De perdidos, al tractor Capítulo 7 · Rocío
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Capítulo 7 · Rocío

Rocío

El viernes a las seis y cuarenta la ordeñadora decide acordarse de su edad.

La bomba de vacío empieza a cazar, sube y baja de régimen con un lamento de gaita vieja, los pulsadores pierden el ritmo, y en la línea tengo a medio rebaño esperando con las ubres cargadas y a la otra mitad ya ordeñada, y una máquina que agoniza justo en las dos horas del día en que, por contrato y por rotulador rojo, aquí no puede entrar ni una cámara, ni un técnico, ni un alma de la tele.

Hago el triaje que se hace: paro la línea antes de que el vacío irregular haga daño donde no se ve, saco a las que estaban puestas, y mando a Nuria, que ha bajado en pijama al oír el lamento, a apartar a las tres más cargadas, las que peor esperan, para aliviarlas a mano si esto se alarga.

Nuria ordeña a mano como quien firma con la izquierda, pero para aliviar llega, y protesta lo justo, que mi hermana será de pantallas pero sabe cuándo una mañana no está para comentarios.

Mientras tanto yo abro el cuadro de la bomba y me encuentro con lo de siempre cuando una máquina vieja se queja: que se queja de todo a la vez y no te dice de qué se muere.

El rebaño, en el patio de espera, ha empezado ese rumor de pezuñas y balidos cortos que cualquiera de aquí traduce sin diccionario: se nos hace tarde.

Un alma de la tele, no. Pero a las siete y cinco se abre la puerta de la nave y entra Leandro Moya, en mangas de camisa, con el pelo de no haber dormido y la certeza de haber oído lo que yo estoy oyendo.

—¿Quién te ha dado...?

—La bomba se oye desde el camino. —Ya está dentro. Ya está al lado del grupo de vacío, agachado, con la oreja puesta—. Caza el regulador. ¿Cuándo se limpió?

—En marzo. Oye...

—Ahora no.

Y me lo dice a mí. En mi nave. Con mis ovejas esperando. «Ahora no.» Me arden las dos palabras en el sitio exacto donde guardo las cosas que se cobran, y a la vez, y esto es lo que no le perdono, tiene razón el maldito: ahora no. Ahora hay medio rebaño sin ordeñar.

Trabaja como pensé que trabajaría cuando le vi las manos en la foto, y me fastidia haberlo pensado.

Desmonta el regulador de vacío con mis herramientas, que encuentra sin preguntar, que eso también se cobra; lo sopla, lo baña en la gasolina del bote de limpiar, saca con la uña una costra de grasa vieja y me enseña el muelle sin mirarme, como a un aprendiz.

—Sujeta aquí. Firme.

Y sujeto. Esa es la parte que más me va a costar tragar cuando lo repase esta noche: que sujeto sin discutir, con las dos manos donde me dice, notando la vibración de la bomba entrar por las palmas, y que trabajamos siete u ocho minutos a cuatro manos, él pidiendo por el nombre de la herramienta y yo dándosela antes de que acabe la palabra, con la coordinación de los que llevan años, sin llevar ni una semana ni ganas de llevarla.

En mitad de eso pasa una cosa de trabajo y de nada más: me pide la llave del ocho, la tengo cogida ya, y al dársela me dice «buena mano», dos palabras, sin levantar la vista del regulador, y yo las cojo y las suelto en el mismo movimiento, que en esta nave los cumplidos se procesan después del ordeño o no se procesan.

Encuentra la segunda avería por el silbido: una raja fina en el colector, y la sella con un rollo de cinta de butilo que lleva en el bolsillo del mono, porque por lo visto hay hombres que salen a pasear al amanecer con cinta de butilo, por si acaso el mundo se rompe delante de ellos.

—Esto tiene arreglo —dice, apretando la última vuelta—. El de verdad, el lunes: junta nueva y revisar la bomba. Esto aguanta el fin de semana si nadie lo toca.

A las siete y cuarenta la bomba coge un régimen parejo, los pulsadores vuelven a su compás de siempre, ese chasquido doble que es mi metrónomo desde los doce años, y el ordeño sale entero con veinte minutos de retraso.

