya habido portazo. La cámara de mano graba. Que grabe. Leandro Moya me sostiene la mirada lo justo para que quede claro que no agacha, y luego dice:

—Entendido.

Y se va hacia el cortijo por la linde, con el paso de ir a un sitio, y no discute, y no explica, y no pide perdón, y me deja plantada en mitad de mi propia era con toda la razón en la mano y sin nadie contra quien usarla, que es una sensación que conozco de otra asamblea y que no sabía que se podía repetir tan pronto.

Mi madre se retira de la esquina sin decir nada, y que mi madre se retire de algo sin decir nada es el ruido más grande que se ha oído hoy en esta finca.

Nuria se queda, con el móvil abajo, que también tiene su mérito, y la operadora seria baja la cámara y se pone a enrollar cable de espaldas, dándome un minuto que no le he pedido y que le agradezco sin decírselo, porque hoy ya he gastado el cupo de decir cosas.

—Nuria —digo—. Tráeme alambre y el candado nuevo del almacén.

—¿El de la verja?

—El de la verja. Esta noche esa puerta queda cerrada aunque tenga que coserla.

Coso la puerta con las últimas luces, dos vueltas de alambre bien rematadas y el candado en el pasador que aún aguanta, y cuando termino me quedo un momento con la mano en la chapa remendada, que remendó quien la remendó, y desde la era me llega el generador de la tele zumbando y una risa de técnico, y pienso que mañana este circo va a seguir girando igual, con dinámicas y tarjetas y arcos de flores de fuera, pero con una cosa nueva que hoy no existía: ahora todos saben dónde está la línea.

Empezando por mí, que la acabo de dibujar en directo sin haberla visto nunca entera.