De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 27 — DAMIAN
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Capítulo 27 — DAMIAN

Supe que algo iba mal en cuanto entré por la puerta aquella noche, con la botella de vino todavía en la mano y una sonrisa que se me quedó colgando, absurda, en cuanto vi la expresión de Lea.

No sabría explicar con exactitud qué fue lo que me delató la situación antes incluso de que ella dijera nada.

Quizá la forma en que evitaba mirarme del todo a los ojos, quizá esa tensión en los hombros que ya había aprendido a reconocer en ella durante los meses que llevábamos juntos, esa que aparecía cuando algo la inquietaba de verdad y todavía no había decidido cómo enfrentarlo.

Me dijo que estaba cansada, que había sido la vuelta del viaje, el trabajo acumulado, y le creí, o quise creerle, porque la alternativa que se me pasó fugazmente por la cabeza me resultaba demasiado terrible como para entretenerla más de un segundo.

Cuando mencionó a Ingrid, cuando dijo aquello de que le había comentado algo curioso, sentí que el estómago se me caía por un precipicio del que llevaba semanas asomado sin atreverme a mirar del todo hacia abajo.

Supe, con una certeza fría y absoluta, que había llegado el momento que llevaba tanto tiempo temiendo, aquel que había ido posponiendo día tras día con la excusa de que todavía no era el instante adecuado, de que necesitaba encontrar las palabras exactas, de que quizá, si esperaba un poco más, encontraría alguna forma de contárselo que doliera menos.

No la hay. Lo supe en el mismo instante en que ella pronunció la frase sobre la vacante inexistente, con la voz ya quebrándose, y entendí que cualquier palabra que yo hubiera podido preparar durante semanas se había vuelto completamente inútil frente a la realidad desnuda de lo que había hecho.

Le conté todo, cada detalle, sin escatimar nada que pudiera hacerme parecer mejor de lo que en realidad había sido, porque en aquel momento lo único que me pareció justo era la verdad completa, sin ningún tipo de filtro que suavizara mi propia responsabilidad.

Y mientras hablaba, mientras veía cómo su cara iba cambiando de la incredulidad al dolor y del dolor a una rabia que nunca le había visto, entendí, con una claridad que llegó demasiado tarde, exactamente la magnitud de lo que había roto.

No fue el momento en que me pidió que me fuera lo que más me dolió, aunque aquello ya fue suficientemente devastador.

Fue después, al día siguiente, cuando volví decidido a explicárselo mejor, a encontrar alguna forma de reparar aunque fuera una parte de lo que había destrozado, y ella me habló de Granada.

Del mirador. De aquel "te quiero" que yo le había dicho con toda la sinceridad de la que era capaz, mientras por dentro cargaba con un secreto que llevaba semanas sin decirle.

—Lo que sentí en ese mirador fue real —le dije, porque necesitaba que lo supiera, que entendiera que aquello, al menos, no había sido ninguna mentira.

—Lo sé —había contestado ella, con una tristeza que se me clavó más hondo que cualquier grito—. Y eso es lo que más me duele, precisamente.

Aquella frase se me quedó repitiendo en la cabeza durante los días siguientes, mucho después de que ella cerrara la puerta de su piso, mucho después de que cogiera un vuelo a España sin darme la oportunidad de acompañarla al aeropuerto, mucho después de que sus mensajes dejaran de llegar por completo, sustituidos por un silencio que se hacía cada día más pesado de sostener.

Llamé a Frederic al tercer día, incapaz de seguir cargando solo con aquello, con la voz probablemente delatando más de lo que pretendía cuando descolgó.

—Damian. ¿Qué ha pasado?

Se lo conté todo, sentado en el suelo de mi propio salón con una copa de whisky que llevaba una hora sin tocar, y Frederic me escuchó en silencio, algo tan poco habitual en él que su propio silencio me dijo, antes incluso de que hablara, lo grave que le parecía la situación.

—Joder, Damian —dijo, por fin, cuando terminé—. Sabía que había algo raro contigo estos últimos meses, esa sombra que te noté después de los Alpes, pero no me imaginaba que fuera esto.

