De perdidos, al tractor Capítulo 2 · Rocío
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Capítulo 2 · Rocío

Rocío

A las ocho y cuarto de la mañana entro en la cooperativa a por cuajo y sal, que la vida sigue aunque España opine, y el silencio que se hace es de los que tienen público. Junto al mostrador hay cuatro. Tres miran el suelo. Braulio me mira a mí.

Braulio tiene sesenta y seis años, una zamarra que se pone hasta en junio y una memoria en la que no se pierde nada. Levanta el móvil sin prisa, con la pantalla hacia el grupo, no hacia mí.

—Cuarenta años sin dar una entrevista —dice— y la primera nos la da a todos a la vez.

Alguien ríe bajito y se arrepiente a medias. Yo cojo mi caja del mostrador, firmo el albarán y me guardo el bolígrafo en el mono, que es mío, de las otras veces.

La de la caja, que me conoce desde que venía a por regaliz, me cobra mirando la pantalla del datáfono con un interés que el datáfono no merece.

Nadie pregunta nada. En los pueblos las preguntas no hacen falta: basta con dejar un silencio bien puesto y esperar a que lo llene el interesado.

Yo no lo lleno. Ese juego me lo sé y lo invento yo.

Hace nueve años, en la asamblea de octubre, leí en voz alta los números del acuerdo que Braulio había negociado con la distribuidora.

Los leí bien leídos, partida por partida, delante de la asamblea entera, hasta que no quedó nada de pie, ni el acuerdo ni él.

Tuve razón. Se perdió el dinero igual. Y el pueblo hizo su cuenta: la razón se olvida y la forma se hereda.

Desde entonces soy la borde de los Cárdenas y Braulio es el hombre al que la borde de los Cárdenas dejó en ridículo.

Nueve años dan para muchos buenos días helados.

—Que aproveche la fama —dice cuando ya estoy en la puerta.

—Que aproveche el vídeo —contesto, y me arrepiento antes de llegar al coche, que es exactamente mi problema y exactamente en ese orden.

En la finca, el teléfono fijo de la quesería, que no sonaba desde el pedido de las monjas de Cáceres, suena tres veces antes de comer.

Un distribuidor de Badajoz «por curiosidad».

Una radio. Un número oculto que respira.

Nuria ha puesto las redes de la quesería en privado y las suyas en modo trinchera, y va leyendo el frente en voz alta aunque nadie se lo pida: que si hay un hilo con mis mejores frases ordenadas por crueldad, que si alguien ha hecho camisetas ya, que si me llaman la villana de la dehesa.

—No las compréis —digo.

—Se están vendiendo solas —dice Nuria, con un tono que no me gusta nada, porque no es de pena.

El distribuidor de Badajoz llama otra vez por la tarde y esta vez lo cojo yo, porque a la curiosidad hay que mirarla a la cara.

—Rocío, mujer, que llevamos años queriendo trabajar con vosotros y nunca cuadraba.

—Cuadraba igual que hoy. Lo que no había era ruido.

—Bueno, el ruido también vende.

—El ruido vende ruido. Yo vendo torta de sesenta días. Si quieres torta, mándame un correo con volúmenes y te contesto en dos días. Si quieres ruido, la tele empieza pronto.

Cuelga prometiendo el correo. La radio de después ofrece «contar mi versión» y decido que mi versión no se cuenta: se ordeña, se cuaja y se factura.

Le digo a Nuria la norma nueva de esta casa y la apunta en el grupo con mayúsculas: nadie habla con nadie, todo por escrito, y de la hoja, ni una palabra.

Es la primera decisión que tomo desde el viernes que no me toma ella a mí, y me sabe a poco y a mía.

Sonia llega al día siguiente a las diez, con el mismo coche de alquiler y una carpeta que deja sobre la mesa de la cocina como quien sirve el plato fuerte.

—Antes de nada: lo de la filtración se está investigando. —Lo dice de corrido, con las palabras muy limpias—. Los perfiles iban recortados, sin nombres, sin datos personales. Legal está tranquilo.

—Legal estará tranquilo. Yo tengo a mi madre rezándole a la Virgen de Guadalupe y a un señor respirándome en el contestador.

—Y tienes a media España sabiendo que existe una quesería en Valcabrera.

—Abre la carpeta—. Rocío, ha pasado una cosa fea y de las cosas feas se sale de dos maneras: pidiendo perdón en un comunicado que no va a leer nadie, o cobrando.

