Capítulo 31 — LEA
Lola me llamó nada más recibir el mensaje de Damian, con una voz atropellada que apenas conseguí entender del todo.
—Lea, tienes que verlo. Te ha escrito a ti, pero me ha escrito también a mí, preguntándome si sabía dónde encontrarte, y le he dicho que no, que eso te correspondía a ti decidirlo. Está en el mirador de San Nicolás. Solo. Esperando.
Me quedé mirando el mensaje que él mismo me había mandado, releyéndolo tres veces seguidas, sintiendo cómo algo se removía por dentro de mí que llevaba semanas intentando mantener quieto a base de pura determinación.
No he venido a organizarte nada, ni a sorprenderte con ningún plan. Solo he venido a preguntarte, en persona, si hay algún sitio para mí en tu vida todavía.
No había ningún avión privado en aquel mensaje, ninguna joya, ningún gesto calculado para impresionarme. Solo un hombre sentado en un banco, esperando, dispuesto a aceptar un no si ese no era lo que yo tenía que darle.
—¿Qué hago, Lola?
—Eso, cariño, es lo único que no te puedo decir yo. —Su voz se suavizó, con un cariño que se le notaba hasta por teléfono—. Pero si me preguntas qué haría yo, iría. Aunque solo fuera para decirle a la cara lo que sea que necesites decirle, en lugar de dejarlo todo colgado en el aire para siempre.
Colgué, me quedé mirando la fachada del edificio que tenía frente a mí, y al final, sin darle más vueltas de las que ya le había dado durante semanas, empecé a caminar.
Subí las calles empinadas del Albaicín con el corazón latiéndome cada vez más fuerte, sintiendo en cada paso una mezcla extraña de miedo y algo parecido a la esperanza, hasta que llegué al mirador y lo vi allí, sentado de espaldas a mí, con los hombros hundidos de una forma que no le había visto nunca, mirando la Alhambra que empezaba a teñirse de los últimos tonos violáceos del atardecer.
Me detuve a unos metros, sin saber muy bien cómo empezar, y debió de notar mis pasos, porque se giró despacio, con una expresión que mezclaba tantas cosas a la vez que no supe cuál de ellas leer primero: sorpresa, alivio, miedo, y algo más profundo, más callado, que reconocí sin esfuerzo porque yo sentía exactamente lo mismo.
—Has venido —dijo, poniéndose de pie, sin atreverse a acercarse más.
—Casi no vengo.
—¿Y por qué has venido?
Me quedé pensando la respuesta un momento, mirando aquel hombre que había cruzado media Europa sin ningún plan, sin ninguna certeza de que yo fuera siquiera a aparecer, y sentí que la rabia que había cargado durante semanas, aunque seguía ahí, ya no era lo único que sentía.
—Porque me cansé de tener toda esta conversación solo en mi cabeza. Necesitaba tenerla contigo de verdad, aunque me diera miedo.
Nos quedamos mirándonos, con la distancia todavía intacta entre los dos, hasta que Damian rompió el silencio con una media sonrisa que no le había visto desde hacía semanas.
—Te he echado muchísimo de menos, granaína.
—No he venido a que me digas cosas bonitas, Damian.
—Lo sé. He venido yo a decírtelas, que es distinto.
Se me escapó algo parecido a una risa, breve, casi involuntaria, y por la forma en que a él se le iluminó un poco la cara, entendí que aquel pequeño sonido había significado para él mucho más de lo que cualquier palabra hubiera podido expresar.
—Sigo enfadada —dije, aunque la firmeza con la que lo había pronunciado semanas atrás ya no estaba del todo intacta—. Lo que hiciste estuvo mal, Damian. Y no sé si voy a conseguir separar del todo, algún día, lo que es mío de lo que tú construiste para mí sin preguntarme.
—Lo sé. Y no he venido a pedirte que finjas que no pasó, ni a convencerte de que lo olvides sin más.
—Dio un paso, despacio, con cuidado, como quien se acerca a algo frágil sin querer romperlo del todo—.
He venido a decirte que lo siento, de verdad, con todo lo que tengo.
Y a preguntarte, sin ningún plan preparado detrás, si hay alguna forma de que me dejes intentar ganarme de nuevo tu confianza.
