De perdidos, al tractor Capítulo 1 · Rocío
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De perdidos, al tractor

De perdidos, al tractor

Por Lucia Bermejo

© inepub.com

Capítulo 1 · Rocío

Rocío

La salmuera del lote catorce lleva cuarenta minutos esperándome y el candidato treinta y uno declara que su mayor defecto es quererlo todo demasiado. De las dos frases, solo una es un problema mío.

—Este vale —digo—. Pon que vale.

—No te pregunto si vale. —Sonia Requena no levanta la vista de su tablet—. Te pregunto qué has pensado al verlo.

—Que la salmuera no entiende de castings.

Ahora sí levanta la vista. Lleva desde las cuatro sentada a la mesa de mi cocina, con una americana que en Valcabrera solo se ve en bodas y una paciencia de las caras, de las que se facturan por horas.

En la pantalla hay sesenta hombres esperando a que yo opine de ellos.

En la quesería hay ochenta litros esperando a que yo trabaje.

Los hombres pueden esperar sentados. La leche no.

Tesela ha llegado a las cuatro, después de la visita de localización.

Un técnico con medidor de luz lleva toda la tarde por el patio apuntando cosas al cielo, y cuando ha señalado el cobertizo de la era le he dicho que ese cobertizo no sale, y con ese tono que hace que nadie pregunte por qué.

Sonia es la tercera vez que viene desde que el programa apareció en esta casa como aparecen las goteras, sin que nadie recuerde haberlas pedido.

Yo la aguanto por una razón que está clavada con una chincheta en el corcho de la entrada, entre el calendario de la cooperativa y la estampa de la Virgen de mi madre: el presupuesto de la cámara de maduración nueva, doblado en cuatro, con una cifra dentro que no digo en voz alta para que no crezca.

La campaña de la torta y lo que paga el programa son el único plan que tiene esta quesería que no empiece por la palabra banco.

—Rocío. —Sonia gira la tablet hacia mí—. Llevamos veintidós perfiles. ¿Sabes qué has escrito en dieciocho?

—La verdad.

—Has escrito «parece buena persona» dieciocho veces. —Lo dice sin acritud, con el tono de quien lee un análisis de sangre—. Correcto. Educado. No da televisión.

—Es que parecen buena persona. Casi todos. Es lo malo de la gente.

—Hagamos una prueba. —Retrocede en la pantalla—. Candidato veintidós. Léeme lo que pusiste.

—«Parece buena persona.»

—Ahora mírale la foto tres segundos y dime lo primero que te venga. No lo que se puede decir. Lo primero.

Le miro la foto. Camisa de cuadros sin estrenar, sombrero de paja de gasolinera, una azada cogida por donde no se coge una azada.

—Que la azada la ha tocado por primera vez esa mañana.

—Escríbelo.

—Es que a lo mejor el hombre es fontanero y muy majo.

—Seguro. Y cuando quiera un programa de fontaneros majos lo llamo. —Da un golpecito en la mesa con la uña, uno solo—. Escríbelo.

Lo escribo. «Coge la azada como yo cogería un saxofón.» Me sale más largo de lo que pensaba y más verdad de lo que quisiera. Sonia lo lee y no dice nada, pero pasa al siguiente perfil con un movimiento de dedo que tiene algo de croupier repartiendo la buena.

Remedios pasa por detrás con una fuente y la deja en el centro de la mesa sin que nadie la haya pedido. Tortilla. Es la segunda. Mi madre lleva toda la tarde alimentando a esta mujer con una constancia que en otra casa parecería hospitalidad y en la mía parece inversión.

—Coma usted algo, Sonia, que criticar en ayunas da mala uva.

—Nadie está criticando —dice Sonia, y corta un triángulo exacto de tortilla—. Estamos construyendo un relato.

En la puerta del pasillo, Nuria estira el cuello para ver la pantalla.

Mi hermana lleva desde el mediodía intentando hacerme una foto «natural» para las redes de la quesería, que según ella necesitan «contenido de proceso».

Según yo, lo que necesitan es que el compresor de la cámara aguante el verano, pero eso no cabe en una foto.

El pitido llega puntual, como para darme la razón. Dos tonos largos desde la nave. La alarma de temperatura.

—Perdona. —Me levanto—. Esto es en serio.

—Esto también —dice Sonia, pero yo ya estoy en el patio.

En la cámara de maduración hace un calor que no debería hacer.

El termómetro marca trece; tendría que marcar once.

Le doy al relé el golpe seco de siempre, dos dedos por encima de la rejilla, con el canto de la mano.

El compresor tose, se lo piensa y arranca.

Ciento sesenta piezas de torta me miran desde las baldas como ciento sesenta relojes.