La cadena quiere rehacer la edición contigo.

Formato nuevo. Los tres hombres que peor puntuaste, aquí, en tu finca, seis semanas, a demostrarte que te equivocaste.

Galas los sábados. Cuarenta y cinco mil al cierre, campaña nacional para la torta y la obligación de comparecer y contestar una pregunta por gala.

Nadie te puede obligar a elegir a ninguno. Eso va por contrato.

—¿Quiénes son los tres?

—Los tres que peor puntuaste. Con nombre y cara cuando firmen la cesión, que están en ello. —Me mira por encima de la carpeta—. Los conocerás como los conocerá España: presentados. Es mejor así, créeme. La primera cara que se pone es la que se queda.

—O sea que voy a convivir seis semanas con tres desconocidos a los que insulté por escrito y no me vas a decir cuáles son.

—Te voy a decir una cosa mejor: ninguno viene enfadado. Vienen ofendidos, que en televisión es un sentimiento con mucho más recorrido.

—No.

—La oferta caduca el martes. Cuarenta y ocho horas. —Cierra la carpeta con la misma suavidad con que apagó la tablet—. No te lo tomes como presión. Es que el share no espera ni a su madre.

—¿Y si digo que no?

—Entonces yo he perdido una edición y tú una cámara de maduración. —Se levanta—. Yo recupero lo mío antes.

Esa noche, en la cocina, mi madre pone la tortilla en el centro, se sienta, se alisa el mandil y dice, con la voz de contar cuánto ha costado el pienso:

—Los papeles los mandé yo. En febrero. Pedían queserías con mujer al frente y pagaban. Nuria solo los llevó a Correos.

Nuria se mira las manos. Yo me quedo con el tenedor a medio camino.

—¿Me apuntaste a un programa de buscar novio sin decírmelo?

—Te apunté a una campaña de publicidad que traía un novio de regalo. —Corta pan—. El novio lo tiras y la publicidad te la quedas. Como los sobres del detergente.

—Mamá.

—Lo otro, lo de tus frases por ahí, eso no salió de esta casa. —Me sostiene la mirada, y en eso no hay refrán que valga: es verdad y las dos lo sabemos—. Yo di tus datos. Punto.

—Diste mi vida.

—Di tu quesería. —Se levanta a por el aceite, de espaldas—. Que también es la mía, y la de tu padre, que en paz esté, y la de esta, que no se va a ir del pueblo mientras haya baldas que llenar. Come.

No como. Friego. Fregar es lo que hago en esta casa en lugar de gritar, y esa noche dejo la pila como un quirófano. Nuria se queda secando, que es su manera de no irse.

—Yo sabía lo de Correos —dice al tercer plato—. Pensé que no te cogerían. Cogen a una entre miles.

—Me cogieron.

—Ya. —Deja el paño—. Es que escribes muy bien, Rocío. Hasta para que te arruinen la vida escribes muy bien.

Le tiro el estropajo y falla por poco, y ahí se acaba la bronca de esta casa, que es como se acaban todas: sin acabarse.

A las tres y veinte de la madrugada, el compresor se para del todo.

No pita: se calla, que es peor. Me despierta el silencio.

Bajo con la linterna, con Nuria detrás en pijama y botas de agua, y nos plantamos delante del termómetro con la puerta de la cámara cerrada a cal y canto para conservar el frío que queda.

A las cuatro menos diez ha subido medio grado.

A las cuatro y media, otro medio. Nuria trae una manta y dos cafés y hacemos números en la libreta del clavo, alumbrándonos con el móvil: ciento sesenta piezas dentro, sesenta días de trabajo por pieza, y una regla de tres que no pienso terminar en voz alta.

Mi hermana, que para las redes es un torbellino y para los números es de fiar, escribe la cifra final, la mira y le da la vuelta a la libreta.

—¿Rezamos? —dice, medio en broma.

—Reza tú, que a mí me conoce.

El técnico de Castuera, al teléfono a las seis, bosteza y da un veredicto de forense: el relé aguanta, el compresor no; puedo ir tirando a golpes semanas o meses, nadie firma cuánto, y la cámara nueva vale lo que vale, con una entrada que no tengo ni vendiendo el coche.

A las cinco y diez el compresor arranca solo, por su cuenta, como para dejar claro quién decide aquí las noches que duermo.

