De perdidos, al tractor Capítulo 3 · Leandro
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Capítulo 3 · Leandro

Leandro

El burofax del proveedor llega un jueves y lo firma la del estanco, porque en este taller cuando llegan las malas noticias yo siempre estoy debajo de algo.

Lo leo a mediodía, sentado en el banco, con las manos limpias a medias.

Tres cuotas del equipo de diagnóstico. Cuatrocientos ochenta cada una.

Reserva de dominio: la máquina es suya hasta el último recibo, y si no me pongo al día, se la llevan.

Lo dice más largo y con dos artículos de una ley, pero es eso.

Doblo el papel por sus dobleces y lo dejo en el visor de la furgoneta, que es donde pongo lo que no quiero perder de vista.

El equipo está a tres metros, en su mesa, conectado al tractor de un cliente de Campanario que «pierde fuerza a media carga».

Sin el equipo, ese tractor es un animal mudo: puedes auscultarlo, adivinar, cambiar piezas a ciegas y cobrar por las tres cosas.

Con el equipo, el tractor habla. Veinte minutos de cables y me dice dónde le duele: el caudalímetro, que manda señal baja y la centralita recorta.

Pieza, par de apriete, prueba. El cliente jura por sus muertos que era el alternador.

—Era el caudalímetro.

—Pues suena a alternador.

—Suena a lo que usted quiera. Marcaba caudalímetro.

—¿Y no será que el aparato ese se inventa lo que le conviene? —insiste, con el sobre en la mano, todavía sin soltarlo.

—El aparato no cobra comisión. Le da igual que sea el caudalímetro o el Espíritu Santo.

—Mi cuñado dice que antes los mecánicos escuchabais el motor.

—Y lo escucho. Pero el motor y yo no hablamos el mismo idioma, y el aparato traduce. Su cuñado, ¿qué arregla?

—Persianas.

—Pues cuando una persiana pierda fuerza a media carga, que la escuche él.

Paga refunfuñando, que es la manera más común de pagar en esta comarca, y yo apunto el parte.

El taller lo levantó mi padre con deudas y yo lo he modernizado con más deudas: la diferencia es que las suyas eran de vino y las mías tienen pantalla táctil.

Sin ese aparato, aquí se hace mecánica de la de antes, que da para ir tirando.

Con él, se hace la que no hace nadie más en media comarca.

Por eso el burofax no es un papel. Es una lista de todo lo que dejaría de saber arreglar.

Suena el móvil. Chema. Está de ruta con la furgoneta pequeña, en una nave de riego cerca de La Coronada, y Chema solo empieza las llamadas de una manera cuando la cosa trae cola.

—No te preocupes, pero el variador de los del pivot ha vuelto a caerse y me han preguntado que para cuándo lo del software, y les he dicho que la semana que viene.

—La semana que viene no puedo, Chema.

—Ya. Por eso te llamo sin preocuparte.

Lo del software es el equipo. Otra vez el equipo.

Cuelgo y hago la lista de siempre en la pizarra de siempre: quién me debe.

Es una lista larga y no la cobro, porque la mitad son vecinos con peor año que el mío y la otra mitad son amigos de mi padre, que es una forma de deuda que no prescribe.

Llamo al primero, a Feli, que me debe la reparación de la cosechadora de junio pasado.

—Leandro, hombre. Te lo pago en cuanto venda los borregos.

—¿Y eso cuándo es?

—Pues cuando se vendan.

—Vale, Feli. —Y antes de colgar, porque lo tengo delante en el patio de su casa cada vez que paso—: Oye, el motor de tu pozo, que le hace un ruido. Me acerco un día y te lo miro.

—¡Si tú lo dices!

Cuelgo y me quedo mirando el teléfono. He llamado a cobrar y he salido debiendo una visita. Mi padre, que era igual, decía que eso era ser buena gente. Yo empiezo a sospechar que es otra cosa que todavía no tiene nombre en esta familia.

Hago la otra cuenta, la de vender. Doy una vuelta por el taller con los brazos cruzados, que es la manera de pasear de los que no quieren tocar nada.

El torno era de mi padre y sin torno esto no es un taller.

El elevador está financiado también. La herramienta de mano se vende a peso y se llora a diario.

Mi padre levantó esta nave debiendo dinero a tres personas y se murió debiéndoselo a dos, y en el entierro las dos me dijeron que sin prisa, que eran deudas de palabra.