Cada grado de más es un día que pierdo. Apunto la hora en la libreta que cuelga del clavo y vuelvo a la cocina con las manos oliendo a sal.

Sonia no se ha movido. Ha pasado tres perfiles ella sola y los ha marcado en rojo.

—¿Puedo? —No espera—. Candidato veintiocho. Escribiste: «buen currículum». Su currículum dice que gestiona experiencias de bienestar ecuestre.

—Tendrá caballos.

—Tiene un paseo en burro los domingos. —Desliza el dedo—. Candidato treinta y cinco: «parece trabajador». En la foto sale regando un césped. En agosto. En Murcia.

—A lo mejor era de mentira el césped.

—A lo mejor. —Junta las manos sobre la mesa—.

Rocío, te voy a explicar mi trabajo y luego tú me explicas el tuyo, y verás que se parecen.

Yo no puedo emitir «parece buena persona».

Es cierto y no sirve, que es lo peor que se puede ser en televisión.

Tú no vendes «esto parece queso». Vendes sesenta días, leche cruda, una raza y un nombre.

Precisión. Pues yo igual. Lo primero que piensas al ver la foto.

Sin traducir. El resto es posproducción.

—Lo primero que pienso no se puede escribir.

—Prueba.

Nuria dispara la foto justo entonces. El flash me pilla con la boca abierta y cara de estar oliendo un lote picado.

—Esa no —le digo.

—Esa es contenido —dice Nuria, y se la guarda.

Cojo la tablet. El candidato treinta y seis se define en su vídeo como «facilitador de sinergias en el medio rural». Lo dice dos veces, la segunda con las manos. Detrás tiene una estantería con tres libros puestos del revés.

Escribo: «Utiliza la palabra "sinergia". Descartado por seguridad».

Se lo enseño a Sonia con la misma cara con que se entrega un examen que sabes que está mal. Sonia lo lee. No sonríe. Asiente una vez, despacio, y me devuelve la tablet.

—Sigue.

Sigo. Y descubro una cosa que no le pienso reconocer a esta mujer en la vida: es más rápido.

La verdad sin lijar sale sola, no hay que redactarla.

El treinta y nueve adjunta un análisis de suelo de su finca; escribo: «Romántico a su manera.

No es mi manera». El cuarenta y uno declara alergia al polen; escribo: «Alergia al polen.

En una dehesa. Valiente o despistado, y no ha marcado valiente».

El cuarenta y cuatro tiene tres faltas en dos líneas; escribo: «Tres faltas en dos líneas.

La tercera es una tilde de más, que tiene mérito».

El cuarenta y seis busca «una mujer natural, sin complicaciones» y lo dice desde una foto con la piel del color de la cera del membrillo; escribo: «Busca mujer natural.

Adjunta cuatro filtros», y Sonia hace un ruido corto con la nariz que en otra persona sería una carcajada.

Remedios recoge la fuente vacía y pone otra, ahora de picadillo, y se queda un momento mirando la pantalla por encima de mis gafas.

—¿Ese cuál es?

—Mamá.

—Por saber. —Se seca las manos en el mandil—. Que luego una se entera la última de lo que pasa en su propia casa.

Lo dice con una tranquilidad rara, de quien pregunta por un tiesto que ha plantado. La miro un segundo de más y ella se va a la fresquera como quien no ha dicho nada.

A las siete menos cuarto suena el fijo y es el pedido de las monjas de Cáceres, que son nuestro cliente más antiguo y el único que negocia como si el purgatorio dependiera de ello.

Lo coge mi madre. Durante diez minutos, en la misma mesa donde España se está jugando mi soltería, Remedios defiende el precio de seis tortas con una mano en la cadera y el paño al hombro, cede media pieza «por ser para quien es» y cuelga con la satisfacción del que ha perdido queriendo.

Sonia lo mira todo con las manos quietas y una atención de perro de muestra que no me gusta nada.

—¿Siempre es así? —pregunta.

—¿El qué?

—Esta casa.

—Esta casa está hoy tranquila —dice mi madre, y le pone delante el picadillo.

El pitido de la nave suena otra vez a las siete y media.

Esta vez el relé necesita dos golpes. Cuando vuelvo, he perdido el hilo, la luz de la cocina ya es de bombilla y me quedan quince perfiles, un volcado de registros sin pasar y la cena de las perras.

Ahí es donde me rompo. No de mala, de prisa.

El cuarenta y ocho posa apoyado en un descapotable con las mangas subidas y el rótulo de su empresa de eventos detrás.

«Demasiado reloj para tanta mano lisa.» El cincuenta y uno lleva chaleco de plumas en julio.

