De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 30 — DAMIAN
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Capítulo 30 — DAMIAN

El vuelo a Granada se me hizo eterno, a pesar de durar apenas unas horas, con la cabeza dándole vueltas sin parar a un único problema que no había resuelto antes de subir al avión: no tenía ni idea de dónde encontrarla exactamente, ni si ella querría, siquiera, dejarse encontrar.

Llamé a Lola desde el aeropuerto de Berlín, justo antes de embarcar, con la voz probablemente delatando más nervios de los que pretendía disimular.

—Damian. —Su tono fue cauteloso, ni frío ni cálido, el de alguien que todavía no sabía muy bien de qué lado colocarse—. ¿Qué necesitas?

—Voy a Granada. Ahora mismo, de hecho, estoy a punto de embarcar. Necesito saber si Lea sigue ahí, y si hay alguna posibilidad de que quiera verme.

Se hizo un silencio largo al otro lado de la línea, tan largo que temí que hubiera colgado.

—Mira, Damian, te voy a ser sincera. Lea está hecha polvo.

Ha mejorado un poco, sobre todo después de lo del broche, pero sigue sin saber qué quiere hacer contigo, con Berlín, con nada.

—Hizo una pausa—. No te voy a decir dónde está exactamente, porque eso le corresponde a ella, no a mí.

Pero te voy a decir una cosa: si vienes, que sea de verdad.

No vengas a intentar arreglarlo con otro gesto grande, con otra sorpresa perfectamente planeada.

Ven a preguntarle qué necesita ella, no a decirle lo que tú crees que necesita.

Aquellas palabras, que resonaban con una similitud incómoda a las que Frederic me había dicho apenas unos días antes, se me quedaron grabadas durante todo el vuelo, mientras miraba por la ventanilla las nubes deshacerse poco a poco hasta dejar ver, al final, el paisaje seco y montañoso del sur de España.

Aterricé en Granada a media tarde, con una maleta pequeña y ningún plan concreto más allá de encontrarla, y cogí un taxi hacia el centro de la ciudad en dirección a su casa.

Me planté en la puerta, respiré hondo, llamé, nervioso, y me encontré con que no había nadie.

Me sentí perdido…,  el nervio que tenía me impidió quedarme a esperar allí, así que, decidí empezar a buscarla por los lugares que ella misma me había enseñado semanas atrás, aunque cada uno de ellos me recordara, con una punzada dolorosa, lo perfecta que había sido aquella visita antes de que todo se rompiera.

Caminé por el Albaicín sin rumbo fijo, reconociendo calles que apenas había visto una vez pero que se me habían quedado grabadas con una nitidez sorprendente, quizá porque las había recorrido de la mano de Lea, con ella señalándome cada rincón con ese orgullo tan suyo por su ciudad.

Pasé por el restaurante donde habíamos cenado con vistas a la Alhambra, cerrado a esa hora del día, y por la calle que subía hacia el Sacromonte, deteniéndome un momento frente a la cueva donde habíamos visto aquel espectáculo de flamenco que tanto la había emocionado.

No la encontré en ninguno de esos sitios, y a medida que avanzaba la tarde, empecé a sentir una desesperación creciente, la sensación de estar buscando una aguja en un pajar en una ciudad que, por muy bien que hubiera empezado a conocerla, seguía siendo, en el fondo, territorio completamente suyo y no mío.

Me senté un momento en un banco cerca del mirador de San Nicolás, agotado del viaje y de la búsqueda infructuosa, mirando la Alhambra extenderse ante mí con esa misma belleza que me había dejado sin palabras la primera vez, preguntándome si había cometido un error viniendo sin ningún plan concreto, dejándome llevar por un impulso que quizá no era tan valiente como Frederic había querido hacerme creer, sino simplemente otra forma de actuar sin pensar del todo en las consecuencias.

Saqué el teléfono, dudando si escribirle un mensaje directo, algo simple, honesto, sin ninguna pretensión de sorpresa esta vez.

"Estoy en Granada. No he venido a organizarte nada, ni a sorprenderte con ningún plan.

Solo he venido a preguntarte, en persona, si hay algún sitio para mí en tu vida todavía.

Estaré en el mirador de San Nicolás hasta que anochezca.

Si no vienes, lo entenderé, y no volveré a presionarte de ninguna otra forma.

Pero necesitaba, al menos, dejar de esperar sentado a que las cosas se resolvieran solas. "

Envié el mensaje antes de poder arrepentirme, y me quedé sentado en aquel banco, con la vista clavada en la Alhambra que empezaba a teñirse de los primeros tonos anaranjados del atardecer, con el corazón latiéndome con una fuerza que no recordaba haber sentido desde que era mucho más joven, esperando una respuesta que podía no llegar nunca, pero decidido, por primera vez en semanas, a no seguir escondiéndome detrás de la excusa de la paciencia y el respeto para justificar, en realidad, mi propio miedo a ser rechazado.

Pasaron veinte minutos sin respuesta. Después treinta.

El sol seguía bajando, pintando la Alhambra de un dorado cada vez más intenso, y con cada minuto que pasaba sin noticias suyas, sentía que la determinación con la que había llegado a Granada se me iba desinflando poco a poco, sustituida por el miedo creciente de haber llegado, después de todo, demasiado tarde.

Fue entonces, con el cielo ya empezando a virar hacia los tonos violáceos del anochecer, cuando escuché unos pasos aproximarse por detrás, despacio, dudando quizá con cada uno de ellos, y no necesité girarme para saber, con una certeza que me recorrió el cuerpo entero, que aquellos pasos eran los suyos.