Sin hilos. Sin secretos. Solo yo, preguntándote qué necesitas, en lugar de decidirlo por ti.
—¿Y si te digo que necesito tiempo? ¿Mucho tiempo?
—Entonces esperaré. Pero esta vez de verdad, no escondiéndome detrás de la excusa del respeto para no arriesgarme a que me rechaces.
—Sonrió, con una honestidad que le brillaba en los ojos—.
Frederic me dijo algo hace unos días que no consigo quitarme de la cabeza.
Que hay una diferencia entre respetar el espacio de alguien y desaparecer por completo esperando que las cosas se arreglen solas.
Y tiene razón. Llevo semanas haciendo lo segundo y llamándolo lo primero.
Aquello me hizo sonreír, a pesar de todo, porque reconocía perfectamente la voz de Frederic detrás de esa frase, con su forma tan particular de decir las verdades más incómodas sin ningún tipo de suavizante.
—¿Ha sido idea de Frederic que vinieras?
—Ha sido idea mía. Pero sin Frederic, probablemente seguiría en Berlín, dándole vueltas a la pregunta en lugar de venir a buscar la respuesta.
Nos quedamos en silencio un momento, con la Alhambra dorándose cada vez más ante nosotros, y sentí, por primera vez desde la explosión de aquella noche en mi cocina, que quizá había una forma de salir de todo aquello que no fuera simplemente cerrar la puerta del todo y no volver a abrirla nunca.
—No sé si voy a poder confiar del todo, tan rápido —dije, con la voz más suave de lo que pretendía—. Pero tampoco sé si quiero seguir fingiendo que no te echo de menos cada minuto del día.
—No hace falta que decidas nada ahora mismo. Solo dime si hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que quieras intentarlo. Iremos despacio. Todo lo despacio que necesites.
Di los últimos pasos que nos separaban, con el corazón latiéndome tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo, y me quedé de pie frente a él, mirando aquellos ojos de mar nublado que tanto había echado de menos sin querer admitirlo del todo.
—Sigues sin saber pedir perdón sin meter una metáfora de precisión industrial en algún momento —dije, con una sonrisa que se me escapó sin permiso.
Se rio, esa risa tan poco frecuente en él que siempre me había parecido un pequeño regalo, y algo en aquel sonido terminó de romper la última barrera de resistencia que me quedaba.
—Es deformación profesional. Lo siento.
—No lo sientas. Es una de las cosas que más me gustan de ti, aunque me cueste horrores admitirlo ahora mismo.
Se acercó, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme si quería hacerlo, y cuando por fin sus manos encontraron las mías, sentí que algo que llevaba semanas roto empezaba, muy despacio, a recomponerse.
—Te quiero, Lea. Sigo queriéndote exactamente igual que en aquel mirador, la primera vez.
—Yo también te quiero. Y ese es precisamente el problema, que no he dejado de quererte ni un solo segundo, por mucho que quisiera estar enfadada contigo para siempre.
Levantó su mano suavemente, me acarició la mejilla.
Levantó la otra mano y me sujetó la otra.
Yo solo podía mirarlo a los ojos, deseando a que me besara.
Sujetando mi rostro con su manos, se acercó lentamente.
Nos besamos allí, con Granada entera desplegada a nuestros pies y el cielo ya completamente teñido de un violeta profundo, un beso lento, cargado de todo lo que habíamos pasado, de disculpas todavía pendientes y de promesas que ambos sabíamos que tendríamos que cumplir con hechos, no solo con palabras, en los días que estaban por venir.
—Esto no significa que todo esté arreglado —dije, separándome un poco, aunque sin soltarle las manos.
—Lo sé. Y no espero que lo esté. Solo espero que me dejes intentarlo, un día detrás de otro.
—Puedo darte eso.
Sonrió, con una alegría tan genuina que me contagió al instante, y nos quedamos allí un rato más, abrazados, besándonos, viendo cómo la ciudad se iba encendiendo poco a poco bajo un cielo cada vez más oscuro, sin ninguna prisa por movernos, sin ninguna necesidad de resolverlo todo aquella misma noche, sabiendo, los dos, que aquello, fuera lo que fuera lo que viniera después, era exactamente el punto de partida correcto para intentarlo de nuevo.