Capítulo 32
EPÍLOGO — LEA
Colgué la acuarela de mi bisabuela en la pared del salón, justo enfrente del ventanal desde donde se veía la ciudad extendiéndose bajo un cielo de finales de otoño, y me quedé un rato mirándola, pensando en lo lejos que había viajado aquella pequeña pintura desde una cueva del Sacromonte hasta un piso en Berlín que, por fin, después de meses yendo y viniendo entre dos direcciones, había decidido llamar del todo mío.
—Queda perfecta ahí —dijo Damian, apareciendo detrás de mí con dos tazas de café, dejando una a mi lado sobre la mesa—. Aunque sigo pensando que deberíamos ponerle una luz especial, algo que la resalte mejor.
—Es una acuarela de los años cuarenta, Damian, no una pieza de ingeniería de precisión. No necesita ninguna iluminación especial.
—Con esa actitud nunca vamos a mejorar nada en esta casa.
Le empujé el hombro, riéndome, y me senté a su lado en el sofá nuevo que habíamos comprado juntos hacía apenas dos semanas, el primer mueble elegido a medias entre los dos para el piso que compartíamos desde hacía poco más de un mes, un espacio nuevo, ni completamente suyo ni completamente mío, sino algo distinto, construido despacio, sin prisa, exactamente como habíamos prometido aquella tarde en el mirador de San Nicolás.
No había sido un camino sencillo. Los primeros días después de Granada, de vuelta ya en Berlín, habíamos hablado más de lo que habíamos hablado en todos los meses anteriores juntos, sacando a la luz cada duda, cada miedo, cada rincón incómodo de lo que había pasado, hasta que poco a poco, con paciencia y sin ningún atajo, habíamos conseguido reconstruir algo que se parecía, cada vez más, a la confianza que habíamos perdido.
Seguía habiendo días en que alguna frase, algún comentario inocente de Ingrid o de cualquier compañero de la galería, me hacía dudar un instante de más, preguntándome de nuevo qué parte de mi vida en Berlín era completamente mía.
Pero cada vez me costaba menos recordar la respuesta correcta: todo lo que había construido después de aquella primera puerta abierta, cada operación cerrada, cada elogio ganado, había sido enteramente mío, y de eso, con el tiempo, había aprendido a estar segura de nuevo.
El teléfono de Damian vibró sobre la mesa, y por la sonrisa que se le dibujó al leer la pantalla, supe exactamente quién le escribía antes de que dijera nada.
—Frederic dice que este fin de semana no puede venir, que tiene un asunto de la empresa en Kitzbühel.
—Qué raro, últimamente siempre tiene algún asunto de la empresa en Austria.
—Casualidades de la vida.
Nos reímos los dos, porque a esas alturas ya conocíamos bien el patrón: Frederic y Lola llevaban semanas jugando a un tira y afloja que ninguno de los dos parecía tener ninguna prisa por resolver del todo, alternando llamadas larguísimas, mensajes que se alargaban hasta la madrugada, y encuentros esporádicos que ambos se empeñaban en calificar de “bueno, es que teníamos un hueco y así nos saludábamos" aunque cada vez resultara más evidente que había muy poco de casual en la frecuencia con la que coincidían.
Hablé con Lola esa misma noche, tirada en la cama con el teléfono pegado a la oreja, como llevábamos haciendo desde que teníamos dieciséis años, aunque ahora la distancia entre nosotras se midiera en países en lugar de en barrios.
—Bueno, cuéntame, ¿qué es eso de que Frederic tiene un "asunto de empresa" en Austria este fin de semana? —le pregunté, sin poder disimular la sonrisa en la voz.
—Ay, calla. —Se rio, ese sonido tan suyo que todavía conseguía transportarme directamente a Granada, aunque estuviera a miles de kilómetros—.
Me ha invitado a pasar unos días con él.
Dice que quiere enseñarme un pueblo precioso cerca de su cabaña, que hay un mercadillo navideño que empieza estas semanas.
—¿Y vas a ir?
—Claro que voy a ir, Lea, no soy tonta. —Hizo una pausa, con ese tono que ya reconocía como el de cuando quería sonar más despreocupada de lo que en realidad estaba—.
No es nada serio, ¿eh? Seguimos con lo nuestro, sin etiquetas, sin presión.