«Frío en julio o marca personal. Malas las dos.

» El cincuenta y tres es guapo de anuncio, con doscientas fotos de botas impecables en portadas de barro limpio, la camisa remangada con escuadra y una sonrisa de la que se fía todo el mundo menos yo.

«Demasiado guapo para saber dónde está el pienso.»

El cincuenta y siete adjunta una carta. Una carta de verdad, con membrete. Ingeniero agrónomo. Me propone, sin conocerme, un plan de optimización para «una explotación tipo de las características de la suya», con porcentajes. Los porcentajes están bien calculados. Eso es lo que más rabia me da.

«Parece capaz de explicarme mi propio trabajo. Peor: puede que tenga razón. Peor todavía: empezaría por decírmelo.»

—Vamos bien —dice Sonia, que ya no mira su tablet. Me mira a mí.

El cincuenta y nueve es distinto. La foto no es de perfil de redes; es de faena.

Un hombre grande, de barba recortada a lo práctico, medio metido en una empacadora abierta, con la mano izquierda sujetando algo dentro de la máquina y la vista en la cámara, interrumpido y sin disimularlo.

Técnico de maquinaria agrícola. Es el único de los sesenta cuya foto huele a gasoil.

Me quedo más de la cuenta y no sé qué escribir, y eso me molesta más que todos los chalecos de plumas juntos.

Al final escribo lo que veo: «Una llave inglesa con barba».

Sonia lee la ficha. Se queda muy quieta, como se queda la gente delante de un décimo premiado. Luego apaga la tablet con un gesto suave, casi de cariño.

—Ya está. Los que faltan los rellenas mañana o no los rellenas. Da igual.

—¿Cómo que da igual? Dijiste que esta noche cerraba el casting.

—Y cierra. —Se cuelga el bolso—. Rocío, ha sido una tarde muy productiva. Remedios, la tortilla, de concurso. Nuria, mándame esa foto.

—¡Esa foto no! —digo, pero la puerta ya se está cerrando y fuera arranca un coche de alquiler que levanta el polvo del camino hasta la carretera.

Ceno de pie, saco el lote catorce de la salmuera con una hora y cincuenta de retraso, apunto el retraso en la libreta y a las doce y diez estoy comprobando el termómetro de la cámara cuando entra Nuria en la nave con el móvil por delante, la pantalla encendida y una cara que no le he visto desde que suspendió las oposiciones.

—Rocío. —Traga—. Que estás en todos lados.

En la pantalla hay capturas. Mis frases.

Mis palabras exactas, con mi puntuación, en cuentas que no conozco, con los perfiles recortados en gris y sin nombres, pero con las fichas enteras.

«Utiliza la palabra sinergia. Descartado por seguridad.

» Los compartidos suben cada vez que Nuria recarga, y Nuria recarga sin parar.

«Demasiado guapo para saber dónde está el pienso.

» Un titular: «La soltera del nuevo reality rural destroza por escrito a cientos de pretendientes».

Debajo, en otra cuenta, ya con foto de la finca sacada de nuestras propias redes: «Es una quesera de La Serena».

Leo mis frases en la pantalla y me pasa una cosa rara: las reconozco todas y no reconozco a la que las firma.

Escritas en la mesa de mi cocina, con la salmuera esperando, eran contestaciones.

Ahí fuera, en negro sobre blanco, sin la tarde alrededor, son otra cosa.

Son un personaje. Y el personaje se me parece lo bastante para que no pueda decir que no soy yo.

Mi madre aparece en la puerta de la nave en bata, con el rosario de viaje en una mano y las gafas de cerca en la otra, que es su equipación completa de emergencias.

—¿Es muy grave?

—Depende de para quién.

Se pone las gafas, lee por encima del hombro de Nuria, mueve los labios. Tarda en llegar a su veredicto lo que tarda en llegar al final de la pantalla.

—Mucha gente es —dice—. Donde comen dos, graban veinte. —Y luego, más bajo, la pregunta que de verdad ha bajado a hacer—: ¿Y esto cobra?

—Mamá.

—Por saber, hija. Por saber.

Me suena el móvil en el bolsillo del mono. Número de Madrid. No lo cojo. Vuelve a sonar. Nuria escribe con los pulgares a una velocidad que da miedo.

—¿Qué haces? —le pregunto.

—Un grupo. —Ni levanta la cabeza—. Familia solo. Lo he llamado «Quesería Cárdenas ANTICRISIS».

El teléfono suena por tercera vez. Madrid otra vez. Le doy la vuelta contra la balda, entre dos tortas, y me quedo mirando el termómetro, que marca once y medio y sigue bajando, porque al menos aquí dentro hay una cosa esta noche que se está arreglando.