Las pagué el primer año, antes que la luz.

A veces pienso que heredé un taller y a veces pienso que heredé una manera de deber.

La vuelta termina donde empezó: en el equipo de diagnóstico, que es lo único de esta nave que sabe algo que yo no sé.

Al banco ni llamo. Al proveedor ya lo llamé el mes pasado, y a un hombre se le puede pedir paciencia una vez; la segunda ya es pedirle dinero, y eso no.

La llamada de Madrid entra el domingo a media mañana, mientras purgo los frenos de un remolque.

Una mujer con voz de leer muy deprisa. Tesela Producciones.

Que si soy Leandro Moya, que si he visto «el contenido viral de esta semana», que mi perfil «ha sido identificado dentro del top de valoraciones con mayor tracción» y que hay «una ventana de oportunidad para reposicionar mi narrativa».

—¿Cuánto y cuándo?

Se hace un silencio corto, de apuntar algo.

—Diez mil euros por la temporada completa.

Mil a la firma, nueve mil al cierre. Seis semanas de rodaje en una finca de La Serena con disponibilidad completa, seis galas de obligada comparecencia.

La condición particular de su caso es consentir la revelación de identidad: usted es uno de los cuatro perfiles peor valorados y el formato consiste en, digamos, darle la vuelta al relato.

Los cuatro peor valorados. Sé cuál es mi frase porque me la ha mandado media comarca desde el viernes, con lágrimas de risa el que menos.

«Una llave inglesa con barba.» La del estanco me ha dejado el recorte impreso junto a la caja, y cuando fui a por tabaco para Chema me miró la barba sin ningún disimulo, comprobando.

—¿Y los otros tres?

—Dos han aceptado ya. El tercero está en ello. El cuarto ha declinado y ha pedido mantener el anonimato, y le adelanto que se respeta escrupulosamente, o sea que ni le busque.

—No pensaba. —Me cambio el teléfono de oreja—. Ese es el listo, ¿no?

—Ese es el que no sale en la tele —dice ella, que tiene su oficio y lo defiende.

Pido el contrato por escrito y me lo leo entero esa noche en la mesa del taller, con el bocadillo en un papel de aluminio y un boli para subrayar.

Un contrato es un despiece: si lo lees por orden y sin saltarte tornillos, no muerde.

Lo de comparecer en las seis galas, claro.

Lo de la disponibilidad de rodaje, claro.

Lo de que puedo negarme a «conductas, preguntas o recreaciones concretas» viene en letra normal, ni pequeña ni grande, y lo subrayo dos veces porque es la primera cláusula que parece escrita para personas.

Y entonces llego a la que no: pueden sonorizar vehículos de producción y «espacios de convivencia».

Escribo en el margen: la furgoneta es mía. No convivo en ella. Vivo.

El lunes por la mañana me pasan con un abogado de la productora que habla en plural de empresa.

—Entendemos la sensibilidad, pero el estándar del formato contempla la sonorización de vehículos.

—De los vuestros. La furgoneta es herramienta de trabajo y vehículo privado. O va por escrito que no se sonoriza, o buscad otra llave inglesa.

Silencio de teclado al fondo.

—¿Aceptaría sonorización puntual previa autorización expresa?

—Aceptaría que lo escribáis: sin micros. Autorización expresa significa que un día tenéis prisa y yo tengo un mal día, y firmo. Sin micros.

—Anexo cuatro —dice al fin, con el tono del que cede una pieza que no sabía que estaba en el tablero—. Vehículo particular del participante: excluido de sonorización.

No es desconfianza. Es que un hombre necesita un sitio donde pensar con las manos quietas.

Firmo el martes por la tarde. La transferencia de los mil llega el miércoles a las nueve y a las once estoy en el polígono de Villanueva, en la oficina del proveedor, delante del calendario de pared de una marca de neumáticos.

—Novecientos sesenta —digo, y pongo el resguardo encima de la mesa—. Dos cuotas. La tercera te la pido aplazada.

—¿Hasta cuándo?

Hago la cuenta con el calendario delante. Seis semanas de rodaje empezando el lunes.

—Hasta el viernes de la quinta semana. Ese día te entra la atrasada y la corriente juntas. Novecientos sesenta otra vez.

Él mira el calendario, mira el resguardo, me mira a mí. Nos conocemos de hace doce años y de dos tractores suyos que le he resucitado gratis en fin de semana, cosa que ninguno de los dos menciona porque para eso está la memoria.