Simplemente nos apetece vernos, y cada vez nos apetece más seguido, eso es todo.
—Ya, ya. Sin etiquetas.
—Exacto. —Se rio de nuevo, aunque esta vez con un fondo de ternura que no intentó disimular del todo—.
Aunque, no sé, Lea, esto que tenemos, sea lo que sea, me hace muy feliz.
No tengo ninguna prisa por ponerle nombre.
Solo quiero disfrutarlo mientras dure, y si dura para siempre, mejor que mejor, y si no, pues habrá sido una historia preciosa de todas formas.
Me pareció, escuchándola, que aquella actitud tan suya, tan despreocupada en apariencia pero tan cuidadosamente construida por debajo, era exactamente la forma correcta de vivir algo tan nuevo, sin forzar ninguna definición antes de tiempo, dejando que las cosas encontraran su propio ritmo sin la presión de encajarlas en ninguna casilla predefinida.
Colgué con Lola con la promesa de hablar el domingo, como siempre, y me quedé un rato tumbada en la cama, escuchando a Damian trastear en la cocina preparando algo para cenar, pensando en el camino tan improbable que me había traído hasta aquí: desde una sala de subastas en Mallorca, discutiendo con un desconocido que me había arruinado tres semanas de trabajo, hasta aquel piso en Berlín, con una acuarela de mi bisabuela colgada en la pared y un hombre en la cocina que, a pesar de todos sus errores, había aprendido a preguntarme qué necesitaba en lugar de decidirlo por mí.
Mis padres habían venido a visitarnos hacía apenas dos semanas, la primera vez que salían juntos de España en años, y mi madre se había pasado los tres días enteros comparando cada detalle de Berlín con Granada, encontrando siempre, invariablemente, que todo era mejor en casa, aunque en el fondo se le notaba que estaba encantada de ver lo bien que estaba yo, lo feliz que se me veía en aquella vida a caballo entre dos mundos que ya no competían entre sí, sino que se complementaban con una naturalidad que hacía apenas un año me habría parecido imposible.
—Está listo —anunció Damian, asomándose por la puerta de la habitación con un delantal puesto que seguía sin quedarle nada bien y que, aun así, se ponía cada vez que cocinaba, como una especie de ritual particular—.
Y antes de que preguntes, sí, son los mismos tres platos de siempre. Todavía no he ampliado mi repertorio.
—Con esos tres me sobra.
Cenamos junto al ventanal, con las luces de Berlín encendiéndose poco a poco al otro lado del cristal, hablando de todo un poco, del viaje de Lola a Austria, de una nueva pieza que había llegado a la galería esa semana, de la próxima visita que teníamos planeada a Granada por Navidad, la primera que haríamos juntos con calma, sin ningún reloj pendiente de ningún vuelo.
—¿Sabes lo que pienso a veces? —dijo Damian, ya con las copas casi vacías, mirándome con esa expresión suya tan seria que solo aparecía cuando algo le importaba de verdad—.
Que si aquel día en Mallorca no hubiera decidido, casi sin pensarlo, pujar por ese collar, ninguno de nosotros estaría aquí ahora mismo.
—O quizá nos habríamos encontrado de todas formas, en otro momento, de otra manera.
—Quizá. Pero me gusta pensar que fue exactamente así como tenía que pasar. Con toda su torpeza, con todos sus errores incluidos.
—Errores que todavía tienes pendientes de compensar, para que lo sepas.
—Lo sé. —Sonrió, cogiéndome la mano por encima de la mesa—. Tengo el resto de mi vida para intentarlo, si tú me dejas.
Le sonreí de vuelta, sintiendo esa certeza tranquila que llevaba semanas asentándose cada vez más firme dentro de mí, la de saber, por fin, con toda seguridad, que aquella vida que había construido en Berlín, con todos sus tropiezos y todas sus alegrías, era completamente mía, ganada con mi propio esfuerzo, sostenida ahora por un amor que había aprendido, a base de errores y de reconciliaciones sinceras, a construirse sin secretos.
Fuera, la ciudad seguía encendiéndose poco a poco bajo la noche que caía, tan lejos y a la vez tan cerca de aquel Sacromonte donde todo, en cierto modo, había empezado a tener sentido.