Capítulo 28 — LEA
La llamada de Ingrid llegó una semana después de mi marcha, mientras ayudaba a mi madre a tender la ropa en el patio, con ese tono profesional suyo que no dejaba mucho margen para excusas.
—Lea, sé que estás con tus días personales, y lo respeto, pero necesito pedirte algo importante.
—Hizo una pausa, como si estuviera midiendo cómo plantearlo—.
El coleccionista suizo quiere hacer la presentación oficial del broche la semana que viene, aquí en la galería, con prensa especializada y varios coleccionistas más.
Y quiere que estés tú presente. De hecho, ha sido explícito en pedirlo.
Dice que quiere conocer a la persona que encontró la pieza.
Se me hizo un nudo en el estómago solo de pensar en volver a Berlín, en cruzarme quizá con Damian por algún pasillo, en tener que sostener una sonrisa profesional mientras por dentro seguía tan rota como el día que me marché.
Pero también supe, casi al mismo tiempo, que aquella era mi operación, mi mérito, el resultado de semanas de trabajo real que nadie me había regalado, y que no presentarme sería, en cierto modo, dejar que el miedo me arrebatara algo que sí era completamente mío.
—Allí estaré —dije, con más seguridad de la que sentía.
—Perfecto. Solo serán dos días, Lea. Presentación el jueves, y puedes volver el viernes mismo si lo prefieres.
Colgué con una determinación fría que me sorprendió a mí misma, y aquella misma tarde empecé a organizar el viaje, decidida a que aquellos dos días en Berlín fueran exclusivamente sobre el broche, sobre mi trabajo, sin dejar espacio para nada más.
—¿Vas a avisar a Damian de que vuelves? —me preguntó Lola, esa noche, mientras me ayudaba a elegir qué ropa llevarme.
—No.
—¿No crees que se va a enterar de todas formas? Tiene contactos allí, Lea. Incluso pueda estar. Es prácticamente imposible que no se cruce contigo en algún momento.
—Lo sé. Pero no pienso avisarle. Si nos cruzamos, nos cruzamos. Pero no voy a Berlín a verlo a él. Voy a presentar el broche, y en cuanto termine, me vuelvo.
Lola no insistió más, aunque la expresión de su cara dejaba claro que no estaba del todo convencida de que las cosas fueran a resultar tan simples como yo pretendía.
Aterricé en Berlín el miércoles por la tarde, con una sensación extraña recorriéndome el cuerpo entero al reconocer cada rincón del aeropuerto que apenas unas semanas atrás había significado tanto, y cogí un taxi directo al hotel que la galería había reservado para mí, evitando deliberadamente pasar cerca de mi antiguo piso, de la fábrica de Damian, de cualquier lugar que pudiera hacerme flaquear en la determinación que había construido durante el vuelo entero.
Ingrid me recibió en la galería a la mañana siguiente con un abrazo cálido y genuino, sin hacer ninguna pregunta incómoda sobre mis días personales, aunque le noté una curiosidad contenida que agradecí que no expresara en voz alta.
—Todo está preparado —me dijo, guiándome hacia la sala principal, donde el broche ya descansaba sobre un pedestal de cristal, iluminado con una precisión museística que hacía que las piedras brillaran con una intensidad casi hipnótica—.
El coleccionista llega a las cinco. Prensa especializada, algunos compradores importantes, y el propietario anterior, don Ricardo, que ha insistido en venir desde Ronda para la ocasión.
Me pasé el día repasando cada detalle de mi presentación, ensayando mentalmente cómo explicaría el proceso de identificación de la pieza, la técnica granadina del diecinueve, el valor histórico y artístico que la convertía en algo verdaderamente excepcional, concentrándome con una intensidad casi desesperada en aquel trabajo como forma de mantener a raya cualquier pensamiento relacionado con Damian.
No lo vi en todo el día. Ni rastro de él en ningún pasillo, ninguna mención de su nombre por parte de nadie, y aunque una parte de mí sintió un alivio genuino, otra parte, más pequeña y más terca, no pudo evitar preguntarse si acaso sabría que yo estaba allí, y si aquella ausencia era simple casualidad o una forma silenciosa de respetar el espacio que le había pedido.
La presentación, aquella tarde, resultó ser un éxito rotundo.
Hablé del broche con una pasión que no tuve que fingir en ningún momento, explicando cada detalle de la investigación ante un público que escuchaba con auténtico interés, y cuando terminé, entre los aplausos discretos y elegantes de la sala, don Ricardo se acercó a mí con una sonrisa orgullosa que se me quedó grabada.
—Sabía que usted no me estaba engañando —me dijo, estrechándome la mano con una calidez sincera—. Y mire ahora, todo el mundo aquí, admirando lo que usted descubrió. Ha hecho un trabajo excelente, señorita.
El coleccionista suizo, un hombre mayor de modales exquisitos, se acercó después, con el broche ya adquirido oficialmente entre sus manos enguantadas, y me dedicó unas palabras que se me quedaron resonando durante el resto de la noche.
—He comprado piezas en las mejores casas de subastas del mundo, señorita Cortés, y pocas veces he sentido que el trabajo de investigación detrás fuera tan riguroso como el suyo. Espero poder trabajar con usted de nuevo en el futuro.
Aquella noche, sola en mi habitación de hotel, repasé cada palabra de aquel día, cada elogio recibido de personas que no tenían absolutamente ninguna razón para mentirme, que no sabían nada sobre Damian ni sobre cómo había llegado yo a Berlín, y por primera vez desde la revelación, sentí que una pequeña parte de la certeza perdida empezaba a recomponerse dentro de mí.
Esto ha sido mío , pensé, mirando por la ventana las luces de una ciudad que ya no sabía muy bien cómo sentir.
Nadie ha movido ningún hilo para que don Ricardo confiara en mí, ni para que ese coleccionista suizo elogiara mi trabajo delante de toda la sala.
Esto, exactamente esto, ha sido completamente mío.
Al día siguiente, temprano, hice la maleta con la intención de coger el primer vuelo disponible de vuelta a Granada, evitando cualquier despedida prolongada en la galería, cualquier posibilidad de cruzarme con Damian en el último momento.
Ingrid me acompañó hasta la puerta, con un abrazo cariñoso y una pregunta que no pude evitar que me encogiera el estómago.
—¿Vas a estar bien, Lea? Sé que algo pasa, aunque no me lo hayas contado, y no voy a presionarte para que me lo cuentes. Solo quiero que sepas que aquí tienes tu sitio, siempre que quieras volver a ocuparlo.
—Gracias, Ingrid. De verdad.
Salí de la galería con la maleta rodando detrás de mí, respirando el aire fresco de una mañana berlinesa que ya empezaba a oler a otoño de verdad, y cogí un taxi directo al aeropuerto sin permitirme mirar atrás, sin permitirme pensar en la posibilidad, remota pero presente, de que Damian pudiera aparecer en cualquier esquina para intentar detenerme.
No apareció. Y aunque una parte irracional de mí sintió una punzada extraña ante aquella ausencia, la mayor parte, la que había trabajado tan duro durante esos dos días para reconstruir algo parecido a su propia certeza, se sintió, sencillamente, aliviada de poder marcharse tal como había llegado: sola, con la cabeza alta, y con un éxito profesional que nadie, absolutamente nadie, podría nunca volver a ponerme en duda.