Capítulo 29 — DAMIAN
Me enteré por casualidad, cuando ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.
Había evitado deliberadamente la galería aquella semana, convencido de que dar espacio significaba también no aparecer por ningún sitio donde pudiera cruzarme con Lea si es que, por algún motivo, decidía volver antes de lo esperado.
Me pareció, en su momento, la decisión correcta, la forma más respetuosa de sostener la promesa que me había hecho a mí mismo de no presionarla.
Ahora, mirando hacia atrás, entiendo que fue simplemente miedo disfrazado de respeto, la comodidad de no tener que enfrentarme a la posibilidad de que ella me viera y decidiera, delante de mí, que ya no había nada que salvar entre nosotros.
Fue Klaus quien me lo contó, sin ninguna mala intención, comentándolo casi de pasada mientras me llevaba a una reunión.
—Por cierto, jefe, menuda presentación la del broche de Ronda. Como sabes, mi cuñada trabaja en la galería, como auxiliar, y dice que fue todo un éxito. Les doy la enhorabuena, a este y Lea. Lea estará contentísima, según parece dejó a todos con la boca abierta con la explicación.
Me quedé completamente paralizado, con la mano a medio camino hacia la puerta del coche. Klaus no se había enterado de nada. Sí me había notado ausente, taciturno. Pero no había comentando nada al respecto y era ajeno a todo lo que había sacudido mi vida.
—¿Lea estuvo aquí? ¿En Berlín?
—Sí, hace unos días. El jueves, creo. —Klaus me miró, notando algo en mi expresión que le hizo entender, demasiado tarde, que quizá no debería haber sacado el tema con tanta ligereza—. ¿No lo sabía?
No lo sabía. Había estado en la misma ciudad que yo, a apenas unos kilómetros de distancia, presentando el trabajo del que tanto se había enorgullecido, y yo ni siquiera me había enterado, encerrado en mi propia rutina de reuniones y contratos, esperando pacientemente una señal suya que nunca había llegado porque ella, sencillamente, no había querido que yo supiera que estaba allí.
Aquel descubrimiento me dolió de una forma que no esperaba, una punzada extraña, egoísta quizá, porque sabía perfectamente que no tenía ningún derecho a exigirle que me avisara de nada, que ella era completamente libre de ir y venir de Berlín sin necesidad de rendirme cuentas a mí sobre sus movimientos.
Y sin embargo, el hecho de que hubiera preferido evitarme por completo, de que ni siquiera hubiera considerado la posibilidad de un mensaje breve, de un café rápido, de cualquier gesto que indicara que todavía había algo entre nosotros que mereciera la pena sostener, se me clavó en lo más hondo.
Llamé a Frederic esa misma noche, con la voz cargada de una frustración que llevaba días acumulando sin saber muy bien dónde depositarla.
—Estuvo aquí, Frederic. En Berlín. Y ni siquiera me lo dijo.
—¿Y qué esperabas? —Su respuesta me pilló desprevenido, más directa de lo que esperaba—. Le pediste espacio, o mejor dicho, ella te lo pidió a ti, y tú se lo diste. Eso implica, precisamente, que no venga corriendo a avisarte cada vez que pisa la misma ciudad.
—Lo sé. Pero pensé que quizá, si de verdad quedaba algo entre nosotros, habría querido verme, aunque fuera un momento.
—O quizá lo que quedaba entre vosotros es precisamente lo que la asusta tanto como para evitarte a toda costa.
—Frederic hizo una pausa, dejando que aquello calara—.
Damian, llevas semanas esperando una señal suya.
¿Y si la señal que necesitas no va a llegar nunca, porque ella está esperando exactamente lo contrario, que seas tú quien dé el paso?
Aquella pregunta se me quedó resonando durante toda la noche, dándole vueltas a la conversación que había tenido con él semanas atrás, aquella sobre no decidir por ella qué necesitaba, sobre preguntárselo directamente en lugar de imponerle mi propia interpretación de lo que era mejor para los dos.
—Le he dado espacio porque pensé que era lo correcto —dije, más para mí mismo que para Frederic—. Pero quizá lo correcto, ahora, sea distinto.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que llevo semanas esperando pasivamente a que ella decida algo, escondiéndome detrás de la excusa de "no quiero presionarla", cuando en realidad lo único que estoy haciendo es exactamente lo mismo que hice al principio: decidir yo solo, sin preguntarle nada, qué es lo que necesita de mí.
Solo que esta vez, en lugar de mover hilos de más, no estoy moviendo ninguno en absoluto.
Frederic se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar, noté una sonrisa en su voz, la primera en toda la conversación.
—Ahora sí que estás empezando a entenderlo.
—¿Y si voy a buscarla y me rechaza? ¿Y si aparecer en Granada solo consigue empeorarlo todo, hacerla sentir que sigo sin entender que necesita distancia?
—Entonces al menos lo sabrás con certeza, en lugar de quedarte aquí sentado, especulando sobre lo que ella podría estar pensando sin tener ni idea real.
—Su voz se volvió más seria—. Damian, hay una diferencia entre respetar el espacio de alguien y desaparecer por completo, esperando que las cosas se arreglen solas.
Lo primero es amor de verdad. Lo segundo es, simplemente, miedo con muy buena excusa.
Colgué con Frederic ya de madrugada, sin haber tomado todavía ninguna decisión firme, aunque algo dentro de mí ya empezaba a inclinarse hacia un lado con una claridad que no había sentido en semanas.
Me pasé el resto de la noche despierto, mirando otra vez aquella fotografía del mirador de Granada, de Lea de espaldas contemplando la Alhambra, pensando en todo lo que había arriesgado aquella noche al decirle que la quería, en cómo aquella valentía, tan poco propia de mí, había merecido completamente la pena a pesar de todo lo que había venido después.
Se lo dije con palabras esa noche , pensé, mirando la foto hasta que se me nubló un poco la vista. Ahora tengo que decírselo con hechos.
A la mañana siguiente, llamé a mi secretaria antes incluso de llegar a la oficina, pidiéndole que cancelara todas mis reuniones de los próximos días, algo que no había hecho en años, y que me reservara el primer vuelo disponible a Granada.
—¿Algún motivo en especial, señor Reinhardt? —preguntó ella, con esa curiosidad discreta tan propia de quien lleva años trabajando conmigo sin verme jamás tomar decisiones tan repentinas.
—El más importante que he tenido en mucho tiempo —contesté, y colgué antes de que pudiera hacerme ninguna otra pregunta, con una determinación que llevaba semanas sin sentir, decidido, por fin, a dejar de esperar pasivamente a que la vida decidiera por mí si todavía había algún futuro posible con Lea Cortés.