A las siete y cincuenta y ocho llamo a Sonia. Contesta al primer tono. Esta mujer no duerme o madruga por deporte.

—Una condición —digo—. Esto es una operación comercial. La torta sale en cada gala con su nombre. Torta de Valcabrera. Si vuestros rótulos escriben mal Valcabrera, lo pago con sangre de alguien.

—Hecho.

—Y firmo yo. La administradora soy yo. Mi madre no firma ni una servilleta.

—Ya lo sé —dice Sonia—. Los papeles de los tres hombres se ofrecieron ayer. Solo faltabas tú.

Me quedo un segundo con el teléfono pegado a la oreja y la vista en el patio, donde las perras persiguen algo que no existe.

—¿Ofreciste los contratos antes de que yo dijera que sí?

—Ofrecí antes de que tú supieras que ibas a decir que sí. No es lo mismo. —Se oye un clic de mechero, una calada—. El refrán lo dice: a share regalado no le mires el share.

—Ese refrán no existe.

—Todos los refranes los inventó alguien un martes. Te mando el contrato a mediodía. Bienvenida, Rocío.

Firmo el miércoles con el bolígrafo de la cooperativa, en la mesa de la cocina, con Nuria de testigo haciendo una foto que le prohíbo publicar y mi madre friendo algo que nadie ha pedido, porque en esta casa el perdón se sirve caliente y sin mencionar.

El viernes viene la avanzadilla: una jefa de localizaciones con un plano de la finca impreso en A3 y un rotulador de cada color.

Extiende el plano en la mesa del patio y empieza a poner cruces donde piensan plantar cámaras, y yo cojo el rotulador rojo, que es el idioma que mejor hablo, y pinto dos cosas.

La primera, un rectángulo alrededor de las horas del ordeño en su horario: de seis a ocho de la mañana aquí no rueda nadie, ni un dron, ni un becario, ni una idea.

La segunda, una cruz gorda sobre el cobertizo de la era.

—¿Y ahí qué hay? —pregunta ella, rotulador en ristre, con hambre de localización.

—Un candado.

—¿Y detrás del candado?

—Más candado.

Lo apunta como «espacio no disponible», que es la primera cosa que escribe esta gente que me parece bien escrita.

Y el domingo llega el circo.

Se oye antes de verse: un camión con remolque peleándose con las curvas del camino viejo, y detrás otro, y una furgoneta con el logotipo de Tesela, y otra, y un coche del que baja gente con walkie y prisa de ciudad.

En la era, donde mi padre trillaba y ahora no hay nada, empiezan a descargar estructura de plató: vigas, telas negras, un generador del tamaño de mi primer coche que arranca a la primera, que ya es más de lo que puedo decir de lo mío.

Cruzo la era con el cubo de las perras y los walkies hablan de mí delante de mí, en ese idioma suyo en el que una es «la protagonista» y va en tercera persona aunque esté a dos metros.

—La protagonista está en la era, ¿la protagonista tiene que estar en la era?

—La protagonista vive aquí —le digo al walkie, no al chico, porque el chico solo es la funda.

El walkie se queda pensando. Luego dice: «Recibido», y a mí me da por primera vez desde el viernes una cosa parecida a la risa.

Las perras ladran una hora entera y a la segunda ya se han hecho famosas entre los técnicos, que les tiran media merienda y les buscan nombre nuevo, que es lo que pasa aquí con todo el mundo menos conmigo.

Nuria graba los camiones desde la cancela «para el archivo» y etiqueta el vídeo con el nombre de la torta, que mi hermana estará en guerra pero no descuida la tienda.

Mi madre cuenta cabezas desde la ventana igual que se cuenta ganado, moviendo los labios, calcula raciones y saca la sartén grande sin que se lo pida nadie, porque un ejército invasor también cena, y quien te da de cenar ya no es del todo invasor: esa contabilidad la lleva ella desde antes de que yo naciera.

A las nueve y veinte de la noche, cuando el último técnico se va al hostal de Castuera y la era se queda iluminada por dos torres de luz que zumban, la alarma de la cámara pita dos tonos largos, puntual como una nómina.

Cruzo el patio a oscuras, dejando atrás el plató encendido, y le doy al relé su golpe. Mañana, a las nueve, me presentan a tres hombres que vienen a demostrarme que me equivoqué. El compresor arranca a la segunda. Que vayan cogiendo número.