—Debería haberlo dicho antes. Debería habérselo contado desde el principio, incluso antes de empezar nada con ella.

—Sí, probablemente. —Frederic nunca había sido de los que suavizan las cosas por compasión, y aquella noche lo agradecí, aunque doliera—. Pero ya está hecho, Damian. Ahora la pregunta es qué vas a hacer al respecto, no seguir flagelándote por lo que ya no puedes cambiar.

—No sé qué hacer. Le he escrito varias veces. No contesta.

—¿Y la vas a dejar así, sin más? ¿Vas a rendirte porque la primera embestida no ha funcionado?

—No sé si rendirme es lo correcto o si insistir lo es.

No sé si darle espacio es respeto o es cobardía disfrazada.

—Me pasé una mano por la cara, agotado de una forma que no tenía nada que ver con el cansancio físico—.

Cada vez que le escribo, tengo miedo de estar presionándola más de lo que ella puede soportar ahora mismo.

Y cada vez que no le escribo, tengo miedo de que piense que me he rendido, que no me importa lo suficiente como para pelear por esto.

Frederic se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar, su voz sonó distinta, más reflexiva de lo habitual en él.

—¿Sabes lo que creo? Creo que el error que cometiste con Lea no fue solo no contarle lo del trabajo.

Fue no confiar en que ella pudiera manejar la verdad, sea cual sea.

Decidiste por ella qué información podía soportar y cuál no, igual que decidiste por ella, meses atrás, si merecía o no esa oportunidad sin dejarla decidir nada al respecto.

—Hizo una pausa, dejando que aquello calara—.

No repitas el mismo error ahora. No decidas tú solo si darle espacio o perseguirla.

Pregúntaselo. Déjala decidir, por una vez, qué necesita de ti.

Aquellas palabras se me quedaron resonando durante los días siguientes, mientras la empresa seguía funcionando a mi alrededor con la misma precisión de siempre, ajena por completo al desastre personal que yo cargaba, mientras firmaba contratos y asistía a reuniones con una mitad de mí completamente ausente, atrapada todavía en aquella cocina, en aquella última mirada de Lea antes de cerrar la puerta.

Greta me llamó a mitad de semana, preocupada por mi silencio inusual, y aunque intenté quitarle importancia al principio, acabé contándole también a ella una versión resumida de lo ocurrido.

—Damian, por Dios. —Su voz sonó genuinamente afectada, mucho más de lo que yo esperaba—. Llevabas años sin ilusionarte así con nadie, y vas y lo estropeas de esta manera.

—Lo sé.

—¿Y qué piensas hacer?

—Todavía no lo sé.

—Pues piénsalo rápido, hermano, porque las mujeres como esa Lea que me describiste no se quedan esperando eternamente a que alguien decida cómo arreglar sus propios errores.

Pasé las noches siguientes sin apenas dormir, revisando una y otra vez cada mensaje que le había mandado, cada respuesta que no había llegado, preguntándome si el silencio de Lea significaba que necesitaba tiempo o si significaba, sencillamente, que ya había tomado una decisión que yo todavía no estaba preparado para escuchar.

Miré la fotografía que le había hecho en el mirador de Granada, la única que conservaba de aquella noche, con ella de espaldas, contemplando la Alhambra iluminada, ajena por completo a que yo la estaba mirando a ella en lugar de al monumento, y sentí una punzada tan honda que tuve que dejar el teléfono boca abajo sobre la mesa para poder respirar con normalidad.

Dale tiempo , me repetía, aunque cada día que pasaba sin noticias suyas se me hacía más difícil de sostener aquella promesa que me había hecho a mí mismo.

Dale tiempo, y cuando esté lista, estarás ahí, sin presionar, sin mover ni un solo hilo esta vez.

Solo esperando a que ella decida si todavía hay sitio para ti en su vida.

No sabía, todavía, cuánto tiempo iba a tener que esperar, ni si aquella espera terminaría con ella volviendo a mí o con la certeza definitiva de que la había perdido para siempre por un error que, por mucho que lo repasara una y otra vez, ya no tenía forma de deshacer.