De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 26 — LEA
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Capítulo 26 — LEA

Lola me esperaba en el aeropuerto con los brazos abiertos y ninguna pregunta, algo que le agradecí mucho, aunque no tuve fuerzas de decírselo, y me abrazó tan fuerte que durante unos segundos conseguí no pensar en nada más que en el olor familiar de su champú, el mismo de siempre desde que teníamos dieciséis años.

—No hace falta que hables si no quieres —me dijo, cogiéndome la maleta—. Pero cuando quieras, aquí estoy.

Hablé, por supuesto, en cuanto llegamos a su piso, sentadas en su sofá con una manta compartida y una caja de pañuelos que Lola había dejado estratégicamente a mano antes incluso de que yo empezara a contarle nada.

Le conté todo, desde el comentario de Ingrid hasta la confesión completa de Damian, pasando por la explosión de la noche anterior, y Lola me escuchó sin interrumpirme, con esa capacidad suya de guardar silencio cuando de verdad importaba que tanto contrastaba con su forma habitual de ser.

—¿Y qué sientes ahora mismo? —me preguntó, cuando por fin terminé, con una delicadeza que no le conocía tanto.

—No lo sé, Lola. Ese es el problema. Ya no sé distinguir nada.

Empecé a darle vueltas, en voz alta, a cosas que llevaba horas rumiando en silencio durante el vuelo, cosas que probablemente no tenían ningún sentido pero que, en el estado en que me encontraba, se me antojaban de repente sospechosas.

—¿Y si lo de Ronda tampoco fue solo mío?

—solté, de golpe, con una angustia que se me notaba hasta en la voz—.

Ingrid me mandó a mí porque confiaba en mi criterio, pero ¿y si Damian tuvo algo que ver también con eso?

¿Y si movió algún hilo con don Ricardo, o con el coleccionista suizo, sin que yo me enterara?

Ya no sé si algo de lo que he conseguido aquí es de verdad mío o si todo, absolutamente todo, ha sido él tirando de cuerdas que yo no veía.

—Lea. —Lola me cogió de las manos, con firmeza, obligándome a mirarla—.

Escúchame bien. Tú fuiste la que encontró el broche mal catalogado.

Tú fuiste la que se pasó días enteros investigando la técnica granadina, contactando expertos, montando toda la documentación.

Eso lo hiciste tú sola, en Berlín, mientras Damian estaba trabajando en su empresa. Nadie más pudo hacer eso por ti.

—Pero...

—Nada de peros. —Su voz sonó más seria de lo habitual, casi maternal—.

Entiendo que ahora mismo desconfíes de todo, de verdad que lo entiendo, y tienes todo el derecho del mundo a estar hecha polvo por lo que ha hecho.

Pero no puedes dejar que esto te quite también el mérito de las cosas que sí que sabes, con toda certeza, que has conseguido tú sola. Eso sería dejar que gane dos veces.

Aquellas palabras se me quedaron rondando durante los días siguientes, aunque no consiguieron disolver del todo la sombra de duda que se me había instalado en el pecho desde aquella conversación con Ingrid.

Pasé el resto de la semana entre casa de mis padres y el piso de Lola, sin ganas de casi nada, releyendo mentalmente cada momento de los últimos meses en Berlín como quien revisa un contrato buscando la letra pequeña que se le había pasado por alto, preguntándome cuántas veces más había habido una mano invisible detrás de mi supuesta buena suerte.

—Hija, se te ve fatal —me dijo mi madre, el tercer día, sentándose a mi lado en el sofá de casa con esa mezcla de preocupación y determinación que solo ella sabía combinar—. ¿Me vas a contar qué ha pasado, o te lo tengo que sacar con pinzas?

Se lo conté, con menos detalle que a Lola pero con la misma tristeza de fondo, y mi madre me escuchó con el ceño fruncido, procesándolo todo con esa calma suya que a veces me sacaba de quicio y que en ese momento, extrañamente, conseguía calmarme.

—Mira, hija, no te voy a decir que lo que hizo estuviera bien, porque no lo estuvo.

Debió contártelo desde el principio, eso está clarísimo.

—Se quedó pensativa un momento, buscando las palabras exactas—.

Pero tampoco te voy a dejar que te conviertas en alguien que no confía en sí misma.

Tú llevas trabajando en esto desde que tenías veintipocos años, hija.

Desde antes de conocer a ese hombre. Nadie te regaló el ojo que tienes para las piezas.

Eso es tuyo, te lo dieron tus años de estudio, tu paciencia, tu cabeza.

Lo demás, lo que él haya podido mover por detrás, es su responsabilidad, no la tuya.

—Pero no puedo evitar pensar que si él no hubiera hecho nada, quizá nunca habría llegado a Berlín.

—Y quizá sí. Quizá hubieras encontrado otra puerta, otro camino.

Eso nunca lo vamos a saber, hija, y no merece la pena que te pases la vida entera preguntándotelo.

—Me cogió la mano, con esa fuerza suya tan característica—.

Lo que sí sabemos es lo que has hecho una vez que estabas dentro.

Eso no te lo puede quitar nadie, ni él, ni nadie.

No conseguí que aquellas palabras me quitaran del todo el peso que llevaba encima, pero sí sirvieron para aflojarlo un poco, lo suficiente como para conseguir dormir esa noche unas horas seguidas por primera vez desde la explosión con Damian.

Pasé los días siguientes intentando reconstruir algo parecido a una rutina, paseando por el Sacromonte con Lola, ayudando a mi madre en la cocina, evitando deliberadamente cualquier tema relacionado con Berlín en las conversaciones, aunque la ciudad entera, con cada rincón que había recorrido con Damian apenas unas semanas atrás, se me colaba en la memoria constantemente sin que yo pudiera evitarlo.

Damian me escribió varias veces durante esos días, mensajes cortos, respetuosos, sin ninguna presión, preguntando cómo estaba, deseándome que estuviera bien rodeada de mi familia, sin exigir ni una sola respuesta a cambio.

No le contesté a ninguno, no porque no quisiera, sino porque no sabía todavía qué decirle que no fuera a reabrir la herida entera de nuevo.

Una tarde, sentada en el mirador de San Nicolás donde tantas veces había ido de adolescente a pensar, sola esta vez, sin Damian ni nadie más, miré la Alhambra extendida ante mí y pensé, con una claridad extraña que llevaba días sin sentir, que quizá el problema no era solo lo que Damian había hecho, sino lo fácil que me había resultado, durante meses, dejar de hacerme la pregunta que ahora no podía dejar de hacerme: si mi suerte había sido demasiado buena para ser verdad desde el principio, y si una parte de mí, en el fondo, siempre lo había sabido sin querer admitirlo.

No tenía todavía ninguna respuesta clara sobre qué iba a hacer, si iba a volver a Berlín, si iba a intentar arreglar las cosas con Damian, si iba a dejar el trabajo por el que tanto había luchado.

Solo sabía que necesitaba, antes que nada, encontrar de nuevo la certeza de quién era yo misma, separada por completo de cualquier historia que otra persona hubiera podido tejer a mi alrededor sin que yo lo supiera.