A las ocho en punto, como los galgos, entra la primera cámara por la puerta y se encuentra la función terminada, la máquina sonando fina y a los dos protagonistas de espaldas, y el regidor dice por el walkie una frase que pienso bordar en un cojín: «Lo bueno ya ha pasado, repito, lo bueno ya ha pasado».

Me lavo, cierro la línea y voy a donde está él, recogiendo mis herramientas en mi orden, que se lo ha aprendido en una mañana y eso es lo más insolente de todo.

—Dos cosas, y las dos van en serio. —Espero a que se enderece—. La primera: gracias. La junta, el regulador, los veinte minutos. Eso ha sido trabajo bueno y te lo debo.

—No se debe. No era mío y lo he tocado igual.

—Esa es la segunda. —No me ablando, porque va en serio—. En esta nave no se entra sin preguntar, no se cogen mis herramientas sin preguntar, y sobre todo, a mí no se me dice «ahora no» entre estas cuatro paredes ni aunque tengas razón. Sobre todo si tienes razón.

Se limpia las manos con el trapo, despacio, y por primera vez desde que ha entrado me mira más de un segundo seguido. Se toma su tiempo, que este hombre las contestaciones las aprieta al par que marca el fabricante, ni más ni menos.

—Recibido —dice. Y ya en la puerta, sin volverse—: El compresor de la cámara también se oye desde el camino. Por si algún día existe el permiso.

Y se va, y me deja con una frase dentro de la nave que va a estar sonando más días que la bomba, porque una cosa es que te arreglen la máquina y otra es que te digan, con el idioma de uno, que te han estado escuchando la casa entera desde el primer día.

La gala es el sábado a las nueve, en directo, desde el plató de la era, y España lleva toda la semana afilándose. A las ocho, Nuria me trae «el vestuario que propone producción»: un vestido negro, entallado, de villana de sobremesa.

—Diles que muy bonito. —Me pongo el mono blanco recién planchado, el bueno, con el bordado de Torta de Valcabrera en el pecho—. Yo a los directos voy de trabajar, que es a lo que vengo.

—Te van a llamar borde.

—Me llaman borde desde antes de tener tele. Que por lo menos rime con el rótulo.

Mi madre me para en el pasillo con el cepillo de la ropa en la mano, me repasa los hombros del mono como si fuera a tomar la primera comunión y me deja dicho lo suyo sin mirarme, que así deja dicho lo importante:

—Contesta lo que quieras, que para eso es tu boca. Pero acuérdate de que ahí fuera hay madres viendo la tele con sus hijos feos. —Me da la vuelta, me quita una pelusa—. Y saluda a las monjas si puedes, que me lo han pedido por teléfono.

—Mamá, es un directo de máxima audiencia.

—Por eso. Cuándo las van a saludar si no.

El plató por dentro es la era disfrazada de sí misma: tarima, dos gradas pequeñas para el equipo, la valla del camino llena de coches de la comarca aparcados de morro, viendo el resplandor desde fuera como quien ve una verbena a la que no lo han invitado.

La presentadora, encendida del todo, explica el mecanismo con esa voz de leer premios: tres piezas, dice, la semana en la finca, la cita de la semana y los aspirantes; después, «La revisión», donde el público ha votado durante toda la semana, entre las fichas anónimas de la famosa hoja, la que quiere ver revisada en directo; y la pregunta, una sola, que la protagonista está obligada a contestar.

Rótulo grande al arrancar: TORTA DE VALCAbrERA. Una vez. Lo conté.

Las piezas pasan y me veo desde fuera por primera vez: la oveja comiéndose el atrezo, mi frase del criterio, la prohibición del cobertizo entera, sin cortar, con mi voz afinada dando miedo hasta a mí.

Cuando la pieza llega al «porque el permiso no existe», el plató se queda un momento sin toser, y miro de reojo a los tres, que están sentados a mi izquierda en sus taburetes de invitados: Bosco viéndose con ojo técnico, Óscar tomando una nota, y Leandro quieto, mirando la pantalla donde él mismo dice «entendido» y se va por la linde, comprobando que la pieza montada coincide con el despiece.

En la pieza de los aspirantes, Bosco borda un total sobre su abuela, Óscar consigue decir «rendimiento» dos veces, y luego sale Leandro en el taburete, con la redactora en off preguntándole qué sintió, y él contestando «que sobraba la barba, la llave inglesa la compro», y el plató de la era, que es todo técnicos cansados, se ríe de verdad, y en la pantalla del muro social la frase empieza a subir sola, LLAVE INGLESA CON BARBA, en mayúsculas, camino de donde suben las cosas que ya no se pueden bajar.