—Viernes de la quinta. —Lo rodea con bolígrafo rojo, aprieta tanto que traspasa el mes, y arranca la esquina de un folio para apuntarme el compromiso, porque este hombre confía en mí pero confía más en el papel—.

Leandro, si ese viernes no entra, el lunes vienen los de la central a por el equipo, y ahí ya no mando yo.

—Entrará.

—¿De dónde?

—De la tele —digo, y por primera vez en toda la semana el que se ríe es él.

El domingo cargo la furgoneta al amanecer.

Herramienta de mano, el maletín de multímetros, ropa para seis semanas, el mono bueno y el otro.

El equipo de diagnóstico se queda en su mesa, tapado con su funda, y le dejo a Chema una nota de tres líneas que en realidad son tres candados: no se presta, no se toca, no se mueve.

En el bar de la carretera, con el café, la tele del rincón repite el vídeo de la semana: la quesera de La Serena saliendo de una nave, regañando a alguien fuera de plano, con un cuchillo largo de salmuera en la mano y un mono blanco manchado.

El rótulo dice villana. El cuchillo dice que estaba trabajando y la interrumpieron.

Son cosas distintas, pero el rótulo lo escribe el que edita.

—¿Tú no eres el de la llave inglesa? —dice el del bar, poniéndome el segundo café que no he pedido.

—Yo soy el de la empacadora de los de Malpartida.

—Pues suerte con la fiera.

Pago los dos cafés, el mío y el que me han diagnosticado, y salgo. Chema me llama cuando ya tengo el motor en marcha.

—No te preocupes, pero los del pivot han llamado otra vez, y les he dicho que el software lo miras tú a la vuelta, en agosto, y me han dicho que en agosto riegan con lo que sea, hasta con un cubo.

—Diles que no rieguen con un cubo.

—Se lo he dicho. Me han preguntado si el cubo también lo cobras tú.

Guardo la carta del proveedor en el visor, donde la vea cada vez que baje el parasol, y salgo del polígono hacia la carretera de Castuera con el sol dándome en el lado malo.

Seis semanas, una fecha en rojo en un calendario de neumáticos y una mujer que me ha resumido en cuatro palabras sin conocerme.

Dos de las cuatro, por lo menos, eran verdad.

Al cortijo de invitados se llega por un desvío señalizado con una flecha de Tesela clavada en una encina, cosa que a la encina no le he preguntado si le parece bien. Es una casa grande encalada, con un runner en la puerta que lleva el walkie como otros llevan el reloj, mirándolo aunque no suene.

—¡Leandro! Qué bien, el segundo. Habitación tres, la maleta te la subo yo, el wifi va regular, mañana a las nueve presentación en la finca, hasta entonces el perímetro es libre pero con los micros de zona común ya activos, ¿vale?

—¿La explanada de fuera es zona común?

—La explanada es aparcamiento.

—Pues aparco.

Dejo la furgoneta en la punta de la explanada, sola, con el morro hacia la salida, que es como se aparca cuando uno viene de trabajar toda la vida.

Antes de bajarme reviso por costumbre los bajos del salpicadero y las viseras, y no hay nada, porque lo firmado se ha cumplido, y aun así me alegro de haber mirado.

Desde la puerta de la habitación tres se oye, en algún sitio de la casa, una conversación con muchas eses de ciudad, y decido que la cena me la salto.

Salgo a fumar el cigarro que no fumo, la manía más barata que tengo, y desde la explanada se ve la finca de los Cárdenas al otro lado de la vaguada: la casa con luz en la cocina, la nave larga, dos torres de plató apagadas en la era y un cobertizo aparte, cerrado, con la chapa del tejado remendada por alguien que sabía remendar.

A las nueve y veinte, con el fresco empezando a bajar, llega desde la nave un pitido.

Dos tonos largos. Para. Al minuto y medio, un golpe seco de metal, y un compresor que arranca con esfuerzo, rascando, y luego coge ritmo.

El runner ha salido a la puerta con el walkie.

—¿Qué ha sido eso?

—Un relé cansado —digo—. Y alguien que sabe dónde pegarle.

Me quedo hasta que el compresor coge su régimen y el ruido se vuelve parejo, de máquina acompañada. Mañana a las nueve me presentan a la mujer que le pega. Apago el cigarro que no he encendido y entro, que aquí las noches, por lo visto, empiezan pronto.