—Y llega el momento —dice la presentadora, con el sobre en la mano—. España ha votado. La ficha que la protagonista revisará esta noche es... —lo abre despacio, que el directo se paga por segundos— ¡la del candidato cuarenta y seis!

En la pantalla, mi letra ampliada: «Busca mujer natural. Adjunta cuatro filtros».

—Rocío. —La sonrisa al máximo—. La pregunta de esta noche: ¿la mantiene, la matiza o la retira?

Miro la cámara uno, que me han dicho que es la buena, y pienso en el hombre del perfil cuarenta y seis, que estará viéndome desde algún salón, y en los otros cincuenta y nueve, y en los tres que tengo sentados a mi izquierda cobrando por semana, y en la cuenta que dije que me sabía: las palabras se pagan. Pues se pagan por adelantado.

—La mantengo. Los filtros eran cuatro. Los he vuelto a contar esta tarde.

El muro social se pone blanco de subir. La presentadora dice «¡sin piedad!» con un júbilo que no disimula, deja pasar el rugido, y prueba a alargar la vena con la sonrisa al once:

—¿Y no le da ninguna pena el pobre hombre, Rocío?

—Esa es la segunda pregunta. —Levanto un dedo, tranquila, y señalo hacia donde intuyo que estará el de legal—. El contrato dice una.

Y el plató entero, que es todo gente que vive de contratos raros, suelta una carcajada que no estaba en la escaleta, y la presentadora recula con oficio, «¡y cumple el contrato mejor que mi cadena!

», y en la grada un eléctrico aplaude solo y se corta.

Antes de que dé paso al cierre, levanto la mano.

—Una cosa que no es contestación, que las contestaciones ya están pagadas. —Miro a la cámara uno—. Un saludo a las monjas de Cáceres, de parte de mi madre.

Y ahí sí que descoloco al directo entero, porque la villana nacional mandando recuerdos a un convento no estaba en ningún guion, y en la grada técnica oigo la risa de mi madre por encima de todas, una sola carcajada de campana, y el muro social se parte en dos mitades que van a discutir hasta el martes.

Me quedo muy quieta en mi marca, con mi mono planchado, oyendo a España ponerme el traje de villana con manga y todo, y descubro una cosa que no pienso contarle a Sonia: defenderse en directo y afilar una ficha en mi cocina son el mismo músculo. Y el músculo está entrenado.

Después del directo la era tarda una hora en apagarse. Sonia cruza el plató vacío hacia mí con el móvil en la mano y la cara de los buenos balances.

—¿Ves? —dice, enseñándome una curva que sube—. Televisión.

—Queso —le digo yo, enseñándole el bordado del pecho.

Se ríe de verdad, una vez, corta, y se va dando órdenes para el desmontaje parcial.

En el grupo de la familia, que miro mientras me desabrocho el cuello del mono, hay catorce mensajes de Nuria en mayúsculas, un audio de mi madre de seis minutos y el resumen correspondiente: que han llamado las monjas al fijo, en mitad del directo, y que la hermana tornera ha dicho que muy bien todo pero que la villana esa que sacan no se parece nada a mí.

Le doy a guardar al mensaje, que hay periciales que conviene conservar.

Nuria me alcanza en el camino de la casa, con el móvil por delante y aquella pestaña abierta en la cabeza desde el día de la torta de atrezo, y me enseña la pantalla: la frase de la llave inglesa impresa en una camiseta de mentira, un montaje que ha hecho en veinte minutos, con la tipografía amarilla de los clips.

—Dime que no —dice, con la cara de que le diga que sí.

—Mañana —le digo, que el domingo no hay cámaras y los errores descansan, y ella lo celebra por adelantado con un baile corto de hombros, porque en el idioma de mi hermana un «mañana» mío ya es media licencia firmada, y sigo andando hacia la nave, que con gala o sin gala a la cámara vieja hay que tomarle la temperatura antes de dormir, y esta noche, por primera vez desde que empezó el circo, el relé no tiene la culpa de que me quede un rato de más mirando el termómetro, pensando en compresores que se oyen desde el camino.